Fic escrito por Heiligtkt483
Capítulo 2
Pasaban de las cuatro de la tarde, todos ya habían comido. Los gemelos se iban a ir a ensayar con sus amigos, mientras que la pequeña Naia se quedaría con sus padres adornando el frondoso abeto color verde oscuro. Simone había colocado las cajas donde estaban guardados cada adorno de navidad encima de los sillones para empezarlo a decorar. Lentamente fueron colocando las bolas, las cuales ya tenía un cordel fino blanco para ponerlas en cada ramita del árbol. Después colocaron las lucecitas de colores que empezaban a moverse tintineantes al compás de una melodía navideña. Finalmente, quedaba por colocar la gran estrella dorada que vigilaba el resto del árbol desde lo más alto de este.
—Papi… —susurró Naia al ver como Gordon cogía la gran estrella entre sus manos, para irla a colocar en lo más alto del árbol— ¿Puedo poner la estrella? —preguntó la niña ilusionada. Sus ojos como el zafiro resplandecían emocionados.
—Claro que sí, princesa —respondió Gordon sonriendo a la niña— Sabes que las princesas de la casa tienen la misión de colocar la gran estrella del árbol de navidad. Y tú eres la princesita de la casa.
Gordon cogió entre sus brazos a la niña, para que pudiera colocar mejor la estrella, ya que el árbol era un poco alto de más para que la pequeña Naia pudiera acceder fácilmente a la gran cima de este. Una vez que la colocó, Gordon puso sobre el suelo a la niña. Desde abajo se podía apreciar a la estrella dorada brillar en todo su esplendor. Naia miraba embelesada el árbol de navidad.
Después de acabar de decorar el árbol, Naia estaba un poco aburrida de más, así que se fue a su habitación para colorear un poco en sus libros de dibujos, o quizás jugar con la señorita Penny, su muñeca preferida que le había regalado su abuela por su séptimo cumpleaños.
—¡Uno… Dos… Tres…! —la voz de Bill sonó en el garaje de la casa de Gustav, dándole la entrada para que ellos empezaran a tocar sus instrumentos. Minutos después la voz angelical de Bill inundó la estancia, acompañado por los acordes de la guitarra de su gemelo, el bajo de Georg y la batería de Gustav— Immer wenn mich etwas fertig macht… Schreib ich einen Brief…—comenzó a cantar Bill— An mein Mädchen aus dem All… Und dann schickt sie mir ‘nen Stern zurück… Und da steht dann für mich drauf… Wenn du Lust hast, komm vorbei…
Era cerca de las siete y media de la tarde, cuando los gemelos acabaron de ensayar con sus amigos. La nieve volvía a caer copiosamente, y el cielo se había oscurecido. Claramente estaba anocheciendo.
—Nos vemos mañana —dijo Tom a la vez que metía su guitarra eléctrica en el interior de su funda.
—Hasta mañana —dijo Bill a la vez que se abrochaba bien su cazadora, para resguardarse del frío día de invierno.
Los hermanos salieron de la casa de Gustav, acompañados por su amigo Georg, que vivía a unas cuantas cuadras de la casa de ellos. Caminaron por las calles, que estaba solitarias. La brisa del aire frío golpeaba traviesamente sus caras púberas. Caminaron unas cuantas cuadras, para finalmente separarse de Georg, el caminaba hacia una dirección y los gemelos caminaban hacia su casa.
Abrieron la puerta de su casa, para encontrarse en una ambiente tranquilo y navideño. Pudieron ver el árbol erigido al lado de la gran chimenea, de la cual chipoteaban pequeñas llamas que iban consumiendo la madera que estaba entre las brasas.
—Tomi… Billy… —dijo una niña de cabellera rubia— ¿Os gusta el árbol como ha quedado?
—Sí, está bien… —susurró Tom mirando el árbol, aunque apenas le prestó atención.
—Yo he puesto la estrella de arriba —dijo Naia orgullosa— Porque soy la princesa de la casa.
—Muy bien, Naia —dijo Bill sonriendo con ternura a su hermana pequeña.
—Voy a dejar mi guitarra a mi cuarto —anunció Tom para luego dirigirse hacia las escaleras y comenzar a subirlas para dirigirse a su habitación.
El gemelo mayor dejó a su hermano y a su hermana menores, para luego introducirse en su habitación. Se acercó a la esquina donde solía poner siempre su guitarra, para luego depositarla con sumo cuidado para evitar que la funda llevara un golpe, y sufriera algún daño la guitarra. Luego salió de su habitación, para volver a bajar al salón. Su madre pronto acabaría de hacer la cena.
Se sentaron todos alrededor de la mesa, ocupando sus respectivas sillas, mientras que Simone comenzaba a servirles la cena, a cada uno de los integrantes de la familia. Después se sirvió en su plato, y se sentó y comenzaron a cenar mientras que de vez en cuando intercambiaban algunas palabras, contando lo sucedido a lo largo de la tarde.
—Hoy hemos ensayado una nueva canción —explicó Bill emocionado a Gordon— Y tengo más nuevas ideas para escribir otras canciones.
—Genial —sonrió Gordon. Los gemelos habían comenzado a amar la música desde que apenas tenían ocho años, y eso había hecho que los adolescentes se unieran más a su padrastro.
—Algún día hijo mío, escucharemos tus canciones en la radio —dijo orgullosa Simone. La mujer no dudaba que sus pequeños gemelos eran muy talentosos, Tom en la guitarra y Bill componiendo canciones y poniéndole voz a ellas.
—¿Cuándo seáis famosos me dedicareis una canción? —preguntó Naia a sus hermanos, fijando sus ojos azules color zafiro en ellos.
—Pues claro, enana —dijo Bill revolviéndole cariñosamente el pelo dorado de la menor— Te dedicaremos todas las canciones que hagamos —la pequeña sonrió emocionada.
Siguieron cenando, cuando acabaron de cenar. Simone se quedó recogiendo los platos, mientras que Tom y Bill veían un poco la televisión. Naia se encontraba jugando con una muñeca que estaba tirada por el salón. Minutos después cuando Simone acabó de recoger la cocina, salió de esta.
—Naia a dormir —ordenó la mujer a la niña.
—No tengo sueño… —susurró la pequeña haciendo una mueca frunciendo sus labios.
—En cuanto te tumbes en la cama caerás rendida —dijo Simone a su hija porque sabía perfectamente que su pequeña, se dormiría tan pronto como canta un gallo, ya que había tenido un día bastante ajetreado. La niña no paraba de correr de un lado a otro, haciendo que las energías se le agotase.
Simone cogió a la pequeña de la mano para llevarla a su habitación, y ayudarla a acostarse. Subieron las escaleras lentamente para luego caminar por el largo pasillo que había en el segundo piso, hasta que finalmente llegaron a la puerta de la habitación de Naia. Entraron en el interior de la habitación de la pequeña, para luego Simone ayudarle a ponerse el pijama. Después la niña se recostó en su cama, mientras que su madre la arropaba con las mantas para que estuviera calentita en esa noche fría de invierno.
—Sueña con los angelitos, pequeña —susurró Simone a su hija para luego depositarle un pequeño beso en la frente.
Simone se dirigió hacia la puerta, para luego apagar la luz y salir de la habitación. Bajó las escaleras hasta llegar al salón donde se encontraban Gordon con sus dos hijos mayores, que estaban viendo tranquilamente la televisión. Estaba viendo una película bastante entretenida, hasta que después cuando la película acabó, todos se fueron a dormir.
Los rayos del sol penetraban traviesamente por las ventanas de la casa, anunciando que un nuevo día había comenzado. La pequeña Naia había madrugado más de lo habitual, y se había ido a ver la televisión, después cuando su madre bajó para preparar el desayuno la niña se fue con ella a la cocina para hacerle compañía, mientras que cogía una hoja de una libreta y un bolígrafo que había en un cajón de la cocina.
—¿Qué haces cariño? —le preguntó Simone a su pequeña al verla escribir en una hoja.
—Voy a escribir la carta a Santa Claus —respondió Naia con una sonrisa infantil. No quería quedarse sin regalos esa navidad.
Naia estaba muy concentrada escribiendo, intentando recordar todo lo que iba a pedir, ya que tenía una lista bastante grande de cosas. Su madre acabó de hacer el desayuno, y se dispuso a servirle a la niña, mientras que Naia seguía escribiendo en la hoja, con letra infantil. Minutos después, Tom entró en la cocina, seguido de su hermano. Ambos reflejaban en su cara sueño, podrían estar durmiendo todo el día, menos mal que estaban de vacaciones de Navidad.
—¿Qué haces mocosa? —preguntó Tom sentándose al lado de su hermana pequeña, a la vez que se fijaba en ella viéndola escribir en una hoja.
—Mi carta de regalos para Santa Claus —respondió la niña con obviedad.
—A ver… —dijo Tom quitándole la carta de las manos a la pequeña.
—Devuélveme mi carta, no está todavía terminada —frunció el ceño la niña, mostrando enfado.
—Querido Santa Claus… —comenzó a leer Tom poniendo voz aguda imitando la voz de su hermana pequeña— Este año he sido muy buena, y creo que me merezco todos los regalos que me voy a pedir. Primero, quiero el perrito Laser Cheisi, segundo, el castillo de princesas Glitzi Globes de Disney, tercero, Fashion star Nancy, cuarto, Casita de la nieve Pin y Pon… —paró de leer para luego mirar a su hermana— No estás pidiendo demasiado —dijo el adolescente mirando a su hermana— Santa Claus tiene el presupuesto restringido y no podrá comprarte todo lo que pides —dijo molestando a su hermana.
—Sí que podrá, porque he sido este año una niña muy buena, y tú no lo has sido —dijo Naia sacándole la lengua a su hermano, aunque ambos hermanos se adoraban a veces el adolescente conseguía enfadar a la pequeña cuando se metía con ella— Así que este año Santa Claus no te traerá nada…
—Tom deja de molestar a tu hermana, y poneros a desayunar que si no se os enfría —dijo Simone a sus dos hijos, dado que Bill ya se encontraba desayunando tranquilamente.
—Sí mamá… —susurraron ambos obedientes.
Cuando acabaron de desayunar, Simone y Gordon se llevaron a Naia con ellos a hacer unas compras. La menor se llevó su carta para dársela a un mensajero de Santa Claus que había en el centro comercial, para recoger todas las cartas de los niños buenos de Hamburgo. Salieron de la casa, para luego dirigirse al garaje donde estaba aparcado el coche. Los gemelos se quedaron en casa, alegando que no les apetecía ir hasta el centro comercial, que tenían más cosas importantes que hacer.
Después de dos horas, los adultos regresaron del centro comercial cargados con bolsas de compra, generalmente comida, que utilizarían para la cena de Navidad del día siguiente. Al día siguiente se reunirían bastantes personas en casa, ya que venía la hermana de Simone, Iris con su esposo y su pequeña hija Danielle de apenas nueve años de edad. Después un hermano de Gordon, con su esposa e hijo, así que fácilmente la casa estaría llena de gente. Entre Gordon y Simone colocaron la compra en los muebles de la cocina y la nevera, mientras que Naia se quedaba en el salón con sus hermanos mayores, mientras que estos veían la televisión.
—Le he dado mi carta al Elfo de Santa Claus… —comenzó a decir la niña emocionada— Me ha dicho que he sido una niña muy buena, y que Santa Claus me traerá todo lo que he puesto en la carta… También le he dicho que traiga un par de regalos a Bill, porque él si se ha portado mejor que tú, Tom —dijo la niña molestando a su hermano mayor.
—Me da igual, que Santa Claus no me traiga regalos… —dijo Tom con cierto tono molesto— Además… Santa Claus no…
—Tom, Me puedes acompañar arriba —dijo Bill interrumpiendo a su hermano mayor, antes de que cometiera una estupidez— Me acabo de acordar que ayer por la noche escribí una canción nueva, y te la quiero mostrar que tal te parece —dijo de nuevo Bill a su hermano— Quizás la podremos ensayar cuando vayamos a junto de los chicos…
—Está bien… —susurró Tom suspirando, para luego dejar a la menor en el salón.
Naia se sentó en el sillón a la vez que cogía su muñeca, que había dejado el día anterior por el salón. Cogió su bolsita donde tenía varios peines, ropita de esta y se puso a peinar la larga cabellera rubia de la muñeca. Empezó a peinarla con energía, de tal forma que la cabeza de la muñeca se salió del cuerpo de plástico del que estaba formada la muñeca. Unas pequeñas lágrimas comenzaron a surcar sus ojos azules. Su mamá le iba a castigar porque había roto a su muñeca. La muñeca que su abuela le había regalado por el día de su séptimo cumpleaños. Cogió la muñeca e intentó esconderla para que su mami no la descubriera, pero todavía las lágrimas seguían surcando sus ojos, así que se agazapó debajo de una mesa, mientras que lloraba intensamente, y sujetaba lo que quedaba de la muñeca.
—¿Por qué lloras Naia? —preguntó Tom acercándose a su hermana pequeña. Después de que Bill le hubiera enseñado la canción, a ver dado su aprobación volvió a bajar al salón, escuchando los sollozos provenientes de debajo de una mesa, donde se encontraba su hermana menor.
—Mami me va a reñir… —dijo la pequeña mientras las lágrimas cristalinas mojaban las mejillas sonrojadas de la niña.
—¿Por qué? —volvió a preguntar el mayor confuso.
—Se me ha roto mi muñeca… —musitó la niña mientras le enseñaba la cabeza de la muñeca separada del cuerpo de esta.
—A ver… Déjamela… —susurró Tom intentando coger la muñeca de la mano de su hermana.
—No… no quiero que se lo digas a mami —dijo la menor con pavor. No quería que su mamá la castigara, es más que Santa Claus no le trajera los regalos que había pedido.
—No seas tonta, Nai —dijo el mayor— Sé cómo arreglar tu muñeca…
—¿Así…? —preguntó la niña curiosa clavando sus ojos color zafiro en los ojos avellana de su hermano.
—Sí… —sonrió el rastas a su hermana menor— ¿Me dejas arreglártela?
—Sí… —musitó la menor dándole a su hermano mayor su muñeca, que estaba separada en dos partes.
Tom cogió la cabeza de la muñeca para luego insertarla de nuevo, donde estaba el cuello de esta. Luego se la devolvió a su hermana menor, que tenía una sonrisa de oreja a oreja.
—Gracias Tomi… —dijo la niña abrazándose fuertemente a su hermano, haciendo que ambos cayeran sobre el suelo, ya que estaban sentados en este— Te quiero mucho… —dijo la niña cariñosamente a su hermano— Le voy a decir al duende de Santa Claus que te traiga regalitos porque has sido muy bueno.
—Más te vale, renacuaja —le dijo Tom a su hermanita, para luego comenzarle a hacer cosquillas. Enseguida las risas infantiles de la pequeña inundaron el salón.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Simone saliendo de la cocina.
—Nada, mami —dijo la niña sonriendo a la vez que se abrazaba a su hermano mayor.
—Iré a preparar la comida —informó Simone para luego volver a entrar en el interior de la cocina.
Minutos después, Bill bajó de su habitación y se sentó en el sillón a la vez que encendía la televisión para ver algún programa que le interesara. Al cabo de una hora, Simone anunció que la comida estaría lista en unos minutos, que fueran a lavarse las manos. Los tres hermanos se dirigieron al pequeño servicio que había en la planta baja de la casa, para enjabonarse las manos y lavárselas de forma ordenada. Después volvieron al interior de la cocina donde ocuparon sus asientos, mientras que Simone les servía a todos, la comida.
—Hoy por la tarde iremos a ensayar a casa de Gustav —comentó Bill— Ayer por la noche escribí una nueva canción que me gustaría enseñársela a ellos para comenzar a ensayarla.
—Lo siento, hijos… —susurró Simone apenada— Pero hoy por la tarde no podréis ir a casa de Gustav.
—¡¿Por qué?! —preguntó Bill frunciendo el ceño.
—Gordon y yo tenemos que ir al centro comercial a hacer unas compras —dijo Simone— Tendréis que quedaros con vuestra hermana. No la podemos llevar con nosotros.
—Pero ella puede venir con nosotros a casa de Gustav —dijo de nuevo Bill— Creo que será lo mejor y lo más correcto, ¿no?
—Tienes razón, hijo —dijo Simone acordándose que precisamente irían al centro comercial a comprar regalos de navidad, que entregarían al día siguiente, y estando sus hijos en casa fácilmente la pequeña Naia podría descubrir toda la verdad sobre Santa Claus.
Acabaron de comer, y sobre las cuatro de la tarde, los tres hermanos estaban poniéndose su ropa de abrigo. Afuera en la calle hacía bastante frío, había nevado durante toda la mañana haciendo que considerablemente bajasen la temperatura drásticamente. Naia se puso su gorro de lana, cubriendo sus cabellos dorados, y la bufanda alrededor del cuello. Sus hermanos la imitaron igual, pero solo poniendo una bufanda alrededor del cuello. Tom cogió su guitarra, que estaba metida cuidadosamente en el interior de una funda dura para protegerla de posibles golpes. Era su guitarra preciada, se la había regalado Gordon cuando el pequeño Tom apenas tenía ocho años, en las primeras navidades que Gordon pasó junto a la familia de Simone. Con ella comenzó a tocar sus primeras canciones y se había convertido en su compañero de batallas, por eso la cuidaba con mucho mimo y no permitía a nadie que tocara su guitarra. Le tenía mucho cariño. Salieron de la casa, dejando solos a sus padres que en breves se irían al centro comercial a comprar los regalos navideños.
—Yo quería quedarme en casa… —musitó la pequeña— Quería ver la televisión, y comer palomitas…
—Nai… —dijo cariñosamente Bill a su hermana pequeña— Hoy podrás ser testigo de un pequeño concierto que te daremos. Siéntete afortunada, porque nunca dejamos entrar a otras personas para que vean nuestros ensayos.
—¿Enserio? —preguntó la niña mirando fijamente a su hermano mayor.
—Sí… —sonrió Bill a la vez que le acariciaba una de las mejillas a su hermana que se habían vuelto sonrosadas a causa del frío que hacía en la calle.
Después de unos quince minutos por fin llegaron a la casa de Gustav. Los tres niños cruzaron el gran jardín que había delante de la casa, para luego situarse enfrente de la puerta de la casa de Gustav. Bill tocó el timbre. Enseguida, unos segundos después Gustav abría la puerta de su casa para dejarles paso.
—Vaya hoy vamos a tener un espectador —dijo el chico mirando a la hermana pequeña de sus hermanos.
—No tuvimos otra alternativa, Gustav —dijo Tom a su amigo— O era traerla al ensayo, o no venir a ensayar.
—Hola Gustav… —saludó la niña para luego abrazarse al amigo de sus hermanos.
—Hola pequeña… —dijo Gustav cariñosamente a la niña, a la cual quería como si fuera una hermana pequeña.
Gustav cerró la puerta una vez que se separó de Naia, para luego caminar todos juntos hacia la puerta que daba al garaje, en el interior de la casa de Gustav. Allí ya se encontraba Georg concentrado afinando su bajo, a la vez que tocaba unas cuantas notas graves para comprobar la afinación.
—Vaya hoy tenemos una invitada especial —dijo el chico de ojos verdes al ver a la pequeña Naia— Hola Naia…
—Hola Georg —sonrió la niña para luego abrazarse al otro amigo de sus hermanos.
—Cada día estás más alta —dijo el adolescente haciéndole un cumplido a la pequeña— Pero dime, ¿Cómo es que has venido hoy?
—Mami dijo a Tom y Bill que tenían que traerme porque sino, no podrían venir al ensayo —explicó la menor.
—Nosotros estamos encantado de tenerte de público —sonrió Georg para luego revolverle cariñosamente el pelo a la menor, ya que la niña se había acabado de quitar el gorro que cubría su cabello dorado.
—Nai siéntate en el sillón, y no hagas ruido —ordenó Tom a su hermana menor— Sino nos desconcentras.
—Está bien… —dijo la menor resoplando a la vez que se sentaba cómodamente en un pequeño sillón que había en un lado del garaje.
Los cuatro amigos se pusieron a hablar. Bill les estaba enseñando la letra de una canción que había escrito la noche anterior. Gustav parecía entusiasmado con la letra, pero Georg para fastidiar un poco al pequeño de los gemelos, no mostraba mucho interés y conformidad con la letra. Tom, en cambio, desde el primer momento que había escuchado a su hermano cantar la canción, más o menos como tenía que ser la música le había encantado. Ahora los cuatro amigos, se encontraban trabajando con cada uno de sus instrumentos para sacar una melodía perfecta a la canción. Naia los observaba desde el sillón sentada, a la vez que jugaba con su muñeca. Miraba a su hermano Tom tocar con entusiasmo su guitarra, y tontamente sonrió al pensar que quizás cuando fuera más grande podría ella tocar también una guitarra de su hermano y acompañarlo en uno de sus conciertos, cuando este fuera famoso.
Continúa…
Gracias por leer.