Noble venganza FIN

Fic Toll de Khira

Capítulo Final

Los días siguientes transcurrieron en una suerte de calma artificial. El castigo infligido a Bill había impresionado a todos, y nadie se atrevía a pronunciar una palabra más alta que la otra delante de los señores. Al mismo tiempo, la popularidad de lady Elizabeth entre los siervos estaba ya por los suelos, sobre todo después de que Gwenda les contara a todos la versión de su hijo sobre lo acaecido en las caballerizas.

Thomas no le dirigía la palabra a lady Elizabeth, aunque a ésta no parecía importarle demasiado. Ella pensaba que su marido pronto olvidaría el incidente, pero no así el chico, quien a partir de ese momento se lo pensaría dos veces antes de desobedecerla.

Una noche después de cenar, cuando lady Elizabeth ya se había retirado, Gwenda entró en el comedor para recoger los platos sucios. Thomas, que no había visto a Bill por el castillo desde la flagelación, no aguantó más y decidió preguntarle a la madre del chico por su estado.

—Gwenda… —La mujer se giró hacia él y le miró fríamente. Thomas sabía que no podía recriminárselo, así que aguantó su desprecio estoicamente—. ¿Cómo está Bill? —La mirada de la mujer se volvió helada. Thomas carraspeó—. No le he visto aún…

—No pretenderá que regrese al trabajo tan pronto —dijo Gwenda con una voz tan fría como su mirada.

—No, claro que no… ¿Pero cómo está? —repitió.

—Está todo lo bien que puede estar una persona que tiene la espalda en carne viva. Y ahora si me disculpa, tengo cosas que hacer…

En otras circunstancias, la actitud de Gwenda podría haberle costado también unos azotes. Pero Thomas no era tan hipócrita.

Se quedó solo en el comedor, en silencio, lamentándose una vez más por todo lo sucedido.

Gwenda por su parte se apresuró a terminar con sus tareas, y media hora después se dirigía al dormitorio común que compartían una docena de siervos. Bill seguía acostado sobre su jergón de paja, boca abajo. Apenas se había movido de allí en cinco días. Edmund había conseguido traer un médico desde la ciudad que no se limitara a practicar sangrías, y éste le había limpiado las heridas a Bill con vino y después le había vendado la espalda.

La mujer se sentó en la paja junto al chico y le acarició de forma tierna el cabello. Le apartó un par de mechones y contempló sus ojos entrecerrados.

—¿Qué tal, cariño? —Bill no respondió y Gwenda no insistió. Su hijo no estaba muy comunicativo esos días, y lo entendía—. Voy a cambiarte las vendas, ¿de acuerdo?

Gwenda se levantó un momento para ir a buscar la tela necesaria, y Bill se fue incorporando poco a poco. Aún le dolían mucho las heridas, pero nada comparado con el calvario del primer día. Se sentó en el borde del jergón y esperó a que su madre regresara.

La mujer se sentó a sus espaldas y con cuidado empezó a retirar las vendas. Comprobó que ya no se manchaban tanto de sangre como los días anteriores. Recordó la pequeña conversación con Thomas y vaciló unos instantes antes de hablar:

—Thomas me ha preguntado hoy por ti…

Aparentemente Bill no se inmutó, pero sintió una dolorosa opresión en el pecho al escuchar el nombre de su amado.

Gwenda suspiró antes de continuar.

—Bill… Sé que aprecias a Thomas… pero está claro que lady Elizabeth no va a permitir que mantengas ningún tipo de relación de amistad con él… Ella sabe que él no la ama, y nunca subestimes la ira de una mujer despechada…

La palabra «amistad» sacudió el corazón del muchacho. No era precisamente amistad lo que él deseaba del caballero… pero como bien decía su madre, ni a eso podía aspirar. No con lady Elizabeth en medio.

—¿Bill…?

—Tienes razón… —se limitó a susurrar.

La mañana siguiente amaneció radiante, tanto que Bill se decidió por fin a salir del dormitorio. El dolor constante de su espalda se había convertido en una molesta tirantez. El sol le dio en la cara y eso le hizo sentirse un poco mejor.

Varios siervos le vieron salir al patio y le saludaron con la mano. Bill devolvió el gesto y se encaminó a las caballerizas. Se preguntó quién habría atendido a los caballos durante esos días, pero pronto su duda fue resuelta al encontrarse con un siervo llamado Wulfric en el lugar. El hombre no tardó en reparar en él.

—Bill…

—Hola…

Se hizo un pequeño silencio.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Wulfric.

—Bastante mejor —respondió Bill.

El hombre se relajó.

—Esperemos que lady Elizabeth no la haya tomado de verdad contigo. Esa mujer es una auténtica zorra.

Bill sonrió levemente. Parecía que definitivamente lady Elizabeth se había quedado con el apelativo de «zorra». Se aproximó al caballo que estaba atendido Wulfric y le acarició las crines.

—Han estado un poco nerviosos estos días —comentó Wulfric—. Creo que te han echado de menos.

El muchacho sonrió más ampliamente.

—Bill…

La sonrisa se esfumó de su rostro al reconocer la voz: Thomas.

—Buenos días, señor… —saludó Wulfric. Se dirigió a Bill—: Bueno, si te parece bien los dejo a tu cargo de nuevo.

Wulfric pasó por el lado de Thomas y salió de las caballerizas, dejándoles solos. La tensión era evidente.

—Te he visto cruzar el patio desde la ventana… —explicó Thomas. Dudó unos instantes antes de preguntar—: ¿Cómo estás?

Por toda respuesta Bill se encogió de hombros. Sólo quería marcharse de allí cuanto antes y pensó en el modo de lograrlo sin hacerle un desaire demasiado descarado a Thomas.

—Bill. —Thomas dio un paso hacia él, pero el muchacho respondió dando uno atrás—. Bill… —repitió abatido.

—Por favor… —musitó el muchacho.

—¿Qué?

—Tengo que irme…

Bill empezó a caminar deprisa hacia la salida, intentó esquivar a Thomas pero éste le agarró de un brazo. Entonces Bill dio un tirón para liberarse, sorprendiendo a Thomas, quien le dejó marchar. Decidió que sería mejor darle unos días para que se calmara.

&

Sin embargo pasaban los días y la actitud de Bill con Thomas no cambiaba, más bien iba a peor. El muchacho intentaba esquivarle por todos los medios, y cuando no lo conseguía, no tardaba en desaparecer con cualquier excusa. Para colmo, sus padres, Edmund y Gwenda, le miraban con desprecio cada vez que le veían intentar acercarse a su hijo.

El caballero empezaba a molestarse. Un día, el primero del otoño, Thomas entró a las caballerizas con actitud resuelta.

—Bill, prepara a Brock y a un palafrén para ti. Nos vamos.

Bill, que estaba en ese momento acarreando un montón de paja, lo apretó contra su pecho y le miró con una mezcla de enfado y temor.

—Yo no… —empezó, pero no supo cómo continuar y cambió la frase—. Preferiría no tener que acompañarle, señor…

—No te he preguntado lo que prefieres. Es una orden, y vas a cumplirla. ¿Me has entendido?

El duro tono de Thomas casi le hizo saltar las lágrimas.

—Pero… es que… no me encuentro bien… —susurró.

—Ya te he dicho lo que quiero que hagas. Espero no tener que repetírtelo. Te espero en el puente.

Cinco minutos después, Bill salía de las caballerizas con Brock y Jon, mirando con temor a todos lados por si aparecía lady Elizabeth. Afortunadamente, la joven no parecía estar por allí cerca.

Se reunió con Thomas en el puente, tal y como le había ordenado.

El camino hasta el claro transcurrió de lo más tenso y silencioso. Bill podía escuchar a su propio corazón latiendo en sus oídos. En cuanto llegaron, Thomas descabalgó y Bill hizo lo mismo.

Por un momento creyó que Thomas iba a recriminarle su actitud, pero nada más lejos. La expresión del caballero se tornó humilde en cuanto se aproximó a él.

—Bill, no sabes cuánto siento todo lo que ha pasado…

El muchacho agachó la cabeza mientras sentía que los ojos se le inundaban de lágrimas. Era todo tan doloroso…

—Bill…

Thomas levantó una mano para acariciarle la mejilla, pero Bill giró la cara como si el contacto le hubiera quemado. El rechazo le dolió como un puñetazo, pero trató de no dejarlo entrever. Levantó la otra mano y con ambas le agarró suavemente de la barbilla y le obligó a mirarle.

—Bill, de verdad que lo siento. Tienes que creerme.

—Te creo… —dijo Bill con un hilo de voz. Ninguno se dio cuenta de que le había tuteado.

—¿Entonces por qué esta actitud conmigo? —preguntó Thomas.

Bill se encogió de hombros.

—Porque no sirve de nada que te crea cuando dices que lo sientes. Igualmente se acabó —respondió.

La voz de Bill se iba tornando más firme a medida que hablaba. Thomas sintió un nudo en el estómago al oír las últimas palabras.

—¿Se acabó? No, eso no puede ser.

Bill se soltó del agarre de Thomas y le retó con la mirada, sorprendiendo al caballero.

—Sí, así es.

—¿Pero por qué?

—¿Por qué? —repitió Bill, indignado—. Pues porque no pienso darle otra excusa a lady Elizabeth para que me haga daño a mí o, lo que sería peor, a mi familia. Tienes una esposa muy vengativa, ¿acaso no te has dado cuenta?

De nuevo Thomas le agarró, esta vez de los hombros y con más fuerza.

—Bill, no permitiré que esa mujer vuelva a hacerte daño.

—¿Igual que no permitiste que me azotaran por una falta que sabes que no cometí?

Thomas se mordió un labio antes de responder.

—Mi padre sigue siendo el conde, no yo. Pero esto no será así para siempre.

—Muy bien, pues esperaremos a que tú seas el conde de Greyfield para seguir con esto. ¡Hasta entonces no quiero que me toques!

Bill hizo un amago de soltarse, pero Thomas no lo permitió y le sujetó aún más fuerte.

—Eso me resultaría imposible, Bill —dijo el caballero en un tono tan intenso que hizo que el vello del otro se erizara—. Tiene que haber otra solución.

El muchacho dudó unos segundos antes de responder. Había estado divagando sobre una remota posibilidad durante varios días, aunque no pensó que tendría la oportunidad de hablar de ello con su amante.

—La hay…

—¿Y cuál es? —insistió Thomas.

—Repúdiala…

Thomas abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—Repudia a lady Elizabeth… Haz que se vaya del castillo…

Durante unos segundos que a Bill se le hicieron eternos, el silencio se adueñó por completo del claro. Finalmente Thomas habló.

—¿Es tu última palabra? —preguntó.

—Sí. Debes elegir, o ella o yo.

La presión sobre los hombros de Bill se aflojó.

—Está bien. Te elijo a ti entonces.

Entonces fue el turno de Bill de abrir mucho los ojos.

—¿Lo harás…?

—Sí. Te quiero, y no me dejas otra alternativa.

La inesperada declaración dejó al chico sin aliento. Sólo atinó a mirar a Thomas con lágrimas en los ojos.

El caballero no aguantó más y le abrazó enérgicamente. Bill ya no opuso resistencia y se dejó abrazar.

Una hora después regresaban al castillo. Mientras cruzaban el puente, Bill alzó la vista y contempló la figura de lady Elizabeth, de pie frente a una de las ventanas del piso superior, viendo que le había desobedecido al salir a montar con Thomas. Y por la expresión de enfado que adornaba su rostro, supo que la mujer no tardaría en vengarse.

Lo que nunca se imaginó fue que su terrible venganza tendría lugar aquella misma noche.

&

El día se había acortado mucho y a esas horas ya había anochecido casi por completo. Bill dio un último repaso a todos los compartimientos, cerciorándose de que todos los caballos estaban listos para descansar. Mientras lo hacía no podía dejar de pensar en Thomas y en su intención de repudiar a lady Elizabeth. ¿Cuándo lo haría? No tenía ni idea, y lamentaba no habérselo preguntado, pero tampoco quería insistirle demasiado. 

Asió un cubo que había dejado en medio del pasillo para dejarlo en su lugar, junto a la entrada. Al girarse hacia allí vio a lady Elizabeth avanzar hacia él.

Se detuvo a pocos pasos de él. Su mirada era la de un demonio. El chico tragó saliva.

—¿Has sido tú, verdad? —preguntó, aunque por su tono más bien parecía una afirmación.

Bill asió el cubo con fuerza, inquieto.

—No sé de qué me habla…

—Me ha dejado… —dijo la mujer con voz gélida—. Me ha dejado, y estoy segura de que tú has tenido algo que ver, maldito niñato…

A Bill casi se le escurrió el cubo de la sorpresa.

¡Thomas lo había hecho! ¡Por él! ¡El mismo día que se lo había pedido!

A pesar de la tremenda noticia, el muchacho trató de permanecer calmado.

—Insisto en qué no sé de qué me habla… —musitó.

—Creí haberte dejado claro que te alejaras de mi marido —continuó ella enfatizando las dos últimas palabras.

Animado por la idea de que la vengativa noble pronto se marcharía, Bill se armó del valor necesario para enfrentarla de forma serena.

—Y yo que no podía desobedecer ni mentir a Thomas —replicó con la voz más firme de la que fue capaz.

El odio en los ojos de Elizabeth se acentuó más si era posible. Bill se preguntó qué estaría cavilando la joven; seguro que nada bueno. Pensó que si se alejaba lo suficiente de ella evitaría otra de sus jugarretas, por lo que dejó el cubo en su sitio y, manteniéndose a varios pasos de distancia, se apresuró a salir de las caballerizas.

Error. En el momento en que le dio la espalda, Elizabeth fue tras él como una fiera y sin darle tiempo a girarse le clavó una afilada daga en ella, desgarrando el músculo hasta chocar con su omóplato derecho.

Un alarido de dolor escapó de la garganta de Bill. Se encorvó hacia delante y la daga, aún sujeta por la mano de Elizabeth, salió de su carne. El muchacho, aturdido tanto por el dolor como por la sorpresa del ataque, se dio la vuelta para enfrentar a su agresora, pero ella no dudó en clavarle de nuevo la daga, esta vez en el estómago.

Bill gritó de nuevo al sentir que la hoja se hundía en su carne, en esta ocasión sin que ningún hueso detuviera su avance. Elizabeth sólo sacó la daga de su cuerpo cuando el mango ya rozaba su piel, apartándose de inmediato para que no la salpicara la sangre.

El muchacho se desplomó hacia delante, cayendo de costado sobre el suelo cubierto de paja. Instintivamente se llevó una mano a la herida para taponarla, pero al notar la gran cantidad de humedad supo que estaba perdido. Alzó la mirada y contempló a Elizabeth, quien, tras dedicarle una última ojeada de infinito desprecio, dejó caer la daga a su lado y se marchó corriendo del lugar.

Entonces Bill miró hacia el suelo y la gran mancha oscura que se estaba formando a su alrededor. Pronto empezó a sentirse débil y mareado. Quiso gritar, pero sólo fue capaz de emitir un lamento afónico.

Dolor, pena, desesperación. Muchos sentimientos se encontraron en su corazón durante ese tiempo indefinido. Y una sola frase que se repetía una y otra vez en su mente:

«Nunca subestimes la ira de una mujer despechada.»

—¡BILL!

Oír la voz de Thomas le alivió un poco, pero no lo suficiente. Escuchó más voces y sobre todo gritos, vio sombras alrededor de él, pero no pudo identificarlas. La inconsciencia se lo llevaba rápidamente. Alguien le ayudó a incorporarse un poco y se apoyó en el pecho de esa persona.

—Thomas… —susurró. Era la primera vez que le llamaba por su nombre, y no se preocupó de quién más estaba allí para oírlo.

—¡¿Quién ha sido, Bill?! ¡¿Ha sido ella?!

Bill sólo asintió. Trató de mantener los ojos abiertos, pero el mundo se estaba desvaneciendo ante ellos.

—Bill, aguanta… Por favor… —La voz del caballero temblaba. Bill sonrió levemente, sabiendo que ésa sería la última vez que lo haría.

—Lo has hecho… —susurró.

—¿Qué?

No sabía muy bien quién estaba con ellos, por lo que en un atisbo de lucidez trató de hablar de forma ambigua.

—De verdad has elegido…

Los brazos de Thomas le abrazaron más fuerte y sintió su cálido aliento sobre su frente.

—Por supuesto…

Bill notó humedad en sus mejillas y supuso que estaba llorando sin querer, hasta que se dio cuenta de que las lágrimas no provenían de sus ojos, sino de los de Thomas, que sollozaba con el rostro pegado al suyo. El muchacho cerró los ojos y aspiró por última vez la calidez del aroma de su amante antes de que todos sus sentidos fueran anulados y la oscuridad más absoluta se adueñara de su ser.

&

—La encontramos, señor…

Thomas levantó la mirada, oscura y siniestra como su alma en esos momentos. Apretó con más fuerza sus manos entrelazadas, ya blancas por la presión. De fondo se escuchaba el llanto de unos padres destrozados, el único sonido distinguible en el lúgubre silencio que reinaba en todo el castillo.

—¿Y bien? ¿Dónde está?

Por respuesta, el soldado se apartó de la puerta y dejó entrar a dos compañeros que sostenían entre ambos a lady Elizabeth. La joven tenía el vestido roto, arañazos en el rostro y un par de hojas pequeñas enredadas en el cabello, señales de haber corrido campo a través. Sin embargo su expresión seguía igual de altiva que siempre.

—Dejadnos a solas —ordenó Thomas a sus soldados.

Uno de los soldados que habían traído a lady Elizabeth vaciló antes de soltarla, consciente de que su señor estaba seguramente a punto de cometer un gran error.

—Quizá debería avisar al conde… —empezó.

—¡Dejadnos! —gritó, y los tres soldados desaparecieron.

Lady Elizabeth alzó aún más el rostro para enfrentarse con arrogancia a la ira de su esposo.

—¿Por qué? —susurró Thomas, tratando de no dejar salir aún la ira que le invadía—. ¿Por qué le has matado…?

La mujer esbozó una sonrisa torcida.

—No sé de qué me hablas. Yo no he matado a nadie.

—Sí lo has hecho. Con esta daga. —Thomas sacó de su cinto una pequeña daga ensangrentada—. Esto es tuyo, ¿no es así?

—Insisto en que no sé de qué me hablas. Yo estaba dando un paseo y me he perdido. Creía que te habías preocupado y que habías mandado tus soldados para encontrarme.

Thomas se acercó a su esposa sin soltar la daga. Algo en su mirada alertó a lady Elizabeth, cuyo gesto impasible se resquebrajó por primera vez.

—No te atreverás… —siseó—. Te ahorcarán.

—Lo sé.

Los ojos de Thomas llamearon. Estaba decidido y lady Elizabeth se dio cuenta.

—¡No puedes hacerlo! —chilló la joven—. ¡Sólo era un maldito mozo de caballerizas! ¡¿Por qué…?!

No pudo terminar la frase. Con un movimiento rápido, el noble le rajó la garganta con la misma daga con la que ella había acabado con la vida de Bill, cumpliendo su propia venganza. La sangre de lady Elizabeth le salpicó en la cara justo antes de que la joven cayera muerta en el suelo.

Thomas se quedó mirando el cadáver de su esposa durante largos minutos. Al final decidió que no tenía por qué esperar a la horca, así que hizo que aquella pequeña daga se cobrara su tercera víctima.

En el castillo, el silencio se volvió aún más tenebroso.

F I N

Notas finales: Y aquí acaba este minific. Sé que el final es duro, hasta es la primera vez que spoileo con las advertencias (ya me han reñido más de una vez por no avisar de violaciones y similares… ¬¬UUU), pero no quería que si no lo hacía luego me matarais a mí xd. No suelo matar a personajes principales, esta es la primera vez que lo he hecho, más que nada por experimentar, porque a mí me ponen muy mala estos finales tan trágicos. Y si aún son de personajes originales lo aguanto mejor, pero con personajes de fanfic, y más si son RPS… es que me entra hasta depresión… Bueno, ya me comentareis a ver qué os ha parecido. Un beso muy grande a todos/as y gracias por leer 😛

por Khira

Escritora del fandom

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