
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 34
By Bill
Como estos últimos dos días, estoy en mi habitación leyendo un libro solo para despejar la mente. El pasar de las páginas y mi respiración eran los únicos sonidos que se escuchaban; son las cinco de la tarde y Celeste me ha preparado una bandeja con un montón de dulces, que ya sabe que me chiflan, sobre todo si llevan chocolate.
Mis nervios se han calmado un poco, al igual que la angustia que llevaba sintiendo días atrás. Puedo estar tranquilo porque no me voy a casar con Marc y sé que Tom vendrá a buscarme. El libro que estoy leyendo es «El Retrato de Dorian Gray», de Oscar Wilde. Ya lo leí antes, pero siempre descubro algo nuevo en sus palabras. Me gusta imaginarme en otro lugar, en otro tiempo… en cualquier parte, menos aquí. Paso la página, perdiéndome en la conversación entre Lord Henry y Dorian, muy concentrado hasta que tocan a la puerta.
Resoplo, marcando el libro con el dedo sin cerrar la página. —No quiero ver a nadie— suelto, sin quitar la vista del papel.
Silencio. Bien, me dejan en paz. Ruedo los ojos y vuelvo a centrarme en la lectura, pero entonces vuelven a tocar y esta vez más fuerte; vuelvo a rodar los ojos y suelto un suspiro exasperado. Dejo el libro sobre la cama y me levanto con fastidio. Seguro es mi madre, mi padre o alguna de las limpiadoras viniendo con otro de sus discursos o preguntas innecesarias.
—¡He dicho que no quiero ver a nadie!— exclamo, acercándome a la puerta.
Pero los golpes son más insistentes; frunzo el ceño. ¿Qué demonios? Con molestia, giro el pomo y abro la puerta de golpe. Al hacerlo, mis ojos se encuentran con la imponente figura de un guardia de seguridad, vestido con un traje negro impecable y unas gafas oscuras que ocultan su mirada. Abro la boca para exigirle que se largue, pero en un movimiento rápido, su mano enguantada cubre mi boca con fuerza.
—Shhh— murmura el hombre con voz baja y firme.
Mi corazón da un salto violento. Trato de retroceder, pero me agarra con fuerza en cuanto me doy la vuelta y mi espalda queda contra su pecho; su brazo rodea mi cuerpo e inmoviliza. Me tenso al instante, mi respiración se acelera; como si mi mente estuviera loca empiezo a imaginar cosas horribles que me ponen nervioso. Un nudo de pánico se forma en mi garganta y comienzo a intentar zafarme con desesperación, gruñendo y gimoteando ahogadamente contra su mano.
Él cierra la puerta con el pie y refuerza su agarre —Tranquilo— susurra —No te haré nada.
No le creo; ¡¿cómo puedo hacerlo si me tiene así?! Me remuevo con más fuerza sintiendo que mi cabeza va a estallar.
—Shhh— insiste, con un tono más apremiante —Si sigues así te van a oír y no puedo permitirlo.
Intento dar un paso adelante, pero su agarre es firme. Mi respiración es un caos y no puedo pensar con claridad. El hombre suspira y afloja ligeramente su agarre.
—Voy a soltarte— dice en voz baja —Pero solo si me prometes que no vas a gritar ni hacer ninguna tontería.
Asiento frenéticamente. Él permanece sujetándome un segundo más y luego, despacito, retira su mano de mi boca y su brazo de mi pecho. En cuanto siento que estoy libre, doy un salto hacia atrás y corro al otro extremo de la habitación, con el corazón martilleando en mis oídos. El hombre suspira de nuevo y niega con la cabeza.
—Es lo primero que te digo y lo primero que haces— murmura con fastidio.
Mi respiración sigue agitada, pero esta vez por otra razón: enfado. Frunzo el ceño y corro hacia mi tocador para coger mi rizador y enrollar el cable en mi mano, usándolo como defensa ante cualquier cosa que quisiera hacerme. Sé que es absurdo porque, ¿cómo puedo protegerme con un rizador frío que no uso desde hace tiempo porque me encanta mi pelo liso y rara vez me hago rulos? Lo miro con cautela.
—¿Quién demonios eres?— exijo apuntándole con el rizador —¿Qué haces en mi habitación? ¿Y por qué me has agarrado así?
Él no responde de inmediato; en cambio, deja escapar un leve suspiro y se quita las gafas de sol con calma. En el momento en que su rostro queda al descubierto, mis ojos se abren de golpe. Mi boca se abre antes de que pueda detenerme.
—¡¿Andreas?!— exclamo al instante.
—Shhh— susurra levantando un dedo frente a sus labios y me mira con seriedad.
Mi mente va a mil por hora, pero entiendo el mensaje al instante. Asiento con lentitud y me acerco un paso —¿Qué haces aquí?— pregunto en un susurro —¿Cómo has entrado?
Andreas esboza una leve sonrisa, una de esas que dejan ver un atisbo de orgullo. —Entré gracias a un pequeño truco— dice, cruzándose de brazos con chulería.
Frunzo el ceño y lanzo el rizador a mi cama —¿Qué truco?— pregunto confundido.
Se apoya contra la pared y procede a contarme —Atrapé a un guardia— dice con simpleza.
—¿Qué? ¿Cómo?
Relame los labios —Fue fácil, en realidad. Sabía que la seguridad aquí era estricta, así que no podía colarme como un ninja sin más. Necesitaba una forma de entrar sin levantar sospechas. Así que observé el perímetro, busqué a un guardia que estuviera un poco apartado de los demás y creé una distracción.
—¿Qué hiciste?— pregunto arqueando una ceja.
—Me escondí cerca de la parte trasera de la casa y empecé a hacer ruido, lo suficiente para llamar la atención de un guardia, pero sin alertar a los demás. Cuando vi que se acercaba, fingí estar herido, como si me hubieran dado una paliza y estuviera intentando escapar de algo.
—¿Y te creyó?
—Por supuesto— soltó entre risas —Se acercó preguntándome qué había pasado. Yo gemí un poco, me sujeté el costado como si tuviera una herida y le dije que unos tipos me habían atacado y que podía identificarlos si me ayudaba. Como buen idiota, se agachó para ayudarme. Y justo cuando estaba lo suficientemente cerca…— Andreas hace una pausa dramática y sonríe.
Yo ya me hacía una idea de lo que había hecho —Lo golpeaste— comento y él asiente con la cabeza.
—Con un buen puñetazo en la cabeza— confirma satisfecho —Lo dejé inconsciente al instante. Luego lo arrastré hasta unos arbustos y le quité la ropa.
—¿Lo dejaste desnudo?
—En calzoncillos— corrige Andreas —No soy tan cruel.
Suelto un suspiro y me llevo una mano a la frente. —Andreas… eso ha sido un riesgo demasiado grande.
—Lo sé— admite él —Pero tenía que hacer algo para entrar y traerte información.
Aparto la mano de mi frente y me acerco a él rápidamente cuando Tom me viene a la mente. —¿Información?— pregunto, pero casi al instante —¿Tom? ¿Cómo está? ¿Va a venir por mí? ¿Qué está haciendo?
Andreas sonríe un poco al ver mi impaciencia. —Él está bien. Y sí, va a venir por ti. De hecho, tiene un plan que se llevará a cabo esta misma noche— me responde, y yo sonrío levemente.
—¿Esta noche?
—Sí— Andreas asiente —Tom me envió para darte instrucciones. Primero, tienes que empacar algo de ropa y lo que necesites llevarte. Algo que puedas meter en un bolso sin que parezca sospechoso.
Asiento rápido. —Vale…
—Bien. A medianoche, activaremos el plan— comenta mientras camina por mi habitación y se sienta en la cama con toda la confianza del mundo. —Vamos a hacer una distracción en la parte de atrás de la casa para que los guardias se centren en otro lado. Cuando eso pase, Tom entrará por ti.
—¿Y qué tengo que hacer yo?
—Cuando suene la alarma, tienes que estar listo— explica —Ten el bolso preparado y mantente alerta. No pienses demasiado, solo sigue las indicaciones de Tom y sal de aquí lo más rápido posible.
—Vale… ¿Por qué se ha demorado tanto?
—Porque esto es algo que debía planearse bien, hemos estado vigilando y contando a los guardias de seguridad. Todo.
—Bueno…— suspiro cerrando los ojos —Ya quiero que sea medianoche.
—Las horas pasan rápido…
—No cuando estás encerrado en tu habitación sin poder salir ni a la piscina…
—¿En serio?— articula incrédulo —¿No te dejan salir? Tom sí comentó algo sobre eso, pero no pensé que fuera tan grave; con todo respeto, tu padre está loco…
—Sí lo está— digo asintiendo lentamente —Estoy tan enfadado con ellos…
—¿Eso es un anillo de compromiso?— pregunta Andreas y es entonces cuando me doy cuenta de que sus ojos están fijos en la argolla de mi dedo anular, esa que tuve que ponerme obligatoriamente esta tarde para bajar a almorzar. No duermo con el anillo y se me ha olvidado quitármelo. —¿Vas a…?
—¡No!— exclamo en voz baja interrumpiendo cualquier pensamiento suyo —Marc me pidió matrimonio para cerrar oficialmente el contrato, pero obviamente no me voy a casar. Estaba esperando a Tom y esto…— me quito el anillo y lo lanzo al lado de la cama; él lo coge y silba al ver el diamante. —…es una tontería.
—Qué bonito es, quédatelo y así cuando salgamos de aquí me lo regalas— dice y yo río bajito.
Ahora recuerdo aquella vez en la joyería, cuando él me amenazó con un arma y Tom intervino antes de que hiciera algo contra mí. —Está bien, lo llevaré…
Andreas sonríe.
—Bueno, tu cama es muy cómoda y suave, pero ya tengo que irme— dice mientras se pone de pie. —Debo asegurarme de que el guardia no despierte e irme pronto para decirle a Tom que ya sabes los planes…
Está a punto de irse, pero lo paro al instante. —Oye…— su mano agarra el pomo, pero se queda quieto y me mira. —¿Tom no…? ya sabes… ¿no te ha dicho que me digas algo más?— Andreas pilla lo que quiero decir y hace una mueca, apoyando una mano en la barbilla, pensativo. Después de unos segundos, con los ojos entrecerrados, exclama:
—¡Oh! Es verdad— asiente lentamente —Me ha dicho que te dijera que no te preocupes, y que cuando te saque de aquí te va a compensar por lo que ha pasado. Dijo que va a pasar la lengua por tu piel hasta llegar a la miel que hay entre tus piernas…
Me sonrojo al instante y bajo la mirada al suelo. Avergonzado, pero a la vez feliz y emocionado. Andreas suelta una risita.
—Nos vemos pronto— dice antes de salir, y yo me quedo en mi habitación, soltando una risita nerviosa al quedarme solo otra vez. Tom vendrá por mí y esta pesadilla se acabará. Nos iremos lejos y estaremos bien porque nada puede salir mal, ¿verdad?
Relamo mis labios y suspiro.
.
By Tom
Faltan veinte minutos para la medianoche. Hace un rato les dije a todos que quería verles en mi piso para acabar con el plan y llevarlo a cabo. Todos estamos aquí, listos para dar el informe final antes de ir a buscar a mi moreno. Así que me apoyo en la mesa, con los brazos cruzados, esperando que empiecen a hablar.
—Bien— digo, mirando a cada uno mientras Georg abre tranquilamente una lata de cerveza con la portátil delante de él —Quiero saber qué tenemos. Empezad.
—He hackeado el sistema de seguridad— dice Georg, su voz tranquila pero firme antes de dar un sorbo a su cerveza —Tal como pensabas, no han cambiado nada. Las cámaras siguen con el mismo software y las mismas rutas de vigilancia. Puedo hacer un loop en la grabación por unos minutos, pero no más de diez sin levantar sospechas.
Asiento, satisfecho. —Diez minutos son suficientes si lo hacemos bien. ¿Y la alarma falsa?
—Lista— responde con una leve sonrisa de lado —Puedo activarla cuando queramos.
Bien. Un problema menos. Bach se inclina hacia adelante con una sonrisa confiada. —La vigilancia en la casa es estricta, pero sigue un patrón— explica —Doce guardias en total, pero nunca están todos al mismo tiempo. Se turnan cada seis horas. Durante la madrugada, solo quedan seis afuera y dos dentro.
—Eso nos da ventaja— interviene Andreas —Como atacaremos por la noche habrá menos resistencia.
Scar, con los brazos cruzados, asiente. —Los coches están listos. Dos SUVs idénticas. La primera tomará una ruta distinta para despistar, la otra será la real. Como dijiste— aclara.
—Bien— murmuro, tomo la cajetilla de cigarrillos que tengo sobre la mesa y saco el encendedor del bolsillo del pantalón. En estos días he fumado más que en toda mi vida por la desesperación que siento. Necesito a Willem conmigo. Saco un cigarrillo y lo llevo a mis labios para encenderlo —¿Y Bill?— pregunto mirando a Andreas fijamente.
—Le he contado los planes y le he dado las instrucciones que pediste— me responde justo cuando le doy una calada al cigarrillo y vuelvo a guardar el encendedor en el bolsillo —Según me contó, no ha salido en estos tres días. Ni siquiera al jardín. Sus padres lo tienen encerrado. Y no solo eso; también el tal Marc le pidió matrimonio por lo del contrato; al parecer no pudo negarse.
—¿Por qué lo dices?— pregunto frunciendo el ceño, él suspira.
—Porque vi el anillo, Tom— aprieto la mandíbula al instante, apartando el cigarro de mis labios —Pero, oye… él dice que no se va a casar, que te está esperando así que… ya te harás una idea…— se encoge de hombros.
—¿Cómo lo sacamos?— pregunta Kiko, levantando una ceja.
Respiro hondo y miro a todos. —Rápido y sin hacer ruido— contesto, dándole otra calada al cigarro —Entramos cuando la alarma despiste a los guardias. Georg desactiva las cámaras, nos metemos en la casa, subimos, yo me encargo de llevarme a Bill y salimos antes de que se den cuenta.
—Si algo sale mal— añade Scar —tendremos que abrirnos paso a la fuerza.
—Nada saldrá mal— digo con convicción.
Hubo un silencio. Todos sabíamos que era imposible garantizarlo, pero Georg rompe la tensión con una palmada en la mesa. —¡Pues venga, gente! Vamos a ponernos en marcha, en unos minutos es medianoche.
—Andando…— ordeno.
Nos levantamos uno a uno, cogemos las armas y los auriculares para comunicarnos. Las capuchas y salimos de mi piso metiéndonos en los coches. Las calles están silenciosas a esta hora, apenas perturbadas por el ruido lejano de algún coche que pasa de vez en cuando. Nos movemos en dos vehículos, Georg al volante del primero con Kiko y Bach, mientras yo conduzco el otro con Scar y Andreas.
—¿Todos listos?— pregunto por el auricular.
—Listísimos— responde Bach con su tono despreocupado.
—Nada de bromas esta noche— le gruño —Entramos, sacamos a mi novio y nos piramos. Sin errores.
—Tranquilo, jefe— dice Scar —Esto está controlado.
Aprieto el volante. No habrá margen para fallos; llegamos más rápido de lo pensado a la mansión. Tal como dijeron los chicos, solo hay seis guardias visibles fuera, patrullando el perímetro. Las luces del interior están encendidas, pero el segundo piso está a oscuras.
—Georg— murmuro por el auricular —Hazlo.
Desde su coche, mi mejor amigo teclea algo en su portátil. Unos segundos después, la alarma de la parte trasera de la casa estalla con un sonido ensordecedor. Los guardias reaccionan al instante.
—¡Mierda!— exclama uno, sacando su radio. Puedo escuchar sus gritos a pesar de estar a una distancia considerable tras haber bajado la ventanilla —¡Tenemos un posible intruso en el sector tres!
—¡Vamos!— ordena otro y todos comienzan a moverse hacia la alarma.
—Eso es— susurra Georg satisfecho; puedo escucharlo a través del auricular —Ya, Tom, avanza.
Me bajo la capucha igual que Scar y Andreas, quienes salen del coche conmigo moviéndonos rápido; cruzamos la calle y entramos escalando el portón de barrotes cayendo al otro lado. Las cámaras de seguridad estarían desactivadas por diez minutos y los guardias estaban todos distraídos; pasamos por la zona lateral de la casa. Kiko ya está en el panel de seguridad, trabajando en la cerradura electrónica.
—Vamos, Kiko…— gruñe Andreas en voz baja —Apresúrate.
—¡Estoy en ello, joder!— responde Kiko, con las manos volando sobre los circuitos. En menos de cinco segundos un pitido y un clic indican que la cerradura cede y la puerta se abre. Entramos con cautela.
Los pasillos están iluminados y en silencio. Avanzo primero, conteniendo la respiración. Vamos hacia las escaleras con pasos ligeros, el eco de nuestros movimientos casi no se oye. —El segundo piso está despejado— informa Georg por el auricular —Tienen dos guardias en el salón principal, pero están pendientes de la alarma. Si se mueven, te aviso.
—Vale…
Subimos por las escaleras. Conozco el camino a la habitación de mi moreno y sonrío —Bill está ahí— susurro. —Entraré yo, bajad y echad una mano al resto…
Me acerco con cuidado y giro el pomo con el corazón a mil. Abro la puerta despacio… y ahí está él. Con los codos apoyados en la ventana mirando hacia abajo, donde los guardias de seguridad corren buscando al «intruso». Me subo la capucha hasta dejar mi rostro al descubierto, pero él, al escuchar cómo cierro la puerta, levanta la cabeza y se aparta de la ventana; nuestras miradas se cruzan y una sonrisa, tan amplia como la mía, aparece en sus labios y acto seguido corre hacia mí para lanzarse a mis brazos.
Lo siento más delgado y me preocupa, pero lo abrazo de vuelta con sus piernas enroscadas en mi cintura.
—Tom…— le oigo gimotear.
—Ya está bien, terroncito. Es hora de irnos— le digo y él se separa de mí bajando sus piernas. —¿Tienes todo lo que Andreas te dijo?— le pregunto y él asiente alejándose hasta la cama, se ve tan mono, arregladito. Lleva unos pantalones deportivos negros con su sudadera con cremallera abierta que deja ver la camisa blanca que lleva debajo y el pelo recogido en una coleta baja.
Algunos mechones caen sobre su frente y es tan guapo, —Listo— dice al ponerse de nuevo frente a mí y no puedo evitar tomarle las mejillas para besarlo.
Sentir de nuevo sus labios sobre los míos es demasiado delicioso; tres días no son nada para cualquiera, pero cuando tu estabilidad emocional depende de una persona, el tiempo es eterno aunque sea corto. Y tres días para mí han sido un maldito suplicio, con él dando vueltas en mi cabeza constantemente. Tenerlo de nuevo es como volver a tener energía y que mi vida tenga sentido. Lo abrazo fuerte mientras disfruto del sabor de sus labios.
El moreno suspira y nos separamos por falta de aire; le acaricio la mejilla y cierra los ojos ronroneando —Te he echado mucho de menos, terroncito— le digo y él gimotea.
—Y yo a ti…
En ese momento se escucha un disparo que hace que mi moreno se sobresalte; toda la casa parece congelarse por un segundo. —¡Mierda!— gruñe Georg —¡Los guardias están en alerta! ¡Rápido!
Bill me mira con los ojos muy abiertos. —Debemos irnos, ¡ya!— me dice y yo asiento rápidamente.
Lo tomo de la muñeca y estamos a punto de salir cuando la puerta se abre de golpe. Uno de los guardias que seguramente venía a asegurarse de que Bill estuviese bien nos mira con el ceño fruncido; está por sacar un arma, pero de repente aparece Andreas detrás suyo y le da un golpe seco con su pistola en la nuca, haciendo que el guardia caiga al suelo inconsciente.
—¡Tenemos que movernos!— ladra Scar.
Salgo de la habitación sujetando bien a Bill de la mano; bajamos las escaleras rápidamente. Los guardias ya han notado que no hay un intruso afuera, sino adentro; las cámaras han vuelto a funcionar. En cuanto cruzamos el vestíbulo veo cómo un grupo de guardias sale de la cocina, seguramente entraron por las puertas corredizas que daban al jardín. Y no venían solos, Jhörg y Charlotte iban con ellos.
—¡Willem!— exclama mi suegro en cuanto salimos de la casa; escucho disparos a nuestras espaldas y sé que Scar y Andreas nos cubren.
—¡Por aquí!— grita Kiko desde la puerta.
Bach se une a Andreas y Scar para cubrirnos, disparando un par de veces a los guardias que aparecen incluso a los lados de la casa.
—¡Los coches están listos!— informa Georg por el auricular.
—¡Willem!— escucho otro grito de Jhörg —¡Maldita sea! ¡Detenedlos!
Las luces de los vehículos iluminan la entrada —¡Venga, venga!— grito, abriendo la puerta trasera y empujando a Bill dentro, yo hago lo mismo. Bach se sienta de piloto sin dejar de disparar y Andreas rodea el coche para ocupar el asiento del copiloto. Por último, entra Scar, conmigo y con Bill en los asientos traseros. Sin esperar a que cierre la puerta, Bach acelera.
Los motores rugen y los coches derrapan al salir disparados de la propiedad. Georg, que iba en el otro coche se cruza con el nuestro y damos vueltas para confundir a los guardias, al final el coche que maneja Georg va hacía la izquierda y el otro a la derecha. Detrás, el sonido de más disparos y gritos se pierde en la distancia. Lo logré, esto solo prueba que nada me queda grande a mi.
Bill está sentado a mi lado, aún en shock. Me giro hacia él y lo agarro de los hombros.
—Ya está— le susurro —Estás a salvo y conmigo, cariño— le doy un beso en la frente y lo siento temblar, con su mirada fija en la mía. Me mira con esos ojos cristalinos y sonríe, esa sonrisa que hacía que todo valiera la pena. Entonces, mi mirada se desvía a su mano derecha. Justo donde está el anillo del que Andreas me habló; tengo el impulso de quitárselo y tirarlo lejos.
Pero Bill reacciona a tiempo, se lo quita y se lo entrega a Andreas. Quién sonríe y le agradece en un susurro. Atraigo a mi moreno hacia mí y lo beso, despacio, con toda la ternura y desesperación acumulada en el tiempo que estuvimos separados.
Él se aferra a mí como si temiera que desapareciera —Te amo— susurra contra mis labios —Te amo un montón.
Le beso la comisura de sus labios, los párpados húmedos, la punta de su nariz.
—Y yo a ti, pequeño— susurro, sonriendo con dulzura —Tanto que si no me besas otra vez ahora mismo, juro que me bajo del coche y me entrego a los guardias.
Él ríe suavemente y me besa otra vez, profundo y entregado. Cuando se separa, lo miro con picardía y murmuro cerca de su oído:
—Aunque si sigues apretándote así contra mí, en este coche van a pasar cosas que ni Andreas y los demás no deberían escuchar y ver…
—¡Tom!— exclama él, sonrojado, dándome un manotazo en el brazo.
Me río bajito y lo abrazo con más fuerza. Joder, lo había echado tanto de menos.
Continúa…
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