Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 48

Estoy de ocho meses y medio de embarazo.

Este es uno de esos momentos que mi chico llevaba tiempo esperando con ilusión. ¿Por qué? Pues porque la doctora Loren nos recomendó empezar a comprar las cositas para los peques. Nos dijo lo básico que debía llevar una pañalera, y lo demás lo fui mirando yo por Google. Quiero que todo salga de diez.

Tom y yo hemos entrado en una boutique donde solo venden cosas para bebés y niños pequeños, de unos tres a seis años, más o menos. Por eso preferimos venir aquí. Subimos al segundo piso, que es donde tienen lo de prematuros, y ya estamos aquí: Tom empujando el carrito y yo con la lista en el móvil, leyéndole lo que tenemos que coger. Lo tengo todo bien apuntado en la app de notas para que no se me pase nada. Ahora con los nervios es fácil que se nos olvide algo, y mejor prevenir. Además, son muchas cosas… y es que vienen dos.

—¿Qué es lo primero, amor?— pregunta Tom, y enseguida le respondo:

—Mmm… un paquete de pañales de recién nacido. Pampers, que los recomendó la doctora— le digo, y él coge uno de los primeros que ve y lo echa al carrito —Toallitas húmedas, talco para bebés…

Y él iba metiendo todo lo que le iba diciendo: mantitas, gorritos, pares de calcetines, conjuntos (para cuando nazcan) que no fueran amarillos, pijamitas, ropita para salir del hospital, cambiador de pañales, chaquetitas…

Luego empezamos con las cosas de la habitación: cunas con colchón, mantas gorditas y finas, seis juegos de sábanas (tres para cada uno), dos sacos de dormir, dos cómodas con cambiador que nos llevarán a casa porque en el coche no caben. Sonajeros, un cubo de basura hermético, cestas para la ropa sucia, protectores de cuna, bolsa cambiador y una mecedora para bebés. También lo del baño: toallas con capucha (las pillamos con orejitas, que eran monísimas), gel, bañeritas, termómetro para el agua, cortauñas, un cepillo para el pelo… aunque eso último igual tardan en usarlo. Y otras mil cosas más que no solo llenaron dos carritos, ¡sino tres!

Sé que muchas cosas igual no son necesarias, pero joder, son mis hijos y quiero que tengan de todo.

También compramos lo que hacía falta para la alimentación, cositas para cuando salgamos a que les dé el sol y ropa para el día a día.

La verdad es que fue precioso, toda la ropita era una monada, me gustaba todo. Hasta les compramos juguetes, por eso acabamos con tres carritos en vez de dos.

—¿Se nos olvida algo?— pregunta Tom mientras llevamos los carritos a la caja.

—Nop, está todo. Incluso cosas que no teníamos que comprar todavía…

—Bueno— ríe mi chico —Vamos a tener muchos gastos con los peques, ¿a que sí?

—Segurísimo.

—Me van a dejar tieso.

—Es posible.

—Y eso que luego crecen, hacen su vida y se olvidan de nosotros.

—Quizá, pero no pienses en eso ahora, amor. Que aún ni han nacido.

—Ya me he puesto sentimental, todo esto también me está tocando a mí. Aunque no me dan esos berrinches que te dan a ti…

—¿Es que no te sirvieron de nada las clases prenatales? Ahí hablaron de los cambios de humor en personas en mi estado— le recuerdo —Pero claro, tú siempre con la cabeza en vete tú a saber qué…

—¿Qué insinúas?— pregunta con una sonrisilla —No empieces otra vez con lo de la amante, que obviamente no tengo y que tú te estás montando en la cabeza…

—¿Me estás llamando paranoico?

—¿Qué? ¡Claro que no!— responde rápido —Mi amor, tu mente es una maravilla. Solo porque fui a la panadería de la esquina a comprarte los croissants que querías y tardé dos minutos más, ya pensabas que estaba con otra. Llevas dos semanas con la misma historia y ya ni hay mimitos por las noches. A mí también me afecta, ¿sabes?

Me río, pero de forma sarcástica. —¡Oh! Encima ahora el malo soy yo. Y no fueron dos minutos, Tom, ¡fueron veinte! Y del piso a esa panadería se tarda diez minutos máximo, más cinco esperando que te atiendan… son quince. ¿Y los cinco minutos que faltan, qué?— no contesta —¿¡Lo ves!? Te callas porque no sabes qué decir…

Suelta un bufido. —Sí, amor, me quedé charlando con el maniquí de la tienda de al lado que tenía un bikini monísimo— dice, y yo pongo los ojos en blanco. Odio que se lo tome todo a cachondeo —Me sonreía con ganas y la gente que pasaba me miraba raro, ¿por qué será?

—Aish…— gruño, y me adelanto a la caja para pasar primero las cosas que hay en mi carro. Estoy cabreado… y tengo hambre.

—No te enfades…

—Tú, capullo, no me digas lo que tengo que hacer, ¿vale? Y vete al cuerno, que te odio.

—Cariño…— gimotea, y luego chasquea la lengua —¿Qué tal si al salir te compro una hamburguesa de esas con carne vegetariana, mmm?

Y una sonrisilla se me escapa —Con doble carne y extra de queso…

—Con lo que quieras, amor. Y si quieres echarle trocitos de fresa también, tú mandas.

Entonces le miro y le suelto mi mejor sonrisa —Por eso te quiero, ¿sabes? Con todo mi corazón…

Él niega con la cabeza, ya acostumbrado a mis dramas —Hace un rato me dijiste que me fuera al infierno y que me odiabas…

—Mentira, yo jamás te diría algo tan feo…

—Sí que lo dijiste.

—¿Ahora insinúas que estoy loco? ¿Que miento?

—No, no, amor… Tienes razón. No lo dijiste. A lo mejor lo oí mal, ya sabes…

—Eso será.

Muerdo mi labio inferior. Lo siento, de verdad, pero es que no puedo controlar estos enfados. Últimamente me pongo más irascible cuando tengo hambre, por los antojos, claro… pero Tom ya está más que acostumbrado. Aun así, no me gusta sentirme culpable si lo hago sentir mal por soltar cosas sin pensar, por culpa de este descontrol emocional que tengo con el embarazo.

Cuando terminamos de pagar, unos chicos de la tienda nos ayudaron a meter todas las bolsas en el maletero. Yo subí al coche con ayuda de Tom, siempre pendiente de todo. En pocas palabras, si ve una piedra en mi camino, corre a quitarla para que nada me moleste.

Le quiero. Le quiero muchísimo.

—¿Vamos a Fatburger?— me pregunta mientras arranca el coche. Ni siquiera me mira, y solo de pensar que pueda estar enfadado conmigo, se me hace un nudo en la garganta. Me muerdo el labio inferior para que no me tiemble y agacho la cabeza. Se me empiezan a llenar los ojos de lágrimas. Joder, qué sensible estoy… —¿Billie?

Se me escapa un sollozo y, al no poder aguantar más, empiezo a llorar, tapándome la cara enseguida con las manos.

—¿Pero qué…?— Tom me mira —Mi amor, no llores. Te voy a comprar la hamburguesa para que comas y estés a gustito, cielo— dice mientras intenta calmarme acariciándome el pelo —Bebé…— Niego con la cabeza —¿No? ¿Qué no quieres? Dímelo…

—Tú… estás enfadado conmigo…— digo entre sollozos —Ya no me quieres…

—Pero…

—Porque estoy gordo y feo con esta panza enorme, y porque soy un llorón, porque me cabreo por todo… Ya no me quieres— lloro aún más fuerte —Me voy a ir lejos para no molestarte más y… y…

—Moreno…— me llama mientras me aparta las manos de la cara con cuidado y me agarra del mentón para que lo mire. Seguro que tengo el maquillaje corrido y parezco un cuadro. Solo de pensarlo, se me fruncen los labios otra vez —No, no, no, mi amor. ¿Cómo vas a pensar que no te quiero? Pero si te quiero con locura, mi vida. Sin ti no soy nadie. Y no estás gordo, estás guapísimo, amor. Eres precioso, un papucho y todo mío, mmm…

—Mentiroso. Estás cabreado conmigo…

—Que no, que no lo estoy— ríe suave mientras me seca las lágrimas —¿Por qué iba a estar enfadado con una cosita como tú, eh?

—Por lo que te dije en la boutique…

—Bebé, estoy ya mentalizado de que cuando te pones de malas, no hablas en serio— dice —Sé que el embarazo te tiene como una montaña rusa de emociones y hormonas, por eso intento no llevarte la contraria.

—¿De verdad?

—Claro que sí. Y venga, ya no llores. Joder, no soporto verte así— me sonríe —¿Quieres un besito?— pregunta como si le hablara a un crío, y la verdad… me gusta. Asiento despacito.

Siento que soy una bomba emocional a punto de estallar. Solo quiero llorar, pegar un grito y luego quedarme dormido en los brazos de alguien que entienda todo esto sin que tenga que explicarlo. Ese alguien es mi Romeo. Ja, mi Romeo pero sin el «santo». Tom se inclina despacio hacia mí. Primero me besa la frente, suave, como si temiera romperme. Luego baja a la nariz, y por último deja un beso en mis labios. Corto, dulce, justo lo que necesito para no sentirme tan jodidamente miserable.

—Ya está, tranquilo, terroncito. No pasa nada. Te llevo a Fatburger y te pides lo que quieras, ¿vale?— asiento otra vez —Así me gusta. Ya no llores…

—Pero dame otro besito…— pido como un crío que quiere un caramelo —Porfa…

Él me sonríe. Joder. Es la sonrisa más bonita que he visto en mi vida. No es la primera vez que la veo, pero me sigue dejando bobo. Podría quedarme mirándola horas.

—Dame otro— repito, acercándome poco a poco a él —Pero como te gusta a ti…

Tom se inclinó y me besó. Salvaje. Su boca cayó sobre la mía con hambre. Nada de dulzura, ni calma. Solo lengua, dientes, respiración acelerada. Su lengua se coló entre mis labios con tanta urgencia que me sacó un gemido. Me besó como si me necesitara, como si yo fuera su droga.

Su aliento quemaba, su lengua se movía rápido, húmeda, mandona. Me agarró de la nuca y me atrajo hacia él. Yo abrí más la boca, le dejé hacer, también le busqué. Le deseé. Nuestros labios chocaban, se aplastaban, nos los comíamos. Mi cuerpo estaba ardiendo. La piel se me erizaba. Mis manos se aferraban a su camiseta mientras él me besaba como si no existiera nada más que lo que estábamos haciendo.

Cuando se separó, los dos estábamos jadeando. Tenía la boca húmeda, caliente, temblorosa.

Me muerdo el labio de abajo. Es que con cosas así, me pongo cachondo. Pero no podemos hacer nada ahora, él no quiere hacerle daño a los críos.

—¿Cuánto hace que no lo hacemos?— le suelto, aunque en realidad solo debería haberlo pensado, no decirlo en voz alta. Pero bueno, ya qué.

Tom se relame —Pues… ¿cinco meses?

Suelto una exhalación —¡Con razón! Necesito sexo, Tom— mi chico arquea las cejas —Por eso estoy así.

—Tú no necesitas sexo…

Le miro con morritos —Tú no sabes lo que necesito— le digo —¿Por qué no quieres estar conmigo?

—Mi vida, no es que no quiera. Si por mí fuera, no pasaba ni un día sin hacerte mío, pero no quiero que le pase nada a los niños.

Chasqueo la lengua, pongo los ojos en blanco y me cruzo de brazos —Siempre con lo mismo…

—Billie…

—Tengo razón cuando digo que ya no te gusto, que me ves feo, ¿a que sí?

Intento llorar otra vez.

—No. No, no, Willem Kaulitz, no me vengas con chantajes— dice —Venga ya, no llores otra vez.

—Entonces dame lo que te pido o me voy a cabrear contigo el resto de mi vida— le suelto mirándole con los ojos entrecerrados. Luego vuelvo a hacer pucheros —¿No quieres hacerme el amor? ¿Follar conmigo? ¿No?

—Bill…

—¿No quieres?— repito.

Él resopla, se lame los labios y suelta un bufido, ya rendido —¿Aquí?

—No, en el piso— le digo —Venga, tira millas.

&

Y aquí me encuentro yo, en mi habitación, con Tom esperándome en la cama mientras yo estoy de pie y comienzo a quitarme el vestido blanco sueltecito, ya que es lo único que me queda porque con anterioridad me quité los boxers y el short que llevaba debajo. Deslizo las mangas por mis hombros hasta hacer que caiga al suelo y yo quedo completamente desnudo ante él.

—Ponte tú de pie— le digo. Él lleva solo los boxers, y no ha dejado de verme en ningún momento. Me obedece mientras yo tomo asiento en la cama. Tom se sitúa frente a mí como si ya supiera lo que tengo en mente y sonríe torcidamente…

—Oh, quieres darle cariñitos con tu lengua a mi amigo, eh…— dice entre risitas.

Yo solo lo miro y sonrío mientras meto mi mano dentro de sus boxers y saco su miembro ya duro y rojito. Lo tomo con una mano y comienzo a masturbarle durante unos minutos, abro mi boca y paso mi lengua desde la base hasta el glande sin dejar de estimular con mi mano. Meto su pene en mi boca, doy un par de mamadas y luego lo saco para concentrarme en succionar la punta mientras uso mis manos para seguir dándole placer.

—Mierda, de tanto aguantarme ahora recuerdo lo bien que se siente esto— dice entre jadeos —Oh, mierda, mierda…

Masajeo sus bolas sin dejar de hacerle mamadas rápidas, llevando su miembro hasta donde puedo. —Humm…— gimo con los ojos cerrados, sintiendo el sabor de su presemen en mi boca. Tom nunca ha dejado de comer piña, de hecho, le encanta la piña por eso no sabe mal.

Cuando su miembro está aún más erecto y se hincha sonrío orgulloso por mi trabajo —A veces pones una carita de…

—Dilo…

—¿Quieres que lo diga realmente?— yo asiento —Una carita de zorrita inocentona que me encanta— sonrío, me he vuelto tan sucio cuando del sexo se trata, pero es culpa de Tom, él me enseñó esas cosas y yo siempre fui un buen estudiante —¿Ya vas a dejar que te la meta?

—Aún no, amor mío. Quiero jugar— le respondo —Acuéstate— le señalo la cama y él lo hace, se acomoda con la espalda pegada al espaldar, sentado en la cama con su miembro erguido, más rojo que antes y brillante por mi saliva. Cuando esta bien acomodado, yo me subo a horcajadas sobre él con su miembro siendo aplastado «literalmente» por el mío y comienzo a moverme, haciendo que penes se froten —Ouh…

Jadeo de forma escandalosa, con mis cejas fruncidas, abriendo y cerrando mi boca cuando un gemido se escapa de mis labios.

La fricción es tan buena que me vuelve loco, Tom me toma de la cintura para acelerar los movimientos y hacerlos más fuertes. Nuestros miembros chorreaban presemen y la viscosidad hace que los movimientos sean más resbaladizos. Su pene se resbala por entre mis nalgas, Tom me levanta un poco haciendo que me apoye de mis rodillas y tomando un poco de su esperma con sus dedos la aplica en mi entrada, acariciando mi orificio de arriba hacia abajo antes de meter un dedo y comenzar a dilatarme.

Sentía como de un dígito pasaba a dos, y luego a tres. Cuando me sintió lo suficientemente listo, cambió los dedos por su polla. Hizo que yo quedara acostado en la cama. Su cuerpo cayó sobre el mío con cuidado y unió su boca con la mía para besarme. Me abrió las piernas con una mano mientras seguía devorándome la boca. Su rodilla se coló entre mis muslos, presionando mi pene. Solté un jadeo ahogado contra su lengua. Estaba caliente. Rígido. Insoportablemente excitado.

Su mano bajó por mi cintura, con ese agarre seguro, posesivo. Sus dedos rozaron mis pezones y sentí un escalofrío eléctrico recorrerme la columna. Gemí bajo, casi rogando por más, por todo.

—No me mires así— gruñó contra mi cuello, con la voz ronca —Dios, eres tan sexy…

Le respondí girando el cuello, dejándole espacio para que me mordiera. Lo hizo. No suave. Lo suficiente para que mi espalda se arquease por reflejo. Su boca bajó por mi clavícula, por mi pecho. Lento, pero no delicado. Iba marcándome. Me empujó más arriba en la cama y se colocó entre mis piernas. Ya no podía pensar, solo sentía. Su aliento. Lo quería. Lo necesitaba.

—Oh, ya hazlo…— le dije, mirándolo desde abajo, con los labios hinchados y el cuerpo temblando —Hazme el amor, Tommie…

Me removí, impaciente. Sus movimientos eran rápidos, bruscos, sin rodeos. Me gustaba así. Me tomó de las caderas y me alzó apenas, acomodándose entre mis piernas. Nuestras pieles se encontraron, directo, sin barreras. Su erección rozó la mía y ambos gemimos, bajos, como si el contacto nos electrocutara.

—Mírame— ordenó, con esa voz gruesa que siempre me hacía obedecer.

Lo hice. Su mirada ardía. Pura lujuria. Pura necesidad. Entonces me tomó. Sin vacilar, sin advertencia. Entró de una sola vez. El aire se me fue de los pulmones y mis uñas se clavaron en sus hombros. El dolor fue real, pero también lo fue el placer. Crudo. Intenso. Necesario. Comenzó a moverse. Fuerte. Rápido. Profundo. Golpeando justo donde sabía que me volvía loco. Cada embestida era la puta gloria. Mi cuerpo se arqueaba solo, buscándolo, aceptándolo, deseándolo más con cada segundo.

—Ah… ahh…— echo mí cabeza hacia atrás, contra la almohada —Mmmnh… Ngh… Aaaah… sí… T-Tom… más…

Sus manos me sujetaban con firmeza, una en mi cintura, la otra bajando por mi muslo hasta levantarme la pierna. Me abría más, me tenía todo. Me rompía a su ritmo.

—Nnngh… ahí… justo ahí…— reviro los ojos, perdido en el placer que estoy sintiendo —Dios… no pares… Me encanta cuando me lo haces así… Estoy tan lleno de ti… No pares, no pares…

—Me gusta cuando hablas así, ¿sabes?

Sonrío ligeramente —Mmm… más fuerte…

Yo gemía sin pudor. Lo quería así. Fuerte. Sucio. Perverso. Nuestros cuerpos chocaban, sudaban, se perdían. El sonido de su piel contra la mía llenaba la habitación, mezclado con mi voz ronca y sus gruñidos contenidos.

—¡Aah… Tom! No puedo más…— exclamé ——¡Sí! ¡Así! ¡Ah…!

Me empujó contra el colchón y me dio justo lo que pedía. Hasta que estallamos. Primero él, mordiendo mi cuello, apretando mis caderas con fuerza. Luego yo, temblando, con los ojos cerrados y el cuerpo rendido.

Cuando todo acabó, el silencio se llenó de respiraciones agitadas. Y yo… yo no podía dejar de pensar en lo jodidamente vivo que me hacía sentir.

Aunque estuviera destrozado. Literalmente. Mañana me dolerá la espalda como nunca…

—Tommie…— susurro su nombre.

—¿Sí, mi amor?

—Quiero mi hamburguesa…

Tom me mira y se ríe cuando le muestro mi expresión más tierna después de haber sido un jodido sucio con todas las cosas que gemí mientras me cogía, pero no es mi culpa, la excitación puede contra quien sea.

—La pediré a domicilio, mi Rey…

Oh, amo cuando me llama así…

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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