Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 37

El rugido de la moto se apaga en cuanto giro la llave y la saco del contacto. Suelto un suspiro y aparto los bolsos de las piernas de mi chico para ponerlos en el suelo antes de ayudar al moreno a bajarse también y luego hacerlo yo. Se quita el casco al mismo tiempo que yo, sacudiendo un poco el pelo mientras sus ojos recorren el aeropuerto con esa mezcla de nerviosismo que contagia, joder.

El lugar es un caos, como siempre. Gente corriendo con maletas, niños llorando, despedidas apresuradas y los altavoces soltando anuncios a cada rato sobre vuelos próximos a despegar. El aire acondicionado está demasiado frío para mi gusto, y el olor a café barato se mezcla con el perfume de docenas de personas que van y vienen con prisa. Miro de reojo las pantallas que muestran los horarios de vuelo.

«Los Ángeles, California. 4:20 AM.»

Vamos bien.

—Vamos, cariño—murmuro, ajustando la correa de mi bolso y tomando a mi chico de la mano.

—Tom, espera—mi moreno me detiene en medio de la multitud tomando mi mano y tirándome hacia él, lo miro atento —¿Y si mi padre mandó algún informe aquí y a los demás aeropuertos?— pregunta —Lo conozco, sabe que me voy a escapar contigo y seguramente ya se ha puesto manos a la obra. No quiero que den con nosotros, ¿entiendes?

—¿Por qué crees que mandé hacer identificaciones falsas?— le pregunto acariciando su mejilla —Mi padre tiene un amigo aquí, él nos va a ayudar a pasar sin problemas.

Él suspira. Nos abrimos paso entre la multitud hasta llegar a la fila del check-in. No tengo boletos impresos porque mi padre los ha comprado en línea, pero eso no importa. Cuando llega nuestro turno, me acerco al mostrador sin vacilar. Paco nos recibe con su sonrisa de siempre. Tiene una barba bien recortada, gafas cuadradas y ese aire relajado de alguien que se pasa las reglas por el forro cuando le conviene. Mi viejo lo conoce desde hace años y, aunque no confío en muchos, sé que Paco jamás me delataría.

—Ay, los fugitivos del año— suelta en tono burlón bajito mientras teclea algo en su ordenador —¿Listos para volar?

Apoyo los codos en el mostrador y le sostengo la mirada. —Solo si nos dejas pasar sin dar mucho por saco, ya sabes.

Paco ríe bajo. —Tranquilo, tu padre ya me lo ha contado. Pero sabes que siempre hay preguntas de rutina. Dame las identificaciones— pide. Saco los documentos falsos y se los deslizo sin prisa. Paco los toma, los mira con una ceja levantada, luego nos mira a nosotros. No parece demasiado impresionado. —¿Destino?— pregunta.

—Los Ángeles, California— respondo; mi moreno me sujeta fuerte del brazo. Mira a todos lados temiendo que alguien lo reconozca y es que Jhörg pudo haberlo reportado como desaparecido a la policía o peor aún, secuestro.

—Ajá…— Paco teclea algo más y luego sonríe de lado —Y dime, Tom, ¿sigues metiéndote en líos o esta vez es un viaje de placer?

Le devuelvo la sonrisa. —Siempre de placer. ¿Todo bien o nos harás perder el vuelo?— Paco bufa y nos devuelve las identificaciones.

—Pueden pasar. Que no os atrapen haciendo tonterías— tomo los documentos y le doy un leve golpe en el hombro antes de agarrar mi bolso y tomar de nuevo la mano de mi chico. Las gafas oscuras nos hacen pasar desapercibidos; las identificaciones y la ayuda de Paco han sido clave para pasar sin que se den cuenta de los documentos falsos.

—Nos vemos, Paco— pero me detengo al instante al recordar algo; dejo las llaves de mi moto sobre el mostrador y él me mira fijamente —Lleva mi moto a casa, tú o manda a cualquiera de tu confianza. Llamaré para preguntar y ojo, es mi bebé; no quiero ni un solo rayón. Ahora sí, hasta luego.

—Que os vaya bien, niños— responde él sin dejar de sonreír, ya concentrado en la siguiente persona de la fila.

Nos acercamos al control de seguridad con paso firme; aunque siento a mi moreno cada vez más tenso a mi lado. La fila avanza lento; la gente se quita cinturones, relojes y saca portátiles de sus mochilas antes de pasarlos por la cinta transportadora. Los agentes de seguridad parecen indiferentes, pero yo sé que si ven algo raro no dudarán en joder a cualquiera. Cuando llega nuestro turno coloco el bolso en la bandeja de plástico sin dudar; saco el móvil y las llaves antes de empujarlo hacia el escáner.

Mi chico hace lo mismo; aunque se nota que no está acostumbrado a esto. ¿Acaso él nunca ha viajado? Desde que lo conozco nunca lo he perdido de vista; su vida siempre fue una rutina. Quizás no ha viajado.

Avanzamos hacia el detector de metales.

Paso uno. Ni un pitido. Bill me sigue y tampoco suena nada. Los agentes nos miran con poco interés antes de indicarnos que podemos recoger nuestras cosas. Cojo mi bolso y el de mi chico, dándoselo sin decir nada.

Seguimos caminando hasta llegar a la sala de embarque. Las pantallas digitales anuncian los vuelos en curso y, en la parte de arriba, nuestro destino ya muestra el aviso de «Embarque en curso». Avanzamos hasta la puerta de embarque, donde una azafata pide los billetes a los pasajeros antes de dejarlos pasar. Saco el móvil y le muestro el código QR de nuestra reserva que me mandó mi padre después de comprar los billetes. La mujer lo escanea sin problemas y nos hace un gesto para seguir adelante.

Caminamos por el túnel de embarque, el sonido de nuestras pisadas resonando en el pasillo cerrado. Mi chico va en silencio, y no puedo evitar mirarlo de reojo. Se le ve nervioso, pero al menos ya estamos dentro. Subimos al avión y buscamos nuestros asientos. Nos toca juntos, junto a la ventanilla. Dejo mi bolso en el compartimento superior y me dejo caer en mi asiento, soltando un suspiro.

Mi chico hace lo mismo, ajustándose el cinturón con manos algo temblorosas. —Ya está, ¿ves?— murmuro, dándole un pequeño beso en la frente.

Me sonríe —Ya quiero irme de aquí— susurra.

—Falta poco.

Minutos después, las puertas del avión se cierran. El sonido del sistema de altavoces se activa, y la voz del capitán resuena en la cabina con esa calma fingida que todos los pilotos parecen tener. —»Señoras y señores, os damos la bienvenida a bordo. En unos minutos despegaremos con destino a Los Ángeles, California. Os pedimos que abrochen vuestros cinturones y sigáis las indicaciones de la tripulación. El vuelo tendrá una duración aproximada de once horas. Os deseamos un buen viaje.»

Trago saliva y aprieto los reposabrazos con ambas manos. La tensión en mi cuerpo es palpable y mi novio se da cuenta al instante —¿Estás bien, cariño?— pregunta en voz baja, girándose un poco hacia mí.

—Sí… sí, claro— murmuro con inquietud, delatándome por completo.

Ladea la cabeza y frunce ligeramente el ceño. —Mentiroso.

Cierro los ojos un momento y respiro hondo. —Odio los aviones; le… temo a las alturas o peor aún, a morir en una cosa de estas. Aún soy muy joven y no te he disfrutado lo suficiente. Quiero dejarte embarazado, verte con una gran barriguita, ver cómo tienes a nuestro bebé y casarme contigo. Si morimos seré un alma moribunda porque no pude ser feliz…

Él deja escapar una risita. —Ay, mi amor, no seas tan dramático; estás conmigo. No va a pasar nada, te lo prometo— susurra.

Yo bufo y desvío la mirada hacia la ventanilla, como si la simple idea de ver el cielo me revolviera el estómago. Mi chico me observa por un momento antes de levantar una mano y acariciarme suavemente la mejilla con el dorso de los dedos.

—Oye, amor, mírame— obedezco al instante con cierta reticencia, y mi novio me regala una de esas sonrisas suyas dulces que me embelesan antes de inclinarse un poco y dejar un beso en la comisura de mis labios. —Vamos a distraernos, ¿sí? Hablemos de otra cosa… ¿sabías que en Los Ángeles hay un bar donde puedes adoptar perritos mientras tomas café?

Arrugo la frente evitando reírme. —¿Qué?

—Sí, lo juro— dice ensanchando su sonrisa —Entras por una copa y sales con un chihuahua.

—Eso es un secuestro de perros disfrazado, moreno— le digo.

—No lo creo…

Suspiro, sintiéndome más calmado y él se da cuenta. Antes de poder seguir hablando, una azafata se acerca para dar las indicaciones de seguridad. Mi novio la mira y levanta una mano suavemente.

—Disculpe señorita, ¿podría traerme una botella de agua y una pastilla para la ansiedad? Mi novio no se siente muy bien— le dice en cuanto obtiene la atención de la chica. La azafata sonríe con amabilidad y asiente.

—Claro, joven. Vuelvo en un momento.

Cuando se va, mi moreno vuelve a fijarse en mí. —No hacía falta que hicieras eso— le digo cruzándome de brazos.

—Claro que sí, cariño. No quiero que lo pases mal— susurra él haciendo un pucherito que me hace relajarme. ¿He mencionado ya lo vulnerable que soy ante él? Se inclina y me da un beso en la mejilla —Además, estás tan mono cuando estás nervioso. Con esa carita de susto y esos ojitos dilatados, ay…

Suelto una risita —Eres malo, Billie…

—Y tú un miedoso— responde él. Ahora el nervioso soy yo.

Niego con la cabeza, pero él aprovecha mi distracción para seguir mimándome. Me acaricia la nuca, me llena de pequeños besos en la mejilla y me susurra cosas bonitas. Me siento como el niño más consentido del mundo. Es la mejor sensación, me encanta recibir sus caricias suaves y lo que me dice me hace sonrojar. Así sigue hasta que la azafata interrumpe nuestro bonito momento. Ahg…

—Aquí tiene, joven— dice, entregándole a mi moreno la botella de agua y la pastilla en un pequeño envoltorio —Espero que le ayude.

—Muchas gracias— responde él educadamente antes de volverse hacia mí —Toma, cariño, bébela y relájate.

No discuto porque conozco a mi chico y sé que se enfadaría si no le hago caso. ¡Ja! Recuerdo los dos meses de reposo cuando se enteró de que fingía tomarme las pastillas para luego tirarlas; es que esas cosas me ponían tonto y no me gustaban, pero él me obligaba a tomarlas y si no lo hacía se enfadaba tanto que me regañaba. Cojo la pastilla, la meto en la boca y bebo un sorbo de agua tragándola bajo su atenta mirada. Luego, me dejo caer contra el asiento con un suspiro profundo.

Mi moreno sonríe y entrelaza su mano con la mía —Así está mejor, Rey. Ahora solo tienes que pensar en que cuando aterricemos estaremos en un lugar nuevo… juntos— canta acercando su rostro al mío para rozar la punta de mi nariz con la suya y luego besa mis labios brevemente.

Apreto su mano suavemente y cierro los ojos, dejando que la pastilla haga efecto mientras mi novio sigue acariciándome con cariño.

&

Las horas pasan lentas y aunque he intentado dormir, no lo consigo. Me remuevo en el asiento, cambio de postura, cierro los ojos, pero mi mente no se apaga. Suelto un suspiro nasal y abro los ojos otra vez. Lo primero que veo es a mi novio con el asiento reclinado hacia atrás, prácticamente acostado con mi móvil. Frunzo el ceño con curiosidad; ¿me está revisando el móvil?

Giro un poco la cabeza para ver qué hace. Está concentrado, con la lengua asomando entre los labios, jugando a uno de los muchos juegos que tengo instalados en el móvil. De esos sin Internet donde hay que apuntar bolitas y hacerlas explotar. Reconozco el juego al instante; es el que más juego cuando estoy aburrido. Sonrío.

—¿Estás robándome el móvil para jugar?— mi novio da un pequeño brinco y aprieta el móvil contra su pecho en cuanto me escucha. Como si lo hubieran pillado in fraganti. Luego levanta la barbilla con toda dignidad.

—Técnicamente no lo he robado— dice —Solo lo he tomado prestado, ¿por qué? ¿Me vas a regañar por cogerlo sin preguntar?— hace un puchero —Solo quería entretenerme un ratito.

Río bajo y me inclino hacia él, susurrándole al oído con voz ronca: —Sabes que hay otras formas de entretenerte en un avión, ¿no? Bebé…

Mi moreno gira la cabeza y me mira con una ceja arqueada —Ah, ¿sí? ¿Y cuáles serían esas otras formas?— pregunta con voz sensual. Maldita sea.

Me acerco más, rozando apenas sus labios con los suyos —Bueno… podríamos jugar otro tipo de jueguito— mi mano se escabulle entre sus piernas, la meto debajo de esa sudadera holgada tocando su miembro sobre la tela del boxer de encaje que usa. Recuerdo que no se puso algún short debajo y eso me daba más libertad. Sin dejar de mirarlo fijamente, meto mi mano dentro de sus boxers y tomo su miembro, sus labios se abren ligeramente y jadea de forma ahogada. —¿Quieres jugar, bebé?— le pregunto amando sus eróticas expresiones mientras lo toco dándole placer.

Mi moreno suelta una risita perdido en las sensaciones que le causo al jalar su pene a una velocidad considerable. Con mi cuerpo cubro el suyo de cualquiera y con la sudadera tapando sigo masturbándolo. —Dios…— suspira echando su cabeza hacía atrás —Eres un pervertido.

Sonrío, viendo cómo muerde su labio inferior para no hacer ruido. Su pene se pone más duro en mi mano, lo siento caliente y en la punta el líquido preseminal se escurre de una manera que me encanta. Siento como mi propia entrepierna va despertando poco a poco con tan solo verlo retorcerse de placer, jadeando bajito.

—¿Vamos al baño?— le pregunto y él asiente aturdido. Saco mi mano de entre sus piernas y él se acomoda la sudadera. Nos ponemos de pie y caminamos por el pasillo al baño, al cuál entramos juntos sin que nadie se de cuenta porque los pasajeros duermen y las azafatas están en lo suyo. Cierro bien la puerta y me giro para tomar a mi novio de las mejillas y besarlo.

Nuestros labios se encuentran, todo en mí se tensa y se enciende a la vez. Su boca es suave, exigente, y su lengua se desliza entre mis labios con desesperación. Sabe a deseo, a necesidad. Mis manos suben por su nuca, enredándose en su cabello negro, atrayéndolo más, asegurándome de que no se aparte. Él gime contra mi boca, y ese sonido me incendia.

El beso se vuelve más intenso, más profundo. Mordisqueo su labio inferior, saboreándolo, arrancándole otro suspiro que me hace apretar los puños contra su cintura. Es un beso húmedo, voraz, de esos que dejan sin aire, que no tienen ni principio ni final, solo ganas de más.

—Nnh…— gime de forma contenida en cuenta lo giro haciendo que su espalda choque con la puerta y comienzo a frotar mi erección con la suya. Cierra sus ojos y con las manos se tapa la boca —Hnn…

—No te tapes, te quiero escuchar— le ordeno y él aparta sus manos rápidamente.

Tomo el borde de su sudadera y la subo hasta sus axilas, me arrodillo frente a él y observo su miembro mojado y rojito entre el encaje. Comienzo a lamer sus piernas, lo hago de forma lenta y tortuosa sintiéndolo tenso. Muerdo la piel en sus muslos y luego bajo el boxer dejando su pene a la vista y sin pensarlo dos veces me lo meto a la boca. Humm, yo dije que quería probar la miel que hay entre sus piernas.

—Ahh…— jadea y aprieta sus labios con fuerza —T-tom…

Succiono su pene con ganas, metiéndolo y sacándolo de mi boca haciendo presión con mis labios en la base. Paso la punta de mi lengua incontables veces por el glande y Bill ahoga un chillido siseando. Lo siento regocijarse ante el placer, y amo el sabor del semen que chorrea en la punta cada vez que paso mi lengua por ahí. Me pongo de pie cuando siento que está a punto de correrse y le doy la vuelta, su mejilla queda contra la puerta junto a las manos y yo me encargo de sacar mi miembro fuera.

—Quiero comerte el culo, bebé. ¿puedo?

—Lo que quieras— gime con voz amortiguada. Sonrío ante su entrega y vuelvo a ponerme de rodillas. Beso una de sus nalgas y luego tomo ambas con mis manos para separarlas y dejar su entrada ante mis ojos. Escupo y rápidamente hundo mi rostro entre sus nalgas usando mi lengua para estimular mientras me masturbo; doy lengüetazos de arriba abajo sintiéndolo temblar. Sus piernas flaquean y se aferra a la puerta, introduzco mi lengua en su esfínter y siente como la aprieta mientras la meto dentro, penetrándolo con ella.

—Mhmm…— gime nuevamente con sus ojitos cerrando —Ohh…, uhmm…

Cuando lo siento lo bastante lubricado, saco mi lengua, doy otro lengüetazo antes de levantarme y alinear la punta de mi pene en su entrada. Lo voy introduciendo poco a poco hasta estar completamente dentro y ambos gemimos, —Dios… estás delicioso— susurro poniendo mi mentón sobre su hombro. —¿Quieres que me mueva ahora, amor?

—Oh, sí… por favor, Tommie…

—Dilo— gruño, sacándolo y frotando la punta de mi miembro con su entrada. —Dime cuánto lo quieres…

—Lo quiero… lo quiero tanto…— me dice entre suspiros, que, joder. Sin avisarle vuelvo a clavarme de una sola estocada robándole un gritito gutural. Sus uñas rasgan la puerta al instante —Dios, sí… sí…

Lo embisto de una forma necesitada, sin importarme que lo hubiésemos hecho horas atrás. Solo quería tenerlo ahí, poseerlo y lo estoy haciendo. Bajo la mirada, separo sus nalgas para ver de una mejor forma como mi miembro entra y sale de su ano de una forma guarra y deliciosa. Mi amorcito gime, gime sin contenerse y se supone que debemos preocuparnos por si alguien nos escucha pero, joder, es imposible callar cuando estás siendo, prácticamente, asfixiado por el placer.

—Mírate, bebé. Tan necesitado, ¿quieres que siga, moreno?— le pregunto sintiendo el poder de los espasmos recorrer mi cuerpo, alterando mis sentidos, mis ganas de aumentar la velocidad. De joderle el culo de la manera más sucia posible, sin que pueda caminar mañana.

—Ngh… no pares— me ordena entre gemidos delirantes —P-por favor… más…

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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