Mi niñero FIN

Fic TOLL de Medianoche

Capítulo 21: Adiós

—Hum —escuchó un gemido a su lado, volteó y en su cama se encontraba su rastudito, con unos ojos increíblemente abiertos y que “gritaban” de miedo, con perceptibles temblores en su cuerpo.

Rápido colocó el seguro de la pistola y la tiró lejos de su cuerpo, asustado, por Dios, ¡casi le deja un trauma a su pequeño! Dio un paso para acercarse al rubio pero este rápidamente se hizo para atrás. Sintió como si su corazón se destrozara.

—Tommy, por favor, no me hagas esto… —susurró como pudo con su voz quebrada, soltando aún más lágrimas, si su Tom lo rechazaba, entonces sí ya no podría soportar nada más. Temía que si se iba, entonces nada lo frenaría.

Intentó dar otro paso más para acercarse a él pero recibió el mismo gesto de parte del niño, y entonces cuando menos se lo esperaba el rubio cogió una almohada para aventársela al rostro y salir corriendo y gritando hacia la puerta.

—¡Tommy! ¡Por favor! —le suplicó sin fuerzas para salir tras él— no me dejes solo —murmuró por último. Sus piernas le fallaron y él cayó estrepitosamente al suelo, con la cabeza gacha y la respiración agitada— En mi interior empieza a hacer frío, quédate aquí, no quiero estar solo, las sombras quieren cogerme.

Y los recuerdos de la primera noche que perdió a su Tom le asaltaron a la mente, el clima era el peor, el rastudo tenía miedo, y él lo alejó. Aunque habían pasado montones de cosas desde ese momento, no logró consolarse sabiendo ese accidente “olvidado”.

Le falló cuando lo necesitaba para no caer en algún abismo, ahora era él quien caería, y entendía perfectamente al menor por no querer estar ahí a detenerlo. Lo había horrorizado al verlo con el arma, y estaban hablando de Thomas, su gatito asustadizo, seguro ahora estaría preguntándose cómo demonio se fijó en un psicópata, cómo era que se entregó a él.

Unos pasos se escucharon cerca y él levantó la mirada, ahí en el marco de la puerta se asomaba el rastudo con las lágrimas surcando sus mejillas, aún con el temblequeo de su cuerpo. Le miró fijamente, como esperando el momento en que saldría corriendo definitivamente, pero no lo hacía.

—¡Bill! —Gritó corriendo a él y abrazándolo con todas las fuerzas que su pequeño cuerpo le permitía— Bill… —gimió lastimeramente ocultando su rostro en la curvatura del cuello del mayor. El moreno pasó sus manos por la cintura de su niño y restregó su nariz contra una de las mejillas del contrario.

—Tommy, por favor no me dejes, no lo soportaría, por favor…

—Bill —subió sus bracitos al cuello del otro y lo estrechó— Bill, *sniff* Bill, Bill… —separó su rostro de donde lo tenía y dio un fugaz besó a los labios del otro—. Te quiero Bill.

—Lo sé hermoso, y yo a ti, lamento haberte asustado… yo… oh Tommy, perdóname —se separó y le acarició el rostro, admirando los bellos rasgos del menor— mi adoradito trapeador —besó su nariz y le volvió a abrazar—. ¿Qué hacías aquí bonito?

—Vine a verte —sorbió la nariz— mi abuela no quiere que te vea, así que cuando ella y mi tía miraban su novela yo me salí y vine a esperarte *sniff* pero otra vez tardaste mucho en el trabajo y me quedé dormido en tu cama y —se le cortó la voz y volvió a llorar sorbiendo por la nariz— y oí ruidos y estabas tú *sniff* con esa *sniff* cosa y… y yo me asusté *sniff* ¡Bill! No quiero que te mueras Bill, no quiero, no quiero *sniff* creí que no volvería a verte, creí, creí que…

—Ya Tommy, tranquilo, estoy aquí, estoy bien —le intentó limpiar las lágrimas en vano pues estas seguían bajando con insistencia—, gracias a ti, no tienes de qué preocuparte, lo siento, no volverá a pasar.

El moreno daba a su espalda unas suaves caricias subiendo y bajando su mano, al poco tiempo el rubio yacía plácidamente dormido y el pelinegro lo tomó en brazos para llevarlo a su casa cuando el timbre sonó “Seguro es la abuela loca de Tom, me va a matar, pequeño cabroncito cómo me metes en problemas” siseaba por lo bajo para no despertarlo “por eso es que te amo”. Y le plantó un besó en su cabeza.

Tomó la primera manta que vio en su armario y la echó encima del rubio para que el frío de la noche no lo molestara, sin embargo al abrir la puerta todo su mundo volvió a venirse abajo. Fuera se encontraba su madre, no la abuela histérica de Tom. Frunció el ceño.

Quiso gritarle muchas cosas, que se largara, que no quería volver a verla, preguntarle por qué se empeñaba en joderle la vida, pero nada salió, y el motivo era simple, muy en el fondo, por más que quisiera negarlo, estaba agradecido por tenerla ahí, porque quería con todo su corazón que estuviera ahí para consolarlo como sólo una madre sabe.

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—Es un niño encantador —decía la mujer entre susurros, acariciando la frente del rubio que aún dormía cómodamente sobre un sofá, mientras ella y Bill tomaban una taza de té caliente—. Se parece mucho a ti ¿sabes? Te veías idénticamente cuando tenías su edad, salvo por el cabello.

—Tom no es mi hijo, es el de mi vecina, lo estuve cuidando cuando salió a Francia y hasta que llegaron su tía y abuela a reemplazarme.

—No esperaba que fuera tu hijo cariño, aunque si me lo dijeras sí te creería —respondió sonriente antes de volver a dirigir su mirada al pequeño dormilón.

—¿A qué viniste? —preguntó secamente yendo directamente al grano, ya habían postergado mucho la charla de su repentina visita a su hogar. La rubia suspiró.

—En primer lugar ¿por qué me llamaste? Sé que fuiste tú… —murmuró bajando la mirada— cuando colgaste supuse que algo malo estaba pasando, así que marqué a Jörg y le obligué a que me diera tu nueva dirección…

—Llevo años viviendo aquí solo.

—Lo sé —sonrió amargamente—, y nunca me preocupé por saberlo —sonó arrepentida y por primera vez apartó su mano del cuerpo del niño—. Cuánto lo siento.

—¿Por qué hasta ahora?

—Quería arreglar las cosas de una buena vez, no quería irme sin haberlo hecho —se puso de pie, dispuesta a irse de casa cuando los finos dedos de su hijo tocó su gélida y huesuda mano—.

—Quédate, tengo una habitación disponible para ti —murmuró con un nuevo nudo en la garganta—. Siempre la tuve

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Tocó el timbre de su vecina un par de veces hasta que ésta le abrió la puerta.

—S… Simone… ¿qué haces aquí? ¿No estabas en Francia? —preguntó aturdido por la presencia de la rubia en su hogar, aunque se miraba algo demacrada, ella sonrió frágilmente, con tristeza.

—¿Es Tom?

—sí… hu… él… él ha venido a mi casa y… yo bueno… —bajó la mirada al suelo—. ¿Puedo llevar a acostarlo? —la rubia le sonrió con verdadera alegría y le sonrió, por supuesto que podía, sabía que nada podría hacer más feliz a su hijo, su precoz y pervertido demonio enamorado, pero aún así lo amaba con todo su corazón.

Desde que Bill había llegado a su calle “Cupido” había hecho de las suyas, sólo hacía falta verle a los ojos para darse cuenta de sus sentimientos por el mayor, mismo que no le pasaba para nada desapercibido, muchas veces se vio tentada a aceptar sus ofrecimientos de salida, pero eso destrozaría al rastudo, y por eso lo negaba.

Tampoco era que deseara que su “pollito” saliera con el moreno que le llevaba bastantes años, lo que quería era no verlo deshecho por ver a su madre salir con el chico que le gusta, aunque juraba y perjuraba que eso era pasajero.

Habiendo llegado a la habitación del niño su ex niñero le arropó y quedó mirando y acariciando su rostro. Verdaderamente ya no podía estar cerca de él para cuidarlo, aunque eso el tiempo también se lo daría. Suspiró y continuó acariciando la frente del rastudito, tarareando una canción de cuna, sin percatarse de que era observado desde el marco de la puerta, si no hasta que esa voz se lo advirtió “no me gusta que mires a mi hijo con esos ojos”.

Se giró rápidamente y la vio ahí, sonriendo “quizás en otra vida” continuó la misma persona. El moreno sonrió melancólico, él también deseaba otra vida, otra en la que pudiera ser feliz junto al niño, como su pareja. Volvió a suspirar y se levantó listo para irse a su hogar, para despedirse de su mamá.

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El frío de la noche calaba ligeramente en su cuerpo y las lágrimas apuñalaban en sus ojos para lograr salir y seguir a las demás que ya había sido liberadas. Se había ido, su madre lo había dejado solo otra vez, y él no pudo hacer nada por detenerla, nada. Se sentía tan… vacío…

Una mano en su hombro lo sobresaltó y lo hizo ver, ahí estaba Simone, con una sonrisa reconfortante. Se sentó a su lado y el pelinegro pronto la abrazó para desahogarse entre sus brazos.

—Se volvió a ir, Simone, me dejó otra vez, ahora para siempre.

—Bill, claro que no, ella siempre estará contigo—

—No pude hacer nada… No pude evitar que se fuera, Simone…

—Arreglaste las cosas con ella, es lo mejor que pudiste hacer —le besó la frente— ¿ya sabes que es lo que harás a partir de ahora?

—Ya acepté la propuesta… lo… —suspiró, se sentía muy abatido en su interior, ya no podía hablar.

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La mañana siguiente se despertó un perezoso rubio sin grandes ánimos de levantarse, mucho menos si era para ir a la escuela, sin embargo se lavó y cambió sus ropas por unas para ir a la escuela. Tomó su mochila y bajó a la cocina, no queriéndose encontrar con su abuela. Sin embargo el ver a su madre ahí le puso más que contento, gritó y corrió a abrazarle fuertemente tenía nuevamente a su madre ahí con él.

—volviste, volviste, volviste —gritaba saltando alrededor de ella— ¿me trajiste regalos mami?

—¡Niño interesado! ¿Qué hay de mi besito? —exclamó acuclillándose a su altura y abrazarlo lo más que pudo

—¡Mami interesada! —y le besó. Después de platicar un rato sobre algunas de sus vivencias tan separados el reloj pronto les marcó la hora de partir a la escuela. Tomaron el almuerzo del rubio y salieron para ir a la escuela. Fuera de su casa estaba un vehículo negro con un pelinegro a punto de subir con una maleta de viaje muy grande. Él y el rubio se miraron fijamente por algunos momentos, hasta que el moreno negó con la cabeza.

Adiós Tommy —murmuró casi para sí mismo antes de subir al vehículo sin voltear atrás, sin despedirse de su niño. Sin la esperanza de volver a verlo, solo queriendo que él fuera feliz. Dentro del vehículo sacó da su bolso una fotografía, aquella que Georg les hizo en su casa, cuando le ofrecía una cerveza al rastudo. Le contempló largamente y finalmente suspiró. No tenía idea de qué tan difícil sería irse del que fue su hogar por largos años.

Por su parte el niño no reprimió el impulso de soltar lágrimas. Lo había dejado y no volvería a verlo, no volvería a ver a su niñero favorito. Se soltó de la mano de su madre que lo retenía y corrió al interior de su casa, subió rápidamente las escaleras hasta llegar a la puerta de su habitación y se encerró ahí, acostándose en su cama mirando al techo, ahora lo único que le quedaba era su ático.

&   Fin  Parte 1 &

Te invito a seguir con la segunda temporada: «Mi querido Profesor» Puedes leerla, pinchan «aquí».

por Medianoche

Escritora del Fandom

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