Mi querido Profesor 20

“Mi querido Profesor” Fic Twc / Toll escrito por Medianoche

Capítulo 20: De cómo despedir el año

—Pero no entiendo por qué debes irte, es época de estar en familia.

—Mamá ya te expliqué, tengo una materia reprobada, debo recuperarla, no insistas más —pedía el rubio cansado de los ruegos de su madre por quedarse, ella alegaba que mañana sería 31 y se negaba a pasarlo lejos de su “retoño”.

—Y ni creas que esa noticia me tiene complacida.

—Si no voy las cosas podrían estar peor —intentó persuadirla para que de una vez por todas lo dejara cruzar el umbral de la casa. Con duda su madre se apartó para darle pase aún a su pesar.

— Al menos has que esta separación valga la pena —se acercó y le beso la mejilla, el rastudo tenía la puerta ya abierta y se alteró de pensar que alguien pudiera verlo en esa situación. Se miraron unos pocos minutos más y su madre prosiguió: —Has crecido tanto… y tan rápido…

—Perderé el tren madre, te quiero —ahora, sin pensar en nada más que en consentir un poco a su madre, se acercó y le beso sonoramente una de sus mejillas—. Te amo. —y fue todo antes de retirarse sin volver a ser interrumpido. Atrás su madre lo miraba marchar con una notable tristeza en el rostro, pero no había nada que pudiera hacer.

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El pelinegro, por su parte, se vio involucrado nuevamente en una discusión con su padre. Su hijo no sería como a él le gustaría, pero si había algo que le reconocía era esa “responsabilidad”, siempre estaba al tanto de las celebraciones familiares, o al menos lo intentaba la mayor parte del tiempo, pero en esa ocasión, ¿irse? ¿A dónde? Ni siquiera se dignaba a mencionarle a qué sitio.

Bill sabía que la frase “por motivos del trabajo” estaba totalmente prohibida, Georg podía cometer el accidente de hablar de más y dejarlo al descubierto, o incluso Andrej, sólo por el hecho de hacerlo rabiar y hacerlo quedar mal. Sería una oportunidad perfecta; aunque el pretexto: “necesito un poco de tiempo sólo para mí” tampoco era que funcionara mejor, pero desde hacía tiempo que era mayor de edad, no había nada que lo obligara a quedarse… casi.

Su padre al darse cuenta de que no podría hacerlo cambiar de opinión —nuevamente— se dio por vencido, alegando un: “decepcionarás a todos”, que aunque bien le afectaba al moreno no lo haría cambiar de opinión. Tenía una cita muy importante que atender, con un apuesto alumno suyo.

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Habían acordado verse en la plaza principal, en punto de las 20:00, que sería la hora aproximada en que el rubio regresaría de su hogar, de ahí irían en automóvil hasta el “establo” (que en realidad era un gran “rancho” con variedad de animales y plantaciones, eso sí, lo que abundaban eran los caballos).

De la ciudad a dicho sitio se hacían unas 12 horas de viaje, sin embargo estaban tan cansados que decidieron hacer una pequeña parada de un hotel de paso. Estacionaron con cuidado pues una espesa niebla se comenzó a cernir sobre ellos y dificultaba la vista. Fue una grandiosa idea el quedarse ahí.

Pidieron una habitación doble a la joven que atendía ahí. Rubia teñida, vestida vulgar y de mal genio, masticando un chicle como si de una vaca pastando se tratara. Ambos rastudos sintieron algo de repulsión hacia esa imagen.

—Sólo hay matrimoniales —habló directamente antes de por fin despegar la vista de su juego de solitario y “atenderlos como se debía”. Quedó sorprendida ante bellos varones y quiso golpearse contra la pared por no haberlos tratado como merecían, de haberlo hecho probablemente en ese momento estarían follándola tan duro que no podría sentarse en semanas.

—Está bien —habló claro el pelinegro esperando que la muchacha despertara de su más que obvia ensoñación y les diera la llave de su habitación. Tardando más tiempo del que debía la mujer les entregó una llave con el número 28 y les quedó viendo de manera sugerente.

—Si necesitan algún servicio no duden en llamarme —Ese servicio era obvio que hacía alusión al sexo, sin embargo ella sería probablemente el último espécimen humano al que acudirían para saciarse. El primero, aunque no lo habían hecho tras mucho tiempo, estaba justo al lado. Sonrieron por educación y se marcharon por las escaleras. Pedir que hubiera un ascensor era desear mucho.

La habitación era pequeña e inesperadamente cálida, con un balcón hacia el jardín: canchas vacías, mesas para desayuno que en el centro tenían el “asta” del que solía estar una sombrilla y algunos solitarios árboles eran lo que componían el triste paisaje.

La niebla los abrazaba brindando de esta manera un aspecto bastante macabro, mas para ellos era el pie hacia recuerdos del pasado, siete años atrás. Sonrieron en perfecta sincronía y se dispusieron a ponerse cálidos para dormir.

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Eran alrededor de las 15:00 y finalmente estaban en su destino con una temperatura que empezaba a descender lentamente.

El sitio estaba vacío, Bill había hecho una llamada en la que avisó que quería el lugar vacío por tres días. Él se las apañaría para el mantenimiento del lugar y los animales. Al haber llegado confirmó que llevarlo hasta ahí había sido una buena elección, la expresión en el rostro del menor lo cambiaría incluso por sus últimos años de vida para volverla a ver.

—Este lugar es hermoso —exclamó apenas habiendo llegado—. Gracias, me encanta — y se abalanzó hacia los apetitosos labios de su amante. El mayor rápidamente lo sujeto por la cintura para impedir que se despegara.

Degustó con ánimo el dulce sabor de su pequeño y disfrutó la suavidad de su piel debajo de la playera que portaba. Era todo suyo, no podía creerlo. Era como sentirse en la gloria, hasta que no pudo evitar el sentimiento de remordimiento dentro de su pecho.

Cuando las manos de Tom quisieron también navegar en su ser el mayor decidió que era suficiente, antes de que no pudiera contener las ganas que le tenía a su niño. Puso ambas manos en el pecho del contrario y aplicó la fuerza necesaria para lograr separarse, despegando sus labios con un húmedo sonido y algunos hilos de saliva entre ellos. Era increíble el grado en que habían avanzado sus caricias.

—Podremos dejar eso para la noche —comentó sonriendo graciosamente y recibiendo una casi igual a cambio.

Se tomaron de la mano y el moreno procedió a entrar y mostrar el lugar a su invitado, mismo que se fascinaba por todo lo que veía, aunque su atención quedó prendada en la increíble fuerza y hermosura de los caballos.

Cuando decidieron volver al interior de la casa eran alrededor de las 23:00, momento perfecto para preparar algo ligero de cenar.

—Prefiero montarte a ti que a uno de esos animales —comentó el rubio sin pensarlo mucho después de recordar la insistencia del moreno a que montara alguno y así poder salir a pasear un momento, esto con la simple intención de sacar un tema al aire y deshacerse de ese molesto silencio que desde hacía rato los venía molestando. Cuando por fin se dio cuenta de sus palabras se sonrojó al máximo y quiso retractarse. — Q-quiero decir, n-no es que yo qui-quiera… — Miró con vergüenza y temor a su profesor mismo que llevaba el rostro lleno de tinte morboso, pero no dijo nada al respecto. Probablemente eso fue peor para el pequeño.

—Humm… tienes un muy lindo lugar, no sabía que ganaras tan bien en la escuela. —dijo esta vez intentando reparar su antiguo error.

—Me dedico a varias cosas, ya deberías saberlo, una de ellas es traer algunos de mis alumnos y prostituirlos al mejor postor —comentó como si nada con un rostro increíblemente serio, ese comentario congeló de golpe al chico que lo miraba con terror—. Era broma —dijo sin cambiar la expresión de su rostro. Un Tom aún dudoso a su lado.

El moreno sonrió acercándose al rubio y tomándolo de la cintura. Lo besó con una pasión que Tom nunca antes había sentido tan palpable en él. Pasado el momento de sorpresa se decidió por pasar sus brazos detrás de su cuello y dejarse llevar por las emociones que lo embargaban con fuerza. Aligeró su cuerpo en cuanto el de rastas bicolores lo tomó por los muslos para sentarlo sobre la mesa de cocina, junto a este movimiento el moreno le separó las piernas para lograr acomodarse dentro de ellas.

El calor dentro de sus cuerpos ascendía con rapidez y se guiaron mutuamente a deshacerse de esas molestas ropas que los cubrían. Los trozos de tela volaban fuera de ellos, pieza por pieza hasta que Tom tenía nada más que un bóxer, el profesor en cambio aún conservaba también su pantalón. Se miraron sin decir palabras, jadeando en busca de oxígeno pero a la vez queriéndolo olvidar por hacerlos separar, lo único que deseaban era regresar al otro y saciar el deseo de sentir al contrario. Sus pechos agitados subiendo y bajando con desesperación.

Al fondo, en la sala, el enorme reloj de péndulo sonó, marcando las doce en punto. Un año había terminado para dar comienzo a uno más.

—Tómame ahora Bill.

& Continuará &

por Medianoche

Escritora del Fandom

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