
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 50
—Hola, terremotillos— susurró él, arrodillado sobre la cama mientras acariciaba mi barriguita y les hablaba a los peques —Aquí papá. Solo quería deciros que ya tenéis vuestro cuarto listo, y que no podéis salir hasta que estéis bien cocinaditos, ¿vale? Ni un día antes, que aún no he aprendido a cambiar pañales sin potar.
En las clases prenatales no lo hace mal, pero lo único que se le atraganta es que no sabe cómo aguantarse las arcadas. Dice que le da un asco tremendo, pero oye, él quería embarazarme y tener hijos, pues eso también viene en el pack, ¿no?
—No los asustes, idiota— dije entre risas.
—Es amor, Billie. Esta es mi manera de mostrar ternura en situaciones de estrés— me respondió, y yo sonreí. Tom besó mi barriga con suavidad, varias veces, una por cada patadita que sentía. —Os quiero, aunque aún no os haya visto— murmuró —Pero ya sois lo mejor que me ha pasado.
Levantó la vista hacia mí, que lo miraba con los ojos vidriosos, y se acomodó sobre mí, apoyando un brazo a cada lado de mi cuerpo.
—Y a ti, ni te cuento… te quiero más que a mí mismo— dijo bajito, rozando su nariz con la mía. Sonreí y dejé que me besara cuanto quisiera. Luego se tumbó a mi lado, rodeándome con sus brazos, y yo suspiré, encajando perfectamente en su pecho.
—¿Podemos quedarnos así un ratito?— pregunté.
—Por mí, toda la vida.
Volví a sonreír. Estaba reventado aunque no hubiese hecho gran cosa, pero no podía dormir. Ese mal presentimiento, los bebés, el miedo a que pase algo malo… todo eso no me dejaba desconectar. Esa frustración es la que no me deja descansar, cerrar los ojos y despertar cuando estos renacuajos decidan salir. Pero no, tengo que seguir cuidándome para que estén bien.
Estaba medio dormido ya, enredado entre las sábanas, con el pelo suelto y una mano descansando sobre mi pancita, con la de Tom encima. Le oí suspirar y noté cómo se movía un poco. Tenía los ojos cerrados, pero ni por esas lograba dormirme.
—Qué suerte la mía de tener a este bellezón por pareja— le oí decir bajito, y luego sentí un besito en la mejilla. Mis labios se curvaron en una sonrisa suave.
—Mi niño bonito… mi sol, mi papi sexy, el papi más guapo del planeta y del universo entero.
—Tom…— murmuré con los ojos entreabiertos. —¿Qué haces, eh?
—Nada, solo estoy adorándote, ¿no se puede?— respondió mientras me llenaba de besitos ruidosos que me daban ganas de reír. Me acarició la cara con los nudillos y me dio un besito en la nariz.
—Mi guacamole no sería lo mismo sin ti, ¿sabes? Eres mi aguacate madurito, mi bizcochito suave, mi terroncito de azúcar… mi algodón de azúcar con patas— musitó.
Solté una risita.
—No dejes de hacer eso…
Me encanta cuando se pone así de ñoño, me derrite con tanto empalague. —Eres mi cereza con purpurina, mi obra de arte celestial, mi preñadito precioso, mi bomboncito sexy que está guapísimo hasta cuando se queja de que no le entra la ropa— dijo, dándome la vuelta entre sus brazos para que ya no le diera la espalda y pudiera mirarme de frente…
Me dio un beso en la frente y se acomodó para seguir acariciándome la pancita.
—Te quiero, morenazo… en todas tus versiones. En la sexy, en la de mala leche, en la embarazado que llora por todo y hasta en la de «me apetece pizza» a las tres de la mañana. Siempre vas a ser mi todo.
—¿Puedo confesarte algo?— pregunté, rozando mis labios con los suyos.
—¿El qué?
—A veces, cuando me hablas así, tan pasteloso… me entran ganas de llorar del amor que siento por ti— le dije.
—Y a mí me dan ganas de meterte en una cajita y llevarte encima todo el día.
—¿Como un hámster?
—No, como un tesoro. Mi tesorito preñado.
Los dos nos partimos de risa. Creo que se dio cuenta de que no podía dormir, porque hizo todo lo posible por distraerme y mimarme, para que dejase de rayarme la cabeza. Y lo consiguió. Me quedé dormido con una sonrisa en la cara, mientras él me acariciaba la panza y me susurraba tonterías llenas de amor.
Con los dos terremotillos moviéndose dentro de mi barriga, como si también quisieran decir: «Buenas noches, papis».
&
Ha pasado una semana. Una mísera semana desde la consulta en la que nos dijeron la fecha estimada de parto. Y yo, tan inocente, tan panoli… pensaba que mis bebés iban a esperar como unos angelitos hasta ese día.
Pero no.
Aquí estoy, a las cinco de la mañana, en el suelo, con las piernas abiertas a la altura de las caderas para mantener el equilibrio, el torso inclinado hacia delante, abrazado a la pelota y con la cabeza apoyada en ella. La matrona de las clases prenatales dijo que esta postura ayuda a aliviar la presión en la parte baja de la espalda, a colocar bien al bebé y a relajarse entre contracciones. Tom está detrás de mí, con una mano en mi cadera y la otra en la espalda.
Estoy sudando como un pollo y sufriendo una de esas contracciones horribles que te advierten en los blogs, las clases, las madres experimentadas y hasta los memes.
—Respira, cariño. Inhala… exhala… así, conmigo, inhala…
—Tommie…— gimoteé, con los ojos cerrados y los dientes apretados —No quiero respirar, quiero morirme— lloriqueé —Me duele…
—No te vas a morir, solo son las contracciones, nada más. Tranquilo, vida mía, solo respira…
—Siento que me están dando patadas en las tripas, Tommie— volví a gimotear, meciéndome de atrás hacia adelante en la pelota. Las contracciones aumentaban, pero todavía no había roto aguas. Estoy en la fase de dilatación temprana, la pelota ayuda pero no es suficiente. Siento que no voy a poder con esto. —No puedo más…— las lágrimas me caían por las mejillas.
Otra contracción me atravesó como un rayo. Me encorvé soltando un quejido ronco, con los ojos llenos de lágrimas. Me temblaban las piernas, la espalda me ardía y sentía un calor insoportable entre las piernas. Pero no dejé de balancearme suavemente sobre la pelota.
—Te llevo al hospital, ¿vale? No puedo verte así— dice él, sudando más que yo, como si el que fuese a parir fuera él —Voy a por la mochila del bebé y nos vamos ya…
Y entonces… lo noté. Un «pop» suave, húmedo, calentito. Bajé la vista. El pantalón de chándal estaba empapado. —Tom…— jadeé —He roto aguas.
Se quedó blanco como el papel. —¿¡Qué!?
La matrona también nos dijo que la dilatación va de 0 a 3 o 4 centímetros y que esa fase puede durar horas, incluso días. Y yo ya llevaba tres días así. Aguantando contracciones que iban desde molestas a soportables, y que controlaba con la pelota. Pero hoy… hoy era otra historia.
Tom me ayudó a incorporarme, me sentó en la cama aunque estaba empapado por el líquido, y fue directo al armario a por algo de ropa. Mis contracciones duraban ya cuarenta segundos, y llevaba media hora así. Encontró un jersey largo tipo vestido, me quitó la ropa mientras yo protestaba de dolor y me lo puso. Cogió la mochila del bebé y me sacó del piso como si le fuera la vida en ello. Todo en tiempo récord.
Vivíamos en un décimo. ¿A quién se le ocurre elegir un piso tan alto? ¿Por qué no una casita mona en el campo, de una planta y punto?
—Te odio— murmuré, apoyándome en Tom dentro del ascensor mientras otra contracción me hacía soltar lágrimas.
—Lo sé, cariño. Yo también me odio… todo esto es culpa mía… por guapo— intentó hacer la gracia, pero la cara de susto lo delataba.
Al llegar a la planta baja, dos vigilantes nos vieron y corrieron a ayudar. Le buscaron el coche a Tom en el parking y entre todos me metieron con cuidado en el asiento de atrás.
—Aguanta, amor, voy a conducir como Vin Diesel— dijo Tom al sentarse al volante.
—¡Me da igual Vin Diesel, conduce como una matrona!— le grité. Y arrancó. A toda pastilla. Pasando los semáforos en ámbar, pitando como un loco y diciendo «madre mía» cada tres segundos.
—¿¡Estás bien!?— me gritaba cada minuto.
—¡NO! ¡Me están pateando las tripas!
—Ya casi, ya casi, cariño… No vas a parir en el coche. No vas a parir en el coche. ¡No vas a parir en el coche!— gritaba él.
Yo solo rezaba, sudaba a mares y apretaba los dientes, pensando en todas las decisiones que me habían llevado hasta ahí. Sobre todo… aquella vez que acabamos echando un polvo en este maldito coche.
Sentía que el cuerpo se me iba a partir en dos. Cada contracción era como si me retorcieran las entrañas con un hierro al rojo vivo, y lo único que podía hacer era apretar la mandíbula y agarrarme al borde del asiento. Tom conducía como un loco, y aunque en cualquier otro momento me habría dado un infarto con esa conducción, ahora solo podía darle las gracias por ir tan deprisa.
—Ya hemos llegado, cielo— me dijo en cuanto frenó el coche.
No contesté. Una nueva contracción me dejó sin aliento. Me llevé la mano al vientre y gruñí entre dientes, mientras Tom abría la puerta y me ayudaba a bajar. Sentí el suelo bajo los pies, pero me temblaba todo. Me encorvé un poco, con las piernas tensas, intentando aguantar el dolor como podía.
Entramos al hospital como pudimos, Tom llamó a una enfermera y al cabo de unos minutos apareció con una silla de ruedas en la que me sentaron. Madre mía… no sabía si ponerme a gritar o a llorar. Me dolía la espalda, la panza, las piernas, todo. Me estaba asando. Me escocían hasta los ojos. Hizo unas cuantas preguntas que Tom respondió por mí, más claro que el agua. Yo solo podía centrarme en respirar. Coger aire. Soltarlo. Otra vez. Intentar no desmayarme. Me sentía como si estuviera metido en una peli: todo iba rápido, pero a la vez parecía en cámara lenta.
No sabía si tenía ganas de vomitar, de chillar, de hacer pis o de morirme. Igual un poco de todo. Subimos en el ascensor. Yo seguía doblado como un trapo. ¿De verdad esto es normal?
Nos llevaron a una habitación. Había una cama, luces flojas, máquinas… no sé, ni miré mucho. Me ayudaron a tumbarme, aunque no quería estar tumbado. Sentía que dolía más así. Tom estaba conmigo, ayudándome a controlar la respiración. Me decía cosas bonitas para que me calmara, hasta que entró la doctora Loren en la habitación.
—William, vamos a ver cómo vas, ¿vale?— dijo.
Solo pude asentir. Otra contracción me hizo cerrar los ojos y agarrarme al colchón con fuerza. Estaba agotado, cagado de miedo, pero también un poco más tranquilo por estar ya allí. La doctora Loren se acercó con una sonrisa muy zen, como si yo no estuviera a punto de estallar.
—Bien, necesito hacerte unas preguntitas y revisarte para ver cuánto has dilatado, ¿de acuerdo?— dijo con esa vocecita calmada que casi me dan ganas de gritarle «¡venga, tira ya!»
—Sí… hazlo rápido, por favor— dije jadeando. Me escocían los ojos de tanto apretar los párpados.
—¿Cuándo empezaron las contracciones fuertes?— preguntó mientras se ponía unos guantes.
—Hace como…— miré a Tom, que seguía ahí, agarrándome la mano.
—Casi una hora— respondió él, con voz firme pero con esa cara que pone cuando está al borde del colapso.
—¿Cada cuánto te dan ahora?— preguntó mientras levantaba la sábana y me colocaba las piernas con cuidado.
—Cada tres minutos— dije con la voz entrecortada.
Ella asintió. —Perfecto. Voy a hacer un tacto, ¿vale? Necesito ver cuántos centímetros llevas. Igual notas un poco de presión o molestia, pero será rápido. Respira hondo, ¿vale?
Asentí. Tom me apretó la mano. Y entonces llegó esa presión. Una sensación rara, incómoda, que me hizo fruncir el ceño, pero por lo menos no dolía tanto como las contracciones. Era… frío. Vulnerable. Cerré los ojos aguantando otra contracción.
—Vale… llevas siete centímetros. Ya estás entrando en la fase activa del parto— dijo, quitando las manos y los guantes con toda la calma del mundo.
Abrí los ojos de golpe. —¿Siete? ¿Ya?— me salió la voz más aguda de lo que quería.
—Sí. Vas muy bien. En este punto te vamos a preparar para llevarte a la sala de partos. ¿Quieres que te pongamos la epidural o prefieres seguir sin medicación?
—Sí, sí, quiero la epidural… por favor…— supliqué.
La doctora sonrió. —Perfecto. Vamos a ponerte la bata y conectarte a los monitores. En nada viene el anestesista, y después te llevamos a la sala de partos.
Tom me ayudó a cambiarme. Me pusieron esa bata del hospital que se abre por detrás y me engancharon al monitor fetal, donde se oía el corazón de los bebés a toda pastilla. Mis bebés.
Casi no me creía que estuvieran ya tan cerca.
Se abrió la puerta y entró un hombre alto, con bata azul y gafas rectangulares, empujando una bandeja metálica llena de cosas que preferí no mirar mucho. —Anda, si ya lo tienes todo preparado, Loren— dijo.
—Está empezando con el trabajo de parto— respondió ella, y el hombre se giró hacia mí.
—Hola, William. Me han dicho que esperas gemelos, ¿no?— Asentí, sin poder hablar.
—Vamos a ponerte la epidural, ¿vale?
Volví a asentir con la cabeza, apenas si podía moverme. La última contracción me había dejado temblando. Tom seguía a mi lado, sujetándome la mano con fuerza. Con la otra me acariciaba el pelo, empapado en sudor, como si eso pudiera calmar el caos que llevaba dentro.
—Tienes que sentarte al borde de la cama y encorvarte un poquito hacia delante, como si te abrazaras la barriga— dijo el anestesista mientras se preparaba con guantes y jeringas.
—No puedo…— murmuré con los ojos apretados.
—Claro que puedes, cariño— susurró Tom al oído —Estoy aquí contigo. Venga, respira, ¿sí?
Tom se colocó detrás de mí, ayudándome junto con la doctora a mantener la postura. Apoyé las manos en sus muslos, temblando, con la cabeza inclinada hacia el pecho. Sentí el frescor del antiséptico en la espalda, luego el pinchazo, un poco de presión. Me quejé, pero no era ni de lejos tan horrible como las contracciones.
—Ya está. En unos minutos verás cómo se te alivia el dolor— anunció el médico.
Y sí, poco a poco… lo insoportable se volvió soportable. El ardor se convirtió en presión. Podía respirar sin sentir que me ahogaba. Lloré bajito, sin saber si de alivio o de miedo. O quizá por las dos cosas. Entonces volvió a entrar una enfermera.
—Ya está todo listo. Vamos al paritorio. Los bebés no van a esperar mucho más— dijo en voz baja.
Tom me ayudó a subirme a una camilla con ruedas. La sensación era rarísima, como si mis piernas no fuesen mías. Me taparon con una sábana y me enchufaron monitores por todas partes: uno para mí, otro para cada bebé. Los latidos de los gemelos retumbaban por toda la sala como si fuesen tambores.
Las luces del pasillo pasaban rápido por encima mientras me llevaban. Era como estar soñando, pero no. Iba a convertirme en papá. Entramos en la sala de partos. Había una lámpara enorme en el techo, médicos con batas y mascarillas, instrumentos por todas partes. Y Tom. Que era lo único que necesitaba.
—¿Vas a entrar con él?— preguntó una enfermera.
—Sí, claro que sí. No voy a dejarle solo en esto, se lo prometí. Además, paso de dormir toda mi vida en el sofá— respondió Tom con firmeza. Ya se había puesto su bata azul y la mascarilla. Solo se le veían los ojos… pero con eso me bastaba. Me colocaron en posición. La doctora Loren apareció otra vez.
—Muy bien, William. Estás completamente dilatado. En nada empiezas a empujar, ¿vale?
Tom me dio un beso en la frente y me agarró la mano. —Ya casi, amor. Solo un poquito más…
No contesté. Me quedé mirando al techo, temblando. Tenía miedo. Me dolía todo. Pero por encima de todo… estaba lleno de amor. Por ellos. Por él.
Estaba preparado.
—Cuando notes presión, coge aire, aguanta y empuja fuerte— me decía la doctora Loren, con esa calma suya que a ratos me sacaba de quicio, pero que también agradecía.
Asentí sin ganas. El sudor me chorreaba por la frente, y aunque no sentía dolor por la epidural, la presión era una pasada. Como si el cuerpo se me fuese a partir en dos. Tom no se había separado ni un momento. Otra contracción. La más fuerte de todas.
—¡Empuja, William! ¡Ahora!— gritó la doctora.
Empujé con todo lo que tenía. Noté cómo algo bajaba dentro de mí. Fue raro, daba miedo, pero a la vez era un milagro.
—¡Muy bien! ¡Ya casi lo tienes!— exclamó una enfermera —¡Se ve la cabecita!
No sabía si echarme a llorar, a gritar o a reír. Me temblaban los brazos, los labios. Tom me secó el sudor con una gasa, me besó en la sien, y por un momento, todo desapareció. Solo estábamos él y yo.
—¡Una más, William, y sale el primero!— dijo la doctora.
Empujé tan fuerte que pensé que me iba a desmayar. Y de repente… un llanto. El sonido más bonito que he oído en mi vida. Agudo, fuerte, vivo. Un llanto que me rompió por dentro… y me recompuso al instante.
—¡Es una niña!— anunció Loren.
La levantaron con mucho cuidado. Estaba rosadita, arrugadita, mojada. Y perfecta. Lloraba con todas sus ganas, moviendo los bracitos. Y yo me puse a llorar también, sin importarme nada. —Dios mío…— susurré.
—¿Quieres cortar el cordón, papá?— le preguntó una enfermera a Tom.
Tom tenía los ojos completamente rojos. Asintió, sin poder decir ni una palabra. Le pasaron unas tijeras quirúrgicas y le señalaron justo dónde cortar, entre los dos clips. El cordón todavía latía. Mi chico lo cortó. Se oyó un «clic» suave, y luego… nada. El cordón dejó de latir. Aida ya era independiente, una personita entera. Tom temblaba.
—Buen trabajo, Tom— le dijo la doctora.
Una enfermera se la llevó para limpiarla y revisarla, pero Tom no dejaba de mirarla. Me dio otro beso en la frente. —Todo va bien, amor…
—Vamos, William— dijo la doctora, volviendo a centrarse en mí —Ahora viene el segundo.
Casi me había olvidado. Mi hijo. Tom volvió a cogerme la mano. —Vamos a por Aiden, amor. Ya queda nada.
Respiraba como podía. Sentía que no tenía fuerzas… pero sí que las tenía. No había llegado hasta allí para rendirme. Otra contracción. Más empujones. Esta vez costó más. Aiden se lo estaba tomando con calma. Oí cosas como «hay que rotarlo», «cambio de posición» y «tranquilos», pero yo de tranquilo no tenía un pelo.
—Vamos, moreno. Solo un empujoncito más— Tom me besó en la mejilla —Aiden te oye. Él quiere salir. Dale un empujón más, ¿sí?
Cerré los ojos. Le apreté la mano. Y empujé. Y entonces, como si el universo se abriese… otro llanto llenó la sala.
—¡Es un niño! Qué preciosidad. Enhorabuena a los dos…
Aiden. Más grande que su hermana, más calladito al principio… pero en cuanto lo pusieron junto a mí, chilló con ganas. Y yo rompí a llorar. Los dos. Mis bebés. Mis hijos. Tom también lloraba. Me abrazó con torpeza y emoción, llenándome de besos en la frente.
—Lo has hecho, mi vida. Joder… lo has conseguido.
Yo no podía ni hablar. Solo los miraba a los tres. Y sonreía.
Continúa…
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