
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 53
Ahora estoy más que seguro de que mi intuición no falla. Tenía un mal presentimiento, algo me decía que se venía una gorda, y lo que acabo de enterarme no hace más que confirmarlo. Algo chungo va a pasar, lo siento en el cuerpo, y no puedo estar tranquilo.
Sé que Tom quiere que me calme, que no me raye, pero joder, es que es imposible. Le están buscando, quieren cargárselo, y yo no quiero ni pensarlo. No podría con eso. Si ya estuve fatal esos tres días que mi padre me tuvo encerrado solo porque no soportaba la idea de perderle, imagínate si lo pierdo de verdad. Yo sin Tom no puedo. No sabría ni cómo cuidar de nuestros hijos. Si le pasa algo, ¿qué les digo? ¿Qué hago cuando me pregunten por su otro papá?
Vivo con la esperanza de que no le pase nada y vuelva a casa, con nosotros, su familia. Que podamos ser felices. Solo eso pido, joder, ¿por qué no podemos tener un poco de paz?
Ahora mismo estoy en el sofá con Aida en brazos. Ha sido la primera en despertarse, y ni siquiera lloró. Cuando entré en la habitación de los peques y me acerqué a la cuna, la vi con los ojitos bien abiertos mirando el móvil colgante con los juguetitos dando vueltas. Aiden, en cambio, seguía frito. Va a salir igual de dormilón que Tom.
Es tan bonita… Tiene unos ojitos marrones preciosos, unos labios finitos y rosados, la piel blanquita, unas pestañas largas… y esa sonrisa con las encías al aire. Tiene poco pelo, negrito, pero es que está para comérsela.
—¿Qué pasa, mi niña?— le hablo bajito, en tono de broma, y ella me sonríe achinando los ojitos —Ay, qué linda mi bebé…
Y de pronto, escucho el «clic» típico de cuando hacen una foto. Giro la cabeza y ahí está mi chico, con el móvil en la mano y esa carita de pillo.
—¿En serio?— le digo medio en broma, y él se encoge de hombros con una sonrisilla traviesa.
—Es que os vi y me pareció un momento precioso. Tenía que sacarle foto, ya está— responde riéndose —Estás guapísimo así, ¿lo sabías?
—Sí, seguro… Despeinado, con unas ojeras que parezco un oso panda y la cara de haber dormido tres horas— contesto en plan irónico, asintiendo con la cabeza —Un bellezón, vamos.
Tom se ríe —Pues a mí me pareces precioso, sexy…— suspira de forma dramática, llevándose la mano al pecho —Me va a dar un infarto de amor, mi cielo…
—Tonto…— susurro sonriendo.
Se sienta a mi lado, me coge la cara entre las manos y me aprieta los mofletes, dejándome la boca como un pez. Luego se acerca y me da un beso lento en los labios. Y luego otro. Y otro más. Todos cortitos, lentos, uno tras otro, como si no quisiera parar.
—Buenos días, amor mío— canturrea separándose un poco —¿Has dormido bien? ¿Qué te apetece desayunar?— me acaricia el pelo con los dedos —Puedo prepararte lo que quieras, y si no, pedimos algo.
—Mmm…— me lo pienso, pero la verdad es que no tengo nada de hambre. Con todo lo que está pasando, se me ha quitado el apetito. Pero eso Tom no tiene por qué saberlo —No sé, lo que tú quieras, amor— miro a Aida —¿Crees que puedas prepararle el biberón a los peques primero? La fórmula está en la pañalera, que se nos olvidó sacarla anoche. Y dime, por favor, que metiste la leche materna que nos donaron en el frigo, Tom.
—¡Hombre, claro! ¿Cómo se me iba a olvidar eso?— niega con la cabeza, como diciendo «pero qué cosas tienes» —La metí anoche. ¿Y Aiden sigue dormido?
—Seguramente.
Pero justo cuando termino de decir eso, se escucha un berrido desde la habitación. El niño se ha despertado llorando, y Tom se levanta volando. En menos de diez segundos está de vuelta en el salón con Nick en brazos. Lo mece e intenta calmarle, pero no hay manera. Y para colmo, Aida, al oír a su hermano, también empieza a llorar. ¡Se han puesto de acuerdo los dos!
Y es que lloran como si les estuvieran arrancando un brazo, ¿no les duele la garganta o qué?
—Ay, madre mía…— Tom parece desesperado. Yo intento calmar a Aida, pero nada, ni cosquillas.
—Creo que tienen un hambre que flipas— dice mi chico, y le miro con cara de «¡ya te digo!».
—Trae el cochecito— le pido.
—¿Para qué?
—Para acostarlos ahí y mecerlos mientras tú les preparas el biberón, amor— si pudiera le ayudaría también, pero no estoy para estar de pie mucho rato. Ayer ya me pasé de la raya en la ducha y no me lo puedo permitir. —Ya, princesa… no llores más…
Tom asiente y va a por el carrito doble. Cuando lo trae, acomodo a Aida en el lado derecho y a Aiden en el izquierdo. Y siguen berreando, los dos a la vez. Ya hasta me están dando ganas de llorar a mí también. Empiezo a mecer el cochecito, moviéndolo hacia delante y hacia atrás, a ver si se distraen. Incluso les canto algo, y parece que se calman un pelín, aunque aún sueltan algún que otro sollozo.
Entonces me acuerdo de una canción que me flipa, es del live action de Cenicienta. Y sin pensarlo mucho, empiezo a cantársela bajito:
«En el jardín, dilly dilly, lavanda azul
Te amo a ti, dilly dilly, me amas tú»
Ellos dejan de llorar poco a poco, como si quisieran escuchar mejor mi voz. Y yo me parto al ver cómo abren esos ojitos como platos.
«¿Quién me escuchó? dilly dilly ¿quién te contó?
Fue mi corazón, dilly dilly, quién me contó…»
«Flores de abril, dilly dilly, lavanda azul
Trae a tus hombres, dilly dilly, al atardecer…»
—Así deberías cantarme a mí también— dice Tom de repente, y le miro sin dejar de cantarles —Pero nada, los bebés son lo primero y yo… pues que me cuide Dios si es que existe— sigue con su teatrillo —Claro, luego va diciendo que soy lo más importante, que me ama, que está loquísimo por mí…— entonces finge un puchero —Seguro que ya no me quiere y me ve feo y gordo, y tiene a otro…
Dejo de cantar y empujo la mejilla por dentro con la lengua —¿Te estás burlando de mi, Tom Klaus Trümper?— le suelto usando su nombre completo por primera vez.
Sé que le jode su segundo nombre, Klaus, no le gusta nada, me lo dijo hace tiempo. ¿Se quiere pasar de listo? Pues que se aguante.
—No tenía que habértelo contado…— dice entre dientes, refiriéndose a su segundo nombre —Solo estaba recordando esos momentazos tuyos de cambios de humor, que eran de premio.
—Mmm… ya, ya. Tú sigue recordando, Klaus…
—Bill…
—Y no olvides medir bien la fórmula, Klaus…
—No empieces, Willem.
—Klaaauuus…
—¡Ya está bien…!
—Klaus…
—¡Vale, vale! ¡Lo siento!— exclama levantando las manos —¡No me vuelvo a reír de ti!, ¿contento?
Sonrío —Sí, la próxima vez…
—Ya sé, me mandarás a dormir al sofá— resopla y yo niego con la cabeza.
—No, te echo del piso y duermes fuera— le digo tan serio que hasta se queda flipando y me mira entornando los ojos.
—¿En serio lo harías?
—Claro, y te quito todo: las tarjetas, el dinero en efectivo, y sobre todo el móvil, para que no puedas ni hacer un Bizum— le contesto con total calma.
—Creo que el embarazo te ha dejado secuelas…
Levanto las cejas —¿Tú crees?
—Ajá… Mi moreno de hace un año no diría estas cosas. Tell me where he is… ¿Quién es este imitador hoy en su lugar? Tell me where he is… yo lo extraño, ¿a dónde se me perdió? Tell me where he is… que regrese mi amado, porque tú no eres tú…— canta de forma dramática, con su versión propia. Me parto de la risa.
—Podría sacarte ahora mismo a la calle a ver si así te crees que me ha afectado…
—Moreno…— suspira mientras agita los biberones como si fueran maracas —No serías capaz, ¿o sí?
—¿De verdad quieres comprobarlo?
Aprieta los labios y niega con la cabeza. Me encanta verle así, joder, que quede claro quién manda aquí.
—Venga, mejor vamos a darles de comer a los peques antes de que empiecen otra vez con el concierto, ¿te parece?
—Me parece bien, yo le doy el bibe a Aiden y tú a Aida…
—Claro, como tú digas, amor.
Se acerca con los biberones, cojo a Aiden en brazos y luego agarro el bibe que me pasa Tom. El peque suelta un gemidito y le acomodo la tetina en la boca para que empiece a mamar. Son las siete de la mañana y llevo despierto desde las seis, porque no había forma de pegar ojo. La cabeza no paraba, mil vueltas. Me alivia un poco pensar que Nathalie llega esta noche… quizás hablar con ella me ayude a poner en orden todo esto que llevo dentro.
Tom coge a la niña y se sienta a mi lado para darle de comer. Tiene una sonrisa en los labios que es para enmarcarla, joder. Quisiera sacarle una foto, pero con el niño en brazos y yo con reposo, imposible.
Me flipa cómo la mira, y cómo ella le devuelve la mirada mientras come. Es tan bonito todo… Ojalá pudiésemos quedarnos así, sin líos, sin mierdas. Sin que Tom se pierda estos momentitos con los críos, aunque sean diminutos. Y es que se siente tan bien saber que ya no somos solo nosotros dos, sino que ahora hay dos personitas más aquí con nosotros. Esta sensación de familia me tiene loco. Nunca me imaginé siendo padre con esta edad. Cumplí los dieciocho con siete meses de embarazo… me quedé preñado a los diecisiete. Vaya tela. Pero ya qué… no puedo quejarme tampoco.
—Tommie…— le llamo bajito, y él me mira mientras suelta un «¿Mhmm?» súper tranquilo, como si lo de ayer no fuese gran cosa —Te quiero, ¿lo sabes, no?— le pregunto, y él me sonríe.
—Claro que lo sé, bebé. Yo te quiero más.
Mi sonrisa se vuelve triste.
No lo puedo evitar, este miedo no se va. Da igual cuánto intente despejar la cabeza. Se me mete en los huesos, me raspa por dentro, me deja paralizado. ¿Cómo se camina sin piernas? ¿Cómo se respira sin aire? ¿Cómo voy a estar tranquilo si lo único que me da razones para seguir está a punto de irse a una guerra de la que a lo mejor no vuelve?
Sé que no debería pensar así, que tendría que ser fuerte… por mis hijos, por mí, por él. Pero no tengo ni idea de cómo se hace eso. No sé cómo se vive con el corazón en un puño todo el rato. Tom tiene razón. Allí es donde están sus raíces, su gente, todo por lo que luchar. Aquí no tiene más que este silencio de piso y a dos críos llorando por turnos. Aquí está solo. Y yo soy la única razón por la que todavía no se ha largado… pero también soy el motivo por el que no quiero que se vaya. Sé lo que hay en Alemania. Sé lo que le espera.
Una guerra sin garantías, sin compasión. Y sé que él no tiene miedo… pero yo sí. Yo estoy acojonado. Tengo miedo de no volver a oírle la risa, de que mis hijos crezcan sin su voz, de que este amor se quede encerrado en un recuerdo.
No quiero ser egoísta. No quiero ser la cadena que lo retenga. Pero tampoco quiero quedarme abrazando ropa que ya no huele a él. Ni escribiéndole cartas que nadie va a leer.
Y me jode pensar así. Me jode querer retenerle. Me jode imaginar mil finales tristes cuando él aún está aquí, respirando a mi lado. Pero es que cuando quieres tanto… el miedo es el doble. Y yo a Tom lo quiero con cada trocito roto que tengo.
Le miro mientras alimenta a nuestra peque. A pesar de todo lo que lleva dentro, de ese peso que le está asfixiando… tiene la paz dibujada en la cara. Y yo no sé cómo lo hace.
Cómo puede dormir sabiendo lo que se le viene encima si se va. Cómo puede abrazarme como si el mundo no estuviera cayéndose a pedazos fuera de estas paredes. Tal vez por eso lo quiero tanto. Porque no se rinde. Porque no se rompe. Porque lucha incluso cuando no tiene de dónde tirar.
Y tal vez por eso me da tanto miedo perderle.
Porque este mundo no perdona a los valientes.
Muevo con cuidado a Aiden en mis brazos y vuelvo a mirar a mi chico. Lleva esa camiseta de tirantes negra que deja ver el tatuaje del hombro, el del antebrazo y ese otro que tiene justo en el cuello, bajo la nuez. Nuestros hijos están tan tranquilos comiendo… sin saber nada de lo que pasa a su alrededor. Sus manitas pequeñas, sus latidos suaves… no entienden de guerras ni de enemigos. Solo conocen su voz. Su calor.
Y yo… yo apenas estoy aprendiendo a ser padre, a no romperme delante de ellos, a fingir que no me estoy desmoronando por dentro.
¿Qué haré si no vuelve?
¿Qué haré si ese avión se lo lleva y no me lo trae de vuelta?
¿Cómo se le explica a dos criaturas que su padre se fue a luchar por amor?
¿Cómo me explico a mí mismo que le dejé marcharse?
Y ahora me dan ganas de llorar, aquí mismo, delante de él. De suplicarle que se quede, de pedírselo con la mirada, con la voz, con todo mi cuerpo. Pero no lo haré. Porque si algo duele más que perderle… es saber que no le dejé irse para que nuestros hijos estén a salvo. Así que me callo.
Acuesto a Aiden en el carrito cuando termina de comer, y Tom hace lo mismo con Aida un par de minutos después. Están relajaditos, sin llanto, soltando solo algún quejidito leve. Me lanzo a abrazarle, como si fuese la última vez. Como si necesitara memorizar cada línea de su cara, cada pestaña, cada respiración. Como si pudiera guardar un trocito suyo dentro de mí… por si mañana ya no lo tengo.
—¿Qué te pasa, amor?— me pregunta mientras me devuelve el abrazo, rodeándome la cintura con sus brazos. Me he sentado a horcajadas sobre sus piernas y me agarro fuerte a su cuello, escondiendo la cara en la curva entre su hombro y su cuello. Siento sus dedos acariciándome el pelo, despacito. —Mi morenito…
—No es nada…— le digo, intentando que la voz no me tiemble —Te quiero, te quiero muchísimo…
—Bebé, yo también te quiero— me responde —Más que a nada en este mundo.
Cierro los ojos con fuerza. No puedo ponerme a llorar, no ahora. El corazón me va a mil. ¿Cómo se supone que voy a vivir sin oír esa frase, sin sus «te quiero»? No voy a poder. Lo siento, pero sin él no puedo.
Sin su amor, no soy nadie.
&
Son las nueve de la noche. Estoy nervioso, Tom se ha ido hace media hora al aeropuerto a recoger a mi mejor amiga. Los niños aún no se han dormido. ¿Y cómo iban a dormirse si han estado sobando toda la tarde? Les di el bibe a las ocho, pero aunque los acuno en el cochecito, no hay manera de que se duerman. Tampoco están llorando, eso sí.
Ha sido divertido y hasta relajante ver a Tom cambiarle el pañal a Aiden, joder. Yo le cambié a la niña. Luego los vestimos… y han quedado tan monos con esos trajecitos, ¡madre mía! Los adoro.
Aiden está ahí, chupándose el dedo gordo con torpeza, llenándolo todo de babas. Y Aida agita los bracitos como si quisiera coger algo y no alcanzara. Sus ruiditos me hacen sonreír de vez en cuando. Son tan adorables, tan pequeñitos y bonitos. Y pensar que yo… que yo estuve a punto de no tenerlos. Joder, me da asco haber pensado en el aborto. Qué pensamientos tan feos, tan jodidamente monstruosos.
—Lo siento…— les digo en un susurro, con un puchero —Fui un idiota, ¿a que sí?— ellos siguen a lo suyo, pero yo sé que me oyen —Menos mal que papá Tom me hizo entrar en razón. ¿Qué habría pasado si no me hubiera convencido? Seguro que vosotros dos no estaríais aquí… ¿pero y Tom? ¿Habría seguido conmigo?
Aiden me mira mientras masca su dedito y esos ojillos achinados que tiene me derriten.
—Todo lo que me habría perdido si hubiese hecho esa locura…— me digo a mí mismo, sonriendo, y cojo a Aida en brazos. No quiero separarme de ellos —Ya quiero escucharos hablar, joder…
Entonces escucho el sonido de la cerradura al abrirse y enseguida miro hacia la puerta. Se abre y aparece una melena rubia con mechones negros, y justo detrás, mi novio precioso, sexy, encantador y absolutamente perfecto. Nathalie entra con un vestido corto ajustado, tipo bodycon, con tirantes finitos y escote recto. Lleva un abrigo largo, del mismo color, que casi le arrastra, y unas botas altas de tacón, también crema, de punta afilada. En la mano, un bolso pequeño a juego. Va divina, como siempre.
Y la maleta, la lleva Tom.
Nos miramos y le sonrío. Ella se cubre la boca con las dos manos y pega un chillido bajito, aguantándose las ganas de gritar. Dejo a mi hija en el cochecito con cuidado y me levanto, aunque me cuesta un poco, y ella se lanza a abrazarme como si llevásemos años sin vernos.
—Billa…— gimotea —Me alegra tantísimo volver a verte…
—Te he echado de menos, ¿sabes?
—Y yo a ti, cariño. ¡Y eso que no ha pasado ni un año!— dice bajito mientras nos separamos —Mira qué guapo estás, ni se nota que acabas de tener gemelos, joder.
Me río —No me mientas, estoy hecho un cuadro…
—Que no, en serio. Te lo digo de verdad. Estás precioso, no sé cómo explicarlo, pero el embarazo te sentó de maravilla. Si antes eras guapo, ahora lo eres más aún…— me dice y luego cambia la expresión, poniendo cara de ternura —Venga, cuéntamelo todo. Quiero saber cada detalle, ¿cómo fue al llegar aquí? ¿Cómo te enteraste de que estabas embarazado?— me agarra de la mano y la llevo al balcón. Es bastante amplio y Tom había puesto una mesita redonda con un par de sillas, para «tomar el sol», según él. Nos sentamos ahí —¿Cuál fue tu reacción? ¡Ay, qué emoción!
Cuando Nathalie está emocionada de verdad, se le nota a kilómetros. Habla como si le fuese la vida en ello, se acelera, casi grita de la emoción. Es puro nervio. Y, obviamente, estoy más que dispuesto a contarle todo.
—Claro, y a Tom que le den por culo, ¿no?— escucho decir a mi novio desde el salón —Me voy con los peques a tener mi propia charla con ellos…
—Ay, Tom, no seas dramático— responde Nathalie —¡Esta conversación es de mejores amigos, tú no estás invitado!
Mi chico pone los ojos en blanco y se lleva el cochecito con los niños a la habitación. Yo no puedo evitar reírme. Se viene una charla larguita con Nathalie…
Continúa…
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