
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 46
Ya habían pasado casi cinco meses desde que todo cambió. Desde esa primera prueba positiva, desde aquel torbellino de emociones que me atrapó por completo.
Estoy de seis meses ya, y mi pancita ha crecido una barbaridad, tanto que hasta me hace ilusión. Tom está pegado a mí como una lapa, no para de acariciarme la barriga cuando estamos acurrucados, le habla al bebé y este se mueve al oírle, ya le reconoce la voz porque no para de hablarle. Ha empezado a moverse un montón, y las pataditas son tan fuertes que me rayan un poco. No me entra en la cabeza que un bebé tenga tanta fuerza, y menos con solo seis meses. En la última eco, la doctora Loren me dijo que el bebé podía calmarse o moverse más al oír voces o música que le resulten familiares.
Por eso Tom le habla todo el rato, le flipa cuando el baby se mueve.
No tengo ni idea de qué hora es, pero empiezo a abrir los ojos despacio, sintiendo cómo la luz suave del amanecer se cuela entre las cortinas blancas del piso. Hay un silencio absoluto, de esos en los que solo se oye la respiración de Tom. Duerme profundamente, con la cara hundida en la almohada y una pierna cruzada sobre la mía. Respira tranquilo, con el ceño relajado, los labios entreabiertos y el pecho subiendo y bajando con calma. Lleva puesta esa camiseta de tirantes que siempre usa para dormir, la que deja ver el tatuaje de su hombro.
Me quedé mirándole un rato, sin moverme, como si fuera una de esas pinturas que te da miedo estropear solo con respirar. Está tan guapo así… es que es un bombón.
Durante todos estos meses, ha estado ahí para todo. Cada vez que le llamaba a las tres de la mañana porque tenía hambre. Cada vez que me echaba a llorar sin motivo y necesitaba que me abrazara. Cada vez que me quejaba porque la ropa ya no me entraba o me dolía la espalda. Siempre. Paciente, dulce, fuerte. Él, que decía no tener ni idea de bebés, ha sido el mejor compañero que podría tener.
Me mordí el labio y sonreí. Esta vez no le iba a molestar. Esta vez me tocaba a mí cuidar de él.
Con mucho cuidado, aparté su pierna de la mía y me deslicé fuera de la cama. Antes de levantarme, me quedé un ratito más mirándole, sin poder evitarlo. Sus pestañas largas, su nariz, esa manía que tiene de agarrarse a la sábana como si tuviera miedo de perder algo.
Dios… le quiero con locura.
Suspiré, enamorado hasta las trancas.
Me levanté con cuidado, sintiendo el fresquito de la mañana en las piernas. Caminé de puntillas hasta el baño, cerrando la puerta con cuidado para no despertarle.
Encendí la luz suave del espejo, me miré un segundo y solté una risilla. Tenía el pelo hecho un lío, ojeras suaves y la camiseta de dormir algo arrugada. Aun así, me gustaba lo que veía. Había algo diferente en mi cara últimamente. Algo más tranquilo… más feliz. Me lavé los dientes primero, luego la cara con agua fresquita. Después, me desnudé con calma y abrí el grifo del agua caliente. Me metí bajo la ducha y dejé que el agua cayera sobre mí como una caricia templada. Cerré los ojos, apoyando las manos en la pared de cerámica, dejando que el vapor me envolviera.
Pasé los dedos por mi pancita redonda, con una sonrisa en la cara. Es increíble… conocer a Tom en aquel pub clandestino al que Nathalie me llevó por las sospechas de que su novio le ponía los cuernos fue lo mejor que me pudo pasar, y esto lo digo de corazón, por lo que siento por él. Por el amor que le tengo. Pero si lo pienso con la cabeza, dejando las emociones a un lado, sé que también ha sido la locura más grande de mi vida.
Su mundo, el mío… no tienen nada que ver. Mis padres, su negativa a aceptar que quería vivir mi vida con él. Las movidas de mi padre… joder, si al menos me hubieran escuchado. Si se hubieran parado a mirarme, si me hubieran dejado contarles todo y no se hubieran dejado llevar por lo que aquella hija de… Ría les dijo, todo habría sido distinto. Y ahora mismo no estaría en otro país, con otro nombre, viviendo esto con el amor de mi vida… sin poder compartirlo con ellos.
Seguro que les habría hecho ilusión saber que iban a ser abuelos. ¿Habrían querido a mi hijo? Es algo que nunca sabré, porque no tengo pensado contárselo… o al menos eso creo ahora. Igual dentro de un par de años, si volvemos con Tom a Alemania, puede que me anime a decírselo. ¿Se alegrarán? Quiero pensar que sí.
Me enjaboné despacito, disfrutando del momento sin prisas. Cuando terminé, me envolví en la toalla, me sequé bien el cuerpo y el pelo, y busqué algo cómodo para ponerme. Fui directo a su cajón y cogí una de sus camisetas negras, de esas grandes y suaves que me quedan por los muslos. Me la puse sin pensarlo, porque me dio la gana y sé que a él no le va a importar.
Con el pelo húmedo, un poco alborotado, y descalzo, salí en silencio de la habitación. Quería devolverle, aunque fuera un poquito, todo lo que ha hecho por mí.
Cerré la puerta del dormitorio con muchísimo cuidado, girando despacito el pomo hasta oír el clic del pestillo. No quería que ningún ruido despertara a Tom. Aún no. Él se merece dormir un poco más. Crucé el pasillo alfombrado andando de puntillas, arrastrando un pelín los pies, como si el silencio se pudiera romper de lo frágil que era. La luz del amanecer se colaba por las ventanas enormes del piso, tiñendo todo de ese dorado suave que solo sale en las mañanas tranquilas.
Me fui directo a la cocina. Respiré hondo, me estiré un poco y me puse manos a la obra. Me apetecían unos pancakes, y ya que estaba, pues le haría también a Tom. Fui a la alacena, abrí la puertecita de madera con un golpecito de cadera y empecé a buscar: harina, vainilla, levadura… Del frigo cogí los huevos, la leche, y del armario pillé un bol.
—Vale…— fui dejando todo sobre la encimera con cuidado, y abrí un cajón para sacar una espátula —No puede ser tan complicado. Solo hay que mezclar cosas con cariño y ya está. O eso me decía mi nana.
Tom seguía durmiendo. La casa estaba en calma. Y yo… yo me sentía feliz.
Aspiré hondo y me até el pelo húmedo con una goma que encontré en uno de los cajones. Tom es un desastre, lo deja todo por ahí donde le da el venazo, joder.
Eché la harina en el bol con cuidado para que no saliera volando como una nube y me hiciera estornudar. Luego añadí la levadura, una pizquita de sal, y empecé a remover con una cuchara de madera mientras tarareaba bajito esa canción que habíamos escuchado volviendo de una de las ecografías. El muchacho de los ojos tristes. Al bebé le encanta, porque siempre que la canto se mueve, y esta vez no fue diferente.
—¿Qué pasa, pequeñín?— pregunté en voz baja, sin dejar de remover la mezcla —¿Ya tienes hambre?
Volvió a moverse y solté una risita. Sé que no entiende lo que le digo pero me emociona el hecho de que se mueva solo al escuchar mi voz…
—Ay, mi vida…
Casqué un huevo contra el borde del bol y lo eché dentro, como si estuviera en uno de esos programas de cocina. Me salió una sonrisa.
—Esta es la comida más decente que me has pedido, ¿sabes?— le dije, pensando en esos antojos rarísimos que he tenido últimamente. Cosas que jamás habría probado antes y que, al final, no estaban tan mal. Como el helado con un chorrito de aceite. —Tu padre Tom se va a quedar flipando, ¿eh?
Fui echando la leche poco a poco, mientras notaba que la cuchara empezaba a costarme más moverla. Cambié al batidor de varillas para evitar los grumos, dándole vueltas con calma. En cuanto eché la vainilla, el olor me hizo cerrar los ojos un momento. Esto va a salir rico. Tiene que salir rico. Fui hasta la estantería pequeña de la cocina y saqué una sartén antiadherente. La puse en el fuego, a temperatura media. Mientras se calentaba, cogí un trocito de mantequilla y lo dejé derretirse, inclinando la sartén para que se repartiera bien.
Volví al bol y, con un cucharón, saqué la primera porción de masa. La eché con cuidado, viendo cómo se iba formando un círculo medio chuchurrío que empezaba a burbujear por los bordes. Me sentí orgulloso. Sí, esto lo tengo controlado.
—Tengo unas ganas de saber qué eres ya… Porque mira, he estado pensando que si eres niña te llamaré Beverly y si eres niño, Aiden. Que pega con Nick, y Nick es el nombre que eligió tu papá Tom si resulta que eres chico— le dije, y sentí que me entendía porque volvió a moverse, pero esta vez tan fuerte que me dolió. Fruncí el ceño al momento —Eh, tranquilo… ¿No te mola o qué, amor?— esta vez no se movió, y yo solté un suspiro.
Por estas patadas y esos meneos tan brutos fue que decidí adelantar la siguiente eco una semanita. Justo para hoy, porque Tom dice que como patea así de fuerte, fijo que es un niño. Pero vamos, que no creo que eso sea motivo…
—Ya quiero saber si tenemos que pintarte el cuarto de violeta o de negro— susurré, casi riéndome. El rosa y el azul están muy vistos, yo quiero algo distinto…
La cocina olía ya a panqueques recién hechos, y me entró una sensación que no sé ni cómo explicar. Habíamos pasado por tanto… y aún así, aquí estábamos. Con esta barriga que crece día tras día, y con un corazón que, aunque tenga miedo, late con ganas. Y con amor. Mucho amor. Por Tom, por mi hijo o hija… Di la vuelta al primer panqueque con torpeza, pero sin liarla demasiado, y me reí yo solo. El segundo me salió mejor. Para cuando tenía la tercera tanda en la sartén, el plato de Tom ya tenía una torrecita doradita que daba gusto verla.
Todo iba saliendo de lujo, y con eso ya me daba por más que servido. Estaba tan metido en darle la vuelta al último panqueque, intentando que me quedara igual de bien que los otros, que ni oí los pasos. Ni la respiración. Nada. Así que cuando unos brazos me rodearon la cintura por detrás, pegué un pequeño grito ahogado y casi se me cae la espátula al suelo.
—¡Hostia!— solté, sobresaltado.
Oí una risa cálida y familiar junto a mi oído. —Buenos días a ti también, morenito— murmuró Tom, riéndose aún, con esa voz ronca de cuando acaba de despertarse que me vuelve loco.
—Joder, me has dado un susto de muerte— resoplé, girando apenas la cara para verlo de reojo —No me hagas eso…
—Vale, vale, perdona— dijo entre risas —¿Y qué haces, amor mío?— preguntó con una carita de inocente que no se cree nadie.
—¿Bailando ballet?— respondí con sarcasmo, levantando una ceja —Claramente, estoy pintando un cuadro con harina invisible.
—Qué gracioso eres, eh— soltó con una sonrisilla torcida, antes de darme la vuelta suavemente en sus brazos.
Sus labios se posaron en los míos sin pensarlo, y me besó con esa lentitud soñolienta que tiene por las mañanas, tan suya, tan dulce. Me derretí un poquito. Bueno… bastante. Pero entonces me llegó ese olor inconfundible de que algo se estaba quemando y me espabilé —¡No! ¡Los panqueques!— me quejé entre risas, intentando apartarme —Que se nos queman, Tom.
Intenté escabullirme, pero él me apretó aún más contra sí. La barriga entre los dos no ayudaba mucho, y al final tuve que empujarlo un poco con la mano en el pecho.
—No es tan fácil acorralarme cuando llevamos una pelota de yoga entre los dos, ¿eh?— dije, riéndome.
—Adoro esta pelota de yoga, por si no lo sabías— susurró contra mi frente antes de darle un beso —¿Y por qué no me llamaste? Yo te habría preparado el desayuno.
Lo miré de reojo mientras volvía la vista a la sartén. —Ya lo sé— dije, sacando el panqueque, que ya casi estaba negro —Pero quería hacer algo yo solo… Estoy embarazado, no inválido, ¿vale?
Tom me observó un momento y luego sonrió de esa forma que siempre me dejaba sin aliento. Como si yo fuera lo mejor que le había pasado en la vida. Y mira que me lo ha dicho mil veces…
—Eres un cabezón— dijo, acariciándome la mejilla con el dorso de la mano —Pero el más guapo.
Bufé entre risas, sintiéndome feliz y completo. A veces, los pequeños gestos bastaban para saber que no necesitaba nada más. Nos miramos en silencio un segundo. Uno de esos silencios cómodos, que se sienten como caricias.
Cuando los panqueques estuvieron listos, nos sentamos juntos en la mesita del comedor, frente a los panqueques que, siendo sinceros, no me habían salido nada mal. Tom se sirvió una buena ración y, como siempre, tenía que hacer de las suyas. Agarró el tarro de sirope de arce y lo echó sin piedad sobre la torre, con esa sonrisa satisfecha que pone cada vez que se va a zampar una bomba calórica.
—¿Quieres sirope o prefieres mayonesa?— preguntó, tan pancho, como si fuese normal hacer mezclas asquerosas. Y bueno, para él sí lo es, porque cada cosa rara que me ha visto comer le ha quitado las ganas de probar bocado. Luego dice que con mis besos le basta… —O igual mostaza, que al bebé le mola mucho.
—Tonto…— me reí por lo bajo —El bebé no quiere ni mostaza ni mayonesa, dame sirope— le respondí. Él arqueó las cejas, flipando. Sabía que se iba a poner así, y aún así, vertió un poco del líquido espeso en mis panqueques.
—Hoy está siendo majo contigo…
—Sí— suspiré mientras pinchaba un trozo con el tenedor —Por fin algo que tiene buena pinta, sin mostaza ni salsa de soja. Humm…— masticaba, disfrutando —Por cierto, se ha vuelto a mover.
Mi chico sonrió —¿En serio?
—Sí, pero esta vez fue muy fuerte. Me dolió, eh. Menos mal que no estabas despierto… cuando le hablas es aún peor— añadí, con una ceja levantada —Esto lo tengo que comentar con la doctora.
—Bebé…— dio un sorbo a su zumo de naranja —Ya te dije que es normal, será un niño, por eso patea así…
—No…— negué con la cabeza —Acuérdate que la doctora dijo que las pataditas suelen ser suaves, sobre todo por cómo está colocado. Además, solo tiene seis meses, ¿cómo va a tener la fuerza de dos o tres? Es raro, demasiado raro…
Tom soltó un suspiro —Ya verás cómo tengo razón. Hablamos con la doctora si quieres, pero vas a ver que el motivo por el que da esas patadas es porque va a ser un niño fortote. Como yo…
Puse los ojos en blanco con una sonrisa. Él quiere que sea niño porque dice que entre tíos se entenderán mejor.
Seguimos comiendo tranquilos. Él me soltaba comentarios con doble sentido cada vez que me manchaba los labios con la miel, y yo le seguía el rollo solo por diversión. Si había algo en lo que Tom era experto, era en ser un maldito salido. Y si había algo en lo que yo era bueno, era en seguirle el juego cuando me daba la gana.
—¿Y si después del desayuno te doy un masaje?— dijo, inclinándose hacia mí con una sonrisilla pícara —O… te hago un hijo. Bueno, otro ya no se puede. Pero podría intentarlo. ¿Se puede quedar uno embarazado estando ya embarazado?
—Deja de decir chorradas, Tom— solté, negando con la cabeza, aunque no podía aguantarme la risa.
Justo entonces, el móvil de Tom vibró sobre la mesa. Yo estaba más cerca, así que lo giré un poco para mirar la pantalla.
—Es Andreas— murmuré, alzando la vista hacia él.
Tom gruñó, se chupó un dedo lleno de sirope y se limpió con la servilleta. —¿Qué cojones querrá este desgraciado a estas horas?— masculló, cogiendo el móvil. Él me había dicho que no le llamaban salvo que fuera algo importante, así que… ¿qué habrá pasado?
—Ponlo en altavoz— le pedí, con una sonrisilla traviesa.
Tom me miró de nuevo, soltó una risita y obedeció. Activó el altavoz y dejó el móvil sobre la mesa. —¿Qué coño quieres, idiota? Estoy comiendo, ¿sabes lo que es eso? Desayuno. Como la gente normal.
—Vaya, qué genio— sonó la voz de Andreas, con su típico sarcasmo —Pensé que aún estabas durmiendo o que estabas cogiendo.
—Un poco de ambas cosas— respondió Tom, riéndose.
—Hola, Andreas— saludé mientras partía un trozo de panqueque y me lo metía en la boca.
—¡Ah! ¿Bill también está escuchando?
—Sí, claro— contesté mientras masticaba.
—Qué bien, justo tenía algo que decirte, Bill.
Me paré un momento, tragué y fruncí un poco el ceño. —¿Qué pasa?
—Tu amiguita, esa rubia con la que estabas aquella vez en la joyería, me buscó. Me preguntó por ti, está súper preocupada porque dijiste que la llamarías cuando te asentases, y ya han pasado meses. No sabe dónde estás, y está bastante angustiada.
Joder, con todo lo que ha pasado se me había olvidado eso…
—Joder…— solté llevándome la mano a la frente —Lo tenía totalmente olvidado.
—Eso le dije, que seguro andabas liado con tus cosas.
—Dile que estoy bien, porfa— suspiré —Que no se preocupe, que la llamaré cuando pueda. Que… bueno, que tengo algo que contarle que seguro la va a dejar loca.
—Vale, se lo diré, pero… como soy colega de Tom, yo también quiero saber…
—¿Se lo dices tú o se lo digo yo?— le pregunté a mi novio, que se relamió los labios y sonrió.
—¿Es algo malo?
—Todo lo contrario— dijo Tom —Voy a ser papá, cabrón.
Hubo un silencio largo por parte de Andreas, hasta que se oyó un grito que me hizo partirme de risa. —¡No puede ser! ¡Maldito Tom! Ya has liado la de Dios con tus espermatozoides…
—Me habría salido con la mía antes si Bill no se los hubiera tragado…
Yo, que justo estaba bebiendo zumo, acabé escupiéndolo. Empecé a toser al instante. —Tom, esas cosas no se dicen— escuché que decía Andreas entre risas —Yo me retiro para que Bill te pueda echar la bronca, y ah, me encargaré de contárselo a los chicos. ¿Tus padres ya lo saben?
—Sí.
—Bueno. Adiós, y Bill, dale una buena paliza…
—Eso tenlo por seguro.
Tom cortó la llamada y yo lo miré frunciendo el ceño, dándole un puñetazo en el pecho. Él se quejó, sobándose la zona.
—Eres un imbécil, ¿lo sabías?— le dije, muy enfadado.
—Ay, amor. Lo siento…
—No, cállate. ¿Cómo vas a soltar algo tan íntimo? ¿No tienes vergüenza?
Claro, ¿para qué pregunto si la respuesta es obvia?
—¿Sabes qué?— le corté al ver que iba a responder —No me digas nada y come, que tenemos que prepararnos para la consulta…
—Lo siento, amor mío.
No le contesté y él suspiró.
—Amore mio… scusa davvero. Lo so, ho detto una cavolata. Una grossa, enorme, gigante cavolata. Ma giuro che è uscito così, puff, senza filtro!
(Amor mío… de verdad, lo siento. Lo sé, dije una tontería. Una gran, enorme, gigante tontería. Pero juro que salió así, ¡puff!, sin filtro.)
Empezó a hablar en perfecto italiano, que como sabe que es mi idioma favorito, no hay día que no se disculpe conmigo así.
—Andreas rideva e io… beh, ho il cervello collegato al pene, lo sai. (Andreas se reía y yo… bueno, ya sabes que tengo el cerebro conectado al pene)— apreté los labios para no reírme —Non volevo offenderti. Sei la madre… anzi, il padre… cioè… sei tu, cazzo! Ti amo, anche con gli ormoni assassini e i lanci di cuscini. Per favore, non farmi dormire sul divano… di nuovo. (No quería ofenderte. Eres la madre… digo, el padre… o sea… ¡eres tú, joder! Te amo, incluso con esas hormonas asesinas y los cojines que me lanzas. Por favor, no me hagas dormir en el sofá… otra vez.)
Lo miré divertido y suspiré.
—Eres un idiota, ¿lo sabías? Un idiota adorable, pero idiota igual.— bufé rodando los ojos —No sé qué me da más rabia, si lo que dijiste… o que me dé la risa cada vez que hablas así. No puedo enfadarme contigo ni dos días seguidos… ni dos horas, joder.— me puse en pie —Pero si vuelves a soltar algo así con tus colegas, juro que esta vez no te vas al sofá… te vas al maldito balcón.— sentencié, luego me incliné un poco, lo cogí del rostro y le di un beso en los labios —Te amo, imbécil. Y date prisa, come rápido…
Lo oí suspirar embobado mientras me alejaba hacia la habitación. Tom es increíble, tan orgulloso, pero sabe dejar su orgullo a un lado por mí. Eso me gusta.
Continúa…
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