My little pray 9

Fic TOLL de Chikparole

Capítulo 9

Tom fue el primero en abrir los ojos y lo miró como quien mira algo sagrado así como quien sabe que está sosteniendo en sus manos algo que había soñado tocar toda su vida, pero no dijo nada ya que no quiso romper ese momento con palabras torpes.

Bill lo miró también, su rostro a apenas un suspiro de distancia. Y ahí, en ese espacio diminuto, en ese silencio cargado de todo, Bill entendió que no hacía falta hablar, no hacía falta prometer ya que el amor estaba allí, flotando en el aire entre ellos, latiendo en cada respiración compartida.

Tom alzó una mano, temblorosa, y acarició la mejilla de Bill con el dorso de los dedos, como si necesitara asegurarse de que era real. Bill cerró los ojos al contacto, dejando escapar un pequeño suspiro que era alivio y rendición. Cuando volvió a abrirlos y sonrió, una sonrisa pequeña, temblorosa, cargada de miedo y de fe.

Tom sonrió también, la comisura de sus labios temblando apenas.

Bill apoyó su frente en la de Tom con los ojos cerrados y la respiración aún desbocada. —¿Qué hacemos ahora? —preguntó en un susurro.

Tom soltó una risa baja, rota, llena de cariño. —Lo que siempre hacemos —murmuró—. Sobrevivirnos.

Bill rió también, sintiendo las lágrimas arderle en los ojos que eran de alivio, de alegría, de amor y sin pensarlo más, se dejó caer de lado en la cama, arrastrando a Tom consigo. Se acomodaron torpemente entre las sábanas revueltas, riendo bajito, como adolescentes escondiéndose del mundo.

Tom rodeó a Bill con un brazo, apretándolo contra su pecho, como si temiera que desapareciera si lo soltaba y Bill se dejó abrazar, dejando caer la cabeza contra su cuello, respirando su olor, su calor, su vida y así se quedaron. Abrazados, siendo sólo dos almas, curándose mutuamente.

Bill despertó lentamente, como quien flota entre un sueño demasiado perfecto para dejarlo ir, sintió primero el calor ajeno y el roce de una respiración tranquila contra su frente, abrió los ojos, despacio y lo vio.

Tom, dormido, de lado, abrazándolo de manera inconsciente, como si incluso en sueños temiera perderlo.

Bill se quedó quieto, apenas respirando, observándolo, haciendo una lista mental como si quisiera grabarse cada detalle para siempre. Tom Kaulitz de 35 años, cabello largo, oscuro, cayendo desordenado sobre su rostro y hombros, barba perfectamente descuidada, dándole ese aire de rebelde maduro que parecía llevar tatuado en la piel, cejas espesas y marcadas, que en reposo lo hacían parecer más joven y casi casi inocente; pómulos altos y marcados, como si la vida hubiera cincelado su rostro a base de sonrisas y derrotas, con sus labios entreabiertos, suaves, tentadores, dejando escapar una respiración tranquila.

Bill sonrió, casi con dolor, porque era hermoso, imperfecto, real y era su Tom. Antes de que pudiera perderse aún más en sus pensamientos, Tom se movió ligeramente, frunciendo el ceño como si sintiera el peso de su mirada, abrió los ojos lentamente.

Esos ojos chocolate, intensos, que siempre parecían ver más de lo que uno quería mostrar.

Durante un instante, sólo se miraron.

Y entonces fue Tom quien empezó su propio inventario silencioso, Bill Trümper de 35 años, con su ahora cabello rubio, suelto y enredado por el sueño, cayendo como una cortina de seda sobre su rostro, su piel pálida, impecable, que contrastaba con la oscuridad de sus pestañas, esos labios carnosos, rosados, apenas entreabiertos por la respiración pausada del amanecer, hombros poco más estrechos que lo suyos pero elegantes, fuertes a su manera, bajo la camiseta de tela suave y ese tatuaje que asomaba bajo el borde de su camiseta idéntico al que él llevaba en el brazo como sello de su amistad. Las líneas delicadas de su mandíbula, endurecidas apenas por los años, dándole un aire de realeza descomplicada. Y sus ojos… Esos ojos enormes, almendrados, donde siempre había vivido un mundo entero de emociones.

Tom sonrió, sintiendo una ternura brutal apretarle el pecho ya que Bill era belleza, siempre lo ha sido desde el primer momento que lo vio, belleza en cada pequeño detalle incluso en cada inseguridad y en cada respiro.

—¿Qué? —susurró Bill, al ver esa mirada cargada de algo demasiado grande para nombrarlo. Tom negó con la cabeza, rozando la punta de su nariz contra la de él.

—Nada —susurró Tom de vuelta—. Sólo… Viéndote y preguntándome cómo demonios tuve tanta suerte.

Bill rió bajito, cerrando los ojos un segundo y, por primera vez en mucho tiempo, no huyó de ser visto, se dejó mirar, se dejó amar y lo amó de vuelta.

El silencio cómodo se prolongó unos minutos más, ninguno de los dos quería romper la burbuja de calor y ternura que habían construido esa noche como dos seres que se reconocen aún después de años de historia.

Tom fue el primero en hablar, su voz baja, rasposa de sueño: —¿Tienes hambre?

Bill rió, su voz aún adormilada. —Mucha.

Tom sonrió, apartándose apenas para mirarlo bien. —¿Desayuno aquí o… Improvisamos algo fuera?

Bill lo pensó un segundo, todavía procesando la realidad de despertar abrazado a Tom, de saber que no era un error, que no era un sueño, que no era algo que tendrían que fingir que no pasó y entonces, sonriendo con un dejo de timidez que no le era habitual, respondió: —Fuera. Quiero… Caminar contigo, como nosotros. Pero… Diferente.

Tom entendió perfectamente. Diferente ya no como amigos ocultos en bromas y silencios, ni como compañeros que esquivaban la verdad.

—Perfecto —dijo Tom, su voz suave cargada de esa promesa muda que ahora parecía envolvérselo todo.

Se levantaron despacio, cada movimiento lleno de una especie de reverencia silenciosa, como si aún no quisieran romper la magia.

Cuando estuvieron listos, Tom se acercó a él, acomodándole el cuello del abrigo de forma distraída, un gesto sencillo e íntimo, Bill lo miró, su corazón desbocado pero en paz y Tom se inclinó ligeramente, besándole la frente.

Salieron del hotel juntos. La ciudad vibraba bajo la luz de la mañana: vendedores abriendo puestos, bicicletas cruzando las calles, cafés humeantes llenando el aire de promesas de café caliente y pan recién horneado.

Caminaron uno al lado del otro, sus manos rozándose de vez en cuando, como mariposas indecisas.

Hasta que Bill, casi sin pensarlo, dejó que sus dedos buscaran los de Tom y Tom entrelazó sus dedos con los suyos, como si esa mano hubiera estado esperándolo toda la vida. El simple hecho de caminar juntos, de la mano, era su primer gran plan, su primer paso hacia todo lo que venía.

Encontraron un pequeño café de esquina, de esos que parecen existir fuera del tiempo.

Las mesas de madera, las tazas de porcelana antigua, las flores frescas en floreros improvisados: todo parecía conspirar para envolverlos en una burbuja aún más íntima. Eligieron una mesa junto a la ventana. Bill se sentó frente a Tom, las piernas estiradas bajo la mesa, tocándose sin querer —o queriendo demasiado— cada tanto.

Pidieron café, jugo, croissants y frutos secos, hablaron de cosas pequeñas al principio: el menú, la decoración, lo ridículo que era el bigote del camarero, sin embargo en las miradas, en los pequeños roces de dedos sobre la mesa, en las sonrisas que tardaban demasiado en desaparecer, todo era distinto, estaban apreciando su primera salida como algo más el primer acto de rebeldía silenciosa contra años de negación. Se veían como una pareja, simplemente eso, una que empezaba a escribir su historia.

Tom, en un momento de audacia suave, deslizó su mano sobre la de Bill, entrelazándolas sin prisa. Bill sintió una punzada de nerviosismo —y luego, de orgullo ya que no retiró la mano, al contrario, dejó que su pulgar acariciara el dorso de la mano de Tom, un gesto pequeño, íntimo, visible lo que lo hacía una declaración silenciosa para quien quisiera mirar, a través de un gesto sencillo, pero para Bill, era el primer acto real de valentía en su nueva vida y Tom lo sintió así que lo respetó y lo celebró en silencio, apretando su mano apenas.

El viaje de regreso al hotel fue tranquilo, demasiado tranquilo y en ese silencio cómodo, empezaron a colarse los fantasmas que ninguno quería mirar demasiado de frente. Bill apoyó la cabeza contra la ventanilla del taxi, mirando las calles de Berlín pasar como si fueran escenas de una película que no sabía si protagonizaba o sólo observaba. Un nudo empezó a formarse en su estómago haciendo nudos su cabeza y sobrepensando

¿Qué pasaría después?

¿Eran ahora una pareja? ¿Gay?

¿Era eso lo que él era ahora?

¿Podía cargar con esa etiqueta?

¿Lo cambiaría ante el mundo?

¿Lo cambiaría ante sí mismo?

Miró de reojo a Tom, que estaba absorto mirando su celular, su perfil iluminado por la luz del amanecer. Tom, que ya había vivido esto antes, no tenía miedo de ser quien era. Tom, que ya sabía navegar en ese mundo de identidades, etiquetas, miradas.

Y él no. Para Bill, todo era nuevo, incierto, aterrador y entonces, el peor temor: ¿Sería suficiente para Tom? ¿O su miedo, su torpeza, sus inseguridades terminarían matando algo que apenas había comenzado?

El taxi se detuvo frente al hotel, Tom pagó, le sonrió y Bill le devolvió la sonrisa de forma automática. Subieron en silencio, cuando entraron a la habitación, Bill dejó caer su abrigo en la silla, sin mirarlo.

Tom lo observó un momento, percibiendo en él cambio y la tensión, un temor invadió su cuerpo, así que se acercó despacio, como si se acercara a un animal herido, puso una mano en su hombro por lo que Bill cerró los ojos, sintiendo el calor, la seguridad que Tom siempre había sido para él.

—¿Bill…? —preguntó Tom en voz baja, su preocupación evidente.

Bill se giró, abriendo los ojos, enfrentándolo. Ahí estaba, no dudaba de ese hombre, no, la duda era de él mismo. Así que Bill no sabía cómo decirlo, ni sabía cómo poner en palabras todo el miedo que le anudaba la garganta, así que simplemente susurró:—Tengo miedo.

Tom no dijo nada, por un momento pensó en darle espacio y no presionar, justamente no quería que Bill cayera y eso generara dudas y fracturara lo que tenía por seguro, la amistad de Bill, sin embargo, en un acto de valentía, sólo lo abrazó, fuerte, firme e inquebrantable.

Y en ese abrazo, Bill supo que tal vez no tendría todas las respuestas aún y que tal vez habría tropiezos, dudas, días malos y también supo que no tendría que enfrentarlo solo.

El abrazo se prolongó largo rato, hasta que ambos respiraron al mismo ritmo, Bill fue el primero en separarse un poco, sólo para mirarlo a los ojos, Tom, atento como siempre, le ofreció una sonrisa tranquila, paciente. —No tienes que decidir nada ahora —dijo Tom, su voz baja, suave como terciopelo—. No tienes que ser nadie que no quieras ser.

Bill parpadeó, sorprendido por la facilidad con la que Tom le leía el alma, se pasó una mano nerviosa por el cabello, buscando palabras. —Es sólo que… —empezó, dubitativo—. Nunca he estado… Del otro lado.

Con un hombre, quiero decir.

Tom asintió, sin dejar de mirarlo, no hubo burla, ni impaciencia, Tom se colocó como una presencia firme, segura.

—¿Sabes qué? —dijo Tom, acercándose a rozar apenas la mejilla con los dedos.— No se trata de lados, piensa que se trata de nosotros, de ti y de cómo te sientas cómodo.

Bill cerró los ojos un segundo, dejándose envolver por esa voz que siempre lo había anclado al mundo. —Siempre he sido… —trató de encontrar la expresión correcta, y terminó soltando una risa seca—… El que lleva el control.

Tom sonrió apenas, reconociendo esa parte de Bill: su necesidad de seguridad, de certeza. —Entonces serás quien guíe —masculló Tom, sencillo, como si fuera lo más natural del mundo, Bill abrió los ojos sorprendido de lo fácil que Tom lo hacía sonar.

—¿Y tú? —preguntó Bill con su voz apenas en un susurro, Tom sonrió más amplio, divertido pero tierno.

—Yo estoy aquí para seguirte —acotó Tom—. Para enseñarte si quieres, o simplemente para caminar a tu lado, si prefieres. Bill, no voy a empujarte a ningún sitio donde no quieras ir.

Bill sintió un nudo apretarle la garganta, esta vez no de miedo, sino de gratitud, por la paciencia que le mostraba, por el amor que le tenía por ser Tom. Por entender que no se trataba sólo de sexo, de roles, de expectativas, sino se trataba de construir algo real y de encontrarse a mitad de camino.

—Quiero… —empezó Bill, tropezando con las palabras—… Empezar desde donde sé cómo moverme, desde donde no me siento tan perdido.

Tom asintió, respetando su espacio, sus tiempos. —Entonces empezaremos ahí —susurró.

Bill sintió cómo el alivio lo inundaba, seguido de una calidez dulce y peligrosa porque sabía que, con Tom, no tendría que fingir ser alguien que no era y podía ser él mismo, así con sus miedos, sus torpezas, sus deseos y eso era más de lo que jamás había esperado encontrar.

Se inclinó hacia Tom, rozando sus labios en un beso lento, cargado de promesas silenciosas, esta vez no había fuego artificial, miedo, inseguridad, nada de eso, había algo más poderoso, los dos estaban iniciando la construcción de un hogar donde nunca tendrían que esconderse.

Continúa…

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por admin

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