
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 40
By Bill
Me siento fatal.
Otra vez.
Desde que me he despertado, tengo una sensación de pesadez en todo el cuerpo, como si me hubieran dado una paliza mientras dormía. Cierro los ojos y respiro hondo, tratando de calmarme, pero el malestar sigue ahí. Tom está a mi lado, durmiendo como un tronco, su pecho sube y baja con tranquilidad, ajeno a mi miseria matutina.
Intento levantarme con cuidado para no despertarlo, pero en cuanto pongo un pie fuera de la cama, un mareo me da de lleno. Me agarro del colchón y espero a que pase, respirando hondo. Joder. Cuando al fin consigo incorporarme, camino tambaleándome hacia el baño, con la esperanza de que mojarme la cara me ayude a despejarme. Pero en cuanto entro, el olor a jabón y pasta de dientes me resulta insoportablemente fuerte.
Doy un paso atrás, con una mueca de asco. —Qué demonios…— susurro, frunciendo el ceño.
Nunca había sido tan sensible a los olores y ahora hasta el aroma del baño me desagrada. Sacudo la cabeza y me lavo la cara rápido antes de volver a la habitación. Mi novio sigue dormido, su respiración es tranquila y su rostro relajado. Me recuesto a su lado, sintiendo de inmediato su calor envolviéndome.
Él se mueve un poco, removiendo las sábanas, hasta que de repente su brazo me rodea por la cintura y me atrae hacia él —¿Otra vez?— me pregunta con su voz adormilada.
—Hujum. Me siento… raro. No sé explicarlo— murmuro.
Mi hombre suspira y acaricia mi espalda con ternura, como si fuera un niño pequeño. Cierro los ojos y disfruto de sus mimos como siempre, dejando que su calidez me calme un poco. Pero la paz dura poco. Cuando él se aparta para verme mejor, su expresión se vuelve seria. —Moreno, llevas días así. Tal vez deberíamos ir al médico.
Abro los ojos de golpe —¡No necesito un médico, Tom! ¡Solo estoy un poco cansado!
Él me observa sorprendido por mi reacción explosiva. —Vale, vale… tranquilo, amorcito— dice con una media sonrisa —No hace falta que me grites.
Frunzo el ceño y me cruzo de brazos —No te grité.
Mi novio levanta una ceja y reprime una risa —No, claro que no…
Lo miro con mal humor y me aparto de él, dándole la espalda. Estoy irritado y ni siquiera sé por qué. Hace un segundo quería que me abrazara y ahora no quiero que me toque. Dios, ¿qué me pasa? Tom suspira y me jala de nuevo hacia él, ignorando mi resistencia. —Vamos, no te enfades…, si no quieres ir al médico está bien. Pero déjame cuidarte, ¿vale?
Sus palabras en vez de calmarme me hacen sentir una culpa absurda. Me muerdo el labio y asiento en silencio, dejándome relajar otra vez en su abrazo. Siento que mi cuerpo y mis emociones están en guerra y lo peor es que no sé por qué.
Cierro los ojos y como siempre, por el cansancio del que no sé de dónde viene, me quedo dormido. Así permanezco unas horas después, justo cuando amanece. Siento que mi cabeza pesa toneladas al abrir los ojos. No sé cuánto tiempo he dormido pero la luz que entra por la ventana dice que ya es de día. Parpadeo un par de veces tratando de despejarme pero sigo sintiéndome tan agotado como antes.
Un suspiro me hace girar la cabeza. Mi novio está a mi lado observándome con el ceño fruncido. Su mano está en mi frente como si estuviera comprobando si tengo fiebre.
—Sigues pálido, bebé— murmura apartando mi pelo con suavidad. Intento sonreír pero estoy tan cansado que ni eso puedo hacer aunque sea insignificante.—No pasa nada, Tommie… solo… creo que necesito salir un rato.
Él me mira con dudas. —No sé si es buena idea. Estás muy raro estos días.
Me esfuerzo por incorporarme y me froto los ojos. —Por eso mismo, cariño. Necesito aire. No quiero estar aquí todo el día sintiéndome como un trapo viejo.
Mi novio suspira, resignado. —Está bien, pero si te sientes mal, volvemos al instante.
Asiento y me levanto con un poco de torpeza. Él me ayuda a ponerme en pie, aunque no me gusta sentirme tan débil como para necesitar asistencia. Entramos al baño juntos porque ni siquiera me dejó ducharme solo, me ayudó incluso a vestirme y a secar mi pelo con la secadora. Cuando estamos listos, salimos del hotel. El aire fresco me golpea la cara; Tom camina a mi lado con las manos en los bolsillos de sus vaqueros holgados. De vez en cuando gira la cabeza para mirarme. No dice nada, pero sé que me vigila.
Sonrío para tranquilizarlo, aunque en realidad me siento más cansado de lo habitual. No sé qué me pasa últimamente. Estoy agotado todo el tiempo, y por más que duerma, no se me quita. Pero no quiero preocupar a mi novio más de lo necesario.
—¿Quieres ir a la tienda de discos antes de comer?— pregunta, sacándome de mis pensamientos. Su tono es casual, pero noto que intenta mantenerme distraído.
—Sí, claro. Me vendría bien ver algo nuevo— respondo, forzando entusiasmo.
Damos unos pasos más y, de repente, todo se siente raro.
Es como si el mundo se inclinara de un lado a otro. Mis oídos zumban, mi visión se vuelve borrosa y una sensación de náusea me revuelve el estómago. Intento seguir caminando, pero mis piernas se sienten como gelatina y, en un instante, todo mi cuerpo pierde fuerza. —Tom…— alcanzo a susurrar antes de que mis rodillas cedan.
No llego a tocar el suelo.
Antes de que mi cuerpo caiga completamente, siento unos brazos fuertes sosteniéndome. La voz de mi novio suena alarmada sobre mi cabeza, pero no puedo distinguir lo que dice. Mi respiración se agita; mi pecho sube y baja con rapidez. Siento frío, un frío helado recorriéndome la espalda y mi cabeza pesa como si estuviera hecha de plomo.
—¡Bill! ¡mierda, cariño, háblame!— me sacude suavemente, pero yo apenas puedo mantener los ojos abiertos. Mi cuerpo entero se siente pesado.
La confusión en su rostro me duele más que el propio mareo. Sus manos me sujetan con fuerza, como si tuviera miedo de que desapareciera. No entiendo por qué me siento así. ¿Por qué me cuesta tanto reaccionar? ¿por qué siento que el suelo se mueve bajo mis pies? —T-Tom… estoy bien…— logro decir con voz débil tratando de mantener el equilibrio por mí mismo, pero ni yo me lo creo.
—No, no lo estás— dice con firmeza, su mandíbula apretada por la preocupación. Me sostiene contra su pecho y puedo sentir su corazón latiendo con fuerza —Esto ya me está preocupando más de lo normal, cariño.
Intento protestar, pero mi cuerpo no responde. Estoy demasiado débil, demasiado agotado. Y el miedo en los ojos de Tom es suficiente para hacerme callar. No quiero preocuparlo más de lo que ya lo he hecho, pero… tal vez él tenga razón. Tal vez esto no sea solo cansancio o un malestar. Mis ojos finalmente se cierran y todo a mi alrededor se oscurece.
Cuando abro los ojos, lo primero que veo es el techo blanco y el rostro preocupado de mi novio inclinándose sobre mí. Me siento aturdido; como si mi cabeza pesara el doble y todo me da vueltas.
—¿Mi amor? ¿me escuchas, cielo?— su voz suena tensa, llena de preocupación. Parpadeo varias veces antes de asentir con dificultad.
—¿Qué pasó…?— mi voz es un susurro, apenas reconocible.
—Te desmayaste, joder. Casi me matas del susto— Tom se deja caer a mi lado pasándose una mano por la cara. Parece más asustado de lo que quisiera admitir —¿Te duele algo? Estoy seguro de que quizás sí y solo no me dices para no preocuparme; pero no deberías ocultarme si te sientes mal.
Intento incorporarme, pero él me detiene al instante.—No, quédate quieto.
—Estoy bien— gruñí, apartando su mano con suavidad —Solo… me mareé un poco.
—»Un poco»— repite mirándome con incredulidad, cruzándose de brazos —Bonito, te desplomaste en plena calle. Te cargué hasta aquí porque estabas completamente inconsciente.
Frunzo el ceño. No recordaba haber perdido la conciencia, solo que todo se volvió borroso y oscuro de repente. —No es para tanto, cariño.
—¿No es para tanto?— su tono cambia, pasando de preocupado a exasperado —Bill, llevas días así, joder. Náuseas, mareos, cambios de humor… y ahora esto. Algo te pasa y no quieres admitirlo o no me quieres decir.
Me cruzo de brazos, sintiéndome irritado. —No estoy enfermo.
—¡Pues parece que sí!— exclama, pasándose una mano por sus trenzas —¿Y si es algo serio? ¿Y si realmente necesitas ir al médico?
Me tenso. La idea de un hospital, de médicos haciéndome preguntas y revisándome, no me gusta. Yo estoy bien, no hay necesidad de ir a sitios así —No necesito un médico— digo con firmeza —Solo estoy cansado.
—Billie, cariño…
—No quiero hablar de esto— lo interrumpo.
Tom aprieta la mandíbula, frustrado, pero suspira y se pasa una mano por la cara, rindiéndose por el momento. —Está bien. Pero si vuelves a desmayarte, no me importa lo que digas, te llevaré al hospital.
No respondo. Solo aparto la mirada, sintiéndome molesto sin razón. Me acomodo en la cama y agarro las sábanas apretujándolas en mis manos cubriendo todo mi cuerpo; siento cómo él se acomoda a mi lado y me abraza por la cintura. Me da besitos en el cuello subiendo a mi mejilla, hasta donde puede llegar y ronroneo porque, a pesar de estar enfadado, me encantan sus caricias.
Me consiente un par de minutos y vuelvo a caer dormido, sin ganas de comer.
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By Tom
Bill sigue dormido, tranquilo, ajeno a todo lo que me carcome por dentro. Paso los dedos por su cabello, enredándolos suavemente, disfrutando de su suavidad. Se ve tan pacífico cuando duerme, tan hermoso… pero no puedo evitar preocuparme. No es normal que se desmaye así.
No es normal que se maree tanto. Y mucho menos que casi no quiera comer. Algo le pasa y aunque me dice que está bien, yo sé que no lo está. Aprieto la mandíbula. No me gusta sentirme impotente. No me gusta no saber qué hacer. Pero hay alguien que sí puede ayudarme.
Suelto un suspiro y saco el móvil con cuidado, procurando no despertarlo. Busco el contacto de Matheew y marco mientras me pongo de pie con cuidado de no despertar a mi morenito que duerme plácidamente como el angelito gruñón que se ha vuelto. Mi precioso amor. Salgo de la habitación y cierro con cuidado la puerta; Dick tarda un poco en contestar pero cuando lo hace su tono burlón es lo primero que aparece.
—Vaya, vaya, si es el fugitivo de la justicia que se robó a su novio y al cual su suegrito odia. ¿Cómo va la vida por ahí donde estés?
Pongo los ojos en blanco. —No tengo tiempo para tus tonterías, necesito que me ayudes con algo, Dick.
—Uy, qué serio. ¿Se te ha roto el preservativo o qué?— pregunta y yo me río con burla.
—Nunca uso— le suelto y él se queda en silencio, sonrío —Exacto. Ahora cállate y escucha. Mi chico se ha estado sintiendo raro últimamente. Está pálido, se marea, se irrita por cualquier cosa, y hace unas horas se desmayó.
—Uy, ¿ha comido bien? ¿Está durmiendo lo suficiente?
—Sí, aunque ahora que lo pienso, últimamente duerme más de la cuenta.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea antes de que volviera a hablarme —¿Bill ha tenido fiebre?
—No.
—¿Dolor en el cuerpo, tos, gripe?
—Nada de eso.
Matheew suspira. —Tom, ¿cuándo fue la última vez que tuvisteis sexo?
Yo sonrío con picardía mientras me acerco al sofá para sentarme y estirar las piernas —¿Solo una vez? ¿O cuento todas las que hemos tenido en las últimas dos semanas?
—Cabrón, contesta.
Río —Hace dos días, la última.
—¿Usasteis protección?
—Ya te dije que con él nunca he usado protección, el preservativo es un estorbo y yo quiero dejarlo embarazado. Pero Bill mata a mis hijos con esas pastillas que se toma para que no lleguen a su destino— le respondo riendo suavemente.
Matheew guarda silencio unos segundos antes de hablar con seriedad. —Entonces hay una posibilidad de que Bill esté embarazado.
Y en ese preciso instante dejo de reír y me pongo serio, tan serio como nunca —No me jodas con eso, Dick.
—No estoy bromeando y no me llames así. Los síntomas encajan. Desmayos, náuseas, cansancio, cambios de humor… todo apunta a un posible embarazo.
Ay mierda, ¡¿cómo no lo pensé antes?! Me pongo de pie de inmediato y una gran sonrisa se ensancha en mis labios, la emoción comienza a circular por mis venas y me recorre todo el cuerpo mientras me relamo los labios. Pero claro, toda esa felicidad se va al traste cuando recuerdo a mi novio. Siento preocupación además de emoción porque la idea de que mi chico esté esperando un hijo mío me llena de una felicidad irracional, pero al mismo tiempo sé que mi hombrecito no quiere eso.
—Pero toma anticonceptivos todos los días— replico, intentando aferrarme a un hecho que descarte la idea.
—¿Y estás seguro de que no se olvidó tomárselos ni un solo día?
Yo estoy a punto de responder que sí, pero me detengo al instante. Eso no lo tengo asegurado. Sé perfectamente que Bill no es descuidado con ese tema, pero… ¿y si se le olvidó alguna? Seguramente no me lo mencionó porque se la tomó al día siguiente enseguida, ¿no? —No lo sé— susurro.
—Pues ahí tienes. Puede que haya habido un fallo o que haya olvidado tomarlas un par de días y ya con eso…
Me paso una mano por la cara. —¿Y cómo estás tan seguro?
—No lo estoy, pero por lo que me dices hay altas probabilidades.
Trago saliva. —Mierda…
Un bebé. Un hijo. Mi hijo. La idea me golpea como un camión y me deja sin aire. Es absurdo, es una locura; ¡es lo segundo mejor que puede pasarme porque lo primero es haber conocido a mi chico!… Algo dentro de mí se enciende.
—Tom— la voz de Matheew me regresa a la realidad.
—¿Qué?
—Antes de emocionarte, asegúrate bien. Habla con Bill, observa sus síntomas y compra una prueba. No lo presiones, pero tampoco lo dejes pasar.
Asiento, aunque él no puede verme. —Sí… sí, tienes razón.
—Y Tom…— repite y yo pongo los ojos en blanco.
—¿Qué?
—Si es embarazo y da positivo, no la líes.
Trago saliva antes de colgar. Con pasos lentos me acerco a la habitación y abro la puerta. Veo a mi moreno aún dormido, ajeno a todo lo que me ronda la cabeza.
—Mierda…— murmuro otra vez.
Tenía que hablar con él. Y pronto.
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By Bill
No sé qué hora es cuando vuelvo a despertar. Todo está oscuro, salvo por la luz tenue del pasillo que se cuela bajo la puerta. Me siento raro… otra vez. Mi cuerpo está pesado, como si me hubieran quitado toda la energía.
Me incorporo despacio, con cuidado de no despertar a Tom, que sigue dormido a mi lado. Su respiración es tranquila, pero su brazo sigue sobre mí, como si en sueños quisiera asegurarse de que estoy bien.
Pero no estoy bien.
Mi estómago da un vuelco y en un segundo me veo obligado a apartar su brazo y levantarme de golpe. Corro al baño, tropezando con mis propios pies en el camino, y apenas tengo tiempo de inclinarme sobre el váter antes de que las náuseas me golpeen con toda su fuerza. Dios… esto es horrible. Escucho un murmullo detrás de mí y, segundos después, siento una mano cálida en mi espalda.
—Billie…— la voz de Tom suena pastosa por el sueño, pero también preocupada —Joder, cariño…
Se arrodilla a mi lado y pasa sus dedos por mi cabello, apartándolo de mi cara con mucho cuidado. Me duele la garganta, los ojos me arden y siento el cuerpo tembloroso. —No puedo más…— murmuro con la voz rota.
—Lo sé, cariño, lo sé…— Tom sigue acariciándome, su otra mano baja a mi espalda y la frota suavemente —Respira hondo, ¿vale?
Intento hacerle caso, pero apenas logro controlar la respiración antes de que otra arcada me haga estremecer. Tom me sujeta con más fuerza y susurra palabras tranquilizadoras que apenas registran en mi cabeza. Cuando finalmente parece que mi estómago se calma, me dejo caer contra él, agotado. Él me sostiene, me envuelve con su calor. Durante unos segundos solo nos quedamos ahí, en silencio.
—¿Quieres que te traiga agua?— pregunta mi novio suavemente.
Niego con la cabeza, acomodándome contra su pecho. —Solo dame un momento…
—Tómate el tiempo que necesites, mi vida— su voz es un susurro ronco contra mi oído.
Cierro los ojos y respiro hondo, tratando de calmarme. Tom no dice nada más, solo sigue acariciándome. Es reconfortante. Después de unos minutos escucho su voz de nuevo, casualmente, como si solo quisiera llenar el silencio.
—Sabes…— empieza —Debería hacerme una lista de las cosas que te han dejado así. A ver si encontramos al culpable.
Sonrío un poco. —Buena suerte con eso.
—Podría ser algo que comiste… aunque hemos comido lo mismo— hace una pausa —O el estrés. Pero entonces yo también debería estar vomitando porque me estresas, cariño.
Ruedo los ojos y le doy un pequeño golpe en el pecho. —Idiota.
Tom suelta una risa suave y luego, con naturalidad, pregunta: —Oye, y…— desliza sus dedos por mi brazo —¿Alguna vez te olvidaste de tomar las pastillas?
El comentario me hace parpadear. —No…— respondo de inmediato, pero una punzada de duda me cruza la mente. Algo en mi cabeza se revuelve.
No. No estoy seguro.
Frunzo el ceño, como si intentara recordar algo borroso, una imagen enterrada en mi mente. Las pastillas… siempre las tomo. Es parte de mi rutina ahora, algo que hago sin pensar. Entonces, ¿por qué siento esta duda repentina? Mi estómago se contrae con inquietud.
Intento retroceder en mi memoria, buscando algún momento en el que mi rutina se haya roto. Y entonces, como un golpe seco, recuerdo aquella noche en la boda de Travis. El calor de la pista de baile. Las manos de mi novio recorriéndome, cómo nos escabullimos del lugar como dos adolescentes ansiosos. El coche. Los besos desesperados, las risas entrecortadas. Mi cuerpo sobre el suyo. No usamos protección, como siempre. Nunca la usamos porque yo… yo siempre me tomo las pastillas.
Pero después… La llamada de mi padre. Su voz dura, cortante, exigiéndome que volviera a casa de inmediato. Mi corazón empieza a latir más fuerte en el pecho. Recuerdo cómo se me hundió el estómago cuando llegué y lo vi allí, esperándome con el ceño fruncido y la mandíbula apretada. Su mirada de decepción, su furia contenida cuando me enfrentó y luego me mostró mi blíster de pastillas. En ese momento me faltó el aire. Me quitó el móvil. No tenía mi blíster esos días…
Tres días. Estuve tres días encerrado en mi habitación. Tres días sin poder salir. Tres días sin pastillas.
Y luego, Tom. Mi pecho se agita con el recuerdo de su voz, de su mirada cuando irrumpió en mi casa para sacarme de ahí. No hubo tiempo para pensar, solo corrimos. Nos subimos a su coche y él me llevó a su piso. Apenas cerró la puerta, nos besamos como si lleváramos años separados. Mis piernas temblaban, no solo por el miedo, sino por el alivio de estar con él. Lo necesitaba. Lo hicimos ahí, desesperados, sin pensar en nada más.
Después, el avión. Once horas de vuelo. Entre besos, caricias y susurros prometiéndome que todo estaría bien. Hicimos el amor en el baño del avión. Luego, el hotel. Exhaustos pero aún con ganas el uno del otro. Volvimos a hacerlo.
No fue hasta el día siguiente que Tom salió conmigo a dar un paseo y me compró las pastillas. Un escalofrío me recorre la espalda. Tres días sin tomarlas. Más lo de después… mi cabeza empieza a hacer cuentas y mi piel pierde color. No. Mi respiración se acelera.
No puede ser. No puede ser. Cinco días sin tomarme las pastillas, oh mierda.
Continúa…
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