Fic Toll de Khira
Capítulo 2
Al contrario de lo que Bill había pensado, la vida en el castillo siguió su curso como de costumbre. El caballero que había llegado acompañando a Thomas había permanecido una sola noche en el castillo, partiendo a la mañana siguiente con su escudero hacia su propia residencia. Y a Thomas no se le había visto el pelo desde su regreso, hacía ya seis días. Bill suponía que el caballero, después de los horrores vistos y sufridos en la guerra, necesitaría un tiempo para recuperarse.
Ese día hacía bastante más calor que los anteriores. Como cada mañana, Bill acudió temprano a las caballerizas. Contempló durante largo rato el caballo de Thomas, Brock, grande y altivo como todos los ejemplares de guerra, de color pardo y crin blanca, y el palafrén de Alan, su joven escudero, más pequeño pero con el mismo aire arrogante que el primero, llamado Ike. Ambos parecían inquietos, sobre todo Brock.
—Ten cuidado con él, no le gustan los desconocidos —dijo una voz inconfundible a sus espaldas.
Bill dio un respingo. Contuvo la respiración y lentamente se dio la vuelta, encontrándose cara a cara con Thomas, quien le miraba con una mezcla de simpatía y curiosidad. Se había recortado la barba, dándole a su rostro un aspecto mucho más juvenil, e iba vestido de manera mucho más informal que el día de su llegada, con camisa, calzas y calzones de lino.
—Bu-buenos días, señor… —balbuceó.
—Buenos días —saludó el caballero. Echó un vistazo a su alrededor y luego volvió a centrar su atención en el joven que tenía enfrente—. ¿Cuánto hace que te ocupas de las caballerizas, Bill?
El muchacho hizo memoria.
—Hace casi dos años.
—¿Qué fue de Mark, el antiguo mozo?
—Murió.
—Oh.
Thomas avanzó un par de pasos, ojeando de nuevo a su alrededor. Bill permanecía estático, siguiéndole con la mirada. Tras un par de minutos, el caballero volvió junto a él.
—Voy a salir con Brock a dar una vuelta —dijo de pronto mirando a su caballo, que parecía más tranquilo ahora que su dueño estaba cerca—. Prepárame la montura.
—Sí, señor —se apresuró a decir Bill.
—Prepara un caballo también para ti —añadió Thomas—. Me acompañarás.
La sorpresa fue tal que Bill tardó unos segundos en reaccionar. Tragó saliva.
—Como desee, señor.
Diez minutos después, Thomas y Bill salían del castillo, el primero montado en Brock y el segundo en Jon, un palafrén joven de color avellana y crin rojiza.
No era la primera vez que Bill montaba a caballo ni mucho menos, pero nunca lo había hecho al lado de un caballero. Se mantuvo un par de pasos por detrás de Brock, atento a las órdenes o indicaciones que pudiera darle Thomas. Pero el caballero se mantenía silencioso y pensativo.
Trotaron en dirección sur durante cinco minutos por el amplio camino de tierra que comunicaba con la ciudad, hasta que al llegar a un cruce torcieron a la izquierda. Rodearon el castillo por su parte este hasta llegar al bosque que se extendía en la parte norte, el mismo que Bill tenía que atravesar para llevar a los caballos a beber agua fresca en el lago.
Se detuvieron en un pequeño claro junto a un riachuelo. Thomas desmontó y Bill se apresuró en hacer lo mismo. Guiaron a los caballos hacia el riachuelo y los dejaron allí sueltos para que pudieran beber a gusto.
Thomas caminó unos metros en la dirección del nacimiento del riachuelo y se agachó para coger un poco de agua entre las manos. Bebió unos sorbos y la dejó caer, luego repitió el gesto y se refrescó la cara con ella. Después se levantó, dio un par de pasos hacia atrás y se sentó en un lado del claro, bajo la sombra de un enorme roble. Bill, de pie a unos metros de él, permanecía quieto y a la expectativa.
—Ven, siéntate —dijo Thomas señalando su lado izquierdo con un movimiento de barbilla.
Bill obedeció y se sentó junto al caballero, aunque a una distancia prudencial. Notó que Thomas no dejaba de observarle y le devolvió la mirada, aunque no fue capaz de sostenerla mucho tiempo. Desvió la vista hacia el riachuelo.
El corazón le latía deprisa a causa de la incomodidad y los nervios. Recordó que cuando era pequeño y Thomas le hablaba o a veces incluso le hacía bromas, nunca se había sentido intimidado por él. Sin embargo, ahora todo era diferente, y no sabía exactamente cuál era la causa.
—¿Te encuentras mal? —preguntó Thomas de pronto.
—¿Eh? ¡No! —exclamó Bill, obligándose a mirarle de nuevo a los ojos.
—¿Seguro? Estás un poco pálido…
—De verdad, señor.
El caballero se mantuvo en silencio durante unos instantes antes de volver a hablar:
—Cuando te vi el día de mi llegada, me costó reconocerte. Has cambiado mucho. —Bill se encogió levemente de hombros y sonrió con timidez. Thomas suspiró y miró al cielo—. Supongo que cinco años es mucho tiempo… —murmuró.
Y no dijo nada más.
Al cabo de un rato de silencio y tranquilidad, se levantó. Bill iba a hacer lo mismo, cuando se encontró con la mano de Thomas frente a él. Avergonzado y encantado a la vez, la tomó y dejó que el caballero le ayudara a levantarse. Entonces ambos quedaron muy cerca el uno del otro. Bill creyó que el corazón se le saldría del pecho en cualquier momento.
Tras unos eternos segundos, Thomas se volvió y se dirigió a su caballo. Bill suspiró y le siguió, con el corazón aún desbocado.
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A partir de ese día, Thomas le pediría a Bill en varias ocasiones que le acompañara en sus paseos a caballo. En el castillo a veces les veían partir juntos y les miraban con curiosidad, pero nadie comentó nada. Bill, por supuesto, estaba encantado con ello, aunque el hecho de permanecer a solas con el caballero seguía poniéndole nervioso, pero eran unos nervios que él disfrutaba. Casi siempre terminaban reposando en el mismo claro. A veces, Thomas le contaba sobre sus aventuras y desventuras en Francia, algunas graciosas y otras dramáticas, y otras veces simplemente se quedaba callado, mirando al cielo con expresión melancólica.
La noticia más destacable durante esas semanas fue el regreso de Richard, el marido de Philippa, también proveniente de Francia. A los pocos días de la vuelta del también caballero, la pareja y sus dos hijos se marcharon para visitar a los padres de él. El castillo parecía vacío sin los dos pequeños.
Una mañana a principios de julio, Bill se encontraba en las caballerizas cepillando a Trip, cuando de pronto unas voces le alertaron. Asomó la cabeza por la entrada de las caballerizas y, sorprendido, vio a Thomas y a sir Gerald discutiendo en medio del patio.
—¡Tendrías que habérmelo consultado! —gritaba Thomas en ese momento.
—¡El trato se cerró antes de que te marcharas! —replicó sir Gerald.
—¡Hace cinco años! ¿Y si he cambiado de opinión?
El conde le miró con expresión fiera.
—No puedes cambiar de opinión y lo sabes.
Thomas le devolvió la misma mirada a su padre, pero no quiso seguir discutiendo. Empezó a andar con pasos airados hacia las caballerizas. Miró un segundo a Bill, quien se apartó asustado para dejarle pasar, y se dirigió directamente a Brock. Él mismo preparó la montura, subió de un salto al caballo y partió con él sin despedirse siquiera de su padre, quien se quedó largo rato en el patio con gesto resignado.
Bill no tenía ni idea de los motivos de la discusión, pero estaba claro que Thomas había salido perdiendo y se había marchado para calmar su enfado en soledad. El muchacho regresó al interior de las caballerizas y siguió con su trabajo.
La jornada transcurrió sin más sobresaltos y la noche cayó sobre Greyfield sin que Thomas hubiera regresado. Bill sabía que no tenía por qué preocuparse, pero aun así se sentía inquieto. Entró en el cobertizo que él y los demás sirvientes del castillo usaban como comedor en verano y se sentó junto a Gwenda. Ella y Edmund estaban hablando sobre una tal lady Elizabeth.
—El padre de lady Elizabeth es más rico que sir Gerald, te lo aseguro —decía Edmund—. El compromiso beneficiará más al conde que a la familia de ella, por eso le conviene apresurar la boda, no sea que tenga lugar un nuevo ataque de los franceses y Thomas sea llamado de nuevo al frente.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó el muchacho, curioso, y también preocupado por la posibilidad que acababa de mencionar su padre—. ¿Quién es esa tal lady Elizabeth?
Gwenda y Edmund le miraron.
—Lady Elizabeth es la prometida de Thomas. Van a casarse el próximo mes… o puede que antes.
Un enorme peso se instaló en el estómago de Bill al oír la noticia, provocándole un terrible malestar.
—Después de tanto tiempo entre hombres, me pregunto si Thomas recordará cómo tratar a una mujer —comentó Gwenda, dirigiéndose de nuevo a su marido.
—No seas ingenua. ¿Acaso crees que Thomas no ha catado mujer en todos los años que ha pasado en Francia?
El último comentario de Edmund hizo que el estómago de Bill se revolviera un poco más. Se levantó de la mesa, pálido.
—¿A dónde vas? —preguntó Edmund.
—No tengo hambre… —musitó el chico.
—¿Cómo que no tienes hambre? ¿No te encuentras bien? —inquirió Gwenda.
—No, no mucho. Me voy a dormir.
—Pero…
—No te preocupes, madre. Seguro que durmiendo se me pasa.
Bill salió del cobertizo sin dar ocasión a sus padres de seguir hablando. Atravesó el patio, iluminado solo por la luz de la luna, en dirección a la parte trasera del castillo, la reservada a los sirvientes.
Sabía que era estúpido sentirse mal por una noticia así. Thomas tenía ya veintiséis años, edad más que suficiente para contraer matrimonio. De hecho, si no hubiera tenido que partir a la guerra, seguramente ya llevaría varios años casado. Era algo que tarde o temprano iba a suceder.
Pero la certeza de lo inevitable no le consolaba. Él no quería que Thomas se casara.
Le quería para él.
Los curas decían durante las misas que la homosexualidad era un pecado, y una de las razones que se aducían era que dos hombres no podían concebir, y por lo tanto era inadmisible que practicaran el sexo. Sin embargo, Bill nunca había conseguido verlo así.
Sí, había oído infinidad de veces que el único fin de la fornicación era el de procrear, pero sabía que su madre no deseaba tener más hijos porque ella misma lo había dicho en más de una ocasión, y aún así algunas noches seguía escuchando a sus padres hacer el amor. Y Bill también había hecho el amor, con una muchacha de la ciudad, seis meses atrás, sólo por curiosidad.
¿Eran tanto él como sus padres unos pecadores? ¿Tan terrible era hacer el amor sólo por el placer que se sentía, y no con la intención de traer hijos al mundo?
¿Era una aberración desear a Thomas como él lo deseaba? ¿Iría al infierno por ello?
Suspiró y meneó la cabeza intentando alejar aquellos desoladores pensamientos de su mente.
Estaba a punto de entrar en el castillo cuando escuchó un conocido ruido de cascos. Se dio la vuelta y comprobó que efectivamente se trataba de Thomas y Brock. El hijo del conde se aproximaba a las caballerizas con trote rápido. A Bill le llamó enseguida la atención la postura del hombre, no tan erguida como de costumbre, y tuvo una sospecha.
Preocupado, le siguió y entró tras él a las caballerizas. Thomas desmontó de un salto, pero al poner los pies en el suelo se tambaleó y tuvo que dar un par de pasos para estabilizarse.
La sospecha de Bill se confirmó: el caballero iba borracho. Seguramente se había pasado el día en la taberna Howard, la más famosa de la ciudad, y que ya solía frecuentar en su adolescencia.
Se acercó hasta quedar a un par de pasos de él.
—¿Quiere que le ayude en algo, señor? —preguntó.
Thomas le miró como si no hubiera reparado en su presencia hasta ese momento.
—Eh, sí… Podrías… desensillar a mi caballo… —respondió con voz pastosa y tratando de enfocar su mirada.
—Por supuesto, señor.
El muchacho se colocó entre el hombre y el caballo y empezó a desabrochar correas de la montura. Podía sentir la mirada de Thomas clavada en su nuca. Incómodo, trató de darse más prisa.
De pronto, el caballero dio un paso hacia delante y se colocó prácticamente pegado a su espalda. Bill incluso sentía su aliento sobre la nuca. Su pulso se aceleró. Trató de ignorar aquella desconcertante cercanía y seguir con su tarea, cuando de repente las manos de Thomas se posaron en sus hombros, sujetándole sin demasiada fuerza pero con firmeza, y la punta de su nariz y sus labios empezaron a rozar la piel de su cuello.
Bill se quedó paralizado.
Los labios y la lengua de Thomas empezaron a recorrer con lascivia el lado izquierdo de su cuello. A Bill se le erizó todo el vello de su cuerpo, y por un momento creyó de verdad que el corazón se le saldría del pecho de lo rápido y fuerte que le estaba latiendo.
Abrió la boca, pero fue incapaz de pronunciar ningún sonido.
La presión sobre sus hombros aumentó, y súbitamente se vio volteado, quedando frente a frente con Thomas, con sus rostros a apenas un par de centímetros de distancia. Podía oler perfectamente el alcohol en su aliento. Los ojos del caballero estaban clavados en los suyos, y Bill se perdió en esos orbes del color del mar. Ni siquiera se dio cuenta de que los centímetros que les separaban habían quedado reducidos a milímetros; sólo regresó a la realidad cuando un imponente grito resonó en las caballerizas.
—¡Thomas!
Ambos dieron un salto hacia atrás a causa del susto. Miraron hacia la dirección de donde había provenido el grito, y vieron a sir Gerald avanzar en su dirección. Tenía una clara expresión de enfado pintada en la cara. Sin embargo, entre la distancia y la oscuridad era poco probable que hubiera visto algo.
—¡Thomas! ¡¿Dónde demonios te habías metido?!
Thomas bufó y se alejó un par de pasos más de Bill. Fue entonces que el muchacho se dio cuenta realmente de la oportunidad que acababa de perder: ¡Thomas había estado a punto de besarle!
—¿Es que vas a empezar a controlarme otra vez como antes de marcharme? ¡Ya no soy un niño, maldita sea! —gruñó Thomas.
—¿Estás borracho? —inquirió sir Gerald mirando fijamente a su hijo.
—¿Y qué si lo estoy?
El rostro de sir Gerald empezaba a encenderse a causa de la rabia. Entonces reparó en la presencia de Bill y se controló un poco.
—¿Qué haces tú aquí?
—Yo…
—Le he pedido que desensillara a Brock —interrumpió Thomas—. Bill, ya puedes irte.
—Sí, señor…
Bill agachó la cabeza y se marchó de allí lo más deprisa que pudo. Mientras cruzaba el patio pudo escuchar un par de gritos más, pero ya no entendió qué decían.
Continúa…
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