Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 36

Después de la ducha, salimos los dos envueltos en albornoces, con el vapor aún en el aire. Mi chico se agarra una toalla y se tapa la cabeza, recogiendo su pelo húmedo. Luego empieza a secárselo con pequeños toquecitos, mientras yo busco algo de ropa en el armario. Un par de pantalones, bóxers y una de mis camisas holgadas.

Miro de reojo a mi novio, que está inclinado en la cama buscando algo en su bolso. Creo que habría sido más fácil si hubiera sacado la ropa que se iba a poner antes, pero también me siento un poco culpable porque lo distraje. Solo un pelín. Él hace un ‘micht’ con la boca, frustrado porque seguramente no encuentra nada que le guste.

¿Por qué se acompleja tanto si todo le queda bien?

—¿Qué haces, amorcito?— le pregunto mientras me quito el albornoz para ponerme los bóxers y unas medias. Él no me mira, solo suspira.

—No sé qué ponerme— responde haciendo un pucherito que me hace reír de pura devoción —Si unos pantalones o un simple short. Creo que lo segundo porque así iría cómodo en el avión, pero no sé…— gimotea mirándome con ese mohín tan adorable —¿Tú qué dices?

—El pantalón estaría bien, cariño. Así nadie te vería las piernas— bromeo y él pone los ojos en blanco con una expresión divertida —Si crees que estarás cómodo con el short, entonces usa eso, bebé.

—No, mejor la sudadera gigante que usé aquella vez que estuve aquí y que Marc, por desgracia, me encontró— dice y yo me encojo de hombros. Veo cómo saca la gran sudadera y no sabía que ese bolso era tipo maleta. El bolso tiene muchos compartimentos si lo abres bien. El principal es enorme y allí tenía perfectamente dobladas varias prendas; camisetas, pantalones y la sudadera negra de manga larga que acaba de sacar.

Además, hay otro compartimento en la parte inferior con cremallera para guardar zapatos. Allí estaban guardadas verticalmente unas converses negras. Joder. Y los organizadores internos facilitan la separación de objetos y las correas en el interior ayudan a mantener todo en su sitio. ¿Cómo es que yo no tengo uno de esos? Yo solo tengo un bolso normal. Ugh…

Vuelvo a lo mío terminando de abrochar mis pantalones sin dejar de mirarlo; observo cómo se pone unos bóxers de encaje negros casi transparentes que, joder, le marcan el trasero de una forma que me dan ganas de azotarle una nalga. Joder. Siento una punzada en mi miembro y trato de desviar la mirada porque no quiero ponerme caliente ahora; tenemos que irnos. Se pone la sudadera holgada lentamente, luego las medias de red negras y un colgante con forma de estrella. En su dedo anular sigue llevando aquel anillo que le regalé y yo también tengo el mío; no se lo ha quitado y eso me gusta. Me hace sonreír como un tonto.

Peina su pelo partiéndolo por la mitad, cayendo a los lados de su cara y el resto en su espalda. Está sin maquillaje y qué guapo se ve; solo aplica un par de cremas en su piel, gloss en los labios y algo de rímel en las pestañas. Mete todo eso en el neceser pequeño que cuelga de su hombro. Cuando ambos estamos listos, nos sentamos en la cama para organizar el bolso con mis cosas.

Me ayuda doblando mi ropa y colocando todo en mi bolso: varias mudas de ropa, un par de bóxers, medias, mis lociones, algunas cadenas, mis bandanas y alguna gorra más. En el baño busca mi cepillo de dientes, la pasta dental, mi crema para afeitar y todo lo demás lo envuelve en una toalla para meterlo en el pequeño espacio que queda libre. Cierra el bolso y luego se acerca al tocador, regresando con el neceser negro que yo le regalé hace tiempo.

—¿En serio vas a llevar eso?— pregunto divertido.

—Por supuesto— dice mi chico como si fuera obvio —No voy a dejarlo aquí. Además, tú me lo regalaste.

Sonrío tierno mientras lo veo meterlo con cuidado en su bolso, asegurándose de que no se aplaste con el resto de cosas. Me encanta verlo con esa sudadera holgada que le llega a los muslos sabiendo el tipo de bóxers que lleva puestos. Solo me dan ganas de… no puedo pensar en eso ahora mismo. No puedo ponerme cachondo, joder. Aunque es muy difícil teniéndolo a él al lado así de… sexy, delicioso y guapo. Relamo mis labios observando su trasero y suspiro.

Qué cosita tan preciosa.

Nos vamos a California, a Los Ángeles. Lejos de Alemania y de sus padres, voy a organizarlo todo, compraré un piso adecuado para los dos, haremos nuestra vida allí y luego volveré, como ya dije, para resolver unos asuntos pendientes aquí. Entre ellos, Ria y hacer otra visita a Marc, porque no se va a librar de una buena paliza.

Si la última vez no lo maté, cuando regrese le haré suplicar de rodillas clemencia. Quizás se me ablande el corazón y solo lo deje ciego y sin lengua, pero vivo; algo es algo, ¿no? Además, se lo merece por abrir la boca cuando se lo advertí. Estoy seguro de que él y Ria trabajaron juntos. Cuando vuelva voy a interrogarlos a los dos y luego… veré si los dejo vivir o no. Quizás le arranque el pene a Marc y le raje las tetas a Ria.

Debo llamar a mi padre y avisarle; ya le había comentado sobre este plan de huir con mi moreno lejos de aquí. No a mi madre porque sé que no lo permitiría, odia que estemos lejos de ella. Por eso, cuando decidí independizarme armó un escándalo. Como soy su hijo menor y el favorito, sé que me va a echar de menos. Necesito la ayuda de mi padre para que compre los billetes y si puede me ayude con un par de identificaciones falsas de esas que tardan media hora en estar listas y quedan perfectas.

—Voy a hacer una llamada, moreno, ahora vuelvo— le digo levantándome de la cama.

—Vale— responde él, concentrado en su bolso con el ceño fruncido como si quisiera recordar si le falta algo. Salgo de la habitación y camino hasta la sala, donde saco mi móvil del bolsillo del pantalón y marco el número de mi padre. A los tres tonos me contesta. Puedo escuchar música de fondo y sé que seguramente está en su despacho con sus amigos, en esas típicas reuniones donde apuestan y eso.

Son las tres de la mañana; es de esperar que esté borracho.

—¿Tom?— dice mi padre al otro lado de la línea, no tan ebrio como pensé pero con la voz arrastrada —¿Dónde estás? No habías llamado; tu madre está muy preocupada por ti y el niño Kaulitz…, ¿qué pasó?, ¿lograste sacarlo de su casa?

—Sí, papá— le respondo —Está conmigo ahora, pero no te llamaba para eso. Necesito un favor— comento sin rodeos —Quiero que compres dos billetes con dirección a California, Los Ángeles. Si puedes ayudarme también con un par de identificaciones falsas te lo agradecería…

Hubo un breve silencio al otro lado antes de que mi padre suspirara. —¿De verdad quieres irte?— pregunta con calma —Si prefieres quedarte aquí en casa siempre habrá espacio para ti y para Bill. No los encontrarían.

Me quedo callado unos segundos considerando sus palabras. Sé que lo dice en serio; nos recibiría sin dudarlo, pero también sé que no podemos quedarnos aquí. No ahora. Papá tiene contactos y las identificaciones falsas estarían listas en media hora; tiempo suficiente. También tiene amigos en el aeropuerto que quizás me echen una mano para pasar sin problemas.

—Te lo agradezco, papá, de verdad, pero ya tenemos un plan— le aclaro rápidamente —Nos iremos, pero te prometo que volveré cuando la marea baje un poco.

Papá suspira otra vez pero no intenta disuadirme. —Está bien, Tom. Te conseguiré los billetes y las identificaciones— accede —También le pediré ayuda a Paco; los hará pasar sin dificultad— sabía que lo haría —Cuando estés en California busca a Yessi, sé que él te ayudará a pasar sin problemas también. Yo perdí su número así que no puedo llamarlo. Eso sí, llámame en cuanto llegues y si necesitas algo más no dudes en decirme, eh. Y te doy un consejo: escucha bien; si quieres que tu relación con Bill funcione recuerda tres cosas: no seas terco, dile lo guapo que se ve cada día y si en algún momento quiere ver una película romántica finge que te encanta.

Suelto una carcajada. —Tomaré nota— digo riéndome.

—Buena suerte, hijo— dice sinceramente —Cuida a ese chico; se nota que te quiere; reconozco las miradas enamoradas…

—Lo haré— aseguro antes de despedirme y colgar.

Suspiro profundamente. Busco en mis contactos hasta dar con el número de Georg. Espero unos segundos hasta que contesta al instante.

—¿Qué pasa, Amanda?— dice llamándome como la niña con trenzas de Matilda; desde que vio la película no deja de llamarme así cuando quiere molestarme —¿Qué es lo que te cuelga tras las orejas?— pregunta burlón.

—No seas idiota; ¿tienes noticias de Ria?— pregunto rápido sin dejar de mirar por la habitación por si Bill sale; no quiero que me escuche. Georg suelta un bufido.—Sí, la encontraron en el sitio donde Scar la dejó tirada. Está en el hospital, en estado crítico— me dice y yo sonrío irónicamente.

—Bien merecido lo tiene por perra— suelto sin remordimientos —Pero cuando se recupere, dile que su pesadilla aún no ha terminado. Porque cuando vuelva, si puedo, la mato. Y necesito que le hagas una pequeña visita a Marc Eggers, no puedo hacerlo yo porque ya me tengo que ir. Pero quiero que le digas también que en cuanto pueda iré tras él.

Georg ríe —Les haré llegar el mensaje.

—¡Tooomm!— escucho que mi moreno me llama desde la habitación —¡¿Puedes venir, por fa?!

—Ay, tu princesita en apuros te necesita— sonrío, recordando las veces en que lo llamé así hace tiempo y lo mucho que se enfadaba.

—Tengo que irme, hablamos luego, Geo— digo rápido antes de colgar.

Guardo el móvil en el bolsillo y vuelvo a la habitación, donde encuentro al moreno luchando con su bolso, intentando cerrarlo sin éxito. Está lleno de cosas, ¿qué tanto metió dentro? Solo debía empacar lo necesario porque en Los Ángeles me encargaré de comprarle más ropa y si es posible más de lo que tenía en su casa. Al verme, me mira con un puchero adorable.

—Tommie, ayúdame…— pide con voz de niño pequeño.

No puedo evitar sonreír al verlo así. Me acerco y, con un par de movimientos, logro cerrar el bolso sin problemas. Mi novio sonríe satisfecho y me abraza por la cintura. —Eres el mejor.

—Lo sé, princesita en apuros— respondo con una sonrisa traviesa; gracias a Georg recordé ese detalle y ¿por qué no revivir viejos tiempos? Mi moreno me mira con el ceño fruncido y yo suelto una risita.

—No es gracioso— dice negando lentamente con la cabeza.

—¿Qué? Sí lo eres, bebé. Eres mi princesita en apuros, ¿cuántas veces te salvé la vida, eh?— entonces él rueda los ojos —Príncipe hermoso, ¿sabes que te amo, verdad?

—No— dice haciendo un puchero —Dime que me amas a ver si te creo.

Sonrío enternecido —Te amo, mi vida— susurro contra sus labios antes de empezar a llenarle la boca de besos desesperadamente porque es que sus labios son una tentación. Me provoca morderlos y jalarlos mientras los chupo; me encanta el sabor a frambuesa del gloss que usa. Nos separamos y chupo su lengua robándole un gemido suave que me activa el modo cachondo, joder. Lo abrazo y escondo mi cabeza en la curvatura de su cuello y hombro —Billie, quiero…

—¿Mhmm?— me responde con un tono suavecito en mi oído comenzando a dejar besitos en mi cuello. Ay, Dios. Me hace suspirar.

Y más al saber que está de puntitas para estar a mi altura; sus manos se dirigen a mi pecho y, joder, acabamos de ducharnos porque por las ganas que teníamos terminamos en la cama desnudos nada más llegar. No puedo permitir que eso pase ahora o se nos hará tarde. Me lo quiero coger, pero primero tengo que asegurarme de sacarlo de aquí.

—Amor…— susurro y él se separa para verme con un puchero.

—Sí, ya sé. Tenemos que irnos— responde sin esperar a que yo se lo diga. Parece que se ha molestado; ay mierda.

—No te enfades, morenito.

—No lo estoy, solo… vámonos, no quiero estar más aquí. Cuanto más tiempo pasemos aquí, más probable es que nos encuentren; Baldrich una vez me trajo aquí y sabe dónde vives. Su memoria es… joder, mejor no te explico.

Asiento, me alejo de él y busco un par de gafas oscuras para usar y pasar más desapercibidos, me toma de la mano y con la otra me hace sostener mi mochila. Salimos de mi habitación; no se nos quedaba nada. Absolutamente nada.

Salimos del edificio, el cielo está oscuro con sus típicas estrellitas. La calle iluminada por las farolas y el frío que hace es horrible, aun así entramos al aparcamiento, busco mi moto y ambos nos subimos a ella. Nos ponemos los cascos y coloco mi mochila sobre las piernas de mi novio, subo los pies a los estribos y acelero al salir del aparcamiento a una velocidad considerable porque sé lo mucho que se asusta mi chico si acelero de más. Me detengo en el local de Rizzo, el tío que se encarga de las identificaciones falsas. Bajo de la moto después de que mi novio lo hace y le pido que me espere junto a la moto.

Él no me pregunta nada, solo asiente. Toco la puerta del local y se abre al instante por uno de sus hombres, encapuchado y con un arma que oculta entre su pantalón y su camisa.

—Código— dice con voz ronca y yo pongo los ojos en blanco.

—Soy un lindo osito de peluche— susurro y el hombre, tras unos segundos, abre la puerta solo lo suficiente para que yo pueda entrar. Lo hago echándole un último vistazo a mi novio que mira a todos lados inquieto. Suspiro y entro al interior del local mal iluminado.

Todo está exactamente como lo recuerdo: la tenue luz parpadeante sobre las paredes llenas de grafitis y carteles viejos, algunos con anuncios absurdos y otros claramente en clave para clientes habituales. El aire impregnado de humo de tabaco y un fuerte olor a alcohol barato, lo que me revuelve un poco el estómago del asco.

A la derecha, la mesa de siempre, cubierta de papeles desordenados, identificaciones a medio imprimir y una computadora vieja con la pantalla llena de líneas. Detrás del mostrador, el cristal rajado sigue en su sitio, protegiendo la pequeña caja registradora y, seguramente, un arma que Rizzo guarda por precaución. En una esquina, una cámara de seguridad cutre gira levemente, aunque siempre he dudado que realmente funcione.

Un par de tipos esperan en un sofá roto, conversando en susurros mientras pasan entre ellos una botella de vodka. La radio suena con música clásica, apenas audible entre el murmullo de quienes entran y salen con prisa. Ya no me sorprende la cantidad de clientes que tiene este lugar.

Lo que más me molesta es la maldita cortina al fondo, esa que cubre la trastienda donde Rizzo guarda lo bueno. Si tengo suerte, hoy no me hará esperar demasiado.

Apoyo un codo en el mostrador y espero. No pasa mucho tiempo antes de que Rizzo aparte la maldita cortina y salga a recibirme. El tipo sigue igual de asqueroso que siempre: chaqueta de cuero raída, barba mal afeitada y una cantidad exagerada de piercings en la cara. Al sonreír, sus dientes dorados brillan bajo la escasa luz del lugar y antes de decir nada escupe al suelo sin vergüenza alguna. Hago una mueca.

—Míralo nada más, el niño bonito ha vuelto— suelta con su voz rasposa, apoyándose en el mostrador con una sonrisa burlona —¿Vienes por lo tuyo?

Yo asiento sin ganas —Sabes que sí.

Rizzo chasquea la lengua y se cruza de brazos. —¿Sabes? Siempre me acuerdo de la primera vez que entraste por esa puerta. Un crío flacucho de quince años con más cara de susto que de delincuente— comenta entre risas dándome un manotazo en el hombro —Querías una identificación falsa para meterte a un club de alterne, ¿te acuerdas?

Pongo los ojos en blanco —No es como si lo hubiera olvidado.

—¡Claro que no!— Rizzo se ríe a carcajadas mostrando aún más sus dientes dorados —Viniste con un par de billetes arrugados hablando como si fueras el rey del barrio. «Necesito un buen documento, que parezca real, no una mierda de principiante», dijiste. Pero no engañabas a nadie; estabas temblando.

Aprieto la mandíbula pero no puedo negarlo. Había sido un niñato idiota creyéndose el más listo del mundo. —¿Vas a darme las identificaciones o vas a seguir contando historias?

—Tranquilo, chaval, solo estoy recordando los viejos tiempos— Rizzo sonríe socarronamente y saca un sobre de debajo del mostrador. Lo lanza sobre la superficie con un golpecito —Aquí están, recién salidas del horno. Buena calidad, como siempre. Podrías usarlas hasta para casarte si te da la gana.

Cojo rápidamente el sobre y lo abro para revisar las identificaciones. Mi moreno bajo el nombre «William Smith» y yo como «Nicolás Winter». Nuestras respectivas edades, las fotos y el número. Todo en orden.

—Buen trabajo— murmuro, guardándolas en la chaqueta.

—Siempre lo es— dice Rizzo, guiñándome un ojo. Sus ojos son completamente negros porque lleva lentillas que le cubren todo el ojo. Se ve ridículo. —Pero no gratis, ya sabes cómo va esto.

Suspiro y saco un fajo de billetes, se lo paso sin muchas ganas y Rizzo lo coge, contando el dinero con calma y esa sonrisita pícara que tanto me molestaba.

—Un placer hacer negocios contigo, chaval. Hasta la próxima.

No respondo. Simplemente giro sobre mis talones y salgo de allí, sin ganas de escuchar otra de sus chanzas.

Miro con cara de póker al hombre en la entrada que me abre la puerta para dejarme salir, ni siquiera me despido. Mi novio está apoyado en la moto, de una forma muy sexy con el casco bajo el brazo. Una sonrisa se dibuja en sus labios al verme, y cuando estamos cerca no tarda en preguntar —¿Qué hacías ahí dentro, eh?

—Buscaba esto— le respondo mostrándole el sobre; mi chico bonito lo mira con confusión en su expresión. —Son un par de identificaciones falsas— le aclaro antes de que pregunte.

—Oh…— exhala.

—Vamos, amor. Ponte el casco— él me hace caso mientras me entrega el mío y yo me lo pongo mientras él se coloca el suyo. Me subo a la moto, la enciendo, le ayudo como siempre a poner los bolsos sobre sus piernas y acelero.

El siguiente destino es el aeropuerto; le dejaré mi moto a Paco, sé que él se encargará de llevarla a casa de mis padres o mejor aún, a mi local donde solemos reunirnos los chicos y yo.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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