Noble venganza 3

Notas: Hola! Ya está aquí la siguiente parte Muchas gracias por el apoyo ^^. Nos leemos!

Khira

Fic Toll de Khira

Capítulo 3

Después del incidente en las caballerizas, Thomas no volvió a pedirle a Bill que le acompañara en sus paseos. El muchacho temía que el caballero se arrepintiera de lo sucedido, o que ni siquiera lo recordara a causa de la ebriedad, pero pronto sus preocupaciones sobre ese tema se vieron superadas por otro mucho peor: la boda de la que toda la ciudad ya hablaba.

Tal y como había predicho Edmund, el enlace se celebró antes de lo previsto y Thomas y lady Elizabeth se casaron en la catedral del condado a mediados de julio. El banquete tuvo lugar en el castillo, y la fiesta se alargó hasta altas horas de la madrugada.

Lady Elizabeth era joven, de unos veinte años; tenía una rizada melena castaña hasta la cintura y los ojos del color de la miel, rodeados de largas y negras pestañas. Era alta y delgada, aunque tenía un busto generoso. Su piel era pálida y en la zona de las mejillas tenía varias pecas. Era una mujer muy hermosa; sin embargo tenía en su rostro una constante mueca de desagrado que la afeaba. Además su actitud era siempre soberbia y altiva; ni siquiera se dignó a mirar a la cara de los que serían a partir de ese día sus siervos y que además habían estado trabajando durante días para preparar el banquete de su boda.

La noche de la boda Bill no pudo pegar ojo. No hacía más que pensar en lady Elizabeth y en Thomas juntos, y era una imagen que le destrozaba el alma.

Comprendió que no importaba lo sucedido o lo que hubiera podido suceder en las caballerizas. Thomas estaba casado; ya nada cambiaría eso.

A la mañana siguiente, sin embargo, se llevó la gran sorpresa.

—Prepara los caballos, nos vamos a dar una vuelta —le dijo Thomas nada más toparse con él en el patio.

Bill abrió mucho los ojos. No se esperaba que Thomas le invitara a ir con él otra vez, y mucho menos en su primer día de casado.

—Sí, señor… —musitó desconcertado.

Poco rato después cabalgaban en la misma dirección que de costumbre. Thomas no dijo nada durante el trayecto, pero en cuanto se pararon a descansar en el claro, el caballero se encaró con él nada más descabalgaron.

—¿Por qué no te apartaste? —le preguntó colocándose a escaso medio metro de Bill.

—¿Perdón? —Bill no se esperaba ni la pregunta ni la cercanía y estaba descolocado.

—En las caballerizas, aquella noche —aclaró Thomas, impaciente—. ¿Por qué no te apartaste?

El chico tragó saliva, sin saber muy bien qué debería responder.

—¿Fue porque no te atreviste, o porque también lo deseabas? —insistió el caballero.

De nuevo esa mirada azul tan intensa que hacía que todo lo demás a su alrededor se desvaneciera.

—¿Bill?

—Estáis… Estáis casado… —consiguió decir.

—Eso no responde a mi pregunta.

—¡Pues para mí sí! —exclamó sin poder contenerse.

Inmediatamente se tapó la boca con una mano, asustado. Le había levantado la voz a Thomas, el hijo del conde de Greyfield…

—Lo… Lo siento… —murmuró.

Thomas le miraba algo sorprendido pero no parecía enfadado.

—Bill… —empezó de nuevo—. Sólo quiero saber si el motivo por el cual no te apartaste de mí esa noche fue porque temías que me enfadara si lo hacías.

Bill inspiró hondo y negó con la cabeza.

—No, señor… No fue por eso.

Un amago de sonrisa apareció en el rostro de Thomas.

—¿Entonces?

Un intenso sonrojo se apoderó de las mejillas de Bill. No se atrevía a decir más y Thomas intuyó que no se lo sacaría, por lo que desistió de su interrogatorio y se aproximó un poco más al muchacho, quien le vio las intenciones y dio un paso hacia atrás.

—Estáis casado… —repitió con voz temblorosa.

—Ya lo sé… —suspiró Thomas—. Pero aunque no lo estuviera, nadie debe enterarse de esto o nos ahorcarían a los dos.

El comentario asustó visiblemente a Bill.

—No te preocupes… —dijo el caballero—. En este bosque estamos a salvo, ni siquiera los proscritos vienen por aquí.

A pesar de las palabras del hijo del conde, Bill seguía intranquilo. Y más nervioso se puso cuando Thomas le agarró de los brazos para que no pudiera alejarse otra vez de él.

—Yo no… Esto no… No sé… —empezó a balbucear.

—Cálmate… —le pidió Thomas justo antes de posar sus labios sobre los suyos.

La sensación era mil veces mejor de cómo la había imaginado. Bill se relajó al instante y se dejó rodear por el abrazo de Thomas, quien no tardó en profundizar el beso y hacer que las rodillas del muchacho temblaran. El caballero aprovechó irse al suelo junto a él y allí mismo, sobre la fresca hierba, hicieron el amor por primera vez.

&

Ya casi había anochecido cuando partieron de regreso al castillo. Bill iba como en una nube, sin ser demasiado consciente de todo lo que había pasado en el claro, mirando de reojo a Thomas, cuyo rostro permanecía impasible, como si nada fuera de lo normal hubiera ocurrido.

Al llegar al castillo se encontraron con lady Elizabeth que esperaba en la entrada. Bill tragó saliva y por primera vez se sintió culpable por lo ocurrido.

—¿Dónde te habías metido? —le espetó la joven a su marido en cuanto éste descabalgó frente a ella.

—Ya pareces mi padre —farfulló el caballero.

Lady Elizabeth ignoró el comentario.

—Llevo horas esperándote para cenar.

—No seas exagerada.

—Al menos dime dónde estabas.

—¿No lo ves? He ido a dar un paseo a caballo.

Por primera vez lady Elizabeth posó su mirada en Bill, aún a lomos de su caballo.

—¿Con este siervo?

—Es el mozo de los caballos, ¿quién mejor?

Lady Elizabeth no dijo nada más, pero fulminó a Bill con la mirada.

&

Durante unos días, Thomas no le dirigió la palabra a Bill. Apenas siquiera le miraba cuando se cruzaban en el castillo. El muchacho ya empezaba a creer que el caballero se había aprovechado de él, pero justo cuando se cumplía una semana desde que se acostaran en el claro, Thomas entró en las caballerizas y le ordenó que prepararan los caballos.

La cara de alivio de Bill fue demasiado evidente.

—¿Qué ocurre? ¿Tan ansioso estabas por repetir? —preguntó Thomas.

Bill se sonrojó por toda respuesta. Thomas miró a su alrededor comprobando que estaban solos en las caballerizas y le besó tiernamente en la sien.

—Hay que disimular un poco —explicó Thomas—. Ahora que está Elizabeth aquí, es mejor espaciar un poco las salidas.

Bill supuso que Thomas tenía razón.

Pero lady Elizabeth no era estúpida, y Bill lo comprobaría un par de meses después.

Estaba solo en las caballerizas cepillando a Brock cuando apareció ella. Se sorprendió bastante, ya que la joven no pisaba nunca ese sitio. Tenía un caballo, un hermoso palafrén que había sido uno de sus regalos de bodas, pero nunca lo había montado.

—Buenos días, señora… —la saludó Bill.

Lady Elizabeth no le devolvió el saludo. Permaneció inmóvil, mirándole trabajar con el ceño fruncido, acentuando esa habitual expresión de desagrado que deslucía sus hermosas y finas facciones. Bill se estaba poniendo muy nervioso. Al final, tras varios minutos de silencio, la joven habló:

—Quiero que dejes de ir a montar con Thomas.

Bill se detuvo en sus labores y la miró.

—¿Cómo?

—Ya me has oído, niñato.

—Pero… no soy yo el que decide, es el señor quien me ordena que le acompañe en sus paseos a caballo.

—Pues te inventas una excusa, le dices que estás enfermo o lo que sea, pero no quiero volver a veros juntos, ¿me has entendido?

El chico parpadeó desconcertado durante unos segundos, pero no se dejó intimidar.

—No puedo mentirle.

El rostro de lady Elizabeth se crispó. Avanzó hacia Bill con pose amenazadora.

—Cuidado, no se acerque así a Brock, es muy… —trató de avisarla el muchacho.

Todo sucedió muy rápido. Lady Elizabeth hizo caso omiso de la advertencia y se acercó tanto a Brock que el caballo, nervioso ante la presencia de una desconocida, se alzó sobre sus patas posteriores y relinchó sonoramente. No la tocó, pero del susto la joven cayó de espaldas, apoyó mal la mano y lanzó un grito de dolor.

Bill cerró la puerta del compartimiento y se apresuró a ir con lady Elizabeth.

—¿Se encuentra bien?

—¡No me toques! —chilló ella, histérica, sosteniéndose la muñeca derecha con la otra mano.

—¿Qué ha ocurrido?

Era la voz de Thomas, quien acababa de entrar en las caballerizas junto a sir Gerald. Bill le miró un segundo y luego volvió a bajar la vista hacia lady Elizabeth, y entonces tuvo un escalofrío.

Lady Elizabeth sonreía, pero era una sonrisa malvada, cruel. Una mueca que duró sólo unos instantes, ya que en cuando Thomas llegó hasta ellos la cambió por una expresión asustada y desvalida.

—¡Thomas, menos mal que estás aquí! ¡Este chico me ha agredido!

A Bill se le congeló la sangre en las venas.

—¿Que ha hecho qué? —exclamó Thomas, atónito, mientras ayudaba a su esposa a levantarse del suelo.

—¡Me ha empujado! ¡Yo sólo quería acariciar al caballo y este desalmado me ha empujado y he caído!

—¡Yo no he hecho eso! —exclamó Bill—. ¡Ha sido Brock, que ha relinchado porque se ha acercado demasiado y la ha asustado!

Thomas y sir Gerald se le quedaron mirando. Thomas parecía que le creía, pero la mirada de su padre daba miedo.

—¿Me estás llamando mentirosa? —preguntó lady Elizabeth con tono indignado.

—Pero…

—¿Te has hecho daño? —preguntó Thomas interrumpiendo a Bill.

—Me he lastimado la muñeca…

—Señor, de verdad que no la he tocado… —insistió Bill, ya al borde del llanto.

—¡Silencio! —gritó sir Gerald.

La discusión llamó la atención a los que estaban en el patio, y entraron varios siervos a las caballerizas, entre ellos los padres de Bill.

—¿Qué ocurre…? —preguntó Gwenda en voz baja.

—Bill, discúlpate ahora mismo con lady Elizabeth —dijo Thomas, pero a través de su mirada Bill supo que lo que quería el caballero era que el asunto se cerrara cuanto antes; sin embargo el muchacho no se atrevía a pedir perdón, pues eso sería como reconocer que había cometido la falta, y temía el castigo de sir Gerald.

—Pero es que no…

—¿Es que acaso una simple disculpa va a solucionar esto? —preguntó lady Elizabeth, furiosa.

—¿Y qué quieres entonces? —preguntó Thomas.

—¡Este chico debe ser castigado!

—¿Qué? —exclamaron Gwenda y Edmund a la vez.

—¿Y qué castigo propones? —preguntó sir Gerald. Thomas iba a decir algo pero su esposa se apresuró en responder.

—Mi padre, a los siervos que no saben cuál es su sitio, les da unos azotes.

Bill palideció, igual que Gwenda y Edmund. Thomas empezó a negar con la cabeza.

—No seas absurda… —empezó.

—¡Cállate, Thomas! —le reprendió sir Gerald. A continuación suavizó el tono y se dirigió a lady Elizabeth—. Si ése es el castigo que deseas para el chico, que así sea.

—Pero padre…

—¡Basta! —gritó el conde. Avanzó un par de pasos hacia la salida de las caballerizas y se detuvo frente a Edmund—. Os espero a ti y a tu hijo en el patio principal dentro de una hora. Y pobres de vosotros que no aparezcáis.

—Sí, señor —dijo Edmund entre dientes.

Lady Elizabeth sonrió de forma triunfal, pero sólo la vio Bill. Ella y sir Gerald salieron de las caballerizas. Los demás siervos también se marcharon. Thomas se quedó junto a Bill y sus padres.

Bill se tapó el rostro con una mano y se echó a llorar. Gwenda se apresuró a abrazarle.

—Yo no le he hecho nada… De verdad… No le he hecho nada… —decía el muchacho entre sollozos.

—Lo sé, cariño…

Edmund también se acercó a su hijo y le colocó una mano en el hombro, mirando fijamente a Thomas, quien no sabía qué hacer y terminó marchándose también.

La noticia de lo supuestamente sucedido en las caballerizas y el castigo impuesto a Bill se extendió como la pólvora por el castillo, y al cabo de una hora prácticamente la totalidad de las personas que vivían en él se habían reunido en el patio principal armando bullicio. En uno de los lados había un tocón que supuestamente se usaba para impartir las penas de flagelación, aunque nadie recordaba que se hubiera usado nunca antes siendo sir Gerald el conde de Greyfield.

Bill salió al patio acompañado de Gwenda y Edmund y se dirigieron al tocón, junto al cual ya esperaban sir Gerald, Thomas, lady Elizabeth y un siervo llamado Ralph que actuaría como verdugo aplicando la pena corporal. Este último dio un paso hacia Bill.

—Quítate la camisa… —le ordenó.

Bill obedeció y le pasó la prenda a su madre, quedando desnudo de cintura para arriba. Al trabajar la mayor parte del tiempo bajo cubierto, no tenía la piel tan morena como los demás siervos. Poco a poco toda la gente congregada en el patio bajó el volumen de su voz hasta convertirse en un murmullo general.

—Arrodíllate y pon las manos sobre el tocón.

De nuevo Bill obedeció. Ralph cogió una cuerda que llevaba colgando de la cintura y ató con ella las muñecas de Bill a una abrazadera de hierro que rodeaba el tocón. El muchacho tragó saliva al observar la vara con tiras de cuero que llevaba el hombre enganchada al cinturón.

Alzó la vista y se topó con los ojos de Thomas. El caballero le miraba con un gesto que se le antojó suplicante. De pronto movió los labios y creyó leer en ellos las palabras «lo siento». Suspiró y agachó la cabeza. Al menos Thomas le creía… pero eso no le iba a librar de los azotes.

Lady Elizabeth se obligó a sí misma a permanecer impávida, aunque estaba disfrutando de lo lindo con la escena. Edmund y Gwenda seguían pálidos.

Edmund se agachó junto a Bill y acercó un pequeño rollo de tela a los labios de Bill.

—Muérdelo —le dijo, y en voz muy baja añadió—: No le des el gusto a esa zorra de oírte gritar.

El muchacho le hizo caso, abrió la boca y su padre le introdujo el rollo, que mordió con fuerza.

—Serán cinco azotes. Empecemos —ordenó sir Gerald en voz alta, y en el patio se hizo el silencio más absoluto.

Todos se apartaron de Bill menos Ralph, quien se colocó a sus espaldas y se sacó la vara del cinturón.

Bill se miró las manos, temblorosas bajo las cuerdas que las amarraban, y abrió y cerró los puños un par de veces. Era la primera vez que recibía un castigo físico, aunque la fama de la tortura que suponía una flagelación era muy conocida. Apretó los dientes y con ellos el rollito de tela.

Escuchó un sonido ventoso a sus espaldas, y de pronto vino el primer azote.

No sabía cuántas tiras de cuero cosidas tenía la vara, pero Bill sintió como si miles de espadas afiladas le cortaran la espalda a la vez. El dolor fue casi insoportable. Su primer impulso fue gritar, pero recordó el rollito de tela, así que apretó aún más los dientes y dejó perecer el grito en su garganta.

Aún no se había repuesto mentalmente cuando recibió el segundo azote. En esta segunda ocasión el daño causado fue aún mayor, ya que ahora los cortes tenían lugar unos sobre otros. Bill agachó la cabeza hasta tocar con la frente la madera, y empezó a respirar de forma escandalosa por la nariz. Apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas de las manos.

El tercer azote tuvo lugar pocos segundos después. Bill trató de evadirse del terrible dolor. Se imaginó que estaba en cualquier otro lugar, haciendo cualquier otra cosa, por ejemplo nadando en el lago del bosque, no allí, recibiendo un castigo injusto y desmesurado ante los ojos de sus padres y de toda la demás gente del castillo.

El cuarto azote le devolvió a la realidad. Abrió la boca y dejó escapar el rollito de tela, aunque no gritó. Miró sus manos, aunque sólo vio dos manchas borrosas. Por fin, el quinto y último azote.

Los minutos siguientes Bill se encontraría en una especia de trance, con todos los sentidos embotados por el dolor e incapaz de hacer nada por sí mismo. Sólo sintió que era alzado y cogido en brazos por alguien. Atinó a pensar que quizá se tratara de Thomas. Más tarde supo que había sido Edmund quien se lo había llevado de allí semiinconsciente.

Continúa…

Gracias por leer 😉

por Khira

Escritora del fandom

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