My little pray 4

Fic TOLL de Chikparole

Capítulo 4

La noche siguió cayendo, y ninguno habló más de lo que realmente importaba.

No hacía falta. El silencio estaba lleno de palabras que aún no sabían cómo pronunciar.

Camino de regreso al hotel, cada uno iba ensimismado en su mundo, hurgando sus pensamientos, apretando el corazón, por lo que Tom no puedo evitar recordar las palabras de BiIl hace 40 minutos. —»Tú tampoco entendías cómo Gustav prefería a alguien más» .

Había cosas que Tom prefería no recordar, memorias enterradas bajo capas de música alta, noches interminables y besos sin nombre, pero a veces, en momentos de silencio, Gustav volvía. No porque lo extrañara, sino porque entendía lo que el rubio fue, le recordaba cuánto había aprendido a sobrevivir.

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Se conocieron en una inauguración de arte, Tom acababa de empezar a independizarse de la sombra de su apellido. Periodista joven, editor prometedor, promesas abiertas como caminos dorados frente a sus pies y de pronto Gustav era luz o eso parecía: brillante, sofisticado y seductor.

Gustav lo miró como si fuera el único en la habitación, y Tom, acostumbrado a las miradas que buscaban su apellido y no a él, cayó. Cayó rápido y cayó fuerte, al principio fue fácil solo citas improvisadas, conversaciones de madrugada que parecían arrancar capas viejas del alma y miradas que prometían futuros luminosos. Gustav era todo lo que Tom pensó que necesitaba, alguien que lo viera, alguien que lo eligiera.

Todo pasó tan rápido y en un abrir y cerrar de ojos se mudaron juntos en menos de seis meses a un departamento elegante en el corazón de la ciudad, con muebles minimalistas, cuadros carísimos en las paredes y una vida perfecta, al menos en apariencia.

Pero no todo lo que es oro brilla y pronto, las grietas empezaron a mostrarse. Gustav quería más, siempre más. Un mejor apartamento, un mejor coche, vacaciones en lugares donde las cámaras pudieran captarlos, y por qué no, también amistades influyentes.

Y cada vez que Tom ponía un límite, Gustav sonreía, se disculpaba, se deslizaba de vuelta a su favor con besos que sabían a veneno dulce, así que Tom aguantó ya que lo amaba o creía amarlo.

Porque después de años defendiendo su derecho a ser quien era, quería probar —aunque fuera sólo para sí mismo— que también merecía ser amado de vuelta. Así que cerró los ojos ante las pequeñas traiciones: las llamadas no contestadas, las mentiras piadosas así como las desapariciones repentinas. Se convenció de que era normal, nunca es miel sobre hojuelas, el amor era trabajo duro y la pasión venía con sacrificios.

Hasta que llegó aquella noche.

Tom llegó temprano de una reunión cancelada, no avisó. No pensó que debía hacerlo.

Abrió la puerta de su departamento —su casa— con la llave de siempre, subió las escaleras, cargando una botella de vino en una mano, sonriendo para sí mismo.

Y lo vio.

A Gustav.

En su cama, con otra persona, una chica esta vez, rubia, envuelta en las sábanas que Tom había comprado, riendo como si nada, como si todo lo construido no hubiera significado absolutamente nada.

El vino se estrelló contra el piso, la botella rodó, manchando la alfombra blanca de rojo oscuro.

Tom no gritó. No dijo una palabra. Sólo miró, durante un largo, largo minuto.

Hasta que Gustav se dio cuenta, su sonrisa se congeló e intentó —ridículamente, insultantemente— disculparse. Pero era tarde, demasiado tarde, Tom dio media vuelta, pensando que era inútil, jamás competiría con una chica por un hombre, por lo que hizo lo que consideró lo más prudente, retirarse. No volvió a mirar atrás.

Años después, sentado junto a Bill en un vuelo a Berlín, con el eco de esas heridas aún palpitando bajo su piel, Tom supo que había sobrevivido, pero también supo que sobrevivir no era lo mismo que sanar. Que el amor real no se construye con juegos ni manipulación, se construye con miradas que sostienen, con silencios que abrazan, con pasos que no retroceden; se construye, quizás, con un mejor amigo que sin saberlo había pasado exactamente por lo mismo con diferencia de circunstancias y que sin darse cuenta vieron un lado de la moneda que jamás quisieron voltear, que esa realidad, que esa coincidencia, que esa paradoja era el camino de su verdadero hogar.

&

La habitación del hotel olía a sábanas limpias y a algo que Bill no lograba identificar, quizá era ansiedad, quizá era el fantasma de algo que jamás le tocaría a él sentir durante años. Se dejó caer sobre la cama sin desvestirse, mirando el techo, las manos entrelazadas sobre el estómago. ¿Por qué demonios había sentido ese nudo en la garganta cuando Tom lo miraba así? ¿Por qué ahora, cuando ya todo debería estar resuelto? Se suponía que era una página pasada, no era su momento, a él no le tocaba porque su amor ya estaba en otro canal. ¿Su amor?

Se obligó a pensar en Susan.

En su boda, en su sonrisa radiante, en la forma en que había abrazado su nueva vida, se obligó a recordar que ella había sido su amor, su imposible. Pero en su mente no aparecía Susan, aparecía Tom.

Tom riendo, Tom apoyándolo, Tom sosteniéndolo en sus peores días, Tom mirándolo esa tarde con algo tan transparente que dolía. Bill cerró los ojos con fuerza, como si pudiera aplastar los pensamientos que lo desbordaban.

No podía estar pasando esto, no podía perder a su mejor amigo, no podía…

El teléfono vibró en la mesa de noche, Bill abrió un ojo, con el corazón desbocado, como si ya supiera quién era. Tom.

Un simple mensaje. «¿Llegaste bien?». Bill sonrió pese a sí mismo, un gesto tan estúpido, tan habitual, tan Tom. Sus dedos volaron solos sobre la pantalla: «Sí. ¿Tú?». La respuesta llegó casi de inmediato. «Sí. Y… no quiero sonar cursi, pero fue muy bueno verte otra vez, B.»

Bill leyó el mensaje una, dos, tres veces. El estómago le dio un vuelco ridículo «B» ese apodo íntimo que Tom usaba cuando eran sólo ellos dos contra el mundo, que nadie más usaba, que siempre había sido suyo. Sus manos temblaron apenas, una ola de emociones le rompió contra el pecho: cariño, miedo, deseo, vergüenza, alegría absurda. No respondió pues no sabía cómo así que apagó el teléfono, lo dejó boca abajo en la mesa de noche, como si pudiera protegerse del incendio que ya ardía bajo su piel. Se recostó de lado, abrazándose a sí mismo en la oscuridad y por primera vez en mucho, mucho tiempo, se preguntó: «¿Y si he estado mirando hacia el lado equivocado todo este tiempo?».

La noche avanzó lenta y despiadada, mientras Bill luchaba contra un enemigo que no sabía cómo vencer:

Su propio corazón.

Continúa…

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por admin

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