Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 33

El tiempo se siente eterno. No sé qué hora es, pero el sol ya debe estar en lo alto porque la luz se filtra por las persianas, aunque mi habitación sigue en penumbra. El aire está denso, pesado… o quizás solo soy yo.

Mis ojos arden. Me duelen porque he llorado tanto que ya he perdido la cuenta. Mi pecho se siente oprimido, como si algo me aplastara por dentro; no he podido dormir nada después de lo que pasó anoche. Solo pienso en todo lo que ha pasado. En mi padre, en su furia, en los golpes que me dio, en la maldita boda y especialmente en Tom. No ha pasado ni un día y no paro de pensar en él, en lo que estará haciendo ahora. No tengo forma de contactarlo. Mi padre no solo me destrozó el móvil, sino que también, como ya lo esperaba, me quitó todos los aparatos electrónicos. Estoy incomunicado, atrapado en este infierno.

Me abrazo a mí mismo bajo las sábanas. Mi estómago gruñe de hambre, pero la idea de comer me revuelve el estómago. Ni siquiera tengo fuerzas para levantarme. Me siento débil, agotado… pero no me importa.

—Joven Willem— dice Theresa mientras toca la puerta suavemente. Cierro los ojos con fastidio. No quiero ver a nadie, no quiero hablar —Como no bajaste a desayunar, tu madre me ha pedido que te suba la comida.

Escucho cómo abre la puerta y entra en la habitación, dejándome claro que no va a esperar mi permiso. Suspiro, resignado.

—Buenos días, joven— dice suavemente. Oigo cómo coloca la bandeja en la mesita junto a mi cama. No me muevo. —Te he traído algo ligero: un poco de pan, fruta y té.

—No tengo hambre— murmuro, sin siquiera destaparme.

Theresa suspira. Sé que quiere ayudarme, pero no puede. Nadie puede. —Por favor, tienes que comer algo. No puedes pasar el día entero sin probar bocado…

—No quiero.

—Pero si sigues así, te vas a poner enfermo— insiste.

—Me da igual— espeto cerrando mis ojos.

—No digas eso…

No quiero escucharla. No tengo ganas de hablar. Solo quiero que me deje en paz. Y justo en ese momento escucho cómo se vuelve a abrir la puerta y pienso que se ha resignado y se va, pero no es así. —¿No ha comido?— pregunta mi padre y me tenso al instante al escuchar su voz; en estos momentos es él la última persona que quiero ver.

—No, señor— le responde Theresa.

Papá bufa con fastidio. Sé que está molesto y oigo sus pasos acercándose y rodeando la cama. —Willem, levántate y come algo— su tono es extrañamente suave, demasiado para ser real. Me molesta. Me da rabia que intente fingir que le importa después de todo lo que ha hecho.

—Déjame en paz— le espeto con frialdad sin destaparme todavía.

Un silencio tenso se apodera de la habitación; sé que acabo de encender su ira pero me importa una mierda. No sé qué les cuesta entender que Tom no es lo que ellos piensan y que dejaría esa vida por mí; yo lo siento. Lo sé. Pero ellos solo se enfocan en lo malo; no quiero saber nada.

—No estoy jugando— su voz se endurece —No puedes comportarte como un niño caprichoso. Tienes que levantarte, asearte y desayunar porque en una hora llegarán los Eggers— me tenso al instante.

—¿Qué has dicho?— pregunto mientras me aparto las sábanas y me siento en la cama mirándolo con rabia. —No puedo creer que vayas a hacer esto de verdad, papá. No puedo creer que vayas a arruinarme la vida así.

—Hoy firmaremos el contrato de compromiso con Marc— dice, sin prestarme atención, y eso me frustra aún más.

—No me hagas esto, por favor— mi voz suena débil y rota —Tienes que entender que tengo derecho a decidir sobre mi vida, porque es mía, no tuya. No puedes hacer lo que te dé la gana solo porque soy menor y tu hijo, joder, déjame ser feliz.

—Lo hago por tu bien— repite las mismas palabras de anoche y cierro los ojos conteniendo las lágrimas —Y esta vez no habrá negociaciones. En dos meses te casarás con Marc, te guste o no.

Después de decir eso se va, le sigo la mirada hasta que desaparece y enfoco mis ojos vidriosos en Theresa, quien solo hace una mueca de pena. Ella siempre ha guardado el secreto de aquella vez en que me encontró con Tom en la mini sala de cine en una situación comprometida. Me sonríe y sale de la habitación cerrando la puerta tras de sí; me derrumbo al instante mientras las lágrimas caen sin control. Mi cuerpo se sacude con cada sollozo ahogado.

Mi cabeza es un lío.

Una parte de mí quiere tener fe. Quiere creer que Tom vendrá a buscarme, que saltará la seguridad de esta maldita casa y me sacará de aquí. Pero otra parte de mí, la que piensa con la cabeza fría y ve la realidad, me dice que no me haga ilusiones. Que si quiero salir de este infierno, tendré que hacerlo por mi cuenta.

Pero ¿cómo? No puedo escapar porque sé que papá ha puesto vigilancia en cada rincón de esta casa. Suspiro pesadamente y me limpio las mejillas sorbiendo por la nariz. Miro de reojo la bandeja de comida en la mesita. Tengo hambre, lo sé porque mi estómago ruge, pero… cuando huelo la comida, algo dentro de mí me dice que no la coma. No es asco ni náuseas; es como si mi mente me ordenara rechazarla y mi cuerpo simplemente obedeciera.

Cierro los ojos con frustración; esto no puede seguir así. Con un bufido, alargo la mano, tomo una rebanada de fresa y la llevo a mi boca. Mastico despacio, como si mi propio cuerpo dudara en aceptar el alimento pero al final logro tragar. Me levanto y camino hacia el baño. La luz blanca me hiere los ojos al entrar, pero no me importa. Me detengo frente al espejo y me miro.

—Qué desastre…

Mi piel está pálida, mis labios agrietados, mis ojos… Dios, mis ojos están hinchados y rojos por todo el llanto. Me lavo los dientes, desvío la mirada y comienzo a quitarme la ropa; el vestido que no me quité anoche y todo lo demás. Entro a la ducha y el agua caliente golpea mi piel, quemándola, pero no me muevo. No sé en qué momento empiezo a llorar otra vez pero las lágrimas caen junto con el agua y por un instante me permito hundirme en la tristeza.

Me abrazo a mí mismo sintiendo la presión en el pecho y la opresión en la garganta. —Tom…— susurro sin darme cuenta apoyando la frente contra la pared.

Respiro hondo y termino de ducharme. Me envuelvo en el albornoz y salgo temblando levemente. Entro en mi armario y empiezo a buscar algo para ponerme. Sé que mi padre va a explotar si no bajo presentable y no tengo fuerzas para aguantar otra pelea. Elijo un conjunto cómodo pero bonito: una camisa blanca ligera de mangas largas y holgada; unos pantalones negros ajustados, elegantes pero cómodos; y unas botas negras de tacón bajo.

Me siento frente al tocador y me miro en el espejo mientras me peino. Echo mi cabello húmedo hacia atrás y luego tomo un pañuelo negro; lo coloco sobre la parte superior de mi cabeza atándolo por debajo del cabello. Me maquillo con sutileza: nada de sombras oscuras en los ojos, solo algo natural; un poco de corrector para disimular mi mala cara, un poco de rímel y gloss en los labios.

Cuando termino, me miro en el espejo. Me veo bien pero por dentro… joder. Mis ojos se llenan de lágrimas otra vez; se ponen rojitos. Respiro hondo tratando de controlarme.

—Tú puedes, Bill…— susurro a mi reflejo —Solo aguanta un poco más. Tom vendrá.

Cojo una toallita y me la paso por los ojos, intentando no joder lo poco que he podido disimular con el maquillaje. Las lágrimas se las traga la tela y, justo en ese momento, la puerta de mi habitación se abre. Es mi madre, su reflejo aparece en el espejo. Lleva una sonrisilla triste, como si intentara consolarme sin decir nada.

No la miro, sigo a lo mío, tratando de quitar todo rastro de lágrimas, pero me resulta imposible mientras siento que me muero por dentro. Respiro hondo otra vez y dejo la toallita a un lado para coger mi pintauñas transparente y abrirlo, aplicando brillo sobre la capa de esmalte negro en mis uñas.

—Buenos días, cariño— me dice con suavidad.

—Buenos días— respondo fríamente, sin levantar la vista.

Ella suspira, echo un vistazo al espejo y veo cómo mira la bandeja con la comida intacta. Justo cuando está a punto de mirarme, vuelvo a lo mío, pasando el pincel por mis uñas con cuidado. —¿Por qué no has comido?— pregunta.

—Porque no quiero— le suelto tajante, aunque mi voz suena cansada; estoy agotado hasta para discutir.

Ella bufa, exasperada. —La familia Eggers ya ha llegado— dice después de un momento —Te están esperando.

Cierro los ojos y aprieto los labios. Aquí vamos. —Bajo en unos minutos— respondo con frialdad, sin dejar de secar el esmalte soplando en mis uñas.

Mamá asiente —No tardes demasiado, ¿vale?— me dice antes de salir y cerrar la puerta tras ella.

Ruedo los ojos y respiro hondo. Solo tengo que aguantar, nada más. Dejo el pincel del pintauñas a un lado y miro mis manos; mi pecho sube y baja despacio mientras me miro en el espejo del tocador. Debo verme tranquilo; esto pasará… Tom vendrá por mí y me sacará de aquí.

Lo sé y solo ese pensamiento me hace sonreír un poco.

Cierro el frasco de esmalte, me levanto y salgo de la habitación. El sonido de mis pasos es lo único que escucho mientras bajo las escaleras despacito. No quiero mostrar debilidad. Cuando llego al final de la escalera, todos los ojos se posan en mí; están reunidos en la sala de estar. Mi mirada recorre el lugar hasta encontrarme con la de mi padre, que solo me mira serio. Luego está mi madre. Delante de ellos está la familia Eggers, así que obligo a mis labios a mantener una sonrisa falsa mientras Mariangela, la señora Eggers, se acerca y me saluda con un beso en la mejilla.

—Willem, querido, qué placer verte— dice tras darme el beso —Estás tan guapo como siempre.

—Gracias, señora Mariangela— le respondo con cortesía.

Luego se acerca el señor Jonathan y me estrecha la mano con una leve sonrisa. —Willem…

—Señor Eggers— le digo del mismo modo, manteniendo la falsa cordialidad.

Y entonces mi mirada se cruza con Marc. Él me observa fijamente antes de esbozar una sonrisa sincera, pero sé que seguramente está aprovechando esta situación para su beneficio y eso me jode. No tengo pruebas, pero algo dentro de mí me dice que él y Ria han hecho un plan juntos; que esto estaba maquinado desde hace tiempo.

Mi padre aclara la garganta y levanta una mano. —Bien, ya estamos todos aquí. Por favor, tomemos asiento.

Todos obedecemos. La familia Eggers ocupa el sofá grande mientras yo me siento entre mis padres en el sofá de enfrente, cara a cara con ellos. Las mucamas se acercan con tazas humeantes de café en unas bandejas; a mí me dejan una de té que sé que es cosa de Celeste. Mi padre se acomoda en su asiento entrelazando los dedos y esbozando una sonrisa cordial.

—Como les expliqué anoche por teléfono— dice mi padre con esa voz firme e imponente que siempre usa para cerrar tratos —hemos considerado que adelantar la boda es lo mejor. Bill y Marc ya han tenido bastante tiempo para conocerse y no tiene sentido seguir retrasando algo que inevitablemente tiene que suceder.

Oh, joder. Quiero cerrar los ojos, quiero hacer como que no estoy aquí. Siento la mirada de Marc sobre mí y trato de no mirarlo.

—Entendemos perfectamente tu decisión, Jhörg— dice Mariangela con su tono dulce y educado —Es cierto que Bill y Marc ya han pasado bastante tiempo juntos, y los dos son jóvenes, atractivos y están bien posicionados. No hay razón para esperar más.

Mis manos están apretadas sobre mi regazo. Siento las uñas clavándose en la tela de mis pantalones. No quiero llorar, no puedo hacerlo delante de ellos, pero me siento impotente.

—Estoy completamente de acuerdo— comenta Jerad, con su tono serio —Y bueno, como ya está todo decidido, creo que es el momento de hacerlo oficial.

Levanto la cabeza y lo miro; él me observa con una sonrisa y acto seguido veo cómo Marc se levanta de su asiento con una sonrisa amplia en el rostro, sacando una cajita pequeña de terciopelo rojo.

—Bill…— menciona mi nombre con voz suave, pero yo solo siento náuseas y todos en la sala lo miran expectantes. Quiero desaparecer. —Ya que han decidido adelantar la boda…— abre la caja, revelando un anillo de compromiso —quiero hacer esto como se debe.

Entonces, se arrodilla ante mí y mi respiración se corta al instante. ¡¿Cómo está pasando esto?! Siempre creí que el compromiso se formalizaría con un papel, no que se haría oficial con un anillo. Mi padre está llegando demasiado lejos.

—Bill Kaulitz… ¿quieres casarte conmigo?— la pregunta resuena en mi cabeza como un eco insoportable.

Me arden los ojos; quiero gritar que no, quiero levantarme y salir corriendo de aquí, pero no puedo. Estoy atrapado. Sé que si digo que no, mi padre hará mi vida aún más miserable de lo que ya la ha hecho. Seguro me enviará lejos a Rusia y Tom no podría saberlo si no tengo forma de decírselo. Sé que si me niego, él encontrará la forma de arruinar a Tom y no quiero eso. No quiero que lo meta en la cárcel. Respiro profundo, trago el nudo en mi garganta y fuerzo una sonrisa.

—Sí…— logro decir con mi voz temblando.

Marc sonríe aún más, como si realmente estuviera feliz. Saca el anillo y lo desliza en mi dedo anular con suavidad, como si este momento fuera mágico para él, pero para mí es la peor pesadilla de todas.

Todos en la sala aplauden suavemente. Mi madre sonríe, aunque noto la tristeza en sus ojos. Mi padre está satisfecho. Los Eggers parecen encantados. Y yo solo quiero que Tom aparezca ya.

—¡Micaella!— exclama mi padre y segundos después ella aparece en la sala haciendo una pequeña reverencia —Por favor, trae un par de copas y una botella de vino.

Ella obedece; se retira mientras yo me quedo sentado con la mirada fija en el suelo. Más rápido de lo que esperaba, Micaela aparece con Sandra y Rosalinda, trayendo unas bandejas con copas llenas hasta la mitad de vino tinto; cuando pasan frente a mí les niego con la cabeza y les ofrezco una pequeña sonrisa para no ser maleducado. Las risas y murmullos de alegría me taladran la cabeza; mi pecho se siente pesado y el anillo en mi dedo parece una soga atada a mi cuello. No puedo más. No puedo seguir aquí dentro.

—Disculpad…— mi voz es apenas un susurro, pero todos me miran —Me siento un poco… mareado. Voy a salir un momento al jardín.

—¿Estás bien, cielo? ¿Quieres alguna pastilla o algo?— pregunta mamá y yo niego con la cabeza.

—Solo iré a tomar un poco de aire.

—Oh, déjalo Charlotte, querida. Todo este tema debe tenerlo tan emocionado…— dice Mariangela y yo sonrío ligeramente, obligado.

Claro, emocionado… joder, no sé por qué son tan ingenuos.

Mamá me mira con preocupación, pero no dice nada; solo asiente ante las palabras de Mariangela mientras mi padre me lanza una mirada de advertencia, pero no me detiene. No importa. Ya estoy de pie y caminando antes de que alguien pueda cuestionarme. Me dirijo a la puerta de cristal que da al jardín y frunzo el ceño al ver a todos esos guardias vestidos de negro alrededor de toda la casa. Uno de ellos se me acerca.

—Lo siento joven, no puede estar aquí— dice con voz dura y severa.

Yo arqueo una ceja, mirándolo con desprecio. —¿Y quién lo dice?— el hombre se queda serio. —Es mi casa y puedo estar donde me dé la gana— concluyo, intentando pasar a su lado, pero el guardia me detiene interponiéndose en mi camino. —¡Oye!— exclamo, más que enfadado.

—Lo siento, joven, son órdenes de su padre— dice y yo pongo los ojos en blanco. —Por favor, vuelve a la casa.

—Déjame pasar, imbécil— gruño, pero el hombre no se mueve.

—Déjalo, Key— dice otro acercándose a Key —De todas formas estaremos vigilándolo.

Ese hombre hace que Key resople resignado y se aparte. Yo me cruzo de brazos mirándolo con rabia. No suelo tratar a la gente así, pero este tema me tiene furioso. ¿Por qué me prohíbe salir siquiera a la piscina? ¿Por qué papá da esas órdenes tan absurdas?

¿Por qué me hacen esto?

Mis ojos se clavan en el anillo y el brillo del diamante parece burlarse de mí. Me dirijo a la piscina justo cuando una lágrima se desliza por mi mejilla. Odio esto.

—Willem…— la voz de Marc me sobresalta; lo veo sentarse en la tumbona de al lado y tenso la mandíbula.

—¿Qué quieres?— pregunto, con la rabia palpable en mi voz.

—Hablar contigo…

—Pues qué mal, porque yo no quiero hablar con nadie. Vete y déjame solo— le pido, desviando la mirada al agua de la piscina. Pero Marc no se mueve y eso me enfurece más. —¿Acaso la paliza que te dio Tom también te ha dejado sordo?

Marc suspira. —No sé qué ha pasado, pero deduzco que tu padre se ha enterado de lo que es Tom— dice cruzándose de brazos. —Te lo digo ya: yo no tuve nada que ver; no soy tan tonto como para arriesgar mi vida. Sé que ese idiota me mataría a golpes…

—No te creo nada— murmuro sin mirarlo.

—No tienes por qué hacerlo; tampoco me importa si lo haces o no— responde. —Ahora que nos vamos a casar, las cosas van a cambiar.

Suelto una risa amarga y lo miro con desconfianza. —¿De verdad crees que va a pasar? ¿Que Tom va a permitir que esto suceda?

Él sonríe con ironía. —Tom no puede hacer nada al respecto; conociendo a tu padre sé que actuará contra él y lo meterá en la cárcel. Tiene todas las de perder…— añade. —Además, ya estamos comprometidos. Te vas a casar conmigo y, siendo sincero, me encanta. No sé qué pasó ni cómo se enteró tu padre, pero le agradezco al cielo por ello. Serás mi esposo dentro de dos meses así que tenemos que ir planeando la boda.

—¿Sí? No me digas— suelto sarcásticamente. —Yo no me voy a casar contigo, Marc. Eso no va a pasar porque mi novio no lo va a permitir; no te creas…

—Si Tom va a impedirlo, dime: ¿dónde está ahora? Porque no ha hecho nada para evitarlo…

—No lo sé, pero lo conozco…

—¡Buah! No seas tonto, Bill. ¿Por qué Tom se arriesgaría a acabar en la cárcel? Además, tú también saldrías perjudicado.

—Me importa un pito.

—Tom no va a venir; no te ilusiones.

No le respondo; no estoy dispuesto a discutir con ese idiota. Solo desvío la mirada al césped y suspiro en silencio. Yo no voy a casarme con Marc; nunca va a pasar y sé que Tom vendrá antes. Lo sé, pero ¿dónde está?, ¿qué estará haciendo?

«Por favor, ven pronto.»

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.

por unicornlitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!