
Fic escrito por Heiligtkt483
Capítulo 3
Después de estar dos horas ensayando sin parar, los adolescentes se tomaron un descanso. Momento que aprovecharon para ir a la cocina de Gustav, y asaltar la nevera en busca de algo con la que llenar sus estómagos. La pequeña Naia se había quedado sola sentada en el sillón, jugando tranquilamente con su muñeca, pero no podía dejar de mirar a la guitarra de su hermano. Sabía que su hermano se enfadaría con ella si la veía tocando su guitarra, pero el adolescente no tendría por qué enterarse además se encontraba en la cocina juntos con su hermano Bill y sus dos amigos llenando el estómago. La pequeña dejó su muñeca en el sillón a la vez que lentamente se acercaba al lugar donde su hermano había dejado apoyada su guitarra.
—Escucha Penny… —susurró la niña a su muñeca— Voy a tocar las cuerdas como lo hace mi hermano Tom —dijo la niña a la vez que comenzaba a rasgar las cuerdas, pero tirando también de ellas — Auch… —se quejó al notar como algo impactaba en su mano, quedando una pequeña marca roja. La niña miró con ojos asustados la guitarra de su hermano. Se había roto una cuerda, y ahora su hermano se enfadaría con ella y tendría que comprar otra guitarra porque no podría tocar nunca más con ella. Unas cuantas lágrimas cristalinas se escaparon por sus ojos azules, para luego dejar la guitarra en el sitio donde su hermano la había colocado. Volvió a sentarse en el sillón a la vez que jugaba distraídamente con su muñeca Penny. Las voces de los adolescentes se volvieron más cercanas, ingresando finalmente en el interior del garaje. Tom se acercó a coger su guitarra, a la vez que los demás cogían sus instrumentos, y Bill ocupaba su lugar junto al micro. El adolescente observó que su guitarra tenía algo que antes no tenía cuando se había ido con los demás en la cocina. Miró a su hermana pequeña con ojos enfadados. Estaba claro que su hermana pequeña había estado tocando su guitarra, cosa que él no le tenía permitido.
—¡Naia te dije que no tocarás mi guitarra! —la voz enfadada de su hermano Tom hizo que la menor cerrará los ojos fuertemente, tratando de amortiguar un poco los gritos que salían de la garganta de su hermano— Cuantas veces tengo que decírtelo, joder… —dijo el adolescente con enfado.
—Tom tranquilízate… —susurró Bill intentando calmar a su hermano mayor.
—No me tranquilizó —respondió Tom envuelto en furia— Me ha roto una cuerda, y no tengo cuerdas de repuesto… —susurró el adolescente apenado.
—Seguro que Naia lo hizo sin querer —dijo Bill a su hermano a la vez que se acercaba a su hermana pequeña — ¿Verdad? —preguntó a la niña la cual asentía con su cabecita, a la vez que sus lágrimas seguían recorriendo sus mejillas. Bill abrazó a la niña para reconfortarla y hacer que dejará de llorar— Lo ves, Tom. Lo ha hecho sin querer —dijo Bill intentando defender a la menor.
—Lo siento Tomi… —dijo Naia con su voz infantil— No quería estropearte la guitarra… Yo solo quería ser como tú…
—Mejor cállate, no quiero oírte en todo lo que queda en la tarde —le dijo Tom a su hermana sin aminorar su enfado. La menor se agazapo contra sus rodillas, mientras que lloraba silenciosamente.
El resto del ensayo no se puedo realizar. Como había dicho Tom, su guitarra no tenía una cuerda de repuesto para la cuerda que le había roto Naia, así que tuvieron que posponer el ensayo para otro día. Tom metió su guitarra en el interior de su funda. Los gemelos se despidieron de sus amigos, hasta dentro de dos días. Al estar cercano la noche de navidad, Gustav y Georg lo pasarían con sus familiares fuera de la ciudad así que no quedarían hasta dos días después. Se volvieron a abrigar con sus cazadores y bufandas para luego salir a la calle. El día había oscurecido notablemente y hacía bastante frío. Naia iba en silencio caminando detrás de sus hermanos a la vez que sujetaba con sus pequeñas manos a su muñeca Penny. La niña se sentía muy culpable por haberle roto a su hermano la cuerda de la guitarra, pero lo que más le dolía es que su hermano no le hubiera perdonado a pesar de haberse disculpado y que se enfadara con ella. Tom y Bill iban caminando delante de la menor en silencio, sin mirarse apenas. Tom sentía mucho enfado con su hermana, a pesar de que se lo había advertido a la niña de que no tocará su guitarra bajo ningún concepto, la niña lo había desobedecido y eso era lo que le había molestado francamente. No le gustaba que le tocaran sus cosas.
Después de unos quince minutos de trayecto por fin llegaron a su vivienda. Las luces del interior de la casa ya estaban encendidas, y el coche de sus padres se encontraba perfectamente aparcado enfrente de la puerta del garaje. Se dirigieron hacia la puerta de la casa, para luego Bill abrirla con sus llaves entrando en el interior de esta. La pequeña Naia se mostraba triste, hecho que no pasó desapercibido por su madre.
—Cielo, ¿Qué te pasa? —preguntó Simone a su hija pequeña al verla con mirada triste y preocupada.
—Tomi se ha enfadado conmigo —musitó la niña con tristeza mientras que de nuevo unas lágrimas volvían a surcar sus ojos azules.
—¿Qué le has hecho? —preguntó Simone poniendo los ojos en blanco. Sabía que su hija solía a veces molestar a su hermano mayor, aunque sentía mucha devoción y admiración entre ambos.
—Le he roto la guitarra… —susurró la menor para luego echar a correr escaleras arriba y perderse en el interior de su habitación.
Simone miró con preocupación a su hija pequeña como subía las escaleras rápidamente, se notaba que estaba demasiado afectada por lo ocurrido. Sabía que su hijo mayor le había dejado muy claro a su hermana, que bajo ningún concepto debería de tocar su guitarra, y ahora la menor lo había hecho haciendo que Tom se enfadará con ella.
—Solo me ha roto una cuerda… —musitó Tom sintiéndose mal por lo duro que había sido con su hermana menor— Tengo que comprar cuerdas de repuesto…
—Pero tiene que aprender a que no puede tocar las cosas de los demás sin permiso —dijo Simone a su hijo. Le dolía la forma en la que Naia había aprendido la lección, y sobre todo que sus dos hijos estuvieran enfadados.
Minutos después, Naia volvía a bajar las escaleras con la mirada triste, pero entre sus pequeñas manos llevaba consigo su hucha de cerdito. La menor había estado metiendo dinero que le había dado sus abuelos, sus tíos incluso su padre biológico, Jörg Kaulitz cuando ella iba a pasar algunos fines de semana a Hannover donde vivía el hombre. Se acercó con paso lento a sus padres y a sus hermanos.
—¿Qué haces con tu hucha, cielo? —preguntó confundida Simone a su pequeña.
—Quizás le haga falta dinero a Santa Claus para comprar una nueva guitarra a Tomi —respondió la niña causando cierta ternura a su madre— Tomi me ha dicho que este año anda con el presupuesto restringido. Y si no le llega mi dinero de mi hucha, no quiero que me traigan los juguetes que le pedí en mi carta… Solo quiero que le traigan una guitarra nueva a mi hermano —dijo a la vez que las lágrimas volvían a brotar de sus ojos.
—Nai… —susurró Tom conmovido por la acción que había tenido su pequeña hermana. Era una niña con gran corazón.
—Lo siento mucho, Tomi… —musitó de nuevo la niña— Solo quería saber que se sentía tocando tu guitarra… Cuando sea mayor me gustaría ser como tú, y tocar en un concierto contigo cuando seas famoso.
—Ven aquí enana —dijo Tom no pudiendo evitar abrazar a su hermana menor.
—¿Me perdonas? —preguntó la niña poniendo ojitos de cordero degollado haciendo que su hermano se derritiera por tal expresión.
—Nunca estuve enfadado contigo solo estuve un poquito molesto, enana —dijo Tom sonriendo a su hermana.
—Pero te he roto tu guitarra, ahora tendrán que comprarte una nueva —dijo la niña mostrándose apenada.
—Solo tengo que cambiarle la cuerda —respondió Tom de manera amable mientras que le revolvía cariñosamente el pelo de la pequeña— No ha sido grave.
—Te quiero mucho, Tomi —dijo la niña abrazándose fuertemente a su hermano.
—Iré a acabar de hacer la cena —informó Simone sonriente de que sus dos hijos arreglaran sus diferencias.
Cuando Simone acabó de hacer la cena, todos entraron en la cocina para cenar. La noche transcurrió normal pero ese día deberían de acostarse temprano para descansar, ya que al día siguiente sería un día bastante agotador. Cada uno de los integrantes de la familia se fue a sus respectivas habitaciones, salvo una niña rubia de unos ojos azules que se metió furtivamente en la habitación de su hermano mayor.
—¿Qué haces Nai? —preguntó Tom desde su cama.
—¿Puedo dormir esta noche contigo? —preguntó la menor titubeante.
—Está bien —sonrió el adolescente, abriendo las sábanas de su cama para que su pequeña hermana se acostará junto a él.
La niña corrió hacia la cama de su hermano mayor, para luego acomodarse en esta. Tom abrazó a su hermana para luego taparse de nuevo con las sábanas. La niña se abrazó fuertemente al adolescente correspondiéndole su abrazo.
—Buenas noches, princesa —susurró Tom a la vez que sentía la respiración acompasada de su hermana sobre su pecho— Ten dulces sueños.
Los rayos del sol se colaban por los grandes ventanales de la casa. Simone se había levantado temprano, ya que ese día sería un día bastante ajetreado. Tener que preparar la cena de navidad para diecisiete personas, era una tarea bastante laboriosa, además que la fiesta se extendería a los días veinticinco y veintiséis. En esos días también se serviría los mismos platos típicos que se suelen hacer en navidad. Simone se encontraba en la cocina adobando el cordero, y de segundo plato haría una carpa o las salchichas con ensalada de patatas. Después para el postre haría un christollen, manzanas rellenas con mermelada y para los mayores de la familia prepararía un rico aguardiente con cerezas.
—Buenos días mami… —dijo Naia entrando por la puerta de la cocina.
—Buenos días, cielo —dijo sonriente Simone— Ahora te sirvo tu desayuno.
Simone dejó de hacer lo que estaba haciendo para concentrarse en servirle a su pequeña una taza de chocolate, con unas galletas.
—¿Y tus hermanos? —preguntó Simone a la vez que se concentraba en lo que estaba haciendo anteriormente.
—Supongo que estarán durmiendo —respondió la menor— Tomi estaba roncando cuando salí de su habitación.
—¿Has vuelto a colarte en la habitación de tu hermano? —preguntó Simone sonriendo siendo consciente de que su hija pequeña desde que era muy pequeña se iba a dormir con su hermano mayor.
—Sí… —susurró la menor agachando la cabeza temiendo que su madre le riñera— No quería dormir sola por la noche… —dijo intentando que su madre no la regañara.
—Buenos días —dijo Tom entrando en la cocina con cara de dormido— ¡Dios que sueño tengo! —dijo el adolescente estirando sus brazos lo máximo posible para desperezarse— Si fuese por mí me quedaría todo el día durmiendo.
—Tom no seas perezoso —regañó su madre— Además hoy tendréis que ayudarme con los preparativos tu hermano y tú.
—¿No puede ayudarte papá? —preguntó Tom frunciendo el ceño.
—Él tendrá que ir a buscar a tío John, a tu primo Johan y tu tía que venían en tren al mediodía —aclaró Simone a su hijo.
—Mami, ¿Cuándo viene la prima Danielle? —preguntó Naia impaciente de que su prima mayor llegará y así poder jugar con ella a las muñecas.
—Vendrá en la tarde, junto tu tía Iris y tu tío Robert —sonrió Simone a su pequeña.
—Tengo ganas de que llegue para poder jugar con ella a mis muñecas —dijo la niña emocionada.
Los dos hermanos se pusieron desayunar, uniéndoseles posteriormente Bill. Cuando acabaron de tomar su desayuno salieron de la cocina rápidamente para evitar que su madre les mandara hacer algún recado de última hora, de alguna cosa o ingrediente que se le olvidará. Los tres hermanos se sentaron en el gran sillón que había en el salón mientras que ellos veían la televisión.
Las horas fueron pasando vertiginosamente. Gordon acababa de entrar por la puerta de la casa, acompañado de su hermano, la esposa de este y su hijo, Johan de apenas once años. El preadolescente miró a sus primos y se unió a ellos mientras ambos se ponían al día en sus cosas. A media tarde, llegó Danielle con sus padres. Naia sonrió de oreja a oreja ya que se estaba aburriendo bastante con sus hermanos y su primo Johan que solo hacían hablar de cosas de chicos.
—Hola Danielle —saludó la pequeña sonriente a su prima— ¿Vienes a jugar conmigo a mi habitación?
—Está bien… —susurró la niña a Naia para dirigirse hacia las escaleras no sin antes detenerse al lado de su primo Tom— Hola Tomi… —saludó Danielle a su primo a la vez que se sonrojaba.
—Hola Danielle —saludó el adolescente sin mostrar ningún tipo de interés en la menor para luego unirse de nuevo en la conversación de su gemelo y su primo Johan.
Danielle se fue arriba con Naia con cara decepcionada, porque Tom no le había hecho mucho caso. Mientras los menores se divertían, sus padres ayudaban a Simone a acabar de hacer los preparativos para la gran cena. Cuando la hora de la cena se estaba acercando, los mayores echaron del salón a los gemelos y Johan sugiriéndoles que se fuesen a la habitación de los gemelos. El motivo es que tenían que colocar los regalos alrededor del árbol, y no querían que los niños los vieran. El gran salón estaba dividido en dos partes. Una zona donde estaba la gran chimenea que consumía alegremente los pedazos de madera, que le habían echado previamente. Allí estaba el árbol de Navidad que había sido adornado previamente los días anteriores. Después esa zona sería cerrada con una gran puerta de corredera, para evitar que los niños accedieran a esa parte del salón. La otra zona, estaba formada por una gran mesa de comedor, con sus sillas alrededor. Los adultos ya habían empezado a poner el mantel, los platos, la cubertería fina y las copas. Finalmente, faltaría poner lo que cenarían esa noche.
Cuando estuvo ya todo listo, llamaron a los pequeños de la familia para que se unieran a la mesa con los adultos, que ya estaban sentados en sus puestos. Simone, ayudada por Gordon, empezó a servir la cena a los comensales. Estuvieron durante cerca de dos horas y media comiendo, bebiendo y hablando. Las carcajadas de los menores era música celestial bajada del cielo, pero todos estaban impacientes sobre todo los pequeños de la familia de que se tocará esa campanita que anunciaba que podían acceder a la otra parte del salón, y poder abrir sus regalos de navidad. Al caer la medianoche, se podía notar a los niños impacientes al igual que los mayores. Un cantico angelical inundó la habitación haciendo que a los mayores se les pusiera los pelos de punta. Los pequeños de la casa habían comenzado a entonar un villancico.
—Stille Nacht! Heilige Nacht! —empezó a cantar la pequeña Naia a la vez que se le unía sus hermanos, para finalmente unirse también sus primos—Alles Schläft, einsam wacht nur das traute, hochheilige Paa. Holder Knabe im lockigen Haar, schlaf in himmlischer Ruh’!
Cuando acabaron de cantar ese villancico, Gordon hizo sonar la campanilla anunciando que podrían ir a junto del árbol de navidad y así poder abrir sus regalos. La puerta corrediza se abrió de par en par dejando ver el otro lado del salón. Las luces del árbol iluminaban la estancia que estaba en penumbra, también el fuego que danzaba en la chimenea le daba un ambiente cálido y familiar. Mientras que las luces del salón se encendieron de nuevo, los niños se lanzaron desesperados hacia el árbol de navidad en busca de sus regalos más preciados.
—Me han traído el perrito Laser Cheisi —dijo Naia emocionada.
—¡Qué pasada me han traído el videojuego de Final Fantasy III! —dijo Johan emocionado, a la vez que cogía otro paquetito con su nombre para desenvolverlo.
—Tengo el nuevo disco de Nena —dijo Bill emocionado. Las lágrimas se le salían de los ojos porque llevaba queriendo comprarse ese disco de hacía unos dos meses, pero estaba agotado en las tiendas y todavía no la habían recibido.
—Me han traído una bicicleta nueva —dijo Danielle con un brillo especial en los ojos.
El mayor de los gemelos había desenvuelto un paquete en el cual venían unas púas de guitarra, dos packs de respuesta de cuerdas y una correa nueva para su guitarra. Lo que no contaba el adolescente es encontrarse un paquete grande escondido detrás del árbol, el cual no había visto antes. Tom se acercó al paquete, para cogerlo con sus brazos notando que pesaba bastante. Lo comenzó a desenvolver con rapidez y emoción.
—¡Dios! —dijo el mayor de los gemelos echándose las manos a la cara de lo impresionado que estaba. Tenía delante de él, el último modelo que había salido de Gibson Costume, la cual había deseado desde que la había visto en una tienda musical en el centro de la ciudad.
—Ya era hora que tuvieras otra guitarra —dijo Gordon a su hijastro mirándolo con una sonrisa.
—Gracias, muchas gracias —dijo Tom a Gordon emocionado.
—No me las tienes que dar, eso te lo ha dejado Santa Claus —le dijo el mayor guiñándole un ojo al adolescente.
Sobre la repisa de la chimenea algo comenzó a resplandecer. Era un sobre dorado. Tom cogió el sobre con recelo, para luego abrirlo. Dentro había una hoja con caligrafía curvilínea y bien cuidada.
Queridos niños:
Gracias por el vaso de leche y las galletas. Hoy tendré una noche bastante dura y agotadora, porque tendré que llegar a todas partes del mundo para repartir sus regalos a otros niños como vosotros. Este año os habéis portado muy bien por eso os he dejado todos los regalos que habéis deseado desde vuestro corazón. Sed buenos para que el año que viene os deje, lo que deseéis.
Santa Claus.
El sonido de unos cascabeles se fue alejando, hasta que se dejó de escuchar. Por la ventana, todos pudieron mirar la estela de un gran trineo que surcaba el cielo, en dirección a otro país. Esa noche había que repartir muchas ilusiones a todos los niños del mundo. Porque eso ocurría una vez en diciembre.
CONTINUARÁ EN WENN ICH GEHE AUS…
Gracias por leer.