
Fic escrito por Heiligtkt483
Capítulo 1
El día había amanecido nublado y frío. Los copos de nieve caían compulsivamente sobre el jardín de aquella casa, haciendo que se cubriera todo por un gran manto blanco. Los pequeños de la casa dormían plácidamente en sus habitaciones correspondientes. Todavía era un poco temprano, pero la madre de los pequeños se encontraba en la cocina preparando un rico desayuno para su esposo, y sus pequeños hijos.
—Buenos días, mi amor —dijo un hombre de unos treinta años, entrando por la cocina para luego acercarse a su esposa y besarla efusivamente.
—Gordon… —musitó entre los labios del hombre— Si los niños se despiertan, y entran en la cocina nos verán así.
—Todavía siguen durmiendo… —susurró el hombre a la vez que volvía a atrapar los labios de su esposa.
Ajenos a lo ocurría en el piso de arriba, una pequeña de cabellos dorados como el oro, salía de su habitación, para introducirse en la habitación de uno de sus hermanos mayores. El adolescente dormía en su cama plácidamente, sin darse cuenta que en unos cuantos segundos sería despertado por su hermana pequeña.
—¡Tomi despierta! —dijo la pequeña saltando encima de la cama de su hermano— ¡Despierta…!
—Naia… quiero dormir… —respondió el adolescente abriendo los ojos lentamente, para luego volver a cerrarlos de nuevo, y girarse para continuar durmiendo.
—Tomi… —dijo la niña acercándose de nuevo a su hermano ahora estaba cerca de la cara de este, observándolo— Sé que estás ya despierto —le dijo la niña levantándole uno de sus parpados con sus pequeños dedos— Venga despierta…
—Naia… deja de tocar las narices —dijo Tom enfadado con su hermana menor.
—Le voy a decir a mamá, que me has gritado —se quejó la niña haciendo una mueca como queriendo comenzar a llorar.
—Hey no llores —dijo Tom a su hermana acercándose a ella.
—Eres muy malo… —se quejó la pequeña.
—Venga mocosa, es que tengo sueño —intentó disculparse Tom.
—¿Sabes…? —preguntó sonriente la niña. Tom fijó sus ojos color chocolate en los ojos azules intensos de su hermana pequeña— Está nevando… —susurró— Quiero hacer un muñeco de nieve muy grande… —dijo la niña haciendo un gesto con sus manos.
—Pero para eso tendrás que primero desayunar, para tener muchas fuerzas —dijo el adolescente a su hermana. Luego la agarró para tumbarla en su cama, a la vez que comenzaba a hacerle cosquillas.
—Para… Tomi… —dijo la pequeña riéndose infantilmente— No me dejas respirar…
—Está bien, mocosa —dijo Tom dejando de hacerle cosquillas a su hermana menor. La menor miró atentamente a su hermano mayor, para luego abrazarse a él como hacia siempre desde muy pequeña.
—Te quiero mucho, Tomi —dijo la niña enterrando su cabeza en el pecho de su hermano.
—Yo también mocosa —susurró el adolescente, correspondiendo el abrazo de su hermana— Venga vamos a desayunar, que supongo que mamá ya estará en la cocina preparándonos el desayuno.
Tom y Naia se levantaron de la cama, para luego salir de la habitación del adolescente. Segundos después, Bill, el otro hermano de la pequeña y gemelo menor de Tom, salió de su habitación.
—Buenos días Billy —dijo la niña al ver a su otro hermano mayor.
—Buenos días mocosa —saludó Bill acercándose a su hermana, para depositarle un beso en la mejilla—¿Has visto que está nevando?
—Siiii… —dijo la niña muy emocionada— Quiero hacer un muñeco de nieve muy grande. ¿Me ayudarás?
—Claro, después de que nos vistamos en condiciones porque estamos en pijama y sino nos moriremos de frío —dijo Bill a su hermana.
Bajaron las escaleras, que daban al gran salón de la casa, para luego dirigirse hacia la cocina. Simone estaba acabando de hacer el desayuno, después de haber estado besándose con Gordon. Ya tenía casi todo puesto en la mesa, para que sus pequeños pudieran desayunar en condiciones.
—¡Mami! ¡Mami! —dijo la pequeña Naia entrando en la cocina corriendo— Está nevando…
—Buenos días, mi pequeña —dijo Simone cogiendo entre sus brazos a su hija menor.
—¿Puedo ir a hacer un muñeco de nieve después? —preguntó la niña fijando sus ojos azules como el cielo, en los ojos castaños de su madre.
—Primero tienes que desayunar —respondió Simone a la niña— Luego iremos a comprar el árbol de navidad.
—Sí… —dijo Naia emocionada— ¿Le podré poner yo la estrella de navidad arriba en el árbol?
—Claro… eres la princesa de casa —dijo Gordon cogiendo a la pequeña de entre brazos de Simone, para luego empezar a hacerle cosquillas.
—Papi, papi para… —suplicó la pequeña entre risas infantiles— Tomi ayúdame… —dijo la niña intentándose a agarrar a Tom que en ese momento pasaba por su lado.
—Venga a desayunar —dijo Gordon soltando a la niña, para luego darle un pequeño golpecito en el culo a modo cariñoso.
Simone le sirvió a cada uno un poco de leche en sus respectivas tazas. Después Tom y Bill comenzaron a echarle mermelada en sus tostadas, mientras que Naia se tomaba su leche achocolatada con galletas. Cuando acabaron de desayunar, cada uno se fue a su habitación para vestirse. Simone acompañó a su hija pequeña, para ayudarla a elegir la ropa que se pondría ese día. La mujer abrió el gran armario que poseía su hija, para luego comenzar a sacar vestidos y mostrándoselos a la pequeña.
—Este… —dijo Simone mostrándole un vestido color azul marino, con un bordado en la pechera del vestido.
—No… —dijo la pequeña Naia a su madre.
—¿Este…? —preguntó Simone mostrándole unos pantalones vaqueros, a juego con una camiseta rosa palo y una chaqueta de lana estampada.
—No… —volvió a negar con la cabeza la niña.
—¿Entonces cuál? —preguntó Simone perdiendo un poco la paciencia. A veces su hija pequeña podía ser demasiado exigente a la hora de vestirse.
—Este —dijo la niña cogiendo un vestido color rojo escarlata, con un bordado de nido de abeja, rematado por unas florecillas blancas.
—Está bien —sonrió Simone al ver el vestido. Ese color le sentaba muy bien a su pequeña— Tendrás que ponerte una chaqueta, sino cogerás frío, ya que el vestido es de manga corta.
—Vale, mami —asintió la niña infantilmente.
Simone rebuscó de nuevo en el armario una chaqueta de lana, que se sirviera para el vestido rojo escarlata de su hija. Finalmente, se descantó por una de color beis. Se acercó a su hija para enseñársela.
—Sí, esa mami —dijo la niña.
—Vamos a peinarte —dijo Simone a Naia.
Ambas se dirigieron hacia el baño, que se encontraba afuera en una de las puertas que había en el gran pasillo del piso superior de la casa. Entraron en el interior de este, Simone cogió un peine para peinar la larga cabellera de su pequeña princesa.
—Hoy lo quiero llevar suelto —dijo Naia a su madre.
—Está bien —asintió Simone a la vez que comenzaba a peinar delicadamente el cabello dorado de su hija.
Cuando salieron del baño, los dos hijos mayores de Simone salían de sus respectivas habitaciones. Abrigados hasta arriba, ya que afuera en la calle hacía frio. La mujer entró con su hija menor, de nuevo en la habitación de esta para ponerle la chaquetilla de lana que le había buscado anteriormente, a conjunto con el vestido.
Se reunieron todos abajo. Gordon ya estaba con las llaves del coche familiar en las manos, esperando a que bajase Simone con Naia. Los gemelos se encontraban hablando entre ellos, ya que por la tarde acudirían a ensayar con sus amigos Georg y Gustav. Los gemelos, y sus dos amigos habían formado un grupo de música llamado Devilish.
—¿Cuándo regresemos podré hacer mi muñeco de nieve? —preguntó Naia a su madre, mientras que este le ponía un abrigo, y una bufanda para que la niña estuviera más abrigada.
—Sí —respondió Simone a su pequeña hija.
—Yupi… —dijo la niña emocionada— Después también tengo que escribir la carta a Santa Claus, este año he sido muy buena, y creo que me podrá traer todo lo que pida —dijo nuevamente la niña, a la vez que sus hermanos mayores se miraban mutuamente echándose a reír. Era obvio que ellos sabían que Santa Claus era solo alguien imaginario, que no existía, pero Naia todavía era muy pequeña y Simone no quería quitarle la ilusión de creer aún en Santa Claus.
—Venga vamos, que sino después habrá mucha más gente en el mercadillo —dijo Simone a sus hijos.
Salieron del interior de la casa, para luego esperar a que Gordon sacase el automóvil del garaje. Una vez que estuvo afuera el coche, accedieron a este. Simone ayudó a colocar a Naia en su sillita de viaje, mientras que Tom y Bill se sentaban a cada lado de su hermana, mientras que Simone tomaba asiento en el asiento del copiloto. Gordon arrancó el coche, para luego incorporarse a la carretera rumbo hacia el mercadillo semanal, que había en el centro de la ciudad, donde se vendían cosas de todo tipo incluido árboles navideños.
Después de unos veinte minutos de trayecto, llegaron al mercadillo. Bajaron del automóvil, y de nuevo el aire frío de ese día de invierno azotó la cara de esa familia. Simone agarró la mano de su pequeña, para evitar de que se perdiera entre la muchedumbre de gente, que ya estaba abarrotando el mercadillo. Se detuvieron en un puesto donde estaban los abetos en exposición, plantados en macetas. Simone y Gordon se pusieron a ver varios árboles, que podían ser los posibles candidatos.
—¡Mami! —llamó Naia— Este árbol me gusta —dijo la pequeña señalando uno que estaba al lado de ella.
—Está bien —sonrió Simone a su pequeña.
Gordon cogió el árbol que había señalado la pequeña Naia, para luego dirigirse a la caja para ir a pagarlo. Mientras tanto Simone se quedaba con sus hijos, que no hacían más que ver a su alrededor, para a ver si encontraban algo que les pudiera interesar.
—Mamá —dijo Tom llamando la atención de la mujer— Voy a ir a echarle una visual a los puestos, para ver si encuentro algo interesante —dijo el adolescente a la vez que caminaba hacia donde estaba un puesto donde vendían cds. En este esperaba encontrar el disco tan ansiado de Aerosmith de Big Ones.
—Mami… —la voz infantil de Naia sonó antes de que el adolescente se fuera hacia el puesto— ¿Puedo ir con Tomi?
—Mejor quédate aquí conmigo —dijo Simone a la niña— ¿Bill no quieres ir a ver algo que te puede interesar?
—No —negó el adolescente.
—Yo quiero ir con Tomi —se quejó la niña para luego empezar a hacer una pequeña rabieta de niña caprichosa.
—Está bien —dijo Simone antes de la niña empezará a llorar copiosamente— Pero no te separes ningún momento de tu hermano —Le advirtió. Tom se había alejado un poco de ellos rumbo al puesto, así que Simone tuvo que hacer un poco la voz para llamar a su hijo mayor— Tom espera por tu hermana —le dijo la mujer al adolescente haciendo que este parara, para esperar a su hermana.
Naia echó a correr hacia su hermano, para luego el adolescente agarrarla de la mano para que no se perdiera, ya que en ese momento pasaba bastante gente por ahí, y podía hacer que la perdiera de vista. Ambos caminaron hacia el puesto de cds que había al otro lado de la calle. Llegaron hasta este. Tom se puso a ojear los cds que había en exposición, deseaba con mucha ilusión poder encontrar el disco de Big Ones de Aerosmith, así que se puso a remover los cds para buscarlo mejor. Finalmente, después de una intensa búsqueda lo halló. Una sonrisa resplandeciente salió de sus labios. Lo pagó con el dinero que había juntado durante varias semanas del dinero que le daba su madre, cuando iba por ahí con sus amigos.
—Vamos, Naia ya he cogido el disco que quería —dijo el adolescente a su hermana pequeña girándose hacia donde estaba la menor, pero no la halló. Miró hacia un lado y hacia otro, pero la niña no se encontraba a su lado. Nervioso y sudoroso comenzó a caminar en busca de su hermana. Finalmente, la halló en un puesto donde vendían juguetes artesanales. La niña se encontraba tranquila, sin ser consciente del pequeño susto que había dado a su hermano mayor— Cuando te digo que no separes de mí, es que no te separes de mí —dijo Tom de manera enfadada, se había acabado de llevar un susto de muerte al descubrir que su hermanita no estaba al lado suya. Mil cosas se le pasaron por la cabeza, hasta que la pudieron secuestrar. La pequeña hizo una mueca asustada, y por sus ojos comenzaron a salir unas revoltosas lágrimas— Vamos a junto de mamá —dijo Tom agarrando a su hermana fuertemente de la mano, para evitar que se le volviera a escapar.
Caminaron de nuevo hacia donde se encontraba Simone, con el otro hermano de ellos, Bill. Gordon acababa de reunirse con su esposa, a la vez que cargaba el árbol de navidad. Tom y Naia se acercaron con pasos apurados, más bien Tom arrastraba a la pequeña. Estaba enfadado con ella por el susto que había acabado de darle, y la niña no hacía más que llorar silenciosamente. Odiaba cuando su hermano Tom se enfadaba con ella. Ambos estaban muy apegados.
—Naia hija, ¿Qué te ha pasado? —preguntó Simone alarmada al ver a su pequeña envuelta en un mar de lágrimas.
—Se ha ido de mi lado —dijo Tom a su madre— Le tuve que regañar porque me dio un susto de muerte, cuando no la vi a mi lado.
—Naia te dije que no te separaras de tu hermano —le dijo Simone a su hija, agachándose a su altura— Venga nos vamos que ya hemos comprado el árbol de navidad.
Los cinco miembros de esa familia se dirigieron de nuevo hacia el coche monovolumen unifamiliar, que descansaba aparcado en la zona habilitada para que la gente que acudiera al mercadillo pudiera estacionar su coche. Simone abrió el maletero del coche, para que Gordon pudiera meter el árbol en el interior de este de una forma que no se dañara. Después Gordon se subió al coche, mientras que Simone lo hacía en el lado del copiloto. Los gemelos junto con su hermana pequeña ingresaron en la parte trasera del coche. Tom ayudó a colocarse a Naia en su silla de viaje, para luego ponerle el cinturón de seguridad que agarraba su pequeño cuerpo. Gordon accionó el motor del coche, para comenzar a conducir en dirección hacia su pequeño dulce hogar.
Unos veinte minutos después, estaban de nuevo en su hogar. Gordon aparcó el coche delante de la puerta del garaje. Los gemelos fueron los primeros que salieron del coche, para ser seguidos por su madre. La pequeña Naia peleó durante unos segundos con el cinturón de seguridad, que no era capaz de desabrocharlo. Finalmente, consiguió desabrocharlo y dio un pequeño brinco en el interior del coche, para bajarse de su silla de viaje. Gordon salió del coche, para luego dirigirse hacia el maletero, y sacar el frondoso abeto, que adornarían después en familia, durante la tarde.
—¡Tooom para! —se escuchó la voz de Naia gritarle a su hermano, cuando sintió como un copo de nieve se estampaba contra su cara— Está fría…
—Es nieve, tonta —dijo Tom burlándose de su hermana, echándole la lengua— Lógico que esté fría.
—Me las vas a pagar, estúpido —dijo la niña enfadada a la vez que con sus pequeñas manos intentaba coger la máxima cantidad de nieve posible para hacer una gran bola de nieve y así, poder tirársela a su hermano en forma de venganza— Toma, cara culo —dijo la niña lanzándole la bola a su hermano mayor en toda la cara, haciendo que este perdiera el equilibrio y se cayera sobre la nieve blanca. Tom se quedó completamente quieto tumbado, sin hacer ningún movimiento.
La pequeña caminó tambaleante sobre la nieve hacia donde se encontraba su hermano tumbado. De manera asustada se asomó para ver si su hermano se encontraba bien, ya que no se había levantado del suelo.
—Tomi… —musitó la niña con voz asustada— ¿Estás bien?
El adolescente abrió los ojos, en el momento en que su hermana se acercó más a él, para luego atraparla entre sus brazos, y hacer que cayera también sobre la fría nieve. Sintiendo como su pequeño cuerpo comenzaba a enfriarse al notar el contacto de esta sobre su tibia y suave piel.
—Te atrapé mocosa —dijo Tom agarrando fuertemente a su hermana por las caderas, a la vez que olía el aroma de fragancia a frambuesas que despedía el pelo dorado de la niña.
—¡Niños entrar a adentro! —dijo Simone desde la puerta de casa, al adolescente y a la niña que en ese momento todavía seguían tumbados sobre la nieve blanca.
Naia se levantó con dificultad de encima de la nieve, a la vez que lo hacía también su hermano mayor. Los dos entraron con pasos apurados al interior de la casa, Simone los esperaba dentro de esta.
—Te has mojado todo el vestido —regañó Simone a su hija pequeña— Ahora tendrás que cambiarte de ropa, sino quieres tener un resfriado.
—Está bien… mami… —musitó la niña asintiendo.
Tom subió las escaleras para ir a su habitación, ansiaba poder escuchar el cd que había comprado en el mercadillo. Cerró la puerta tras de sí de su habitación, y rápidamente se acercó a su escritorio para coger su reproductor portátil de cds, y poder introducir su nueva adquisición. La música empezó a salir por sus auriculares, que ya se encontraban puestos sobre sus orejas. Se tumbó sobre su cama, mientras disfrutaba de su nuevo cd. Una sonrisa tonta se puso en sus labios.
Continúa…
Gracias por leer.