
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 42
El silencio en la habitación se ha vuelto insoportable. Me siento atrapado, como si el aire estuviera cargado de algo denso que me impide respirar. Tom sigue delante de mí, abrazándome, con la prueba de embarazo aún en la mano, sin quitar la vista de las dos líneas que hay en ella.
No puedo mirarlo. No puedo ver la emoción en sus ojos porque sé que no siento lo mismo. Para él, esto parece ser algo increíble, un nuevo comienzo, algo que lo llena de ilusión. Para mí… es una maldita pesadilla. Respiro hondo y al final me obligo a hablar.
—Tom… yo no puedo tener este bebé.
Las palabras son simples, pero el impacto es inmediato. Sus ojos se levantan de la prueba y se clavan en mí; la emoción en su rostro desaparece al instante. —¿Qué?— pregunta separándose de mí al momento, como si no hubiera escuchado bien.
Trago saliva. No es que no lo haya oído. No quiere entenderlo. —No quiero tenerlo. No estoy listo.
Él frunce el ceño y su mandíbula se tensa. Sé que no le gusta lo que acaba de oír. —Willem Kaulitz, ¿qué tontería estás diciendo?
Cierro los ojos un momento, intentando no perder la calma. —Estoy diciendo que aún estoy a tiempo, que puedo… puedo solucionarlo.
—¿Solucionarlo?— su tono cambia y su voz se vuelve grave —¿Me estás diciendo que quieres matar a nuestro bebé?
El golpe de sus palabras me hace estremecer. —¡No lo llames así!— le grito sin pensarlo.
—¿Por qué no?— su mirada se oscurece —Porque si lo llamo «bebé» ya no puedes ignorarlo, ¿verdad? Porque si lo llamo así, tienes que aceptar que lo que quieres hacer es matarlo.
Siento un nudo en la garganta, pero no me voy a dejar manipular. —¡No es un bebé! Es un montón de células, un embrión, ni siquiera ha crecido lo suficiente como para…
—¿Y eso qué?— me interrumpe, dando un paso hacia mí —¿Por qué piensas que eso lo hace menos nuestro hijo?
Cierro los ojos con frustración y paso una mano por mi pelo, desesperado. —Tom, escucha lo que estás diciendo. ¡Yo no quiero esto! ¡no estoy listo para esto! ¡tengo solo diecisiete años, tengo planes, tengo sueños!
—¡¿Y quién dice que harás esto solo?! Yo voy a estar contigo, Bill. Sabes que siempre he querido esto.
—Sí, ¡pero yo también te he dicho que yo aún no quiero hijos! ¡maldición! ¡quiero estudiar, quiero graduarme, ir a la universidad! ¡lo sabes, carajo! Te lo he dicho mil veces, Tom.
—No estás pensando con claridad; ¿cómo se te ocurre siquiera pensar en abortar a nuestro hijo?
Mis manos se cierran en puños; la ira se acumula en mi pecho mezclándose con la ansiedad. —¡No es lo mismo! ¡No puedes obligarme a tener un hijo solo porque tú quieras!
Tom me mira como si acabara de abofetearlo. —¿Obligarte?
—¡Sí!
Resopla y sacude la cabeza con incredulidad. —No puedo creer que me estés diciendo esto.
—¡Pues créelo!— grito sin poder contenerme más —¡No quiero ser padre! ¡No quiero tener este bebé!
El silencio que queda es peor que la discusión. Tom me está mirando con una mezcla de rabia y decepción. Tiene las manos tensas, los labios apretados, y por un segundo creo que va a gritarme, o a darme una bofetada por lo que estoy diciendo, pero no lo hace. —Estás loco si piensas que voy a dejar que hagas esto— dice en un tono bajo, peligroso —Estás completamente jodido si crees que voy a dejar que mates a mi hijo, Willem.
Su mirada es intensa y firme, pero no me dejo intimidar. No voy a ceder. —No quiero tenerlo, Tom. No lo quiero.
Su mandíbula se tensa aún más, y sé que estamos al borde de una explosión. Aquí es donde todo se va al garete.
Tom se pasa una mano por las trenzas, respirando con fuerza. Está perdiendo la paciencia. —Bill, escúchame. No puedes hacer esto. No puedes simplemente decidir que este bebé no existe porque ahora no te viene bien.
—¡Es mi cuerpo, Tom!— le grito, sintiendo cómo mi pecho se llena de rabia —¡Mío! ¡Tú no tienes que cargar con esto, tú no tienes que pasar por todo lo que implica!
—¡Pero es mi hijo también!— ruge, dando un paso hacia mí —¿O qué? ¿Solo importa lo que tú quieras?
—¡Yo soy el que tiene que parirlo! ¡El que tendrá que cambiar toda su vida por esto!
—¿Y yo qué, Bill? ¿Crees que para mí esto no cambia nada?
—¡Oh, por favor!— suelto una risa amarga —Tú no entiendes nada.
—¡Claro que lo entiendo!— su voz sube de tono, sus ojos inyectados de ira —¡Estoy aquí, estoy contigo, quiero esto! ¿Por qué no puedes entender que esto es algo bueno?
Aprieto los dientes, sintiendo cómo mi rabia crece más y más. —¡Porque no lo es para mí! ¡Porque no quiero arruinar mi vida con esto!
Él me mira como si no pudiera creer lo que acaba de escuchar. —¿Arruinar?— su tono es bajo, peligroso —¿Eso crees que es este bebé?
Desvío la mirada.
—Bill…— su voz ahora es más controlada, como si estuviera conteniendo una tormenta —Estamos… estamos aquí, en Los Ángeles, juntos. ¿No era esto lo que querías?
Mis manos tiemblan. —Sí, pero no con un bebé de por medio.
—No puedo creer que estés haciendo esto— susurra, su voz temblando de frustración —¿En qué momento te volviste tan egoísta?
Algo dentro de mí se rompe por lo que me ha dicho. —¿Egoísta?
—¡Sí!
Ahí está. La gota que colma el vaso. La furia que llevaba conteniendo estalla de golpe. —¡¿Sabes qué, Tom?! ¡Eres un hipócrita!
—¿Qué?
—¡Toda tu maldita vida has hecho lo que te ha dado la gana sin importar a quién jodes en el proceso! ¡¿Y ahora te atreves a decirme egoísta a mí?!
Su expresión cambia en un segundo. Sus ojos se oscurecen y su mandíbula se tensa. —Bill…— su tono es de advertencia, pero no me importa.
—¡Tú no eres ningún santo, Tom! ¡Mírate! ¿Crees que porque estamos aquí todo lo que hiciste antes desapareció? No puedes borrar tu pasado solo porque ahora te conviene.
Él se queda en silencio. Lo noto respirar pesadamente, sus manos cerradas en puños. —¿Qué estás intentando decirme?— su voz es más baja y peligrosa.
Me río sin gracia. —¿De verdad quieres que lo diga en voz alta, cariño?
—Sí, dilo.
Mis labios se curvan en una sonrisa amarga. —Eres un jodido criminal, Tom. Y yo no quiero tener un hijo de un delincuente, no hasta que dejes toda esa vida atrás y empieces de nuevo— espeté —Quiero crecer profesionalmente, ser alguien en la vida, no permitir que este embarazo no deseado siga adelante y yo tenga que dejar todo lo que soñé. Te dije que los hijos vendrían más adelante…
El impacto de mis palabras es inmediato. Veo cómo se tensa, cómo su expresión se endurece. Es la primera vez que se lo digo. La primera vez que lo uso en su contra. Y por la forma en la que me mira, sé que le he clavado un puñal directo al pecho. Tom parpadea varias veces, con los labios entreabiertos como si quisiera decir algo, pero no puede. No le salen las palabras. Sus ojos se humedecen.
No sé por qué me duele verlo así. No quiero que me duela. ¡No debería dolerme! —Bill…— su voz es apenas un susurro.
Me mantengo firme. No voy a ceder.
—No puedo creer que me estés diciendo esto— murmura, negando con la cabeza —No después de todo lo que hemos pasado juntos.
Desvío la mirada. No quiero verlo así. —Tú lo dijiste, Tom. Vinimos aquí para empezar de cero. Para ser libres. ¿Cómo se supone que seremos libres con un hijo en medio?
—Un hijo no es una maldita cadena, Bill— su voz se quiebra —Es nuestro hijo, nuestro bebé, ¿cómo puedes pensar así? Te desconozco.
Mi pecho se aprieta con fuerza, pero no puedo dar marcha atrás. —No lo quiero— la frase sale más dura de lo que esperaba, pero no me retracto. Es la verdad. Entonces Tom se mueve y se arrodilla frente a mí; es algo que no esperaba y mis ojos se abren de golpe. —Tom, ¿qué estás haciendo?
Él levanta la mirada, sus ojos cristalinos brillando con algo que no quiero ver. —Por favor…— su voz es un eco desgarrador y susurrante —No lo hagas, moreno…
El nudo en mi garganta me sofoca. —Tom…
—Por favor, Billie…— sus manos temblorosas buscan las mías, pero me aparto. No puedo soportarlo. Sus lágrimas empiezan a caer; nunca lo había visto así. Nunca. —No quiero que hagas una locura— susurra —No quiero que hagas algo de lo que puedas arrepentirte, que te deshagas del bebé, ¿por qué no te das cuenta de lo bueno que es esto? Seremos padres y eso me emociona mucho. Siempre quise tener un hijo contigo, por favor…
Trago saliva con fuerza, luchando con todo lo que siento. —No voy a cambiar de opinión.
Él aprieta los labios. Su rostro es una mezcla de dolor y desesperación. —Bill…
—¡No, Tom!— me alejo de él, de su tacto, de su súplica —¡No me hagas esto! ¡entiéndeme a mí!
Él baja la mirada. Se rinde. Lo veo respirar hondo tratando de calmarse. Pero sé que no puede. Entonces se pone en pie; no dice nada más, solo se da la vuelta y se va. Sale del apartamento porque escucho cómo abre y cierra la puerta y yo me tumbo en la cama cayendo sentado con las manos en el rostro. Comienzo a llorar porque me siento impotente y sensible, culpable de haberle dicho que no quería un hijo suyo por su vida cuando eso nunca me ha importado.
.
By Tom
Nunca esperé una reacción así por su parte. Siempre pensé que quizás se negaría al principio, pero luego le parecería una idea genial formar una familia conmigo, y ahora, con lo que me ha dicho, toda esa idea se ha ido a la mierda.
Todo en mí está tenso, mi cabeza es un caos, mi pecho duele, me arde, como si algo dentro se estuviera rompiendo y no pudiera hacer nada para detenerlo. Y es que no puedo. Las palabras de mi moreno se clavan en mi mente como puñales, repitiéndose una y otra vez en un eco cruel del que no puedo escapar. ¿Cómo puede decirme eso?
Me pasé toda la relación asegurándole que nunca le haría daño, que siempre lo protegería, que jamás lo abandonaría… Y ahora él quiere deshacerse de nuestro bebé sin siquiera considerarme, sin pensar en lo que eso significa para mí. Metiendo las manos en los bolsillos de mi chaqueta, bajo la mirada hacia la calle, pero mi visión está borrosa. Estoy llorando. Joder. Saco el móvil sin pensarlo demasiado y marco un número al que rara vez llamo. Tres tonos.
—¡Tom!— la voz de mi padre suena fuerte, firme, como siempre —¿Qué tal? ¿Cómo está Bill? Hace tiempo que no llamas, eh. Canijo, tu madre estaba preocupada y con ganas de ir a buscarte a Los Ángeles…
Ríe y en ese momento, un sollozo se me escapa antes de poder detenerlo.
—¿Tom?— su tono cambia de inmediato, ahora suena alerta —¿Qué pasa? ¿Te ha pasado algo? ¿Bill está bien?
Abro la boca, pero me cuesta hablar. Trago saliva con fuerza y presiono la parte trasera del móvil contra mi frente, intentando calmarme, pero es inútil. —Él…— mi voz apenas es un susurro —Él quiere abortar.
El silencio al otro lado de la línea me dice que mi padre está procesando lo que acabo de decir. Obviamente no lo entiende —¿Qué?, ¿de qué hablas, muchacho?
Aprieto los dientes y cierro los ojos con fuerza. —Bill está embarazado— digo, con voz temblorosa —Y no lo quiere.
Otro silencio. Puedo imaginar la expresión de mi padre en este momento: el ceño fruncido, la mandíbula tensa, su mente calculando cada posible escenario, como siempre hace. Asimilando la situación para tomarlo con la mejor calma posible y finalmente suspira. —Hijo…
—Intenté hacerle entender— mi voz se quiebra —¡Le supliqué, papá! Le supliqué de rodillas y no le importó.
Mi padre no dice nada por unos segundos, pero cuando habla, su tono es más suave de lo que esperaba. —Tom… respira.
—No puedo— admito, con un nudo en la garganta —No puedo perder a mi bebé.
—Bill está asustado— dice con calma —Eso es todo.
Me río, pero el sonido es amargo. —Y yo también lo estoy— mascullo, frotándome el rostro con la mano libre —Pero no voy a matarlo por miedo.
—Escúchame bien— su voz es firme, pero no dura —Bill no te está rechazando a ti ni a tu bebé… está rechazando la idea de lo que esto significa. Tener un hijo es algo enorme y él es joven. Es un crío aún. Está aterrado y tú tienes que entender eso.
Me muerdo el labio con fuerza. —¿Y qué se supone que haga?— pregunto en un susurro —¿Cómo lo convenzo?
Por primera vez en mi vida, le estoy pidiendo un consejo. Escucho cómo al otro lado de la línea, mi padre se acomoda donde sea que esté sentado antes de responder. —No lo presiones— dice —Déjalo pensar. No trates de convencerlo con palabras, demuéstrale que esto no es una tragedia. Que no está solo.
Cierro los ojos. —¿Y si nunca cambia de opinión?
Mi padre suspira. —Lo hará. Pero si no lo hace…— hace una pausa —Tendrás que tomar una decisión difícil.
Mi corazón se hunde.
—Tom…— su tono se suaviza —No pierdas la cabeza. Bill te quiere, solo está asustado. Déjale respirar.
Asiento, aunque sé que no puede verme. —Sí…
—Ahora tranquilízate y deja que él se calme, quisiera hacerte muchas preguntas porque se supone que para evitar este tipo de cosas existen los preservativos, y tú debiste ser responsable también, pero lo dejaré pasar por ahora…
Me seco las lágrimas con la manga de mi chaqueta y asiento de nuevo. —Vale, hablamos luego… Adiós.
Cuelgo y sigo caminando por la acera; en estas semanas he conocido bien la ciudad como para saber que cerca de aquí hay un bar. Así que meto el móvil en el bolsillo, me limpio las lágrimas, respiro hondo y me dirijo sabiendo el camino de memoria porque, justo enfrente del bar hay un restaurante al que hemos ido Bill y yo cuando teníamos esas citas donde fingíamos ser desconocidos y acabábamos teniendo sexo en los baños o aguantábamos hasta llegar al apartamento y hacer el amor de una forma más presentable.
Cuando llego al bar, entro de inmediato tras mostrar mi identificación falsa a los seguratas. Todo apesta a sudor, alcohol y humo. La música suena fuerte, demasiado, pero de alguna manera me ayuda a callar la mierda en mi cabeza. Me dejo caer sobre un taburete en la barra y levanto dos dedos, sin ganas de hablar. El camarero asiente y me sirve un vaso con tequila.
Lo tomo de un trago, sintiendo el ardor quemándome la garganta. Bebo otra, otra y otra más.
El maldito dolor sigue ahí, aferrado a mi pecho, oprimiéndome como si me estuvieran enterrando vivo. Bill… mi Bill me ha dicho que no quiere a nuestro hijo. Que no lo quiere tener. Que no quiere tener hijos conmigo por ser un criminal y me da rabia; maldición, no le creo pero me duele. ¿Por qué no le creo? Porque muchas veces mientras monta mi pene me ha dicho lo mucho que ama a «su criminal», o sea yo; como también otras veces me ha dicho que sí quiere tener hijos conmigo. «Más adelante», claro está.
Y yo no puedo procesarlo.
Suelto un bufido amargo y paso una mano por mi rostro. Me siento agotado, jodidamente cansado, pero sobre todo vacío. Borracho. Quiero olvidarlo, al menos por un rato; dejar de sentir esta desesperación clavada en mis entrañas.
—¿Problemas de amor?
Levanto la vista, entrecerrando los ojos por el mareo. Una mujer está de pie a mi lado, con una sonrisa pícara y un vestido ajustado que deja poco a la imaginación. Su perfume es dulce, demasiado empalagoso, pero ignoro eso. No tengo ganas de hablar.
—Déjame adivinar…— continúa ella, apoyándose en la barra con aire interesado dejándome a la vista su escote donde se vislumbran sus grandes tetas —Tu chica te ha roto el corazón.
No respondo.
Me sirvo otro trago con la botella de whisky que me dejó el barman antes y me lo bebo de un tirón. Ella se ríe suavemente y se acerca un poco más, inclinándose hacia mí. —Venga, a veces ayuda hablar con un desconocido.
Exhalo pesadamente. Quizá sea el alcohol o la necesidad de soltar toda esta mierda, pero acabo hablando. Las palabras fluyen solas. Le cuento lo básico: el embarazo, el miedo de mi chico, su rechazo, mi impotencia.
Ella asiente, fingiendo entender. —Ese niñato es tan inmaduro, ¿por qué haría algo tan horrible como quitarle la vida a su bebé sin pensar en lo que sientes?— murmura, deslizándose un poco más cerca —No te merece, déjalo y busca algo mejor o… disfruta esta noche, yo estoy dispuesta a ayudarte a olvidar.
Algo en su tono me alerta, pero estoy demasiado borracho para reaccionar rápido. Su mano roza mi brazo, lenta, suave.
—No deberías estar así— susurra con voz melosa —Mereces distraerte…
De repente, sin darme cuenta, está en mi regazo, sus piernas a cada lado de las mías, su cuerpo demasiado cerca del mío. Se mueve frotándose con mi entrepierna, que empieza a despertarse pero no por ella. Mi mente está nublada, mis pensamientos desordenados, pero entonces… lo veo. Cabello negro. Ojos miel. Labios suaves y carnosos. Bill. Mi Billie. Me permito ceder al creer que es él quien está sobre mí pero cuando parpadeo la imagen se desvanece.
La sonrisa en su rostro cambia. Sus ojos ya no son los suyos. Su perfume no es el suyo. Su piel no es la suya. No es él y un asco profundo me invade. La agarro por la cintura y la bajo de mi cuerpo con más fuerza de la que pretendía.
—¿Qué…?— me mira confundida.
—Yo tengo a mi moreno, no necesito de una perra para satisfacer mis necesidades cuando lo tengo a él para hacerlo de la manera más guarra posible— le respondo con mi voz arrastrada —Una vez me lo cogí en su habitación, contra la puerta mientras su madre estaba al otro lado hablándole, sin saber que al otro lado su hijo estaba siendo detonado de una manera tan deliciosa, humm…
Ella se me queda viendo con la boca abierta y el ceño fruncido, me levanto de golpe, tambaleándome por la borrachera, dejo un par de billetes en la barra y salgo del bar con pasos pesados. El aire frío de la noche golpea mi rostro, pero no me aclara la mente. Estoy mareado, aturdido, hecho una mierda.
Y lo único que tengo claro es que, por mucho que Bill me haya hecho daño, no quiero a nadie más que a él.
Continúa…
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