
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 45
Ha pasado otro mes y medio y, joder, ya empiezo a parecerme más a un bollito preñado que a mí mismo. Estoy de tres meses y medio y, aunque no tengo una barriga enorme, la pancita ya se nota. Redondita, suave… Tom dice que parezco un panecillo rellenito y que le encanta. Yo le digo que parezco una pelota.
Entonces discutimos.
Me da besos.
Se le pasa.
Se me pasa.
Fin.
Hoy hemos salido a dar una vuelta y hemos terminado en el centro comercial. No sé cómo… bueno, sí sé: Tom vio una tienda de ropa para bebés y se lanzó como si estuvieran regalando droga.
—¡Mira eso, amor!— dice emocionado señalando una mini chaqueta con orejitas de oso —¿Te imaginas a nuestro frijolito con eso puesto? Dios, me muero.
—Frijolito está creciendo a ritmo de repollo, no de oso— respondo mientras me acomodo la camiseta de algodón color crema que llevo metida dentro de un peto vaquero negro con detalles bordados en blanco. El peto es ajustadito, de tirantes anchos, con bolsillos en el pecho y piernas sueltas. A Tom le encanta cómo me queda «dice que se me nota la pancita y el culo» y por eso me lo pongo seguido. Me siento cómoda y, para rematar, llevo unas converse blancas con dibujitos de estrellas que mi novio me regaló ayer.
Entramos en la tienda y el aire acondicionado nos da de lleno. Huele a talco y tela nueva, a inocencia y ternura. Me quedo embobado mirando una estantería con bodies diminutos mientras Tom ya tiene los brazos llenos de cosas.
—¿Qué haces, cielo?— le digo riéndome —¡Aún no sabemos si es niño o niña!
—¡Pero mira esto, moreno! ¡Mira estos calcetines en miniatura!— alza un par color lila con pompón —¡Me caben en un dedo, Billie!
Río con ganas mientras avanzo entre las secciones, acariciándome inconscientemente la pancita. A veces todavía me cuesta creer que estoy gestando un ser humano. Que Tom me mira así, como si fuera la personificación de un milagro, con esos ojos brillosos y esa sonrisa de tonto enamorado.
—¿Quieres que compremos el body de patito o el de jirafa?— pregunta de pronto, sosteniendo los percheros con los conjuntos frente a mí.
—¿Y si sale alérgico a los animales?
—¡Moreno, por favor!— suelta una carcajada —¡¿Ahora le vas a tener miedo a los estampados?!
—Solo me preocupo por el frijolito— respondo con fingido dramatismo, sobándome la barriga. No dejamos de decirle así; suena gracioso a pesar de que ya no es un frijolito. Ha crecido bastante, lo normal, obviamente —Si desarrolla un trauma por tu pésimo gusto, no digas que no te lo advertí.
Tom me rodea con un brazo y me da un beso en la mejilla. —Me encanta esta versión tuya… embarazadito, hater y adorable.
—No soy adorable— respondo, pero se me escapa la risa.
—Sí lo eres. Eres mi bollito de azúcar preñado y sexy.
Sí, creo que se me olvidó mencionar que ahora no solo soy «terroncito» o «moreno», sino también «bollito». No para de llamarme así; le encanta hacerme enfadar. Dice que infló las mejillas de forma adorable y eso me cabrea más.
—Tú sí que estás preñado… de gilipolleces.
Nos perdemos entre estantes, riendo, probando gorritos diminutos en mi cabeza solo para ver cómo nos quedan «spoiler: a mí mal, a Tom peor», y discutiendo si el cochecito de bebé debería ser negro con detalles dorados «mi elección, obvio» o blanco con lucecitas «elección absurda de Tom».
—¿Sabes qué es lo mejor?— dice él mientras se agacha para ver una mantita con forma de estrella —Que aún no ha nacido y ya lo amo con locura.
Lo miro y me derrito un poco por dentro. Joder. Él sí que me ha cambiado la vida. Y ahora vamos a cambiar pañales juntos, literal. Salimos de la tienda sin comprar nada «todavía» pero con el corazón hinchado de ternura. Tom cargaba una bolsa vacía que le regalaron en la tienda «por si luego queríamos volver a por algo», y él iba como si llevase oro dentro.
—Parece que llevaras un riñón en esa bolsa— le digo.
—¡Es que podría llevarlo!— responde orgulloso, como si fuera una reliquia —Aquí va el futuro ajuar del frijolito.
—Dios mío…
Seguimos caminando por el pasillo del centro comercial, rodeados de luces, escaparates y familias. Hay niños corriendo, parejas de la mano, abuelas sentadas con sus helados, y yo… yo con mi pancita de casi cuatro meses, empezando a andar más despacio porque, joder, el aire acondicionado está fresquito pero mis pies ya empiezan a protestar.
Tom lo nota enseguida. —¿Quieres sentarte, bollito?
—No me digas así, Tom— protesto con un puchero —Y no, solo dame la mano— le digo, extendiéndosela con cara de cachorro agotado. Me toma la mano al instante, entrelazando sus dedos con los míos. A veces no entiendo cómo alguien tan idiotamente sexy puede ser tan dulce. Seguimos paseando sin rumbo fijo hasta que, de pronto, el olor a algo frito, grasiento y pecaminosamente delicioso me pega en la nariz como un golpe directo al alma.
Me detengo en seco.
—¡Tom…! ¡lo quiero!
—¿Qué quieres, bebito?
—¡Eso!— señalo con urgencia hacia un puesto de churros con chocolate. Mi novio mira en la dirección que indico y sonríe.
—¿Quieres churros, amorcito?
—¡Sí! ¡y con chocolate, mucho chocolate!
—Vale, vale, vamos— ríe mientras me guía con cuidado —Dios, amo tus antojos, son como mini aventuras culinarias.
—No lo digo en broma— le advierto mientras caminamos —Como se acaben antes de que lleguemos, juro que lloro y grito y te rompo algo en la cabeza.
—Ya sé, ya sé, mis partes bajas están en peligro— dice bromeando y yo lo fulmino con la mirada —No me mires así, cariño, solo digo la verdad…
—Eres tonto— llegamos al puesto, hacemos cola y yo estoy al borde del colapso cuando una señora delante de nosotros pide los últimos de la bandeja. —¡¿Qué?!— exclamo. La señora se gira asustada y Tom me abraza de inmediato, como si eso evitara que me tirara al suelo a llorar.
—Tranquilo, bollito, tranquilo… ya están friendo más, mira— dice señalando la freidora.
—¡Pero eso tarda! ¡Y tengo hambre ahora! ¡Ahora, Tom! ¡Ahoraaaa!
—Lo sé, lo sé— me susurra en la oreja mientras me acaricia la espalda —Están viniendo… piensa en ellos como pequeños soldados de azúcar listos para ti.
Le suelto un resoplido y me cruzo de brazos mirando la freidora con odio. —Esto es culpa tuya— le digo.
—¿Mía? ¿por qué?
—Por preñarme.
—¡¿Qué?!— se ríe tan fuerte que la señora de antes lo mira raro —¿Cómo que culpa mía? ¡tú también participaste!
—Sí, pero yo no fui quien metió la cosa esa dentro, ¿o sí?
—¡Ay, joder!— se muere de risa y yo sigo de muy mal humor con un mohín en mis labios —Si lo dices así parezco un alien inseminador.
—Es lo que eres— respondo con drama mientras una sonrisa se me escapa.
Por fin nos entregan los churros y en cuanto doy el primer bocado siento que el universo entero cobra sentido. Mojo uno en el chocolate caliente y cierro los ojos mientras lo mastico con devoción. —Estás teniendo un orgasmo gastronómico— dice mi novio fascinado.
—Más que cuando me dejaste sin aliento esa noche—
respondo sin pensar.
Tom se ríe tan fuerte que casi tira el chocolate. —¡Joder, moreno! ¡No digas esas cosas aquí! Hay niños y gente decente…
Y mirad quién lo dice…
—Y yo embarazado. Tengo pase libre.
—Tienes pase para lo que quieras, bollito mío— dice dándome un beso en la sien. Nos sentamos en una banquita cercana, compartimos los churros y Tom me pasa una servilleta cuando me lleno de chocolate hasta la nariz. Me limpio mal y él termina limpiándome él mismo con los dedos. —Te ves hermosa así; no me cansaré de decirlo— murmura mirándome con esos ojos de tonto enamorado. Los mismos que pongo yo cuando lo veo ahora —Con chocolate, panzón y mi hijo dentro.
—Eres malo, Tom, me estás diciendo gordo— sollozo de la nada, haciendo un puchero mientras aparto la mirada.
—¡¿Qué?! No, amor, no quise decir eso…— dice enseguida, nervioso, tomándome la mano —Sabes que me encantas así, eres más abrazable, más…
—¡Más gordo! ¡Lo sabía!— interrumpo, llevándome la mano a la frente como si estuviera actuando una telenovela barata —Estoy enorme, Tom. Parezco un peluche inflado. ¡Y ni siquiera hemos comprado ropa nueva porque todas me aprietan y parezco salchicha!
Mi novio se ríe, pero al ver mi cara de tragedia, se contiene. —Ey, ey, no, pequeño, no te pongas así. Estás precioso. Mira…— toma mi cara entre sus manos y me da un beso corto —Cada parte de ti está perfecta. Incluso tu barriguita, que es como… nuestro nido. Un nido hermoso que me dan ganas de acariciar a cada rato.
Me cruzo de brazos y frunzo el ceño, haciendo un puchero aún más grande. —Eso no quita que parezca un tamal navideño.
—Pues yo me comería ese tamal todos los días— responde, sonriendo de lado, y juro que me derrite un poco, pero no se lo voy a decir.
—No me digas comida, Tom— respondo, haciéndome el ofendido —No soy tu antojo.
—No…— se acerca a mi oído, con esa voz grave que me da escalofríos —Eres mi adicción.
Y ya está. Me gana. Otra vez. Maldito.
—Odio que sepas exactamente qué decir para calmarme— murmuro, recostándome contra su pecho.
—Y yo amo que seas así… tan dramático y tan tú.
Le saco la lengua y él me muerde el hombro suavemente. Sí… los paseos con Tom y el frijolito se están convirtiendo en mis momentos favoritos. Aunque termine con chocolate en el pelo y amenazas de muerte por churros.
&
Volver al apartamento fue como soltar un suspiro largo y tibio después de un día lleno de cosas bonitas. Tom abrió la puerta y me dejó pasar primero como siempre hace; entré directo a quitarme las zapatillas.
—Mis pies están gritando ayuda en todos los idiomas— murmuré, sentándome en el sofá como si hubiera corrido una maratón.
—Tus pies son unos héroes— respondió él mientras dejaba las bolsas vacías en la mesa del comedor —Llevar a mi bollito precioso y a mi frijolito al mismo tiempo… necesitan un monumento.
—Necesito una bañera con agua tibia, incienso, silencio, y una pizza.
—¿Todo a la vez?
—Sí. Y una serie de asesinatos resueltos. Nada me relaja como ver gente muerta.
Sí, ya sé que debería preocuparme por lo que digo.
Tom soltó una carcajada mientras se acercaba al sofá con pasos tranquilos y se dejó caer a mi lado, pegándose a mí como si fuera mi manta humana. —Parezco una bolita de arroz con patas.
—Pareces el ángel que me va a dar un bebé— dijo, apoyando su mano cálida sobre mi barriguita.
—¿No te da miedo?— pregunté de repente, mirando al techo —No sé… lo de ser padres. Es que hoy vi tantas cosas en esa tienda…
—A ver— dijo, girándose para mirarme a los ojos —Miedo sí, claro. Pero también me da ilusión. Estoy asustado y feliz, eso significa que vamos bien.
—»Asustado y feliz». Maravillosa definición de la paternidad.
Tom se rió y me dio un beso en la frente antes de deslizarse hacia abajo, arrodillándose frente a mí. Me tomó con suavidad la camiseta y la levantó con cuidado hasta dejar mi pancita al aire. Sus ojos brillaron como si acabara de encontrar un tesoro en el fondo del mar. —Hola, bebé— susurró, acercándose con su nariz —Hoy has visto muchas cosas bonitas, ¿eh? Pero aún no te las hemos comprado, porque tu papi Billie es exigente y quiere mirar en mil tiendas más.
—¡Ey! No me critiques, que si fuera por ti compraríamos todo en la primera que pisamos.
—¡Porque me emociono!— protestó Tom —Y tú me haces esperar y caminar y caminar…— ruedo los ojos y él volvió a mirar mi barriguita y le dio un beso suave, luego otro, y otro. Cada uno más tierno que el anterior. —¿Sabes una cosa?— dijo —Tu papi es el amor de mi vida. Y tú… tú vas a ser el mini amor que me lo recuerde todos los días.
Ya tenía los ojos vidriosos, y eso que ni siquiera estaba triste. Solo era esa montaña rusa hormonal que me hacía abrazar a Tom con más fuerza de lo normal, como si pudiera desaparecer de repente.
—Tom…
—¿Mmm?
—No sé cómo demonios terminamos así, pero gracias.
Él se subió de nuevo al sofá, apoyándose detrás de mí y me envolvió con sus brazos mientras ponía una de sus piernas sobre las mías. —Terminamos así porque me fue difícil controlarme en la boda de mi hermano en pleno baile contigo y ese vestidito precioso que llevabas puesto que me dejó sin juicio— dijo, con voz grave en mi oído.
—¡Nooo, joder, no arruines el momento!— me reí, empujándolo un poco —¡Eres lo peor!
—Y tú lo mejor que me ha pasado— susurró, besando mi cuello.
&
La noche cayó como una manta cálida sobre la ciudad y el apartamento estaba en calma. El único sonido que llenaba el ambiente era el del ventilador girando lentamente y la tele de fondo, donde pasaban un programa de cocina que me tenía hipnotizada.
O al menos eso pensaba hasta que una idea irracional e intensamente específica se apoderó de mi cabeza.
—Quiero tortitas… pero con miel, trocitos de banana, y si no tiene exactamente eso, no quiero nada— dije de golpe, cruzado de brazos.
Tom, que estaba tumbado a mi lado con la cabeza apoyada en mi pancita como si fuera su almohada personal, levantó la mirada con una ceja levantada. —¿Ahora?
—Sí.
—Billie, son las once y media de la noche.
—¿Y? No te he pedido que me lleves a Egipto, solo unas tortitas.
Tom soltó una risita, se incorporó con un exagerado desgano y me lanzó una mirada dramática. —Está bien, mi Rey embarazado. Tu deseo es una orden.
—Eso ya lo sabía— dije, echándome hacia atrás con satisfacción.
Veinte minutos después, el olor a tortitas recién hechas llegó desde la cocina. Mi chico apareció con una bandeja en la mano, triunfante, como si hubiera cazado un jabalí él solo. —Listo. Con miel, bananas en rodajas y hasta un chorrito de chocolate por encima porque te quiero.
Me senté con los ojos brillando, emocionado… hasta que probé un bocado. Y entonces, como si el mundo se desmoronara en cámara lenta, fruncí el ceño. —No me apetece.
Mi novio me miró, congelado, como si hubiera escuchado mal. —¿Cómo que no…?
—No sé. Ya no quiero tortitas. Saben raro. Y huelen… fuerte— aparté el plato con un puchero. En realidad, olía delicioso pero ya no se me antojaba. Él abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir. Y luego, en vez de enfadarse, soltó una carcajada y me miró como si fuera lo más adorablemente insoportable del planeta.
—Te quiero tanto, te lo juro— dijo entre risas, dejando el plato en la mesita de noche —Aunque seas un caos hormonal con patas.
—No soy un caos. Soy una persona sensible que atraviesa un proceso mágico y agotador— repliqué, dándome la vuelta en la cama como si estuviera ofendido, aunque no podía dejar de sonreír.
Tom se tumbó a mi lado y, en silencio, deslizó una mano por debajo de mi camiseta, acariciando mi pancita con suavidad. —Ya, mi amor… no pasa nada. El frijolito y yo te perdonamos— su voz era baja y cálida, ese tono que siempre usaba para derretirme por completo —Pero yo sé cómo animarte…
—Ah, ¿sí?
—Ajá— murmuró acercándose más —Con unos cuantos besitos por aquí…— su boca rozó mi cuello, suave como un suspiro. —Y unas caricias por allá…— su mano comenzó a deslizarse por mi costado y sentí cómo todo mi berrinche se derretía como mantequilla caliente. Y comenzaba a sentirme excitado.
—Tommie…
—¿Sí, bebé?
—Cierra la puerta.
—¿Y qué hago con las tortitas?
—Métetelas por el… armario— sonreí girándome hacia él y besándolo —Ahora se me antojó otra cosa.
Después de hacer lo que le dije volvió a la cama, tom está sobre mí, sosteniéndose con los antebrazos a cada lado de mi cabeza. Sus ojos oscuros y brillantes me miran con una intensidad que hace que el corazón me dé un vuelco. Puedo sentir su respiración rozar mi cara: cálida, pausada… expectante.
—No me mires así— murmuro con una sonrisa suave: medio divertida, medio nerviosa.
—¿Y cómo quieres que te mire? Si estás precioso…— responde con esa voz ronca que siempre consigue estremecerme.
Deslizo mis brazos por sus hombros hasta rodear su cuello, atrayéndolo más a mí. Nuestros cuerpos ya están casi pegados, pero yo lo quiero más cerca, más mío. Siento su pecho contra el mío, el peso cálido de su cuerpo y cómo sus labios se acercan a los míos, rozándolos apenas. —Bésame, idiota— susurro, entre un suspiro y una risa traviesa.
Tom sonríe contra mi boca, y entonces lo hace. Me besa. Y lo hace como si ese beso fuera una promesa, una caricia y una locura, todo al mismo tiempo. Sus labios se mueven sobre los míos con lentitud, con deseo contenido, con una dulzura que me desarma. Gimo bajito cuando una de sus manos acaricia mi mejilla y la otra se desliza por mi cintura, firme, segura… protectora.
Mis dedos se enredan en sus trenzas, apretando suavemente, mientras el beso se intensifica. Ya no hay más palabras. Solo él, yo… y este momento en el que todo se detiene y solo existe nuestro amor. Sus labios recorren mi cuello con lentitud, como si tuviera todo el tiempo del mundo para adorarme. Yo me aferro a su nuca, sintiendo cómo su cuerpo se acomoda sobre el mío, encajando perfecto. La ropa va desapareciendo poco a poco hasta quedar completamente desnudos, piel contra piel.
—Estás tan precioso…— susurra con la voz cargada de deseo mientras baja sus labios por mi clavícula —Te juro que me vuelves completamente loco.
Suelto un suspiro ahogado cuando su mano se desliza por mi costado, acariciándome con ternura pero con esa intención clara de perderse en cada rincón. Me muerdo el labio y cierro los ojos, dejándome llevar, abriéndome a él, literal y emocionalmente. —Tommie…— mi voz tiembla, apenas un susurro —Hazme tuyo, por favor.
Sus ojos brillan con picardía, y sonríe contra mi piel. —Ay, bebé. Es lo que más quiero en estos momentos, ¿sabes?
Yo solo lo miro, deseándolo como nunca. Y entonces, sin más palabras, se desliza hacia abajo bajándome los pantalones del pijama junto a los boxers dejándome expuesto a él y sin dejarme prepararme mentalmente, mete en su boca mi miembro y me arranca un gemido al probarme con la lengua, deslizándola por todo mi falo, saboreándome como si fuera su dulce favorito. Me estremezco, flexiono mis piernas y su risa grave vibra entre mis muslos.
—Te encanta, ¿verdad?— murmura, y yo solo puedo asentir, ya sin aire.
Cuando por fin vuelve a subir y se posiciona sobre mí, me besa fuerte, sin dejar que me recupere. Sus labios encuentran los míos nuevamente en un beso profundo, cálido, que me hace perder la noción del tiempo. Mis brazos rodean su cuello con desesperación, acercándolo más, queriéndolo más. Siento su peso sobre mí, el calor de su cuerpo fundiéndose con el mío. Cada roce, cada caricia, enciende algo dentro de mí que me consume sin remedio.
—Billie…— susurra mi nombre contra mis labios, con esa voz grave y ronca que me derrite por dentro —Dime si quieres que pare…
—No pares— respondo con la voz entrecortada, apenas un gemido contenido —No te atrevas a parar…
Él sonríe con ese gesto malicioso que me vuelve loco, y su mano baja por mi cintura, acariciándome con dulzura y deseo. Mi respiración se agita, mi pecho sube y baja con fuerza. Se detiene a mirarme, como si quisiera memorizar cada milímetro de mi cuerpo, y luego baja el rostro hacia mi cuello, donde empieza a besarme con lentitud, dejando su lengua recorrer mi piel como si fuera un manjar.
—Ahh… Tom— gimo bajito, cerrando los ojos mientras su lengua dibuja círculos en mi clavícula —No juegues conmigo…
—¿Jugar?— susurra, riéndose contra mi piel —Amor, esto no es un juego… es adoración.
Su mano toma mi entrepierna y suelto un quejido ahogado, comienza a masturbar mi pene sensible por la estimulación que hizo con su boca, mi cuerpo se tensa por completo. Estoy tan sensible, tan expuesto… Siento un cosquilleo que me sube desde el estómago hasta la garganta.
—Mmh…— gimo entre dientes, mordiendo mi labio inferior mientras me arqueo contra él.
Cuando su lengua se desliza más abajo, soltando pequeños besos húmedos, mi espalda se arquea sin control. Gimo más alto, y aprieto los muslos instintivamente. Él me sujeta con firmeza, con dulzura, como si estuviera conteniendo algo más salvaje. —¿Te gusta así, amor?— pregunta, con voz traviesa.
—Sí… sí… mmh… Tom…— balbuceo sin poder contenerme, mis dedos se enredan en su pelo.
Suelta mi miembro y se posiciona entre mis piernas abriéndomelas más, escupe en mi entrada y siento como la saliva se desliza por mi orificio al instante en que uno de sus dedos entra en mí robándome un jadeo ahogado. Me estimula con su dedo hasta que agrega otro más y otro más, haciéndome perder la cabeza. Cuando me siente listo, preparado, saca los dedos y siento la punta de su polla en mi entrada. Hace circulitos haciendo presión y gracias a la saliva se desliza y se resbala con facilidad.
—Oh, Dios…— gime y yo muerdo mi labio inferior, moviendo mis caderas, impulsándome hacia abajo porque ya quiero tenerlo dentro y él parece entenderlo.
cuando finalmente se desliza dentro de mí, lo hace despacio, con cuidado, pero sin piedad en la intensidad que me transmite. Grito bajito, aferrándome a él, sintiéndolo llenarme por completo. Nuestras respiraciones se entrecortan, nuestros cuerpos se funden.
—A-ah… joder…— jadeo, aferrándome a sus hombros
—Se siente tan bien…
Tom empieza a moverse con lentitud, una cadencia perfecta que me arranca gemiditos suaves. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando, mezclado con mis jadeos y sus gruñidos bajos, llena la habitación. —Estás tan apretado… tan perfecto para mí…— murmura entre gemidos, besando mi cuello —Eres mío, solo mío y eso me gusta…
—Mmh… más… más, Tom…— pido con la voz hecha un suspiro mientras se entierra profundamente dentro de mí haciéndome desfallecer —No pares, por favor…
Su ritmo se acelera, y ya no puedo controlar mis gemidos. Algunos son suaves, otros se escapan en forma de balbuceos ahogados. Me besa, su boca se apodera de la mía sin dejar de penetrarme deliciosamente. Cada vez que se mueve dentro de mí, siento como si mi cuerpo se fundiera con el suyo. Es una mezcla de calor, presión y una necesidad casi desesperada de que no se detenga jamás. Sus embestidas son profundas, intensas, y cada una arranca de mis labios un gemido entrecortado, como si estuviera tratando de retener el aire… pero no pudiera, porque lo único que puedo hacer es sentirlo a él.
Hay un momento en el que su pelvis choca con la mía y mi espalda se arquea por reflejo. Todo mi cuerpo tiembla, como si un escalofrío eléctrico me recorriera desde la nuca hasta los dedos de los pies. Sus movimientos son constantes, pero con ese ritmo perfecto que me hace enloquecer. Me aferro a sus hombros, mis uñas se clavan levemente en su piel, y entre jadeos le ruego que no se detenga… aunque él ya lo sabe.
—A-ahh… ¡Tom!— grito bajito cuando me da una embestida más profunda, tan rica que siento un estremecimiento recorrerme entero. Me corro en ese momento y respiro agitado —Me haces perder la cabeza…
—Y tú me haces querer morirme aquí mismo— responde jadeando mientras lo siento tensarse y salir de mí para eyacular derramando toda su esperma encima de mí miembro, mezclando sus fluidos con los míos, besándome con fuerza.
Mi cuerpo tiembla bajo el suyo, envuelto en una oleada de placer dulce, húmeda, que me arrastra con él. Nuestros gemidos se entrelazan, nuestros cuerpos tiemblan juntos. Me siento amado, deseado, suyo… por completo. Él se derrumba sobre mí, sin aplastarme, besándome con ternura, aún jadeando, su aliento chocando con el mío.
—¿Estás bien… mi vida?— me pregunta en un susurro, acariciándome el rostro con la yema de sus dedos.
—Nunca estuve mejor— respondo con una sonrisa soñolienta, temblorosa.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.