
Fic TOLL de Kasomicu
Capítulo 8: Acercamiento
—Me han contado que tu tío da unas patadas de muerte.
—Hmm. —Caviló mientras se quitaba los pantalones—. Da unas patadas que te mandan directo al infierno. Por cierto, la vez anterior te pusiste el uniforme con tus pantalones por debajo.
Tom detuvo sus movimientos y lo observó confuso. —Pero…
—Debes quitarte todo. Claro, menos tus bóxers. Le diré a mi tío que te lleves el Dobok a casa para que te acostumbres. Ayer no te sentí tan seguro con eso puesto. —Bill terminó de amarrarse el cabello en una coleta aún con ropa interior, sin embargo giró y habló con Tom con una naturalidad atemorizante—. ¡Vamos! Tu ropa es ancha y con el Dobok no te vi tan a gusto.
—E-es que…
—Es que nada, estás en un curso súper extensivo y debes llegar a cinturón negro en semanas —exageró.
—Apenas ayer supe que soy el más blanco de todos los “vírgenes” del Taekwondo.
El moreno terminó de colocarse el casco y salió de los vestidores, pues era evidente que Tom no quería quitarse los pantalones con él tan cerca.
—¡Precisamente por eso! —gritó Bill divertido desde el otro lado de la puerta.
Pensar que demoraría poco en colocarse el pantalón era lo normal, pero Bill se puso a revisar la punta de sus cabellos pues Tom demoró bastante en colocarse la prenda blanca, inclusive tuvo que echar un par de vistazos y recibir reclamos elevados desde el interior de la puerta por ello.
Ese día Tom llevaba ropa interior de puntos negros.
—No te sulfures. Ni que te hubiera visto desnudo. —Bill caminaba detrás de Tom por los pasillos, pues el gran salón de prácticas se ubicaba un poco lejos de los vestidores.
—¡Es casi lo mismo! Además estamos solos y eso se podría malinterpretar.
—¿Por qué lo dices? ¿Alguien nos ve? ¿Se lo van a chismear a nuestras madres?
Tom bufó acomodándose el casco rojo y giró sobre sus talones. —Haré que pagues esa vista. —Le señaló con el dedo.
Bill sonrió calentando el hombro derecho al moverlo; no discutían, muy por el contrario se daban indirectas y miradas que esas sí podían interpretarse claramente, para su fortuna, no habían cámaras de seguridad. —Huy, huy… ¿Algo más? —Era casi un juego.
—Sí, te daré una patada en la cara tan fuerte que tendrás mi olor a pezuña por un mes. —Bill lo oyó decir tan serio que no pudo contener las carcajadas. Tom rió seguido de él, ya que su carcajeo era tan peculiar como gracioso en sí—. ¿Sabías que tu risa es chistosa?
—¿Sabías que tienes cara de niña? —atacó Bill con la mejor de las intenciones, sin embargo, Tom deformó su sonrisa y la reemplazó por una extraña mueca que se esforzó por disimular.
Bill no supo cómo remediar eso, se dispuso a encender las luces del salón y a calentar los músculos.
—Estiramiento… Tom. —El de rastas asintió.
Bill obviamente poseía mucho más experiencia que el novato de Tom, no obstante, desistió en pedirle ayuda cuando tenía que calentar las piernas. El pelinegro lo observó en el reflejo del vidrio, y en efecto necesitaba de un par de brazos más, inclusive vio que parte de su casco estaba mal puesto. Bill resopló y caminó en su dirección.
Tom lo vio acercarse pero el otro lo hizo girar para acomodarle la parte de la nuca. Tenía parte del Dobok jalando desde adentro del casco. —No te muevas —instruyó Bill.
La respiración de Bill nunca la sintió tan cerca, hasta podía jurar que él le acomodaba el casco con la nariz, pues inclusive llegó a sentir su respiración cerca de su oreja. Claro, Bill era alto, cerca de diez centímetros más que Tom, pero eso probablemente le daba ciertas ventajas a la hora de hacer algunas maniobras.
Tom elevó la mirada y se arrepintió de verse a sí mismo tan rojo como un tomate. El espejo no mentía y menos lo cerca que se encontraban. Parecía que Bill estaba bastante ocupado en su labor y Tom había empezado a sudar de los nervios. Mordió sus labios presos de los ansiosos pensamientos, pero se vio sorprendido cuando Bill habló cerca de su occipucio.
—Tu dobok tiene un hueco, quizá lo rasgaste al ponerte el casco…
—¿Qué? —indagó distraído. No quería aceptarlo, pero muy adentro de sus divagaciones quiso oír otro tipo de palabras. Frunció el ceño al pensar en esas cosas y giró el cuerpo hacia Bill.—Lo pagaré.
—No es necesario.
—Bill, estoy aquí sin pagar absolutamente nada. Y ahora he roto el uniforme, tu tío se va a molestar.
—No lo conoces muy bien, es tanto su amor por el Taekwondo que si alguien rompe la puerta de una patada, él le toma fotografías. Simplemente diremos que estuvimos practicando y verás la sonrisa que va a soltar.
Después de pasar media hora calentando, y con el bochorno de Tom que iba y venía como la marea, Bill le planteó la idea de practicar derribes. Sabía lo desordenado que estaba siendo con las clases, pero al recordar su primer encuentro, dio con la certeza que Tom no poseía un buen equilibrio, y menos en situaciones llenas de peligro.
Ambos se tomaron de los brazos y empezaron a gruñir ya que ninguno daba su brazo a torcer. Tom de vez en cuando reía y eso le hacía perder fuerzas en el agarre, Bill lo soltaba y rodaba los ojos. Tom debía tomar eso con más seriedad, pero Bill no sabía que Tom estaba nervioso, ni tenía oportunidad de percatarse de ello.
Las risas que interrumpían todo sucedieron un par de veces, pues Tom no podía sacarse de la mente una imagen mental de ellos dos caídos en el suelo. Era obvio que iban a terminar así y ya no quería ni pensar en por qué Bill había planteado eso en primer lugar.
—Pon tu pie detrás del mío. Por el momento trata de derribarme como puedas —dijo Bill con dificultad ya que Tom ejercía fuerza en él, pero Bill lo derribó con rapidez.
—Perdí —dijo Tom con un tono aburrido en su voz.
—No. Mientras caigas de manos y pies sigue la lucha. Ven, ven —lo llamó con el dedo índice.
Tom resopló y se levantó lo más rápido que pudo.
Bill le cogió de la espalda, del brazo, del uniforme, de donde pudo y volvió a derribarlo en cuestión de segundos; Tom ya estaba con el semblante ligeramente tenso. Era mayor que Bill por un año, sin embargo, ese chico lo derribaba tan rápido y sin mucho esfuerzo, aparentemente.
Por otro lado, Bill disimulada su cansancio. Hace mucho que no practicaba derribes con alguien más. O al menos desde hace un par de docenas de meses.
Tom estuvo a punto de caer cerca de tres veces más, pero Bill se resbaló y perdió el equilibrio, Tom aprovechó el error del moreno y tomó su pierna sin importarle caer sobre él. Sus narices por poco se tocaban y su aliento era el que se mezclaba sin pudor ni decencia. ¿Era posible que Bill intentara besarlo aún sabiendo lo debilucho que era? Aquella pregunta quedó vagando sin rumbo, pues ni Bill se quejaba del peso encima y Tom no hacía nada por aumentar el espacio entre sus cuerpos.
De pronto el de rastas comenzó a hipar y el ambiente ya estaba roto.
Bill se levantó, y Tom seguía hipando, con las mejillas sonrojadas. Se le ocurrió una idea y sonrió.
—Hay otro método efectivo para derribar a alguien —dijo Bill. Tom lo miró e intentó controlar su hipo, odiaba aquello con todas su fuerzas y el que Bill lo mirase de esa forma no ayudaba.
Pronto el moreno impactó sus labios contra los suyos, besándolo sorpresivamente, dejándolo pasmado, para después empujarlo haciéndolo caer de espaldas.
—¡Eso no fue justo! —reclamó Tom, rojísimo, sentándose sobre la colchoneta.
—¿Te derribé o no? —cuestionó Bill arqueando una ceja y con arrogancia.
—Sí, pero…
—Entonces ningún argumento en contra es válido. Se llama “la técnica del beso” —declaró Bill con una seriedad tal, que cualquier otro pensaría que iba en serio. Tom frunció el entrecejo—. Te derribé y quité el hipo, maté dos pájaros de un sólo tiro.
—Eres un tramposo —se quejó Tom.
—Digas lo que digas, acabo de encontrar tu problema, creo que caes muy fácilmente porque no te estiras bien, debes aprender a hacer un estiramiento correcto para que cuando te estés levantado tengas flexibilidad y no caigas como un costal de patatas —se burló Bill. Tom lo miró curioso.
—¿Y qué estoy haciendo mal en mi estiramiento? —preguntó Tom medio ofendido.
—Que no sabes abrir las piernas, debes aprender a hacerlo —explicó Bill—. Vamos, intenta abrirlas y luego pon tu pie a la altura de mi hombro, yo te sostendré para que no te caigas.
—¡Pero eres muy alto, me voy a caer! ¡Se me rasgará el músculo! No, no, no —negó Tom algo espantado.
Bill lo miró divertido y luego lo sujetó por detrás de la rodilla. Tom se alejaba, sin embargo, Bill fue más listo y lo levantó hasta ponerlo sobre su hombro, pero también aferró a Tom de la cintura para que no se cayese. Tom escuchó un chillido, y después de un momento notó que había salido de él.
Tom, en un principio algo reticente, pero a las finales cediendo, debido a que si ponía alguna traba, le iba a doler más; así que estaba estirándose. Bill lo veía con una sonrisa, y lo alentaba para que no se diese por vencido. Y joder, esto sólo era el puto estiramiento, él no iba a andar de quejica sólo por abrirse de piernas, no, señor.
Continúa…
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