My little pray 8

Fic TOLL de Chikparole

Capítulo 8

La tarde era pesada, como si el verano mismo se resistiera a morir. Tom estaba tirado en el sofá, descalzo, hojeando una revista vieja, cuando Bill irrumpió en su departamento como un vendaval, traía las mejillas encendidas, los ojos brillando de una emoción que Tom conocía demasiado bien: esa mezcla de emoción y pánico que siempre precedía a una de sus ideas locas.

—Necesito tu ayuda —dijo Bill, sin siquiera saludar.

Tom se incorporó, dejando la revista a un lado. —¿Qué pasa? —preguntó, con una sonrisa automática, la que usaba cada vez que Bill traía problemas que arreglar.

Bill empezó a hablar rápido, atropellando palabras: la boda de Susan, el error que significaba, la urgencia de actuar antes de que fuera demasiado tarde.

Tom escuchaba, cada palabra era una estocada lenta, cada risa nerviosa de Bill, cada mirada suplicante, cada «tú eres el único en quien confío» era un recordatorio cruel.

Tom, lo soltó de golpe: Bill, ¿en verdad la amas o sólo quieres ganar? Sé honesto.

Porque Tom sabía, sabía que Susan no era el amor de Bill y que sólo estaba persiguiendo una idea, no una realidad.

El rubio pensó por un momento y respondió: Al principio no lo sabía pero recordé nuestro pasado y cómo es qué las cosas las cosas quedaron, es que era mía y que me pertenecía a mí. Hizo pucheros diciendo. ¿Por qué no me di cuenta cuando la tenía?

Tom con semblante inexpresivo le respondió. Es maravillosa la claridad, ante los celos psicóticos…

Tom créeme, si ella sintiera lo que yo, sabría lo que estoy pasando, es horrible.

Sólo dile que la amas ofreció Tom la respuesta.

Ash soltó Bill fastidiado.

Bill… Dile que la has amado durante 10 años, pero le temías al amor, sí dile que le temías al amor y a necesitarlo…continuó Tom con una mirada nostálgica.

¿Necesitar qué,? inquirió Bill confundido.

Ser de alguien…Todos somos así, así somos… Dile que es el peor y el más cruel y estúpido momento decírselo ahora, pero ahí está, que tiene que elegir. Tom casi se atraganta con sus propias palabras, es que era un imbécil, ahí estaba animando a su «mejor amigo» a ir por alguien y decirle lo que él quería gritar a los cuatro vientos, lo que anhelaba sacar con esa persona un ahora lo estaba mirando pero también sabía —con la certeza desesperada de quien ha amado en silencio toda su vida—, que no podía decírselo. Sólo dile la verdad.

Bill chasqueo la lengua y le sonrió diciendo que a eso viajarían a Chicago y se detuvo, esperando su respuesta con el corazón en los ojos.

Tom tragó saliva, los celos psicóticos pensó él podría tomar ese momento, esa apertura, y confesar todo.

Podría decir: «No necesitas luchar por Susan. No necesitas luchar por nadie más. Estoy aquí. Yo soy el hogar que buscas.» Pero no lo hizo, en lugar de eso, sonrió, su sonrisa más brillante, más falsa.

Se puso de pie, caminó hacia Bill, le dio una palmada en el hombro.

—¿Sabes qué, B? —dijo, fingiendo una ligereza que le rompía las costillas—.

Vamos a hacerlo. Vamos a recuperar a tu chica.

Bill sonrió, ese tipo de sonrisa que iluminaba habitaciones enteras.

Tom sintió cómo algo dentro de él se rompía.

Silenciosamente.

Sin remedio.

Pero no importaba. Bill era feliz o al menos, lo sería, si lograban su plan y si amar de verdad significaba poner la felicidad del otro antes que la propia, entonces Tom lo haría porque ya lo había hecho desde que tenía dieciséis años.

¿Qué era un sacrificio más? Por lo que lo siguió, planeó y maquinó.

Se convirtió en el cómplice perfecto, el mejor amigo perfecto, el refugio perfecto. Todo mientras enterraba su corazón bajo sonrisas prestadas, mientras rezaba en silencio, su pequeña oración eterna.

«Si quieres que te acompañe y te ayude a arruinar una boda,

necesitaré una muy buena copa de champán.»

El ascensor del hotel subió en silencio, el número de pisos parpadeando en rojo sobre sus cabezas.

Bill estaba sumido en sus pensamientos, aún arrastrando los ecos de la conversación, de las miradas, de las verdades no dichas, no supo en qué momento acordaron que acompañaría a Tom creo que porque era el más cercano y quiso verse cortés así que Tom iba a su lado, parecía tranquilo, demasiado tranquilo, como si estuviera conteniendo algo a punto de romperse.

Cuando llegaron al piso, caminaron juntos por el pasillo alfombrado, sus pasos amortiguados, sus sombras bailando sobre las paredes y ya estando frente a la puerta de su habitación, Bill se giró para despedirse con un gesto pero Tom se quedó quieto. —¿Quieres pasar un momento? —preguntó, su voz extrañamente baja.

Bill dudó, por un instante, quiso decir que no e inventarse excusas como que estaba cansado y que mañana sería otro día. Pero algo en la expresión de Tom —algo frágil, casi tembloroso— le impidió negarse, así que asintió.

Entraron en la habitación de Tom, olía a su loción de siempre, a ropa limpia, a hogar. Tom dejó su abrigo en una silla y se sentó en el borde de la cama, los codos sobre las rodillas, la cabeza gacha. Bill, incómodo, se apoyó contra la pared, cruzándose de brazos y el silencio se alargó.

Y entonces, sin mirarlo, Tom habló. —Nunca te conté todo sobre Gustav —dijo con la voz ronca.

Bill se tensó automáticamente, el nombre le sabía a heridas viejas, a silencios amargos.

Tom suspiró, largo y pesado, como si cada palabra fuera un ladrillo que llevaba cargando años.

—Al principio, pensé que era real. —Se rió sin humor—. Pensé que alguien como él… Alguien tan brillante, tan encantador, había elegido verme a mí y no a mi apellido, no a mis contactos. A mí.

Bill apretó los puños, resistiendo el impulso de acercarse.

Tom siguió, sin levantar la vista.

—Pero no era yo, nunca fui yo. Era el acceso, la vida fácil, el prestigio, lo supe cuando empezó a pedirme cosas… Cada vez más absurdas, más caras, más vacías y aún así… —su voz se quebró apenas— Aún así, quise creer que me amaba y me quedé.

Bill cerró los ojos, el corazón doliéndole en el pecho.

—Me engañaba, todo el mundo lo sabía menos yo —continuó Tom, casi en un susurro—. Hasta que un día… Volví temprano a casa y ahí estaba, en mi cama, con una mujer. La infidelidad no fue el impacto si no que no me veía competir con una chica, vamos sé que soy un tipo que no tiene doble moral, pero no lo pude soportar. No, no otra vez —eso lo dijo en un susurro que fue más para él mismo.

La imagen fue brutal, incluso sin detalles, Bill sintió náuseas sólo de imaginarlo. Sabía que habían peleado fuertemente y que las cosas llegaron al grado de no encontrar solución y por ese motivo se separaron, estaba tan sumergido en Susan, que no tuvo ni tiempo de estar ahí para su mejor amigo. Incluso llegó a pensar que como se trataba de Tom no tardaría encontrar a alguien más, es decir, Tom siempre decía que las relaciones no eran lo suyo porque las personas eran demasiado superficiales y él demasiado exigente, por eso después de meses de estar en un «noviazgo» con Susan, le sorprendió la noticia de que Tom ya tenía una pareja estable.

Tom levantó finalmente la mirada, y en sus ojos había una tristeza tan honesta, tan devastadora, que Bill tuvo que contenerse para no ir a abrazarlo.

—Me dolió darme cuenta de que nunca me amó. Que todo el amor que creí construir… Era una mentira —dijo Tom, con una sonrisa rota.

El silencio que siguió fue espeso y doloroso. Bill cruzó la habitación en tres pasos, se arrodilló frente a Tom, sin pensar, sin planearlo, puso sus manos sobre las rodillas de su amigo, obligándolo a verlo.

—Tú… —empezó Bill con la voz temblorosa—. Tú mereces que te amen. De verdad.

Tom cerró los ojos, como si las palabras le dolieran más que cualquier recuerdo.

Bill no sabía qué estaba haciendo sólo sabía que no podía quedarse así sin más no esta vez y en ese instante, entre la tristeza compartida, entre las cicatrices expuestas, algo se movió entre ellos. Algo que ya no era solo amistad, algo que ya no podían esconder bajo bromas y juegos.

Tom abrió los ojos.

Y Bill vio el amor allí, crudo, vulnerable, real, un amor que había estado esperando todo este tiempo, un amor que, por primera vez, Bill sentía que quería… ¡No! Que necesitaba corresponder, mantenía las manos sobre las rodillas de Tom, sintiendo el calor a través de la tela del pantalón, podía notar el temblor contenido en su cuerpo, la tensión en su postura, la forma en que se obligaba a no caer en pedazos.

Y en ese instante, algo en Bill se rompió también, todo el dolor de Tom era demasiado y real e injusto.

Y lo peor era saber que había estado tan cerca todo este tiempo, tan ciego, tan aferrado a lo que creía que quería, mientras la persona que realmente importaba estaba allí, amándolo en silencio.

Bill subió una mano, lenta, temblorosa, y la apoyó en la mejilla de Tom. El contacto fue suave de apenas un roce, Tom cerró los ojos, como si le costara soportarlo así que Bill tragó saliva, su pulso resonando en sus oídos. —No estás solo —susurró.

Tom abrió los ojos de nuevo, sus miradas se encontraron, desnudas, sin barreras y entonces ocurrió.

No fue un beso arrebatado, ni de pasión descontrolada, fue un movimiento pequeño y un suspiro compartido. Bill se inclinó apenas acercándose y Tom también cuando sus frentes se tocaron, Bill sintió que el mundo entero exhalaba junto a él. Se quedaron así, respirando el mismo aire, los ojos cerrados, el corazón abierto, Tom movió una mano, lenta, insegura, hasta rozar la cintura de Bill y no se apartó, no esta vez.

Su respiración tembló entre ellos y aunque ninguno de los dos se atrevió a acortar del todo la distancia, sabían que el primer paso ya estaba dado y que ahora todo había cambiado por lo que no había vuelta atrás.

Bill sonrió apenas en un gesto mínimo y quebrado, Tom también y así se le elevó un juramento silencioso entre ellos: Estamos aquí. Estamos juntos. No vamos a escondernos más, no sólo esa noche, nunca más.

El silencio se estiraba entre ellos, denso y cálido, aún con las frentes apoyadas y las manos temblorosas, Bill sintió que las palabras le quemaban en la garganta.

Pero tenía que decir algo y sacar todo ese miedo, toda esa confusión que lo carcomía por dentro.

Se separó apenas, lo justo para poder mirarlo a los ojos.

—Tom… —empezó, su voz ronca, insegura.

Tom abrió los ojos también, la respiración entrecortada, como si temiera lo que venía.

Bill se pasó una mano por el cabello, nervioso, y dejó escapar una risa seca.

—Esto es una locura —murmuró Bill—. Yo… No sé cómo hacer esto.

Tom no dijo nada. Sólo lo miró dejando que hablara, que sacara el peso que llevaba dentro.

Bill respiró hondo, buscando las palabras. —He estado con mujeres toda mi vida —confesó en voz baja y no sabía si por miedo o vergüenza—. Muchas, demasiadas y nunca… —se interrumpió, tragando saliva—, nunca fue suficiente, siempre sentí que faltaba algo.

Tom cerró los ojos un segundo, como si cada palabra de Bill fuera una herida que reconocía. —Y ahora —continuó Bill, su voz temblando—, estoy aquí, frente a ti… Y no sé qué demonios me está pasando, no sé cómo se supone que debería sentirme ni siquiera sé cómo manejar esto.

Se dejó caer sentado en la cama, las manos cubriéndose el rostro.

Tom se sentó a su lado, sin tocarlo aún, dándole espacio.

Bill dejó caer las manos lentamente, mirándolo. —Eres tú —susurró—. Siempre has sido tú y creo que eso me asusta más que nada en el mundo.

Tom sonrió, triste, entendiendo demasiado bien. —A mí también me da miedo —dijo en voz baja.

Bill frunció el ceño, sorprendido. Tom jugueteó con sus propios dedos, la mirada fija en el suelo.

—No por lo que siento —aclaró Tom—. Eso lo tengo claro desde hace tiempo, mucho, mucho tiempo, más bien me da miedo… Confiar otra vez y darlo todo de nuevo. —Tom levantó la vista, sus ojos llenos de una tristeza antigua. —Y más que nada… Me da miedo perderte.

Bill sintió el corazón apretársele en el pecho.

Tom dejó escapar una risa amarga. —Nuestra amistad es lo más importante que tengo —dijo—. Si salto… Y tú te arrepientes… Si todo sale mal… Perderte sería peor que cualquier ruptura.

La habitación estaba llena de verdades desnudas, sin máscaras.

Bill sintió lágrimas arderle en los ojos pero las parpadeó antes de que cayeran, así que se acercó, despacio y apoyó su frente en el hombro de Tom, fue un gesto pequeño pero uno lleno de todo.

—No sé cómo hacer esto —repitió Bill en un susurro—. Pero quiero intentarlo, si tú quieres.

Tom dejó escapar un suspiro tembloroso, apoyando su mejilla en el cabello del rubio. —Ay, Bill, siempre he querido —susurró de vuelta. Y ahí, en medio de todos sus miedos, sus cicatrices y su amor imperfecto, se encontraron ya no como antes, no como amigos, no como apoyo. Se encontraron como dos personas rotas, valientes, que decidieron arriesgarse a ser el hogar del otro.

Bill alzó la cabeza, mirándolo, Tom lo miró también, sus ojos brillando de emoción contenida, como si el mundo entero se redujera a ese instante, a ese pequeño espacio entre sus bocas, no hubo prisa ni precipitación, sólo una pregunta muda en la mirada de Tom: ¿Estás seguro?

Y la respuesta silenciosa en Bill: Sí, por ti, estoy seguro.

Tom fue el primero en moverse, acercó una mano al rostro de Bill, temblorosa de tanta emoción, y con una ternura casi reverente, enredó los dedos en su cabello y entonces, sus labios se encontraron.

Para Tom, fue como si estallaran fuegos artificiales detrás de sus párpados cerrados, un estallido de calor, luz y algo mucho más grande que el cuerpo porque era como besar al amor de su vida, al sueño de cada madrugada solitaria y al hogar que nunca pensó merecer. Sintió que el mundo giraba más lento y que todo cobraba sentido.

Ese beso era dulce, torpe, hermoso. Lleno de emoción desbordada, de promesas silenciosas.

Para Bill, en cambio, el mundo no explotó, no para él, el mundo se volvió real, sintió los labios de Tom contra los suyos: más firmes, más secos, más intensos que los labios femeninos que conocía. Sintió la barba rasposa rozándole la piel, sintió el cuerpo fuerte, robusto, sin las curvas suaves que solía buscar casi por inercia y lejos de sentirse extraño o incómodo… Se sintió encajando.

Cada fibra de su ser entendió que no era el género, ni eran los cuerpos, era Tom. Era la manera en que lo sostenía con una mezcla de amor y temor, la manera en que su aliento temblaba contra su boca y la ternura brutal de ser visto de verdad.

Bill abrió los ojos un segundo, viendo de cerca las pestañas temblorosas de Tom, su expresión vulnerable ahí lo supo, no es que estuviera besando a «un hombre». Estaba besando a Tom y no sólo le gustaba, ya amaba hacerlo. Con un pequeño suspiro, Bill llevó una mano a la nuca de Tom, profundizando el beso con más seguridad, con más hambre de vida.

Tom dejó escapar un gemido suave, como si no pudiera creer que era real y, en ese instante, bajo las luces apagadas del hotel, en una habitación común de una ciudad ruidosa, dos almas que habían girado siempre alrededor del otro finalmente se encontraron en el centro del universo.

Cuando sus labios se separaron por sólo unos centímetros notaron que el mundo no se rompió y que tampoco desplomaron los muros que temían ni desaparecieron los miedos por arte de magia. Pero todo, absolutamente todo, cambió.

Bill mantuvo los ojos cerrados un instante más, respirando a través de la cercanía de Tom, sintiendo su corazón martillar en el pecho como si quisiera gritar lo que él aún no sabía cómo decir.

Continúa…

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por admin

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