
Fic TOLL de Chikparole
Capítulo 3
… Bill asintió.
No confiaba en su voz ahora mismo. Caminaron juntos hacia la puerta de embarque, sus pasos sincronizados, sus hombros casi rozándose y aunque ninguno dijo nada más, aunque ambos fingieron que era sólo otro viaje de trabajo, ambos sabían en lo más profundo, que algo se había puesto en marcha, algo que ya no podrían detener. No esta vez.
El avión vibraba suavemente mientras atravesaba la capa de nubes la luz del amanecer pintaba de oro pálido las pequeñas ventanillas. Tom miraba hacia afuera, pero su mente estaba muy lejos del paisaje, estaba en el pasado en un pasillo largo, lleno de casilleros abollados y risas adolescentes.
La secundaria, allí lo había visto a Bill por primera vez, 16 años, cabello oscuro, demasiado largo para las reglas estúpidas de la escuela, ojos grandes, desafiantes, pero al mismo tiempo vulnerables, como si esperara -y temiera- ser visto de verdad.
Tom, con su vida de apariencias perfectas, su apellido cargado de dinero y expectativas, había sentido algo que no sabía cómo nombrar, no fue amor a primera vista no, fue… Reconocimiento. Un lazo silencioso entre dos chicos que no encajaban del todo en el molde, se acercó a Bill como quien se acerca a abrir la bolsa de regalos que tienen tus padres escondida.
Y así empezó todo. Primero fueron bromas compartidas, escapadas de clases aburridas, aventuras improvisadas en calles que no eran suyas pero que conquistaron juntos, se convirtieron en uña y mugre, en la pareja dispareja, usaban sus dotes intelectuales para ayudarse mutuamente, estuvieron allí para solapar borracheras, sobrellevar crudas, aprobar conquistas y sacar la cara el uno por el otro cuando algo salía mal. Así pasaron los años, Bill ya era más confiado de sí mismo, sin embargo, eso no hubiera sido posible sin la ayuda de su rastudo amigo quien siempre le daba elogios disfrazados de bromas.
-Con esa sonrisa podrías destruir a cualquiera, ¿lo sabes? -le decía Tom, golpeándolo juguetonamente en el hombro cuando Bill dudaba de sí mismo. Pero también… -Si te vieras como yo te veo, no volverías a esconderte jamás -susurraba a veces, en noches de confesiones a medias. Tom nunca dijo lo que realmente sentía, tenía demasiado miedo, no por él -Tom había peleado por su identidad ante sus padres, había llevado su bandera con orgullo-. Era por Bill.
Porque Bill necesitaba un lugar seguro, un refugio y si Tom cruzaba esa línea, si destruía su amistad, ¿qué le quedaría a Bill? Así que se convirtió en el chico inalcanzable.
Coqueteaba, brillaba, rompía corazones -de chicos, de chicas, no hacía distinciones-. Todo para proteger la única verdad que jamás se atrevió a tocar: que su hogar no era una casa de cristal ni un apellido ilustre. Era Bill.
Y ahora, casi dos décadas después, Tom estaba sentado a su lado, en un vuelo a Berlín, sintiendo que su corazón adolescente seguía latiendo con la misma fuerza tonta de entonces. Miró de reojo a Bill, con el cabello rubio y bien arreglado, los rasgos más definidos, la risa más rara de lo que solía ser, pero seguía siendo su Bill, el único lugar al que siempre había querido volver.
Tom cerró los ojos un segundo, dejando que una pequeña oración -la misma de todos esos años- subiera desde su pecho:
«—A veces, cuando amas mucho a alguien, lo dejas ir…
para que sea feliz, aunque no sea contigo-«
El zumbido constante del avión le adormecía los sentidos, Bill fingía leer la revista que tenía en las manos, pasando las páginas sin verlas realmente. A su lado, Tom parecía perdido en sus propios pensamientos mirando por la ventanilla, Bill dejó caer la revista en su regazo y apoyó la cabeza contra el respaldo y sin querer, su mente se deslizó hacia atrás.
&
La secundaria.
Los pasillos llenos de carcajadas pesadas, de etiquetas dolorosas, de miradas que te juzgaban por ser diferente. Bill recordaba perfectamente cómo era caminar por esos pasillos: la sensación de ser siempre demasiado algo, demasiado raro, demasiado callado, demasiado visible , al mismo tiempo, invisible. Hasta que apareció Tom. El rubio sucio, con su sonrisa descarada, su aura inquebrantable de confianza, su capacidad casi mágica de hacer que cualquier lugar pareciera seguro. Fue él quien lo defendió cuando unos idiotas intentaron hacerle bromas por su ropa, fue él quien le tendió una mano cuando sintió que no pertenecía a ningún lado y fue él quien, noche tras noche, le recordaba quién era.
-Eres jodidamente increíble, B -le decía, medio riendo, mientras compartían cigarros robados en la azotea de la escuela-. El mundo simplemente es demasiado estúpido para darse cuenta todavía.
Bill nunca entendió del todo por qué Tom se quedó, por qué, entre todas las personas a las que podía haber elegido, eligió ser su amigo, pensó que era suerte, pensó que era gratitud, hasta lástima, aunque tras esa fachada de fuckboy sabía que existía una persona con un corazón hermoso que quería ser reconocido por lo que era, en lo que creía por lo que podría lograr. Largas filas vio transitar de chicos y chicas tras los huesos de Tom Kaulitz, las veces que tenía que sacarlo de apuros con rollos intensos que querían algo más o simplemente se obsesionaban con su amigo y las veces, las incontables veces que le decía que ninguna de esas personas le llegaba a los talones a él, a Bill, nunca pensó que podía ser algo más. Y quizás, si se hubiera permitido mirar más de cerca, habría notado los pequeños detalles, las miradas que duraban un segundo más de lo necesario, los toques casuales que parecían tener un peso invisible, los silencios que decían cosas que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar. Bill suspiró, bajando la mirada a sus manos entrelazadas, Tom siempre había sido su constante, su refugio y ahora, sentado tan cerca de él en ese vuelo, podía sentir esa misma seguridad envolviéndolo, pero… También algo nuevo, algo que vibraba bajo la piel, algo que le daba sabor a más que amistad.
Era un vértigo dulce y aterrador al mismo tiempo. Bill cerró los ojos, sólo un momento, dejando que el ritmo suave del avión le arrullara los pensamientos, quizás no estaba tan perdido como creía, quizás, sólo quizás, su hogar había estado a su lado todo el tiempo.
Continúa…
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