
Fic TOLL de Medianoche
Capítulo 20: Doloroso vacío
Era imposible, ella no podía estar ahí, Jörg le había asegurado millones de veces que ella no se aparecería ahí por nada del mundo, no se lo permitía. ¿Y qué le había pasado? Él la recordaba un poco más vivaz, con un poco más de color, no pálida como un muerto. No, debía ser una alucinación suya.
—Lo siento, lo siento –murmuró agachándose para recoger lo que había tirado, todos le miraban y él no podía aguantar los pares de ojos de los comensales en su cuerpo. La mujer fantasma se acercó a él y le ayudó a limpiar medianamente su desastre, tocando con suavidad la piel de sus manos, haciendo correr un escalofrío por su espalda.
—Tenemos que hablar –susurró con voz cálida pero rota.
—Lo siento señora, pero ni siquiera la conozco –contestó con dificultad, partiendo el corazón de aquella mujer—. No hay nada de qué hablar. – Cuando Nuria llegó a su lado para limpiar el desastre él se puso de pie y le pidió hacerse cargo, diciendo que tenía que ir con el jefe, ella de buena manera lo hizo. Sabía quién era esa señora y no aceptaba que estuviera ahí como si nada hubiera pasado, no sabía que pretendía hacer después de tanto tiempo.
Se puso frente la puerta de su jefe—padrastro y golpeó delicadamente un par de veces, a los pocos segundos la voz del peor hombre que en su vida pudo conocer le dio el pase. Le señaló una silla frente al escritorio y él tomó asiento en el lugar. Suspiró y aguardó a escuchar lo que tenía por decirle, pero esa voz no volvía a salir de su boca.
—¿Y bien? –preguntó finalmente un tanto molesto por tenerlo ahí para nada, incluso sin mirarle (no que lo quisiera), aunque agradecía profundamente tenerlo como excusa y haber podido huir de aquella rubia.
—¿Cuándo piensas visitarla?
—¿Disculpa, a quién?
—Sabes a quién me refiero –se giró de golpe para verlo, haciendo saltar al moreno en su sitio—. Tienes meses, años, sin hablarle.
—No es verdad.
—¡Sí lo es! –Golpeó la mesa con su puño—.
—Está aquí –Soltó en un susurro apenas audible— ¿y cómo es que de pronto debo verla? Ella ni siquiera me buscó cuando la necesité ¿por qué habría yo de hacerlo ahora? Tú lo has dicho, han pasado años, ¿ahora para qué la necesito? Ya soy mayor de edad.
—¡Debes porque eres su hijo!
—¡Y ella mi madre! ¿Quién tiene mayor responsabilidad sobre el otro? –ninguno se había dado cuenta de en qué momento se habían levantado de sus asientos, golpeando la pobre madera que los separaba—. ¿Y a ti qué demonios te importa? No la quieres, ni siquiera vives con ella, en cambio te la pasas acosando a su hijo, tu hijastro –Le señaló—. No pensaste en ella cuando me violaste.
—Y a ti no te importó mucho que lo hiciera –sonrió—. Jamás me acusaste, y tu padre es abogado –se burló.
—Si hablaba la lastimarías.
—Entonces sí que te importa –Bill notó su error y bajó la cabeza, derrotado. Claro que le importaba, era su madre, le debía la vida y aunque estuviera molesto con ella por cuanto le hizo pasar, jamás desearía que algo malo le pasara. Quería hablarle, pero tampoco era el momento—. Sólo visítala, mejor aún, aprovecha su presencia aquí.
Y diciendo eso se retiró por una de las puertas de su despacho, la que conducía a su baño personal, finalizando con la plática. El pelinegro resopló cansado y se dispuso a salir ¿tan mala suerte tenía? Parecía que comenzaba a lloverle sobre mojado. Primero le separaban de su amado Tommy ¿y ahora estos dos querían que arreglara su situación con su progenitora? ¿Cómo si nada hubiera pasado? Definitivamente estaban mal de la cabeza.
Se dirigió a los vestidores y se sentó en uno de los bancos que ahí tenían para ponerse a pensar, quizá lo mejor era salir a servir a los clientes y mantener la mente ocupada con otras cosas, pero estaba cansado y no tenía ánimos de hacer nada.
Se sentía ansioso, necesitaba fumar pronto para lograr relajarse, pero si lo hacía alguien se enteraría –probablemente Nancy— y eso haría que lo despidieran, norma número uno: no fumar. ¿Por qué no le parecía importante ese hecho ahora? Se dirigió a su casillero y sacó su tan apreciada cajetilla y encendedor.
—Oh, aquí estás querido –habló la mujer fantasma, interrumpiendo su primer calada. De pronto el cigarrillo no le parecía tan apetitoso. Lo apagó en la misma banca y se puso en pie con la intención de retirarse a trabajar—. Oh, no deberías probar esas cosas cielo, son muy perjudiciales para la salud. ¿Crees que ya…?
—Oh, me estás hablando a mí… pero si mal no recuerdo, tú te la pasabas ahogada en el alcohol… eso también es perjudicial ¿no?
—Por eso mismo es que te lo digo. Mi experiencia está hablando –lo abrazó y los sentó a ambos, uno al lado del otro— Te he extrañado tanto, no me has visitado –le reprochó, pero el moreno ni le contestó, sólo se soltó del abrazó—. ¿Eres gay?
Él la miró ceñudo ¿qué pregunta era esa? En realidad no lo había pensado ¿era gay? No lo sabía, le gustaba Tom, sí, incluso le amaba, lo había aprendido hace poco, también tuvo a Georg de novio, aunque quizá esa era un mera relación de “tómame aquí y ahora” no había mucho de sentimientos, y había follado con otros chicos, ¿pero era gay? No se imaginaba casado con un hombre, ni siquiera con Tom –en realidad él miraba eso algo muy imposible debido a la edad, probablemente si fueran del mismo año…—, en realidad él siempre se vio pasando el resto de su vida al lado de una dulce y hermosa mujer, siendo padre de unos revoltosos niños, quería al menos unos tres. ¿Era gay? No ¿Bisexual? Lo más probable.
—¿Qué demonios? ¿Por qué preguntas?
—Por cómo vas vestido, pero en serio está bien cariño, te querré tal como seas
—Por supuesto, por eso me abandonaste a mi suerte. Sólo déjame, desaparece tal como has hecho todos estos años –y diciendo eso se marchó, no escuchando el ligero susurro de su madre “ya me voy, por eso me estoy despidiendo”
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Finalmente su turno terminó y él cansado volvió a casa, deseando llegar a su cómodo colchón y dormir por horas, todo el día siguiente de ser posible. Pronto se arrepintió de haber pedido trabajar toda la semana por horas completas, aunque su bolsillo lo agradecería, y eso le sería muy útil en su futuro próximo.
D’ Luisss ganaba muy bien, y trabajando solo un día podía sostenerse toda la semana, —claro que él sabía que su paga era demasiado generosa a diferencia del sueldo de sus compañeras, debido a que recibía cierto dinero de parte “familiar”, como Jörg decía—.
Estaba buscando las llaves de su hogar cuando sintió que alguien le llamaba por el hombro, volteó el rostro perezosamente, no queriendo hablar con nadie, y cuando estaba a punto de ver quién le llamaba un duro golpe a palma abierta atacó su mejilla izquierda.
—¿Qué mier…? –gimió dolorido, con el rostro volteado.
—Espero que así te alejes de mi pequeño —le espetó fríamente una voz madura—. Ya sé qué es lo que planeas, así que mejor para tu plan si no quieres meterte en problemas, pedófilo –escupió lo último con veneno en la voz.
—¿Disculpe? –Preguntó asustado, le miró finalmente y se sorprendió al ver la abuela del rubio, aunque era alguien a quien debía esperarse. “Pedófilo” abrió los ojos desmesuradamente ¿Habría dicho Tom finalmente la verdad?— ¿De… de dónde piensa que yo dañaré a Thomas?
—Sé que quieres abusar de él —No, Tom aún no hablaba, pero debió haber dicho algo comprometedor para que la abuela sacará esas conclusiones—, por eso lo compras con tus regalitos, para que confíe en ti, pero ya me di cuenta y no le permitiré volver a verte, así que mejor no lo intentes.
—Dañar a Tom es lo último que quiero, y no porque usted lo diga dejaré de verlo, es mi amigo.
—Claro. Le doblas la edad, esos no pueden ser sus amigos –dicho esto dio media vuelta—. ¡Ah! Ha venido un amigo tuyo a traer unos enormes muñecos de felpa que Tom reconoció, le dije que te los trajera de y de paso también tus pertenencias, señor “mañana vengo por ellas” para que ni te molestes en pasar por ellas —y se fue.
—Estoy jodido –murmuró al fin entrando en su casa, en el sofá de la entrada el enorme gorila que había encantado a su pequeño, “Gusorg”. Se sentó al lado y lo abrazó, comenzando a soltar unas molestas lágrimas amargas. De pronto se sentía solo, más solo que nunca.
El sentimiento de soledad en su pecho, el que surgió cuando su madre se desinteresó de él, el que lo había martirizado por tanto tiempo, que nunca lo confeso y tuvo que soportarlo sin ningún apoyo, volvió con más fuerzas.
Georg como buen amigo intuía que algo no iba bien con el pelinegro, por eso lograba ignorarlo momentáneamente, pero aún así dolía. En cambio, cuando comenzó a entender sus sentimientos hacia el pequeño, y los que éste le profesaba, ese hueco comenzó a llenarse, poco a poco se sentía aliviado.
Entonces tuvieron que separarse una noche atrás, y como si eso fuera poco su madre decidió por fin dar la cara y hacerlo sentir más miserable. ¿Por qué el destino lo hacía sufrir tanto? Él no había hecho nada para merecer esa vida, o por lo menos así pensaba antes del rubio. No recordaba haber dado nunca algún motivo para que le quitaran la inocencia tan despiadadamente.
Con las lágrimas sin dejar de correr se sentó como indio en el sofá y alzó un poco su pantalón mirando su tobillo izquierdo decorado sádicamente con líneas ya casi invisibles. Recordaba cada una, desde la primera hace más de diez años, la que se hizo en la noche que fue obligado a hacer su primera felación.
Lograba verse como un niño otra vez, con el nuevo hombre de la casa tocándole la espalda desnuda, diciéndole lo hermoso que era y lo apetitosa que su boquita lucía, mientras él lloraba sobre el cuerpo de su madre tan fuera de sí, con algo blanco en su nariz —como estaba la del hombre que lo acariciaba tan suciamente— y una botella de alcohol en una mano…
Sacó su teléfono móvil y marcó rápidamente un número que se sabía de memoria, al segundo toque escuchó la voz que tanto deseaba le respondiera. Colgó apenas le oyó y sonrió tristemente.
—¿Sabes que es lo último que quiero? –preguntó al aire, a la persona a quien terminaba de colgar— Hacerte feliz –se respondió —, pero creo que lo haré justo ahora, me quiero morir, y tengo una 9mm cargada esperándome en mi habitación.
Lloró más amargamente y comenzó a subir los escalones con desgano, con cansancio, aunque lo que quería era llegar pronto a su arma mortal, hablando de su sufrir al pasar de los años.
Habiendo llegado a la puerta de su habitación entró dirigiéndose a la cómoda donde guardaba su arma, de defensa a suicida, sin mirar a su alrededor. Rió con locura y dolor, finalmente haría feliz a alguien.
Sacó la pistola de 9mm y le quitó el seguro, poniéndosela rápidamente bajo la mandíbula, el dedo en el gatillo, sólo debía apretar un poco y todo su dolor terminaría.
Continúa…
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