
Fic TOLL de Kasomicu
Capítulo 10: Jodido
Levantarse la mañana siguiente no resultó ser como todos los días, pues los abdominales parecían tener vida propia al doler tanto que él volvió a caer a la cama, resoplando y cerrando los ojos. No tenía ganas de ir a la escuela, menos de levantarse e ir al baño. Se sentía un cuerpo que albergaba órganos, que lo era, pero sin motivación para poner un pie delante del otro y darle la cara al día que se presentaba ante sus ojos.
―Me duele todo ―dijo a la nada―. Apenas puedo respirar.
―¿Qué día es hoy? ―Tom movió el cuello tan rápido como pudo y la figura de su madre se dibujó en sus orbes de una forma tan lenta que achinar los ojos duró bastante tiempo. Cuando la vio, evitó observarla por más de unos segundos, ya que había sido vigilado por su madre desde quién sabe cuándo―. Miércoles, el mismo miércoles que está marcado en el calendario del refrigerador con un plumón rojo y donde escribí “Entrega de libretas” ¿Cómo van tus calificaciones?
―Más o menos ―respondió Tom después de un largo lapso―. Se hace lo que se puede… Los docentes tampoco son los mejores de Alemania, no pueden salir estudiantes prodigios de allí.
―Hoy te acompañaré a la escuela, quiero hablar con el director o quien esté a cargo.
Un vacío en su vientre le indicó miedo y ese sentimiento sin nombre que dominaba sus vellos cuando pensaba en los estúpidos que lo golpeaban cuando les daba la gana apareció al imaginar lo que le harían de ahora en adelante cuando vieran a su madre llegar a la escuela con él. Quizá las palabras malsonantes, el agua del retrete se triplicarían si la mamá del tipo abusado aparecía en escena.
―¿Para qué vas a ir? La entrega de las calificaciones es en la noche. No soy un tipo que se mete en problemas, ni de esos que son golpeados en secreto como para que vayas con una “S” en el pecho, mamá.
―Sólo quiero ver cómo va mi hijo en la escuela ―mintió Simone.
―En la noche lo sabrás, mamá.
―¿Podrías decirme al menos por qué la ropa que la semana pasada dejaste para lavar, tiene un olor asqueroso a… Materia fecal? No quiero sorpresas, Tom. Mírame cuando te hablo ―anunció Simone acercándose y jalando las sábanas que cubrían a su hijo por completo, pero éste las tomó con más fuerza―. Quiero ver tu cara.
Tom se destapó del todo y terminó sentado en la cama y con el edredón arrugado entre sus rodillas, pasando por alto el hecho de que sus músculos no disminuyeron en algo el dolor que le provocaba ser utilizados otra vez.
―¡Má! ―gritó Tom con el ceño fruncido.― ¡No sucede nada! Déjame dormir. Hoy no harán nada en clases, por eso falto. Vas a las siete de la noche presentando mi carnet de estudiante. Buenos días. ―Tom se cubrió la cara nuevamente y fingió dormir con el entrecejo generando tensión.
Si bien le incomodaba el hecho de que su madre empezara a sospechar, tampoco era algo que le fastidiase por completo, quería a su madre, pero no la imaginaba preocupada por cosas que él mismo podía resolver, o al menos eso era lo que se repitió mientras concilió el sueño por segunda vez.
Soñó que le metía el puño por la garganta a Marlo mientras lo ahogaba y lo hacía llorar de terror, despertó y aquello le generó una sonrisa que más bien se reflejó en el espejo que tenía en el baño como una llena de socarronería.
No se estaba volviendo como ellos, claro que no, sólo disfrutaba de lo bien que se sentiría estar del otro lado, al menos en sueños.
&
―Una por faltar a las clases de tus maestros, Marlo, Lawrence y quien te habla.
Los sueños, sueños eran, y su puño impactando con violencia contra los dientes del más bajo de los matones sólo había quedado en una burda ilusión cuando al intentar recrearlo, el segundo y tercero de ellos lo tomó del cabello, y otro le propició una patada en su entrepierna. Tom era destruido a jalones de cabello detrás de la escuela, cuando ya pocos estudiantes transitaban el lugar con la excusa de ir a sus hogares y almorzar algo decente.
Un gemido de dolor salió de su boca y las uñas de sus manos que crecían a pasos agigantados trataron de aferrarse con desesperación en la ropa de uno del trío de abusadores, sin embargo, no obtuvo buenos resultados pues ahora lo mantenían de rodillas y con la liga de sus rastas rota y tirada en alguna parte del césped.
―Princesa. ¿Por qué tu pelo está tan sucio? No podemos peinarte, su majestad, es nuestro deber el cortarle el cabello y volverla una señorita recatada.
Los tres habían visto a Tom acomodarse las rastas cuando pasó por una de las enormes ventanas que la escuela tenía; no era algo que personalmente les afectara a ellos, pero el simple hecho de ver a Tom divirtiéndose incluso con sus propias rastas les provocaba desaparecer esa sonrisa y volverla roja, pero de dolor. Hasta que uno dio la idea de cortarle las rastas.
―Ni chilles, porque nosotros somos bondadosos contigo, Tom, deberíamos cobrarnos una rasta por cada uno, eh, pero luego pensamos mejor las cosas y dijimos “Si le quitamos tres rastas cada vez que este pendejo falta a la fiesta, nos quedaremos sin ellas y tendremos que cortarle otra cosa que le cuelgue, pero eso nos traería problemas… O quizá no.”
Tom trató de zafarse, intentó estirar su brazo y tomar su mochila, marcar cualquier número y liberarse de los tipejos, pero ni siquiera era capaz de moverse. Lawrence se acercó mucho a su rostro y le dio un beso en la punta de su nariz mientras el que quedaba libre le tomaba de la cabeza. ―Cállate.
Tom lloró, y lo hizo amargamente una vez solo, viendo la rasta cortada y pisoteada delante de él y con escupitajos, basura, y orines. Tom sabía que hacía mal quedándose en el lugar, tratando de comprender y procesar el por qué era la diversión enferma de otros. ¿Qué había hecho para merecer esos maltratos? Ni con una psicóloga en la escuela las cosas mejoraban, ya que Tom no podía revelar a los responsables de los golpes que nadie nunca veía, oculto bajo sus playeras.
Ahora le dolía la cabeza por los jalones de sus rastas. Tom suspiró con pesar y rompió el empaque de unos chicles que había mantenido en uno de los bolsillos de su mochila.
«Las cosas mejorarán… ¿Realmente lo harán?»
Salir de ese rincón fue más fácil que encontrarse con la mirada de Bill, una que le decía que estuvo buscándolo por horas, pero que ahora comprendía todo, y no necesitaba preguntar absolutamente nada.
O al menos eso fue lo que Tom entendió cuando Bill solamente le levantó la mano en afán de pedir que se acercara a él.
Caminaron en silencio, Tom le invitó una de sus gomas de mascar con un escueto “¿Quieres?” y Bill lo aceptó sin preguntar el sabor o los componentes, al menos para dirigir la “conversación” a otro rumbo.
Bill se frustraba, así que él guió el paseo y ambos fueron a parar bastante lejos de la escuela y de cada una de sus casas.
―Ayer no viniste a la escuela, niño malo. ―Bill tiró una piedra en un lago que colindaba con la ciudad, tratando de hacerla ir más lejos sin hundirse en el agua. Al ver que Tom no colaboraba se alzó de hombros y decidió preguntar por asuntos netamente escolares―. Ayer también fue la entrega de libretas, ¿ves este moretón que tengo en la barriga? Mi padre me dio una patada porque reprobé Aritmética.
Bill se descubrió el abdomen hasta la altura de los pectorales, a pesar de que el hematoma se encontrara al lado del ombligo.
Obviamente lo hizo a propósito, y aunque esa sonrisa hacía lo posible por salir, Bill se las ingenió para ocultarle muy bien bajo ese semblante de serenidad absoluta―. Luego dicen que el de las patadas es mi tío ―bromeó.
El de rastas abrió los ojos enormemente, no porque tuviese casi todo el torso de Bill a su disposición visual, el golpe parecía haber sido bastante fuerte, era grande y… A quién engañaba, Tom ahora luchaba por memorizar cada lunar que Bill poseía en las costillas aún con los labios fuertemente presionados entre sí.
«Carajo».
Al presenciar el mutismo del rubio, Bill optó por cubrirse y darle una palmada en el hombro.
―Sólo bromeaba, ayer me tropecé al salir de la ducha. No me veas así… Verás, tampoco es que me guste andar presumiendo golpes, pero los de taekwondo son otro asunto. ―Bill humedeció sus labios y empuñó sus manos, se abriría ante Tom porque veía en sus ojos cierta tristeza, una que por el momento el rubio no estaba dispuesto a explicar, y eso Bill lo sabía muy bien, pues ahora, con una rasta menos, el orgullo que una vez Tom tuvo estaba resquebrajado. Lo quería ver mejorar con el tiempo, no ensimismado en sus propios pensamientos imaginando, quién sabe qué situaciones―. Los golpes en el Taekwondo me demuestran el esfuerzo que le pongo, lo mucho que me está costando y lo dispuesto que estoy para superarlo. Cada golpe en el taekwondo me llena de orgullo. Me han dicho tonto y estúpido por esto, pero es algo que no van a comprender personas de simple pensamiento. ¿Cómo los ves? Esas verdes, moradas, y rojas marcas que te quedan al salir del salón de mi tío, ¿qué pensamientos te llegan a la mente cuando las observas al ducharte?
―¿Te encuentras bien? ―preguntó Tom al hacer una mueca demostrando no estar del todo de acuerdo con el pensamiento de Bill.―Me hablas de golpes como si fuera un mimado al cual nunca han zarandeado ni para lavar los platos… Pero sí ―dijo con obvio desgano―, trataré de traducir cada uno de los que tengo en mí.
―¿Puedo ver?
―¿Quieres verme desnudo?
―No, sólo quiero enumerar tus lunares, por cierto, ya que hiciste tu trabajo adelante, en mis nalgas tengo una colmena de hormigas. Digo, por si quisieras contarlas también.
Tom bufó y desvió la mirada hacia el lado contrario de Bill y su sonrisa molesta. ―Eres estúpido.
No pensaba en el torso, vientre o nalgas imaginarias de Bill, por supuesto que no lo hacía, pero por más que cerraba sus ojos con fuerza, trataba de borrar esas imágenes hasta que sintió al protagonista de sus fotografías mentales cerca de su rostro. ―¿Qué?
―¿Qué de qué? ―Bill respondió con astucia.
―¿¡Piensas besarme otra vez!? ―Con ceja alzada, Tom quería lucir despreocupado y hasta burlón. Bill notó eso.
―¿Quieres que te bese?
Tom tragó saliva. ―Bill, ¿besarnos más de una vez no nos vuelve gays?
―¿Estás diciendo que yo sí lo soy? ―respondió Bill con fingida indignación.― ¿Eh? ¿¡EH!? ―Una sonrisa, Bill sólo quería robarle una a Tom por más payasadas que hiciera. Buscaría la manera de hacerlo reír al menos para ser el detalle que no volviera ese día el más jodido de toda la semana. Su cabello era hermoso, y verlo con un hueco notorio, por la rasta faltante, justo arriba de su frente, caldeaba el enojo de Bill. En esa cabeza y actitud de “no importa, en realidad no es TAN malo” un plan se tejía en silencio.
Tom rodó los ojos y bufó sonoramente. ―Dormiré un rato, no hagas bulla. ―Se acostó en el césped y a los pocos minutos algunos ronquidos se oyeron en el atardecer del jueves.
Bill, con el croar de una rana, arrugó la envoltura de la goma de mascar y juró cobrar esa parte de Tom que se había ido junto con la rasta, ahora dentro de una bolsa, guardada en la mochila del rubio.
Continúa…
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