Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 30

La fiesta fluye de una manera maravillosa, todos bailan y beben gustosos. Travis y su ahora esposa compartían un baile más de una canción que desconozco por completo mientras yo me encuentro sentado en la mesa con Tom besándome en los labios sin importarle si nos ven o no.

Y es que para mí es extraño, ya que hace mucho no lo hacemos en publico por nuestra relación secreta. Sin embargo, ahí estoy yo sentado de lado sobre las piernas de Tom, con el ramo todavía sobre mis piernas, siento cómo su brazo firme me envuelve por la cintura, acercándome más a él. Su otra mano descansa en mi muslo, trazando pequeños círculos con la yema de los dedos mientras sus labios rozan los míos en un beso lento y juguetón.

—Estás precioso esta noche, amor— murmura contra mi boca, su aliento cálido haciéndome estremecer.

Bajo la mirada, sintiendo el calor subir a mis mejillas —No empieces, Tom…

—¿No empiece qué?— pregunta con una sonrisita traviesa, aprovechando para besar la comisura de mis labios —¿Decirte lo increíble que estás? ¿Lo mucho que me gustas? ¿Lo irresistible que eres cuando te pones nervioso?

Aprieto los labios y me revuelvo un poco en su regazo, pero él no me deja ir. —Para ya…— susurro, aunque en realidad me encanta todo lo que me dice, lo que me pone aún más cohibido es el hecho de que algunos nos miran, no de forma mala, pero sigue poniéndome nervioso.

Tom se ríe bajito y me atrapa suavemente por la barbilla, obligándome a mirarle. —No voy a parar nunca, Moreno. Porque te amo, ¿lo sabes?— susurra, con una intensidad que me deja sin aire.

Me muerdo el labio, sintiendo el corazón latirme en la garganta. —Lo sé…

—Te amo— repite, más bajito esta vez, acercándose a mi oído —Te amo cuando te muerdes el labio así, cuando pones esa carita de vergüenza, cuando te haces el duro y te derrites en mis brazos…

Suelto una risa nerviosa, escondiendo la cara en su cuello. —Eres un cursi…— gimoteo.

—Y tú eres el amor de mi vida— mi hombre me besa la sien y deja un camino de besos hasta mi oído —No sabes lo que me haces sentir, señorito Kaulitz… te quiero tanto que me duele y el corazón también.

Le doy un golpe suave en el hombro y él se echa a reír, mi pecho se aprieta con algo tan cálido y abrumador que apenas puedo soportarlo. Ruedo los ojos, aunque una sonrisa se dibuja sola en mis labios. —Dios… quieres matarme.

Mi novio suelta una carcajada y me aprieta un poco más contra él. —Pues más te vale que te acostumbres, porque cuando seas mi esposito, vas a ser el más consentido y mimado de toda la historia y te voy a recordar cada día lo mucho que te amo, mi terroncito de azúcar…

No puedo evitar reírme, nervioso y encantado a partes iguales. Me aferro a su camisa, cerrando los ojos, sintiendo su olor, su calor, su amor envolviéndome por completo.

—Dios, Tom… no sé qué voy a hacer contigo.

—Casarte conmigo— responde sin dudar, dándome un pequeño mordisco en la oreja. Me estremezco y lo miro con una ceja arqueada.

—Claro, más adelante quizás…

—Nos vamos a casar más pronto de lo que imaginas, además, no puedes resistirte a este hombre perfecto que tienes debajo— me río y niego con la cabeza.

—Menudo ego…

—Uh, parece que tendré que repetirte siempre que no es ego, sino amor propio— sonrío —Y hablando de «tenerme debajo»…— él acerca su boca a mi oído y su voz baja un poco de tono —Si lo prefieres, también puedes tenerme encima. O de lado. O como quieras. Ya sabes que soy muy flexible.

Mi boca se abre y mis mejillas arden, pero suelto una carcajada, dándole un suave golpe en el pecho. —¡Eres un cerdo!

Tom se ríe y me atrapa por la cintura para que no me mueva. —Lo soy, y lo sabes. Pero dime, mi amor, ¿cómo te gusta más? ¿Arriba, abajo o de espaldas mirando al techo mientras te susurro lo mucho que me pones?

Pongo los ojos en blanco y hago como que pienso, disfrutando de su carita de anticipación. —Mmm… la verdad, Tommie, es que me gusta verte trabajar. Así que prefiero verte sudar mientras me haces temblar— él se muerde el labio, suelta una carcajada y me aprieta contra él.

—Ay, Billie… así no se juega.

—¿Por qué?— pregunto con inocencia fingida —¿No aguantas tu propio juego, cariño?

Tom suspira dramáticamente y apoya la frente en mi hombro. —Sabes que sí, pero si sigues así, voy a tener que sacarte de esta fiesta de nuevo…

Me río y le paso los dedos por el pelo, jugando con él —Ah, ¿sí?— Tom me mira fijamente, y en su rostro aparece una expresión entre divertida y peligrosa. Suelta una carcajada profunda y me aprieta la cadera con más fuerza.

—Moreno, sabes que amo hacerte gritar mi nombre hasta que no puedas más— le miro con descaro y me inclino hacia su boca —Solo no sigas…

—¿Tan mal te pones, cielito?— me besa con intensidad, y justo cuando la cosa empieza a ponerse interesantes, escuchamos una voz fuerte a nuestro lado.

—Bueno, bueno, ¿nos vamos todos ya o preferís que os dejemos la mesa para vosotros dos?— nos giramos y vemos a Melanie con una copa en la mano y una sonrisita burlona en los labios. Me tapo la cara, avergonzado, mientras Tom solo se ríe con descaro.

—¡No nos interrumpas, mujer! Estamos hablando de cosas serias— Melanie se ríe y niega con la cabeza.

—Sí, sí, muy serias. A ver si al final la boda que hemos predicho no es dentro de unos meses, sino esta misma noche en Las Vegas.

Tom me mira con brillo travieso en los ojos. —No sería mala idea, ¿eh, amor?

—¡Ni lo sueñes!— respondo entre risas, dándole otro golpecito en el pecho.

Con una sonrisa en los labios y todavía con el calor del último beso de Tom sobre mi piel, siento el zumbido de mi móvil en el bolsillo. Lo saco y, al ver el nombre en la pantalla, mi expresión cambia al instante.

—¿Todo bien?— pregunta Tom, notando mi repentino silencio.

—Es mi padre— murmuro, sintiendo una extraña opresión en el pecho. Tom me observa con atención mientras deslizo el dedo para contestar. —¿Papá?

—Willem, ven a casa. Ahora.

Parpadeo, confundido por su tono seco.

—¿Eh? ¿Pasa algo?

—¡Te quiero aquí ya!— su grito me sobresalta tanto que casi se me cae el móvil de las manos.

El ruido en la fiesta parece desaparecer por un instante. Todo se vuelve lejano. Miro a Tom con los ojos abiertos por la sorpresa y la incertidumbre. Su expresión cambia al instante, volviéndose seria. Lo peor es que la voz de mi padre se escuchó fuerte y clara a pesar de que no tenía el altavoz activado. Y luego, sin darme oportunidad de decir nada más, la llamada se corta. Sigo mirando la pantalla con la respiración agitada, sintiendo que mi corazón late con demasiada fuerza dentro de mi pecho. Trago saliva y levanto la vista hacia Tom, quien me observa con el ceño fruncido.

—¿Qué ha sido eso?— pregunta con calma, aunque en su mirada hay una clara preocupación.

—Yo… tengo que irme— digo en un susurro, aunque mi voz se quiebra un poco.

—No hace falta que me lo digas, lo he escuchado— responde, con el ceño aún más fruncido. De repente, siento su mano en mi espalda, frotándola suavemente, como si intentara calmarme. —Respira, amor. Seguro que no es nada grave.

Pero no puedo respirar. No puedo calmarme. Ese mal presentimiento que sentí antes regresa como una ola gigante, arrasando con todo mi interior.

—No lo sé, Tom… algo no está bien… lo siento, lo juro, algo malo va a pasar…

—Cariño, mírame— dice, sujetándome de los hombros, obligándome a centrar mi mirada en él —No saques conclusiones aún. Solo ve y habla con él.

Intento asentir, pero el temblor en mis manos me delata. Tom se da cuenta y aprieta su agarre, como si quisiera transferirme su fuerza. —Yo voy contigo, vamos.

&

Todo el camino de vuelta a casa se siente eterno.

Voy con la pierna temblando, mis dedos apretando con fuerza el borde de mi camisa, mi respiración entrecortada. Tom maneja en silencio, pero puedo notar cómo me observa de reojo cada tanto, preocupado. —Moreno…— su voz es suave, intentando calmarme —No saques conclusiones antes de tiempo. Tal vez solo está enfadado por alguna tontería.

Quiero creerle, pero cada segundo que pasa, ese presentimiento se hace más fuerte. Muerdo mi labio y me abrazo a mí mismo, mirando por la ventana mientras la ciudad pasa de largo. No puedo evitar sentir que cada metro que avanzamos me acerca más a algo inevitable.

Finalmente, llegamos a la entrada de mi casa. Las luces de la mansión están encendidas, dándole un aire aún más intimidante.

Tom frena el coche y se gira hacia mí. —Voy contigo.

Sacudo la cabeza de inmediato. —No, Tom. No puedes entrar.

—Bill…— su mandíbula se tensa —No me gusta esto.

Tomo su mano con suavidad y la aprieto. —Por favor, solo confía en mí. No quiero que esto se ponga peor.

Tom me observa en silencio por un momento, como si estuviera debatiéndose entre insistir o respetar mi decisión. Finalmente, suspira con resignación. —Está bien…— su mano se desliza por mi mejilla, acariciándome con ternura —Pero si pasa cualquier cosa, llámame. No me importa la hora, ¿me oyes?

Asiento, aunque en el fondo sé que si algo malo ocurre, lo último que podré hacer es sacar mi móvil. Tom se acerca y me besa, con más intensidad de lo normal, como si sintiera que este beso debía durar por si acaso era el último. La idea me asusta tanto que me aferro a su camisa con fuerza, prolongando el contacto lo más que puedo. Finalmente, respiro hondo y me obligo a soltarlo. Tom me mira con el ceño fruncido, pero no dice nada más.

Salgo del coche y me dirijo al portón. Los guardias de seguridad me ven y, sin hacer preguntas, me abren. Avanzo por el camino de piedra, sintiendo cada paso como una cuenta regresiva. Cuando toco la puerta, esta se abre casi de inmediato. Ahí está. Mi padre. Su rostro es puro enojo. Sus ojos, fríos y duros, como si ya me hubiese condenado sin siquiera dejarme hablar. Mi respiración se entrecorta y mi mal presentimiento se intensifica hasta el punto de revolverme el estómago.

—Entra— ordena con voz firme.

Trago saliva y lo hago sin rechistar. Apenas cruzo el vestíbulo, noto una presencia más. Mis ojos se desvían a la derecha, donde está ella.

Ria.

De brazos cruzados, con una pequeña y maliciosa sonrisa en los labios. Mi piel se eriza. Miro a mi padre, luego a ella. Y en ese instante, lo sé. Lo que sea que está a punto de pasar… cambiará todo. Y no para bien.

El aire en la habitación se siente pesado, sofocante. Mi cuerpo se tensa al ver cómo mi padre pasa junto a mi madre sin siquiera mirarla, caminando con calma hasta la mesa del bar. Se sirve un trago de whisky con la tranquilidad de quien ya tiene todo controlado. Pero yo sé que no está tranquilo. Sé que esto es la calma antes de la tormenta.

—Señorita Sommerfeld— su voz resuena con autoridad —repita, por favor, todo lo que me dijo hace unos momentos atrás.

Mis labios se separan ligeramente, pero ningún sonido sale de ellos. Ria se cruza de brazos y avanza un par de pasos, posicionándose en el centro del vestíbulo con la misma sonrisa maliciosa de antes. —Por supuesto, señor Kaulitz— sus ojos se clavan en los míos, disfrutando del momento, de mi miedo. —Conocí a Tom en una discoteca. Su discoteca, en realidad— comienza, con un tono casi casual —Nos divertimos bastante, hasta que se cansó de mí y me desechó como si no fuera nada. Pero bueno, eso no es lo interesante aquí, ¿verdad?

Mi respiración se acelera.

—Lo interesante es quién es Tom en realidad— continúa —Es un ladrón. Un narcotraficante. Maneja negocios ilegales junto a su familia en toda la ciudad. Un delincuente de la peor calaña… y también, señor Kaulitz, lleva acosando a su hijo por mucho tiempo.

—¡Eso no es cierto!— exclamo de inmediato, sintiendo el terror consumir cada fibra de mi cuerpo —¡Eso es mentira!

—¿Mentira?— Ria suelta una risita burlona —¿Seguro, Bill? Porque también hay otra cosa… que tú y él estáis juntos.

El mundo se detiene. Mi cuerpo entero se congela. Mi corazón late tan fuerte que siento que va a explotar. Ria se gira hacia mi padre con una expresión de falsa inocencia.

—Su hijo y Tom llevan juntos alrededor de dos meses. Y no solo eso… Bill sabía perfectamente quién era Tom desde el principio. Pero, claro, no podía decírselo porque sabía que usted actuaría de inmediato— me quedo sin aire.

No. No, no, no…

Quiero hablar. Quiero decir algo, cualquier cosa, pero mi mente está en blanco. Mi padre deja el vaso de whisky sobre la mesa con un golpe seco.

—Ya basta de mentiras, Willem— su voz es profunda, llena de furia contenida. Cuando sus ojos me miran, me doy cuenta de que algo ha cambiado.

—Papá, por favor…

—¡Que no me mientas más!— ruge, haciendo que me sobresalte. Su furia es un golpe directo a mi pecho —Ya lo comprobé— continúa, con el tono cortante de quien ya no tiene dudas —Busqué información sobre ese bastardo. Un amigo de la estación de policía me ayudó… Y los antecedentes de ese hombre son terribles— sus puños se cierran con fuerza. —¿Esa es la clase de hombre con la que te has estado metiendo? ¿Con un peligro andante?

Niego con desesperación, con la garganta cerrada por el miedo. —Papá, Tom no es lo que piensas… yo lo conozco.

Un segundo de silencio absoluto y luego, el sonido del golpe resuena en toda la habitación. El impacto me toma por sorpresa. La fuerza de la bofetada me hace tambalearme ligeramente hacia un lado, y un ardor punzante se extiende por mi mejilla. Todo se congela. Mi madre ahoga un grito, llevándose una mano a la boca y se levanta de su asiento de inmediato, con los ojos abiertos como platos. Mi padre… me ha golpeado.

Nunca antes lo había hecho.

—No puedo creer que me hayas mentido así— su voz es fría, distante. Una lágrima caliente cae por mi mejilla, no por el dolor del golpe, sino por la herida invisible que acaba de abrirse en mi corazón. Siento los brazos de mi madre envolverme, su perfume familiar mezclado con la angustia en su voz.

—Will, cariño…

Las lágrimas aún resbalan por mis mejillas mientras el ardor en mi rostro sigue punzando. Mi madre me sostiene, pero no puedo encontrar consuelo en sus brazos, no cuando mi padre sigue ahí, mirándome con esa expresión de furia y decepción que me atraviesa como una daga. Mete su mano en el bolsillo de su pantalón y veo en su mano algo que me deja paralizado, son mis pastillas anticonceptivas. Oh, mierda, mierda.

—Dime la verdad, Willem— su voz retumba en el vestíbulo y yo trago saliva con dificultad. —¿Todavía eres virgen?

Mis ojos se abren un poco más y siento que el aire me falta. —Papá…— susurro, sin saber qué decir, qué hacer aunque ya es bastante obvio.

—¡Que me respondas!— grita lanzando las pastillas al suelo, y su voz resuena en cada rincón de la casa alertando a las chicas de la limpieza —¡Dime si sigues siendo virgen o si debo hacerte soltar la verdad a golpes!

Un escalofrío recorre mi espalda, mi respiración se entrecorta, mi madre suelta un jadeo horrorizado, y se cubre la boca con ambas manos. La presión en mi pecho se vuelve insoportable, quiero correr, quiero desaparecer. Pero no puedo hacer ninguna de las dos cosas. —No…— mi propia voz me traiciona, saliendo temblorosa, rota. Cierro los ojos con fuerza, dejando que la verdad caiga como una sentencia de muerte. —No soy virgen.

Entonces, el sonido del cristal estallando contra el suelo me hace dar un brinco. Mi padre ha arrojado su vaso de whisky con tal fuerza que los fragmentos de vidrio se esparcen por el mármol. Gruñe. Su respiración es errática, como si intentara contener una furia que lo consume por dentro.

—No…— su voz suena rasposa, entrecortada, llena de rabia y dolor —No puedo creerlo— su mirada, cargada de decepción, se clava en mí como un puñal —Tú eras la luz de mis ojos, Willem— su tono se quiebra un instante, pero luego su ira lo domina por completo —¿¡Cómo pudiste hacerme esto!?

Mi pecho sube y baja con rapidez, y mis manos tiemblan descontroladamente. —Jörg, por favor, cálmate…— mi madre intenta acercarse a él, suplicante.

—¡No!— la interrumpe con un rugido feroz, apartando su mano con brusquedad —¡Mi hijo se ha echado a perder!

Cada palabra es un puñetazo directo a mi alma, mi padre me mira como si no me reconociera, como si de repente yo fuera un extraño para él. Y eso… duele más que cualquier golpe. Mi respiración es superficial. Mi corazón duele. Siento que todo mi mundo se derrumba frente a mí. Porque sé que esto no terminará aquí.

—No esperaba esto de ti, Willem…— la voz de mi padre suena rota, pero aún así, la ira prevalece sobre el dolor —Tú… tú eras mi mayor orgullo. Creí que te habíamos criado con valores, que sabías lo que estaba bien y lo que estaba mal. Pero ahora…— se pasa una mano temblorosa por el rostro, negando con la cabeza —Ahora no sé quién eres— su mirada me perfora el alma. —Me has decepcionado como jamás creí posible.

Cierro mis ojos apretando de ellos con fuerza, sabía que si él se enteraba esto iba a acabar así. Tengo miedo, mucho miedo.

—Señorita, ya puede retirarse— le dice a Ria, su voz cambia al dirigirse a ella, dándole un tono cortés que me revuelve el estómago.

Ria sonríe con satisfacción y, antes de irse, me lanza una mirada llena de superioridad. No dice nada, pero sus ojos lo dicen todo. Ha ganado. No entiendo por qué lo ha hecho, por qué quiso arruinarme de esta forma. Pero ahora mismo, eso no importa.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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