
Fic TOLL de Medianoche
Capítulo 18: De compartir
—¿Cuántas veces debo repetirlo? ¡NO LO HE SCUESTRADO SEÑORA! –Gritó por tercera vez a la mujer que se empeñaba en encarcelarlo “por llevarse a su pequeño tesoro en contra de su voluntad”
—Créele abuela, sólo me llevó al parque de diversiones –alegó el niño en defensa del mayor que era severamente acusado por su acción de llevarse a divertir al pequeño.
—¿Qué dices Tomasito? ¡Pero si se nota que quería hacerte algo malo! Solo hace falta verla.
—¡QUE SOY HOMBRE!
—¡PEOR AÚN! Dime cielo, ¿no te hizo nada? ¿Te tocó? ¿Te hizo algo que no quisieras? –ante esa pregunta el otro se alteró, ¿y si Tom confesaba? ¿Qué sería de él? Aunque temía a su destino, llegaba a pensar que era lo mejor, después de todo, lo que hizo no tenía nombre, o bueno sí, pedofilia y quizá “abuso de un menor”.
—Bill no me hizo nada que no quisiera –Y pensó que con eso cerraba su sentencia de muerte, que aunque el pequeño hubiera aceptado todo aquello, él como mayor debió saber detenerse.
—¿Nada que no quisieras? ¿Qué es lo que quisiste? –Preguntó esta vez su tía, y ahí estaba lo que se temía “pero es lo mejor” se dijo internamente, sólo debía prepararse psicológicamente para su arresto, no pensaba oponerse; probablemente lo único bueno que le dejó su padre fue un buen sentido de la justicia, y en ese momento su parte era pagar su acto.
—¡Llevarme al parque de diversiones! Y… y… me subí a muchos juegos…. ¡Y hasta jugó para que yo tuviera un enorme gorila! –Eso lo tomó por sorpresa, definitivamente Tom no era lo que él esperaba, sabía que lo que hicieron estuvo mal, que no era correcto, pero se arriesgó a dar su cuerpo como señal de… ¿amor? No lo sabía, pero ahora entendía al pequeño, y lastimarlo nuevamente era lo último que deseaba volver a hacer. Eso lo hizo sonreír.
Tras esa afirmación todos fijaron su mirada en el joven que apenas se introducía en la adultez, su actuación no fue la adecuada pero ahora todos tenían la certeza de que sus intenciones nunca fueron malas.
—Bien dicen que los infantes y los borrachos dicen la verdad, además el niño está sano y a salvo, así que nosotros no tenemos por qué estar más aquí –habló uno de los oficiales que incluso habían pasado a último plano, ya que la discusión sucedía entre los meramente involucrados—, aún así llamaremos al parque de diversiones para corroborar los hechos y demás. Con su permiso. Que no se te ocurra darles tu número telefónico –susurró por último dando unas pequeñas palmadas al hombro del moreno.
Tras arreglar ese mal entendido y los oficiales se hubieran marchado ellos se dirigieron al interior de la casa, el pelinegro siendo arrastrado por su rastudito. Se dirigieron a la pequeña cocina y la más joven de las mujeres se dispuso a preparar té para todos.
—Supongo que te debo una disculpa muchachita, ¿cómo es que te llamas?
—¡Con todo el respeto señora, ¿pero cuántas veces habré de decirle que soy varón?!
—¡Oh eso lo sabemos perfectamente querido! Solo hace falta bajarte la mirada, tienes un paquete muy marcado en tus pantalones –Habló la pelirroja antes de estallar en carcajadas exageradamente altas y tortuosas junto a su madre, haciendo sonrojar notablemente al moreno, quien solo reaccionó a llevarse las manos a su entrepierna, queriendo cubrirse su repentinamente expuesta hombría.
—¿Traes correspondencia? –preguntó inocentemente el menor inclinando su cabeza hacia la derecha, figurándosele extremadamente tierno al pelinegro hasta el punto de sacarle una sonrisa, misma que fue borrada por otro bombardeo de carcajadas chillonas.
Tomaron té platicando más calmadamente en la mesa de la cocina cuando el teléfono interrumpió la conversación y la pelirroja que respondía al nombre de Marcia se levantó a atender la llamada, encontrando a una de sus hermanas al otro lado de la línea, precisamente la madre del pequeño, quien al ser avisado de que su progenitora llamaba preocupada por él se levantó rápidamente para atender en el aparato.
Durante el tiempo que la conexión duraba el pelinegro miraba fijamente su taza con té de limón, pensando seriamente sobre qué haría, al parecer su escuela no reanudaría las clases prontamente, las “discusiones” entre los docentes simplemente no llevaban a ningún lado y él tendría que ocuparse en algo en las dos semanas vinientes, algo que al parecer no sería su querido blondo, aunque claro debería preguntar cuánto tiempo estarían las mujeres ahí, quizá y hasta el día siguiente se fueran, o dentro de unos momentos, eso no lo sabía.
La llamada del menor terminó y este regresó a la mesa sentado al lado de su niñero, notándolo triste pero prefirió no decir nada, sólo acercar su silla a él y sentarse recargado en su cuerpo, cerrando los ojos con la intención de descansar, amaba poder dormir olfateando su delicioso aroma y sintiendo el calor que desprendía el cuerpo ajeno.
—Disculpe señora –habló el moreno viendo a la abuela de Tom— ¿se quedarán? es decir ¿ya no cuidaré a Thomas?
—Supongo que tus servicios ya no son necesarios cariño, Simone regresará pronto y mientras tanto yo estaré aquí al cuidado de mi preciado nietecito bebé –habló tomando una de las mejillas del niño, estirándola con cariño, pero más que nada burla, sabía que él detestaba le hiciera eso
—Abuela…
—Entonces ya no tengo nada que hacer aquí –se puso de pie— si me disculpan, creo que mejor me voy a mi hogar, aunque si no les molesta mañana vendré por mis pertenencias
—Permíteme llevarte a tu casa –ofreció parándose rápidamente la pelirroja con una sonrisa pícara, el muchacho no le parecía para nada desagradable, a sus cuarenta y ocho años jamás había visto “un espécimen varón de tan apetitoso.” Quizá por eso no se había casado.
—Gracias, pero vivo aquí al lado, hasta mañana.
—¡Te acompaño! –gritó fuertemente el niño yendo a tomar la mano de su “ex—niñero” y llevarlo hasta la puerta, donde se quedaron parados viéndose el uno al otro, el moreno se acuclillo para ponerse a su altura y acunó una de sus mejillas en su mano derecha. El pequeño tenía ojos de querer llorar, en ese lapso de tiempo en que el mayor le cuidó se había acostumbrado tanto a su presencia que saber que se iba le era difícil, y lo mismo pasaba con el otro.
—¿Volverás? –preguntó no queriendo llorar
—Lo más probable es que venga a molestarte, así que… claro enano –le pico uno de sus cachetes— vendré mañana, estoy comenzando a maquinar unos planes para en la tarde –le sonrió
—¿Mañana? ¿Pero no es que trabajas?
—Humm, es verdad…. ¿te gustaría acompañarme de nuevo?
—No quiero levantarme tan temprano –frunció el ceño y el otro rio, era terriblemente adorable, y últimamente en alguna parte de él tenía deseos recurrentes de devorarlo a besos, aunque otra le repetía como mantra que eso era incorrecto.
—Te estaré esperando –y esa segunda parte parecía estar perdiendo terreno cada vez más, era joven y humano, podía cometer algunos errores… se fijo que las mujeres no estuvieran viéndoles y se acercó para juntar sus labios en un sencillo roce que sostuvo por varios minutos, sólo hasta que la pelirroja decidió asomarse a ver—. Te veo mañana –y diciendo esto último se marchó.
Y apenas le perdió de vista las lágrimas que se agolpaban en sus ojos se derrumbaron, dando inicio a un gran llanto que a las mujeres se les hacía sumamente difícil callar. Se acercaron a él y le abrazaron, queriéndole sacar el por qué de su llorar, mas este simplemente no abrió la boca. Minutos después el rubio prescindió del llanto y optó mejor por irse a acostar.
Subió pesadamente los escalones que le llevaban a su habitación y al abrir la puerta de esta, la habitación se le figuró fría e incluso grande, como extrañaba el desastre que recogió junto a su moreno, pensaba que con ello podría hacer del cuarto una zona más cálida y pequeña. Rezaba por poder dormir sin sentir el calor el cuerpo ajeno desprendía tan junto de él.
Como le hubiera gustado que el pelinegro estuviera junto a él para hacerle sentir bien, de la forma que sólo él sabía, de la forma que había descubierto le gustaba mucho, aunque tuviera aún el dolor en el trasero. Pagar las consecuencias poco le importaba.
Se desvistió lo que llevaba para poder cambiarlo por su pijama más calentita y suavecita, imaginando que cada roce de la tela en realidad era la suave piel del moreno. Se metió en las mantas pensando que eran los brazos calurosos del otro y que la almohada era el tibio pecho de Bill, que el Mr. Teddy que tomaba de un costado era en realidad su mano, que la fricción en sus pies era por los pies del contrario.
Que la mano que bailaba sobre su crecido miembro el del otro.
Cómo le gustaría que su niñero estuviera ahí, con él, brindándole calor como ninguna otra persona en la vida le había dado y, dudaba mucho, le daría.
Sería tan gustoso de volver a sentir esos finos dedos en su interior dilatándole lenta y tortuosamente, con el mayor cuidado posible, moviéndose de forma traviesa, haciendo el movimiento de tijeras. Que sus labios se pasearan por toda su piel, entreteniéndose como nunca en sus pezones, pasando su lengua una y otra vez alrededor de ellos, y con ese mismo músculo imitar unas embestidas en su ombligo.
Le gustaría sentir en vez de unas pequeñas manitas unas grandes, suaves y tibias del pelinegro, paseándose desesperadamente por sus piernas, haciendo unos juegos imposiblemente excitantes, y al final, que cada punzada de dolor que sentía en su esfínter al removerse, era generado por la entrada y salida del miembro del otro, siendo suave al principio, subiendo la velocidad poco a poco.
Como le hubiera gustado haber compartido ese orgasmo.
Continúa…
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