
Fic TOLL de Medianoche
Capítulo 19: El peor día
—¿Así que divirtiéndote sin mí? Eres muy mal niño Thomas –emergió una voz de entre las sombras de la habitación aquella voz que lo hacía delirar, seria pero con un toque de lujuria en el tono. El rubio se sentó de prisa en la cama, volteando a todos lados para ubicarlo.
En la ventana de su habitación estaba sentado, mirándolo fijamente, relamiéndose los labios y jugueteando con el piercing en su lengua, como le fascinaba aquella vista, que aunque las infernales mantas cubrían el “mayor espectáculo” él se deleitaba con los gestos orgásmicos que el niño producía. Se puso en pie y comenzó a caminar a paso felino hacia el pequeño.
—¿En verdad prefieres usar tus manitas? ¿Por qué no me llamaste? Hubiera corrido gustoso a tu encuentro, aunque… encontrarte in fraganti es ¿cómo decirlo? Tan, excitante, incluso hiciste que me empalmara sin haberme tocado… así como tú –llegó a la cama y se posicionó sobre el minúsculo cuerpo que lo veía con fascinación ¿cómo había llegado ahí? ¿En qué momento? ¿Lo vio todo? ¿Debería sentirse mal? No conocía ninguna de las respuestas, pero le gustaba la situación en que se había metido.
—¿No piensas hablarme? ¿O es que el gemir tanto por tu propia mano te dejo sin habla? –El niño negó rápidamente con la cabeza, pero aunque quisiera, ninguna palabra le salía. Abrió la boca y antes siquiera de mover su músculo, uno contrario lo invadía, en conjunto con unas manos traviesas que recorrían todo su ser—. Mmm… Tom… fuiste un… mal… niño… humm…. Creo que…. Mereces un… castigo… —y sin más, su mano tronó fuerte al golpear el trasero del menor, quien prontamente soltó un gemido dolorido, y extrañamente excitado—. Oh…. Te gusta ¿eh? –y dio una palmada más.
—Bill, huuumm…. Sí… ah…
—Malo, malo, malo –gritaba mientras lo zarandeaba y nalgueaba subiendo el tono cada vez más rápido—.
—¡ERES UN NIÑO PERVERTIDO THOMAS!
¡PAZZ!
El sonido de piel contra piel resonó en toda la habitación, doliendo tanto en la mano como en la mejilla receptora que casi volteaba la cabeza del rubio con rastas. Ardía mucho.
El pequeño giró nuevamente su cabeza a la posición original, mostrando muchas lágrimas en su rostro con una mejilla roja, incluso con una mano marcada. Inmediatamente una pelirroja se asomó a la puerta y ahí los vio a los dos, quedando impactada ante tal imagen ¿en serio había pasado? ¿Había golpeado a Tom? ¿A su angelito? No podía ser, no se lo creía.
¡HABÍA BOFETEADO A SU NIETO MÁS PEQUEÑO Y CONSENTIDO!
—¿Madre? ¿Qué sucede aquí?
—¡Sucede que ese niñero de mierda le ha hecho algo a Thomas! ¡Este no es mi angelito!
—Abuela… me duele –gimió lastimero queriendo y no tocar su mejilla lastimada, le ardía mucho más que su primera vez con Bill. Mucho más.
—¡Tú te callas! Ahora sí vas quejándote de lo que te pasa ¿no? Y hace un momento hacías no sé qué cosas con ese pervertido maricón de tu vecino. ¡Ni tu madre ni yo te educamos así! –y otra bofetada se soltó en su otra mejilla, siendo esta más suave que la anterior—. Vengo con la mejor intención de arropar a mi pequeño ¿y qué veo? Al pervertido de mi nieto sudando y gritando por su vecino. Estoy muy decepcionada de ti, saliste igualito a tu padre, no tienes futuro. –y con esas últimas y duras palabras se marchó.
¿Le comparó con su padre? ¿Aquel que lo dejó? Y seguía sin entender las cosas. Se recostó nuevamente y se cubrió hasta la cabeza con las mantas, se sentía mal ¿cómo de estar con su amor terminó siendo agredido por su abuela? El hundir de la cama a su lado le advirtió que su tía se acercaba para intentar consolarle.
Unos brazos delgados le abrazaron y fue ahí que entendió cuanto pasaba ahí. Las sábanas estaban mojadas, y estaba 100% segura que no era porque el niño su hubiera orinado. Eso habría sido mejor y mil veces entendible por su abuela. Le abrazó más fuerte y besó donde se suponía que estaba la frente de su sobrino, prometiéndole hacer entrar en razón a su madre.
Tom no merecía aquellos golpes, era solo un niño, quizá algo precoz, pero confiaba en que no habría hecho nada aún, pero si ese sexy pelinegro se había atrevido a tocarlo, ni su carita linda lo salvaría de lo que ella misma le haría. Por la mañana se encargaría de él, lo que en ese momento más le importaba era su pequeño sobrinito.
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El día amaneció muy helado y con mucho viento, y él creía que en cualquier momento caería congelado, pero agradecía infinitamente que D’ Luisss lo hubiera acogido tan bien, su rostro entumido se alegraba por el calor que le recibió y un delicioso y dulzón olor en el aire inundara sus fosas nasales, lo cual le recordaba que no había comido nada, más tarde debía tomar al menos una pieza de fruta, o quizá robaría una cucharada de betún al Chef Roberto.
Suspiró y se dirigió a los casilleros con la mera intención de tomar su pomposo uniforme y correr a avergonzarse. Para su desgracia no fue eso lo que vio. Un vestido sumamente corto y entallado estaba frente a él. Parecía más bien sacado de un “sex—shop” junto con esas zapatillas de tacón altísimo y medias con ligueros ¿qué era eso? ¿Un puto restaurant —para niños sobre todo— o un prostíbulo? Sin duda podía encontrarse de todo con el pervertido de su padrastro. Su vergüenza sería aún mayor.
Cogió cuanto aire le cupo en sus pulmones y se dispuso a ponerse aquello que sería su nuevo uniforme, humm, la cofia seguía ahí.
Terminó de vestirse y salió a encontrarse con sus demás compañeras, todas igual de descontentas por ese descubierto atuendo, aunque seguramente las del grupo de Nancy serían por el frío que hacía. Creía ser él el más incómodo, por algún motivo su falda parecías ser la más corta, y su entrepierna sufría bastante en su ropa interior, casi le pedía a gritos salir de ahí y poder respirar.
—Señoritas… —saludó lujurioso el hombre dueño del local y salvo por Nuria, todas comenzaron a derretirse en su presencia, seguramente por ser el jefe, no por su físico—. Pero qué bien se ven –asintió aprobando el atuendo—. William… —susurró al notar su presencia—, no te queda nada mal, aunque te prefiero sin nada puesto –se burló en volumen que apenas pudiera escucharle el moreno, después se marchó a su oficina dejando a un Bill completamente avergonzado y asqueado ¿es que nunca pararía? ¿Por qué no podía hacer nada para detenerlo?
Se sentía tan mal, y recordó, no podía hacer nada porque era su madre la que saldría lastimada, esa mujer que desde hace mucho dejó de defenderlo y que vive ahogada en el alcohol, pero su madre, y pese a todo la amaba.
Con la cabeza gacha se dispuso a trabajar, comenzando por abrir esa puerta de cristal que lo protegía del frío. Y solo pasados diez minutos el sitio estaba hasta el tope de clientes, siendo la mayoría chicos con hormonas alborotadas que al parecer habían corrido la voz de que había “linduras sirviendo dulces”, dicho por alguno de los de la mesa 8.
—Y dime pequeño Billy, ¿cómo te fue con Simone? A juzgar que no vienes en compañía de la cosita adorable con rastas, ella ya llegó. ¡Quiero lujo de detallas de la cita! ¿Cumpliste tu sueño lésbico? –Preguntó su amiga en cuanto pudieron tomar un ligero descanso.
—Nuria… han pasado tantas cosas… ella no ha vuelto, pero sí llegaron su abuela y tía, ahora ellas lo cuidan
—no pareces contento por eso, si mal no recuerdo alguna vez me contaste que tu vecino era un molesto pesado
—Oh… no –negó con la cabeza y luego alzo una mirada con un brillo especial… “Oh—no, ese brillo” pensó Nuria— Tommy es el niño más tierno y lindo que pudiera haber conocido… es… tan él, no sé, Thomas me… —se rascó la nuca ¿debería decirlo? ¿Cómo lo tomaría? ¡Era Nuria! No quería perder su amistad por culpa de su pedofilia, ella fue un gran apoyo cuando salió de su casa.
—Te gusta –concluyó frunciendo su ceño, Bill la miró alterado ¿ahora qué haría?— Esa mirada la reconozco perfectamente –suspiró, ella lo llegó a ver así—. ¡Pero Bill! Es que no puedes ¡Por Dios tiene diez! Eso es pedofilia, y… —negó— ¿en qué demonios piensas Bill?
—¡Lo sé Nuria! Sé perfectamente en qué me estoy metiendo… pero Tom también me quiere
—¿¡Y qué!? –Lo interrumpió— ¿qué con que te quiera?
—Baja la voz Nuria, que te oyen –se avergonzó por las miradas que voltearon a verlos—
—Bill… ¿qué planeas? ¿Mantener una relación clandestina con él? ¿Qué si te descubren? –terminó haciendo caso de su amigo, no quería crear un espectáculo para los comensales.
—No… no podría aunque quisiera… tú sabes por qué, te lo comenté por teléfono la otra vez
—Claro… —lo miró y descubrió el dolor en su gesto, Bill iba en serio— oh mira quién llegó –intentó alegrarlo e inmediatamente el otro volteó “¡¿En serio?!” se sorprendió— te dejo –y como buena amiga salió corriendo a atender otros nuevos clientes. Tomó aire y se dispuso a atender a esas personas, ya que al parecer nadie más lo haría, se sentía tan avergonzado.
—¡Bill! –Gritó un niño de rastas rubias corriendo a abrazar las piernas de su ex niñero— Te extrañé –y sus dos acompañantes se quedaron KO al verlo vestido de esa forma. El moreno se acuclillo a su altura y le dio un beso en la frente
—Hola Tommy –dijo sonriendo y después alarmándose al ver su mejilla izquierda en un tono distinto de su piel—. ¿Qué te sucedió?
—Me pegué con la puerta –mintió bajando la mirada. Subió su mano con cuidado a acariciar su mejilla, pero apenas iba a rozarlo cuando la “anciana loca” arrebató al pequeño.
—Una mesa para tres –siseó con rabia. El otro asintió y se puso de pie. Los guió a una de las mesas vacías que quedaban, cerca de un ventanal, y cuando hubieron tomado asiento el pelinegro les extendió unos manteles de papel y las cartas, al niño también unos crayones para que hiciera las actividades que el mantel planteaba.
—¿Desean café, té o alguna otra para empezar? –Negaron— Entonces vuelvo en unos minutos para tomar sus órdenes –hoy parecía no ser para nada su día para nada. Pero antes de irse la voz del rubio lo detuvo
—¿Puedo ir a los juegos?
—Me temo que están en mantenimiento, estarán en servicio hasta el miércoles
—¿Por qué tardarán tanto?
—Un hombre de 40 años se subió y ha roto algunas partes –frunció el ceño ¿qué hacía un hombre ahí? Lástima que no estuvo para verlo, hubiera sido divertido. Suerte la de Nuria, ojalá la cámara de video de su celular fuera de mejor calidad
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Cada día se sorprendía más de su buen equilibrio para llevar las comidas y bebidas y nada se le derramara, aún recordaba sus primeros días, por cada gota desperdiciada le rebajaban el sueldo, o eso le habían dicho, a él nunca le bajaron nada, y vaya si tiró mucho, pero al parecer a sus demás compañeras sí les bajaron, sobre todo a Nancy.
Se encontraba sirviendo las órdenes en la mesa e Tom, con un niño muy impaciente por sus preciados nuggets y papas de figuritas y su malteada de chocolate con crema batida extra y una cereza. Daba diez euros si se lo acababa todo sin ayuda.
—No olvide que tenemos que hablar al final –murmuró por lo bajo la abuela del rubio y el pelinegro no tuvo más que asentir, ella sabía cómo darle miedo. Volvió a la cocina por los otros platos que le habían pedido, y aprovechando que aún no estaban se dispuso a pedirle un poco de comida a Roberto. Comía con un poco de prisa en la barra de la cocina cuando el jefe llegó precisamente por él.
—Te lo descontaré de tu sueldo William
—No he comido nada
—No me sorprendo, ahora acompáñame, tenemos que hablar –y en eso pusieron los otros pedidos frente a Bill.
—Sólo iré a servir esto –el otro asintió y se fue a su oficina, todo con tal de no ir con él. Salió de la cocina cargando la bandeja con comida y se dirigió a la mesa del rastudito, estaba a punto de servir cuando el timbre que anunciaba la llegada de nuevos clientes sonó. Miró hacia la puerta y todo ante él se desmoronó, dejando caer lo que llevaba en manos a lo que todas las personas voltearon.
Frente él una señora rubia de rostro demacrado y cuerpo esquelético, no se lo podía creer, no podía ser verdad…
Continúa…
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