
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 52
Tenía a Aida envuelta como un burrito entre los brazos, dormidita, con los labios entreabiertos. Tom sujetaba a Aiden con el mismo cuidado con el que uno sostiene un milagro. La enfermera nos entregó los papeles del alta, firmamos y nos deseó suerte con una sonrisa.
Suerte.
La íbamos a necesitar.
—¿Listos, cariño?— preguntó mi chico mientras empujaba con suavidad la silla de ruedas en la que yo iba sentado. No me dejaban salir andando, protocolo, decían.
—Ni idea—le contesté, mirando a nuestra hija —¿Hay alguna forma de estar preparado para esto? Dos críos, joder. Adiós a mis noches tranquilas— murmuré con una risa suave, acariciándole la mejilla.
—Lo haremos bien… solo hace falta tener mucha paciencia…
—Y energía, y ganas…— añadí —Pero sí, seguro que nos apañamos. Al fin y al cabo, tampoco creo que nos den tanta guerra… ¿no?
—De momento están bastante calmados. Ojalá sigan así— dijo él. Salimos de la clínica y, con ayuda de las enfermeras, me metieron en el coche. Le repitieron a Tom las indicaciones sobre mi reposo, me acuerdo de todo perfectamente. Puede durar entre seis y ocho semanas, según cómo vaya la cosa.
La primera semana no puedo caminar mucho ni estar demasiado rato de pie. Puedo levantarme para ir al baño o para comer, pero tengo que pasar casi todo el tiempo tumbado o semi-recostado. Nada de subir escaleras, agacharme bruscamente ni coger peso, ni siquiera a los peques durante mucho rato. En la segunda semana ya puedo moverme un poco más por casa, pero con calma. Nada de forzarme. Y cero sexo, bañeras o piscinas.
A Tom no le hizo ni pizca de gracia eso de estar casi ocho semanas sin acción. A mí me dio la risa…
En fin, puedo echar una mano con los niños, pero solo en cosas suaves: darles el biberón, abrazarlos, ese tipo de cosas.
En la quinta semana, si no hay complicaciones, puedo empezar a volver poco a poco a la rutina. Si estoy bien de ánimo y físicamente recuperado, se puede retomar el tema del sexo, con cuidado y consentimiento. Y otras cosillas más…
El coche ya estaba arrancado, con la calefacción puesta como yo había pedido. Ayudaron a Tom a colocar a los bebés en sus sillitas, con todo el mimo del mundo. Yo no podía dejar de mirar lo pequeñajos que se veían en esos asientos tan grandes. Parecían prestados. Como si todavía no fuésemos dignos de llevarnos algo tan perfecto a casa.
Mi chico rodeó el coche, comprobó que todo estaba en orden y se sentó en el asiento del conductor. Me miró antes de poner en marcha.
—¿Tienes hambre, morenito? Podemos parar en un Starbucks, pillamos unos paninis y desayunas, ¿te apetece?
—Venga…— le respondí con una sonrisa —Paninis… y un latte.
—¿Con mostaza o prefieres salsa de soja? Igual de postre te apetece un helado con ketchup…
Puse cara de asco —Para ya…— me quejé —¡Eran ellos los que me hacían comer esas guarradas!— dije haciendo un puchero, señalándolos. Dormían como angelitos —No te rías, Tom— le dije, cruzándome de brazos con la mejor carita de no haber roto un plato. Él se rió por lo bajo…
—Por lo menos ya vas a volver a comer como una persona normal, cariño. Se acabaron las mezclas asquerosas…
—Ya, pero me da cosilla por ti…
—¿Por qué?
—Porque no vas a poder catarme en ocho semanas— solté en tono burlón, y él frunció los labios —Yo lo aguanto, ¿eh? Pero tú… pobrecito mi Tommie precioso…— empecé a reírme y él me miró con mala cara.
—No tiene gracia…
—Sí que la tiene, no mientas…
Gruñó y siguió conduciendo. La siguiente parada fue en un Starbucks. Se bajó, pilló unos paninis y dos lattes para desayunar tranquilamente en casa. —¿Has hablado con Nathalie?— me preguntó en cuanto arrancó de nuevo. Asentí despacito.
—¿Y qué te ha dicho?
—Que en Alemania la cosa se ha calmado un poco, mis padres se rindieron y han dejado de buscarme— le conté —Han soltado a la prensa que estoy estudiando en el extranjero, porque el rumor de que me habían secuestrado se estaba esparciendo, y claro, los paparazzi y los periodistas estaban todo el rato encima de él…
—Hostia… ¿eso quiere decir que ya no tenemos que estar escondiéndonos? ¿Podemos volver a usar nuestras identidades reales?— dijo con cierta emoción.
Asentí —Sí, Nath me dijo que ya no hay peligro. Le conté que de mis bebés y quiere venir a vernos…
—Mmm… ¿y qué has hecho?
—Le dije dónde estamos— Tom me lanzó una mirada fugaz y luego se relamió los labios. Pude notar la incomodidad en su expresión —¿Qué pasa?, ¿no te mola la idea?
—No es eso, amor. Entiendo que quieras verla, pero… ¿y si tu padre no se ha rendido del todo y sigue buscándote en silencio para no levantar sospechas? ¿Y si la están siguiendo a ella? Mi vida, sigue siendo arriesgado, mires por donde lo mires…
—Ya, lo sé…— bufé —Pero de verdad quiero pensar que por fin estamos tranquilos, que no tenemos que irnos a México… que podemos quedarnos aquí…
Pero él seguía con cara de preocupación. Le conozco, sé que algo le ronda la cabeza. Algo que no me está diciendo.
—¿Qué te pasa, cielo? Te noto raro. ¿Está todo bien?
—Sí, moreno… no te rayes— me dijo, pero noté la duda en su voz. Ni él mismo se lo creía, así que me crucé de brazos.
—Tommie, puedes confiar en mí. Sé que me estás mintiendo… venga, dímelo, ¿qué ocurre?
—No quiero agobiarte…
—Me voy a agobiar más si no me lo cuentas…
Suspiró hondo —He hablado con mi padre. Le conté que ya habían nacido los niños… se puso súper contento, me dio la enhorabuena, mamá también… quieren venir a vernos y conocer a los peques, y saber cómo estás tú— empezó a decirme —Pero papá dijo que no podían venir. Le pregunté por qué, porque hacía tiempo que no hablábamos y no sabía nada… y resulta que alguien me está buscando. Y no es cualquiera, es uno de los tantos enemigos que he tenido…
—¿Cómo?— susurré.
—¿Te acuerdas del chaval aquel del pub clandestino, al que le metí una paliza porque intentó hacerte daño?— preguntó, y asentí. Me acuerdo perfectamente. —Se llama Brian— añadió. Claro, lo recuerdo. Tom le dijo su nombre mientras le amenazaba —Mi padre me ha dicho que sabe lo de tus movidas con tu viejo, que nos escapamos con identificaciones falsas y que estamos aquí…
—Madre mía…— solté —Pero, ¿cómo ha pasado?
—Dieron con el local de Rizzo, se cargaron a los seguratas y lo torturaron a él. Como no soltó prenda, empezaron a rebuscar en los registros… y es que Rizzo siempre guarda todo lo que hace, incluyendo las identificaciones falsas, y así dieron con ellas…
—Joder…
—Después le amenazaron con matarlo si no soltaba dónde estábamos… Rizzo les dijo que no tenía ni idea, yo nunca le dije a nadie a dónde venía contigo, amor— me dijo —Lo dejaron vivo, y fue él quien avisó a mi padre. Ahí empezó a tirar del hilo. Brian tiene su propia federación, ¿vale? Pero yo siempre he estado por encima de él, por eso nos llevamos a matar. Y claro, ahora que no estoy allí para controlar nada, está haciendo lo que le da la gana.
—¿Y tus colegas? ¿Les ha hecho algo?
—Saben defenderse. Brian solo fue a por Georg, pero no le tocó un pelo. Le soltó un par de preguntas y Georg respondió con cabeza, le hizo dudar… Moreno, Brian no está solo. Creo que le están echando un cable, y sospecho que puede ser Ría o Marc…
—No me jodas…
—Papá intentó contactarme, pero estaba tan centrado en ti que se me olvidaron los asuntos pendientes que dejé en Alemania…— me dijo —Y ahora todo se está yendo al garete y no sé qué hacer. Dio con Paco, con Yessi… Me han estado buscando estos meses y tengo miedo de que nos encuentre. Aquí no tengo a nadie que pueda ayudarme a protegeros…
—Tommie… ¿qué vas a hacer?
—Lo hablé con mi padre. Le pedí que investigue quién está filtrando info a Brian sobre ti. Me dijo que lo mejor sería que volviera a Alemania y arreglara todo desde allí, para no arrastrar el problema hasta aquí…
—No, eso no…
—Billie, tienes que entenderlo… necesito manteneros a salvo.— intentó explicarme —Estoy metido hasta el cuello en el narcotráfico, y nadie sale de eso de rositas… si se enteran de que quiero dejarlo y salirme de la federación, me van a ir a por todas. Y también a por vosotros. No quiero arriesgaros…
—Si vuelves a Alemania, Tom…— se me cortó la respiración unos segundos, intenté calmarme —Si te pasa algo allí, ¿qué hago yo?
—Cielo, tengo que asegurarme de que tú y los niños estéis bien…
—¿Y quién te cuida a ti?
—Eso da igual…
—¡Cómo que da igual!— grité en un susurro, empezando a cabrearme.
—Si te pasa algo, me muero, Willem…
—¿Y tú qué te crees? ¿Que me importas una mierda? ¡Te necesito, Tom!— volví a decir entre gritos bajitos, sin querer despertar a los niños —No eres solo mi novio, eres todo para mí, ¿qué coño voy a hacer si te pasa algo? Yo solo no puedo…
—Sí que puedes…
—No, no voy a poder…— mi voz se quiebra y agacho la cabeza, cubriéndome la cara mientras rompo a llorar. ¿Por qué tienen que pasar estas cosas? ¿Es que nunca vamos a poder vivir tranquilos, disfrutando de nuestra vida juntos? Se suponía que con el nacimiento de los peques todo iba a ir a mejor. Íbamos a ser felices, seguir con nuestras vidas, pero juntos, sin que nadie nos separase… y ahora pasa esto. Maldita sea.
—Cariño…— susurra. No sé en qué momento llegamos al edificio, pero Tom ya estaba aparcando el coche —No llores, amor.
—Es que tú no lo entiendes…
—Sí que lo entiendo. Tienes miedo de que me pase algo, igual que yo tengo miedo de que os pase algo a vosotros…— alarga el brazo para acariciarme el pelo, pero me aparto. Abro la puerta y bajo del coche con cuidado. Me seco las lágrimas, abro la puerta de atrás y cojo a Aiden en brazos —Billie, por favor…
—Coge a Aida y subamos al piso. Recuerda que no puedo caminar mucho, estoy en la primera semana de reposo— le suelto con un tono seco, y él resopla.
Cierro la puerta mientras él coge a Aida y la pañalera. Camino despacio, con dificultad. Estoy tan cabreado. Con Tom. Con la vida. ¡Con todo! Se quiere ir, dejarme solo, justo cuando solo él puede cuidarnos. ¿Y si su plan sale mal? ¿Y si vienen a por nosotros cuando se enteren de que vuelve a Alemania?
Joder.
Entramos al edificio y me acerco al ascensor mientras Tom le dice algo a la recepcionista sobre la hora de llegada y salida. Pulso el botón y el ascensor se abre. Entro y busco nuestro piso. Tom entra detrás y se pone a mi lado.
—No te enfades…
No le contesto. Me quedo en silencio durante todo el trayecto en el ascensor, incluso cuando entramos al piso. Los niños ya están despiertos. Miro a mi hijo mientras me siento en el sofá y le acaricio la mejilla. Aiden sonríe y yo le devuelvo la sonrisa. Es tan precioso, tan pequeñito y frágil… Mis hijos son lo más bonito del mundo.
—Qué bonito eres…— susurro —Qué cosita más linda, ¿a que sí?— le hablo y él empieza a hacer ruiditos como si se estuviera riendo. Dios mío, le quiero tanto —Ay, sí que eres precioso. Mi bebé…— le acaricio la mejilla con la punta de la nariz, enamorado del olor a loción de bebé que tiene en la piel. Sus ruiditos son suaves, dulces —Papi te quiere con todo su corazoncito. Y a tu hermanita también…
Aida sigue dormida en los brazos de Tom. Él suspira, va a dejarla en su cuna y vuelve conmigo al salón.
—¿Podemos hablar?
—¿Que quieres volver a Alemania después de haberme prometido que no lo harías? Perfecto, hazlo… o mejor dicho, haz lo que te dé la gana y déjame en paz.
—Por eso no quería decirte nada… Es imposible hablar contigo cuando te pones así.
—Pues no me hables y punto— solté, molesto —Si tanto te molesta, no me dirijas la palabra. Me voy a quedar aquí, total, te importa una mierda lo que yo sienta o lo que piense. Haz lo que te parezca y ya está. Tema cerrado.
—Es difícil explicarte nada si no te tranquilizas…
—Estoy tranquilo— espeté, poniéndome en pie de golpe —¡Vete!, lárgate a Alemania y déjame en paz…
Ignoré sus llamadas y me fui directo a la habitación de los peques para acostar a Aiden al lado de Aida. Si algo he notado es que cuando están juntitos, se quedan dormidos enseguida. Le di un beso en la frente antes de acomodarlo cerca de su hermana y acaricié la mejilla de mi niña. Salí cerrando la puerta con cuidado y me fui a mi habitación. Busqué mi sudadera negra larga que me queda como vestido para darme una ducha.
La tiré sobre la cama junto con unos calzoncillos y entré al baño. Estoy saturado. Necesito desconectar un poco.
.
By Tom
Lo entiendo. Entiendo que se preocupe, pero ¿qué más puedo hacer? Si Nathalie viene, al menos me quedo más tranquilo sabiendo que ella estará pendiente de él mientras yo esté en Alemania. Y siendo sincero, sé que algo puede pasar, sea bueno o malo. Puede que acabe herido o incluso muerto. Prometerle que voy a estar bien no sirve de nada, no es idiota.
Joder, no quiero que esté enfadado, pero no sé cómo explicarle lo complicada que es esta situación. Solo hay tres opciones: o soy yo, o son ellos, o somos todos. Y prefiero arriesgarme yo antes que ponerles en peligro a ellos. Son mi familia. Yo tengo que protegerlos.
Bill y los niños tienen que estar bien. Y me da igual si para lograrlo pierdo mi vida. Haría cualquier cosa por el amor de mi vida y por mis dos pequeños. Son lo más valioso que tengo ahora mismo.
Pero ¿qué tengo que hacer para que lo entienda, para que sepa que no me da igual lo que piensa? Suelto un suspiro frustrado mientras me froto la cara. Está claro que no voy a dejar que siga creyendo que me da igual, porque no es así. Todo lo contrario. Me levanto del sofá. Al menos voy a intentar calmarle un poco, así que camino hacia la habitación despacio.
—Moreno…— lo llamo, pero al mirar veo que la habitación está vacía, y entonces caigo en la cuenta de que se oye el agua corriendo. Me humedezco los labios mientras me acerco al baño y abro la puerta con cuidado para entrar —Oye…
—Joder…—p arece que se ha llevado un susto —Tom, ¿qué coño quieres?
—Hablar contigo, cariño.
—Estoy ocupado…
—¿Quieres que entre contigo? Así te echo una mano y acabas antes…
—¿Podrías darme un poco de privacidad, por favor? Joder…— está bastante cabreado.
—La palabra privacidad no existe entre nosotros, ¿o se te ha olvidado?— le oigo bufar. Pongo los ojos en blanco y deslizo la puerta corredera de cristal, que está completamente empañada por el vapor. Me da igual mojarme, entro tal cual con la ropa puesta en la ducha. Él está de espaldas, lavándose el pelo con ese champú que huele tan dulce.
—Amorcito…— susurro, colocando mis manos en sus caderas. Da un respingo al notar el contacto.
—Tom, joder… Sal de aquí.
—No.
—¿Pero por qué no respetas, coño? ¡Lárgate!
—¿Por qué? ¿Te da penita que te vea desnudo?
Él gruñe.
—Conozco cada rincón de tu piel…— murmuro, dejando que mis labios rocen su cuello mojado —Cada lunar escondido… el que tienes bajo la clavícula, el que apenas se ve en tu cadera izquierda… y el de aquí— deslizo mi mano hasta la parte baja de su espalda, justo sobre su nalga derecha, acariciándolo despacio —Podría encontrarlos con los ojos cerrados.
—Tom…— su voz tiembla, entre enfadado y excitado.
—Sé qué parte de tu cuello te pone la piel de gallina solo con rozarlo… Sé que cuando paso los dedos por tu abdomen así— lo hago, despacito, con intención —Contienes la respiración sin darte cuenta. Y cuando te beso aquí— me inclino y presiono mis labios en su omóplato mojado —Tu cuerpo se rinde, aunque tu boca diga lo contrario.
—Maldito seas…— gruñe, pero ya no me empuja, ya no intenta apartarse —¿Qué es lo que quieres?
Se da la vuelta hasta quedar frente a mí, nuestras bocas apenas se rozan, al borde de romperlo todo.
—Quiero hacer el amor contigo, pero no puedo— le digo —No me gusta que estés enfadado…
—Pues ahora me vas a cabrear más, ¿por qué no te has quitado la ropa? ¿Te crees que el jabón es gratis, o qué? ¿Y la lavadora y el agua? ¿No sabes lo que cuesta la luz?— sonrío y él entrecierra los ojos —Aunque me digas que tenemos dinero de sobra, hay que ahorrar, ¿vale?
—Sí, mami, lo sé— arquea una ceja —Lo siento…— me disculpo y lo rodeo con los brazos, atrayéndolo hacia mí. Él se deja abrazar.
—Odio que cuando estoy cabreado hagas todo para que se me pase… Me fastidias el momento— dice, apoyando la cabeza en mi pecho mientras me abraza de vuelta.
—Todo va a salir bien, bebé.
—Sé lo que intentas hacer y nada de lo que digas va a calmarme— joder —Ni aunque me prometas que vas a estar bien, ni aunque me asegures que vas a volver. Sé que no va a pasar. Sé que vas a acabar herido o incluso…— se queda callado, su voz empieza a romperse y respira hondo —No quiero que los niños crezcan sin ti, ¿me oyes? No quiero perderte, yo…
—Tranquilo…— le sujeto la cara con las manos, y veo cómo se le aprieta el labio de abajo haciendo pucheros una y otra vez. Está tan mono… y con el agua de la ducha cayéndole encima, empapándole aún más, parece sacado de una peli.
—¿Por qué te está buscando ese gilipollas? No lo pillo…
—Quiere mi federación, Billie. Quiere todo lo que tengo, todo lo que mi padre nos dejó a mi hermano y a mí. En pocas palabras…— me relamo los labios —Quiere quitarme la corona. Y para eso, amor mío, tiene que destruirme. Quitarme todo lo que me importa, hacerme daño, dejarme solo. Y no pienso permitir que te hagan nada, ni a ti ni a nuestros hijos.
—¿Y si se lo das todo? La federación, tus cosas… igual sería mejor dejarlo todo atrás— susurra Bill, con los ojos brillando entre el miedo y esa esperanza tan suya, tan inocente.
Sus palabras me atraviesan. Ojalá fuera tan fácil.
—Billie…— le acaricio la mejilla con la yema de los dedos, dejando que el agua nos corra por la piel —Esto no es un curro al que puedas renunciar. No es vender una empresa. En el mundo del narco no hay puerta de salida… sólo hay ataúdes.
Baja la mirada. —Pero si le das lo que quiere, quizá…
—No. No va de «darle lo que quiere», cariño— mi voz se quiebra, pero no de miedo, sino de rabia contenida —Ese cabrón no quiere negociar, no busca un trato. Quiere que yo desaparezca. Quiere verme de rodillas, humillado, arruinado. Y aunque le entregase mi federación, mis territorios, mis contactos… no le bastaría. Porque aquí, si muestras debilidad, te comen vivo.
Me acerco más, rozando mi frente con la suya.
—No puedes fiarte de alguien que ya te quiere muerto. No se negocia con quien te apunta al pecho mientras sonríe. No puedes entregarle la corona al que ha planeado tu caída… porque, aunque se la des, te va a volar la cabeza igual.
Bill traga saliva, empieza a entender de verdad lo que esto significa.
—¿Entonces qué vas a hacer?
—Voy a protegerte— respondo sin pensar —A ti, a nuestros hijos, a lo que hemos creado. Me da igual lo que tenga que hacer. Me da igual a cuántos tenga que quitar de en medio. Me metí en esto sin pensar en las consecuencias, y en su día no me importó. Pero ahora… ahora te tengo a ti.
Le abrazo con fuerza, como si pudiera alejarlo del infierno que me sigue los pasos.
—Quiero salir, Billie. Te lo juro por lo que más quieras. Pero no puedo largarme como un cobarde. Tengo que asegurarme de que nadie venga a por vosotros. Que nadie tenga poder sobre nuestras vidas. Y cuando todo esto termine, cuando él esté muerto… entonces sí, por fin, podremos ser libres.
Silencio.
Solo el agua cayendo y nuestras respiraciones descompasadas.
—Entonces mátalo— susurra mi moreno contra mi pecho, con una firmeza que me hiela la sangre —Haz lo que tengas que hacer… pero no dejes que toque a nuestros hijos.
Y yo asiento, con los ojos cerrados, porque ya lo tenía decidido. Apoyo mi frente en la suya.
—Mi vida no vale una mierda si tú no estás. Y si te pierdo… lo que quede en pie, lo destruyo yo.
Continúa…
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