Notas: Hola! Esta historia era originalmente un one-shot escrito en un raro momento de inspiración medieval, pero como todavía estoy cambiando cositas lo voy a subir en partes.
Espero que os guste ^^. Un beso y gracias por leer, Khira

Fic Toll de Khira
Capítulo 1
Desde que se enterara de la noticia, Bill apenas podía dormir a causa de la emoción y los nervios. Al fin y al cabo, llevaba mucho tiempo esperando ese momento: Thomas Fitzgerald, hijo del conde de Greyfield, regresaría pronto a casa tras cinco largos años en los que había estado luchando en Francia a las órdenes del rey de Inglaterra, en una guerra que muchos calificaban ya de interminable (1).
No se sabía con exactitud el día de su regreso. Por si acaso, durante toda la semana Bill se arregló con más esmero del acostumbrado. Cada día se aseaba a consciencia y al final de la jornada lavaba sus ropas, casi siempre sucias a causa de su trabajo como mozo de caballerizas.
El padre de Thomas, sir Gerald, también se mostraba agitado. Él se había librado de ir a la guerra a causa de una lesión en la pierna derecha que le hacía cojear, pero los que le conocían sabían que el hombre habría acudido encantado al frente, y más acompañado de su único hijo varón. Día sí y día también, el conde daba largos paseos a caballo por sus tierras, como esperando ser el primero en divisar en la lejanía su figura.
En realidad, todas las personas que trabajaban en Westcastle, el castillo residencia de los condes de Greyfield, estaban inquietas y alteradas. Thomas había sido un muchacho muy apreciado por todos y su regreso se esperaba con ansias.
Aunque no era más que un niño de doce años cuando Thomas se marchó, Bill recordaba perfectamente el cariño que sentía por el caballero. Thomas, aunque no tenía por qué hacer ningún caso al hijo del cocinero y el ama de llaves, siempre había sido muy amable y simpático con él. Ahora Bill tenía diecisiete años y Thomas veintiséis. Bill había cambiado mucho: había crecido más de veinte centímetros y su voz se había agravado, seguía siendo delgado pero sus músculos se estaban desarrollando gracias al trabajo en las caballerizas. Se preguntó si Thomas también habría cambiado, tanto su físico como su carácter. Después de cinco años en el frente, supuso que era lo más probable.
Aquella mañana de mediados de junio amaneció nublosa y sombría. Bill había sacado a pasear a Trip, el caballo de Philippa, la hija del conde y hermana mayor de Thomas. Lo llevó de la correa hasta un pequeño lago que había al norte del castillo, a menos de kilómetro de distancia. Para llegar a él tenía que atravesar parte de un frondoso bosque, pero Bill se conocía ya esa zona al dedillo.
Mientras el caballo bebía del agua fresca del lago, Bill miró su reflejo en la lisa superficie. Se tocó la nariz, fina y recta, y luego las cejas, poco pobladas pero bien definidas. El cabello, de color castaño oscuro, igual que sus ojos, le llegaba ya casi por los hombros. Quizá iba siendo hora de cortárselo antes de que le confundieran con una mujer.
Se preguntó si Thomas le reconocería, si es que el caballero se acordaba mínimamente de él.
Trip relinchó, sacando a Bill de sus pensamientos. El muchacho se acercó al caballo y acarició su larga crin, negra como el ébano.
—¿Quieres que volvamos ya? —le preguntó.
El animal por supuesto no respondió, pero Bill se tomó su segundo relincho como un sí.
Veinte minutos después llegaban a las caballerizas, un edificio de planta rectangular construido con elegantes arcos de piedra de medio punto sustentados por columnas del mismo material. Entre columna y columna había espacio para dos compartimientos, habiendo en total dieciséis plazas para caballos. Dejó a Trip en su compartimiento y luego salió al exterior para lavarse las manos en la fuente que había en el patio contiguo.
—¡Bill!
El muchacho alzó la vista y observó a su madre, Gwenda, quien se aproximaba a él con pasos rápidos. Gwenda era una mujer menuda pero robusta, con los mismos ojos castaños de Bill y una gran melena de color rubio ceniza recogida en un práctico moño.
—¡Está llegando!
Durante un par de segundos Bill no supo a quién se refería, pero de pronto entendió que no podía hablar de otro que no fuera Thomas.
—¿En serio? —exclamó.
—¡Sí! Vamos, sir Gerald nos quiere a todos en la entrada al castillo para recibirle.
Bill tragó saliva y se apresuró a seguir a su madre. ¡Thomas había llegado por fin! Los nervios de los últimos días se multiplicaron por mil; incluso podía escuchar su propio corazón palpitando con fuerza en sus oídos.
En la entrada principal a Westcastle ya se habían reunido una veintena de hombres y mujeres, prácticamente la totalidad del personal del castillo, además de algunos miembros destacados de Greyfield, como el alguacil Jacob. Bill se colocó a la derecha de su madre, y al momento llegó su padre, Edmund, quien se colocó a la izquierda de ambos. El puente levadizo que daba acceso al castillo estaba bajado y por él estaba cruzando un pequeño grupo a caballo.
Le reconoció enseguida. Thomas iba a la cabeza del grupo, montado en un impresionante ejemplar de caballo de batalla. Llevaba la cabeza descubierta y su cabello dorado ondeaba a causa del viento que se había levantado hacía unos minutos. Su barba era también rubia pero un poco más oscura, y su piel estaba morena y curtida. Iba vestido con una túnica de viaje de cuero bajo una elegante capa de lana y botas altas con vuelta. Y lo más importante, parecía estar de una pieza.
Bill se quedó absorto mirándole.
La comitiva se detuvo justo frente a sir Gerald. Thomas se bajó del caballo con un movimiento elegante, y padre e hijo se abrazaron. A continuación intercambiaron un par de frases que nadie oyó, seguramente sobre lady Margareth, la madre de Thomas, fallecida tres años atrás. Thomas ya conocía la noticia de su muerte pero era la primera vez que veía a su padre desde entonces. Después Thomas abrazó a Philippa, su hermana, y a los hijos de ésta, Jimmy y Gerry, de ocho y doce años de edad.
Los tres hombres que acompañaban a Thomas también descabalgaron y se colocaron a su lado. Dos de ellos eran jóvenes escuderos, y el tercero era un hombre de la edad de Thomas, otro caballero, seguramente un amigo hecho en la contienda.
De pronto Thomas se volvió hacia la gente que esperaba tras sir Gerald. Jacob, el alguacil de la ciudad, fue el primero en saludar educadamente al recién llegado. Después le siguieron varias personas más; Bill, concentrado como estaba en la figura del caballero, no se fijó de quiénes se trataban, hasta que Thomas quedó a apenas a un metro de donde él se encontraba.
—Bienvenido, señor.
El oír de repente la voz de su padre sacó a Bill de su ensimismamiento. Su madre no tardó en decir exactamente la misma frase; Thomas sonrió y les agradeció a ambos la bienvenida con un gesto.
Entonces la mirada de Thomas se posó en él.
Bill contuvo la respiración, sintiendo cómo esos ojos de color azul mar parecían querer atravesarle. El muchacho tragó saliva e hizo un esfuerzo por hablar sin que le temblara la voz:
—Bienvenido, señor…
Thomas permaneció con la mirada clavada en él unos segundos más, hasta que se dirigió de repente a Gwenda con una ceja arqueada.
—¿Éste es el pequeño Bill?
Gwenda sonrió y asintió.
—Sí, señor. Ya no es tan pequeño, ¿verdad?
Thomas le miró a él de nuevo y sonrió. Bill notó que se ruborizaba.
—Has crecido mucho… —comentó el caballero—. ¿Qué edad tienes?
—Diecisiete, señor…
Al tenerle justo enfrente, el muchacho se dio cuenta de que, aunque él había crecido mucho, Thomas seguía siendo bastante más alto que él.
—Ya veo…
A Bill le habría encantado seguir recibiendo esa atención inesperada por parte de Thomas, pero el caballero le dedicó una última sonrisa y tras darle la espalda siguió con la ronda de saludos.
El mozo respiró hondo, y sin darse cuenta una sonrisa boba se instaló en su cara. Thomas había regresado, ya era una realidad.
No podía estar más feliz.
De pronto, Thomas se giró y sus miradas se cruzaron de nuevo. El caballero le dirigió una última mirada de arriba abajo, tan fija e intensa que Bill se quedó paralizado, preguntándose el porqué de ese repaso visual por parte del caballero.
Continúa…
(1) Se refiere a la llamada Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra, que duró 116 en realidad (1337—1453).