Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 57

By Tom

Aterricé en Alemania hace apenas un rato. Por suerte, papá se encargó de todo para que nadie del aeropuerto viniera a tocarme los cojones con preguntas. No estaba para dar explicaciones, y menos ahora que me ha soltado que tengo una denuncia encima. Tengo que andarme con mucho más ojo… ya no es solo Brian quien me quiere joder, también mi queridísimo suegro y la poli.

Quisiera soltar alguna coña como suelo hacer, pero ahora no estoy para bromas.

No paro de pensar en mi moreno. No dejo de imaginarme lo que puede estar pasando en este momento. ¿Qué le estarán haciendo? Solo pensar que le están haciendo daño me destroza por dentro. Me siento impotente, como una puta mierda, porque no puedo hacer nada, ni siquiera sé dónde coño lo tienen.

Necesito tenerlo a mi lado. Necesito a Willem conmigo. Y no tengo ni idea de cómo voy a recuperarlo. Joder, que no le esté pasando nada grave… No me lo perdonaría en la vida si le están haciendo daño y yo aquí, sin mover un puto dedo porque no sé dónde coño buscar. Me rompo la cabeza tratando de encontrar una solución, pero nada. Mi mente no me da, porque la angustia me lo bloquea todo.

Mierda.

—Tom…— la voz suave de Chantelle me arranca de mis pensamientos. Pero yo sigo con la mirada fija en la nada —Ya los niños han comido y están dormidos…

Asiento lento, sin mirarla. —Gracias…— murmuro.

Mis gemelos no dejaron de llorar ni un solo segundo, ni siquiera durante el vuelo. Lloraron tanto que al final se quedaron fritos del agotamiento. En cuanto aterrizamos, empezaron otra vez. Le pedí a Chantelle que les diera algo de comer. A lo mejor era eso, hambre o yo qué sé… ¿cómo se supone que sepa algo? Me siento un inútil, joder.

—Tío, relájate un poco…— dice Georg con ese tono que me revienta cuando estoy así.

—¿Pero tú eres tonto o qué? ¿¡Cómo coño quieres que me relaje, Georg!?— le suelto, levantando la vista con los ojos ardiendo —Ese hijo de puta y la zorra de Nathalie tienen a Bill. ¿Qué te crees que le están haciendo ahora, eh? ¿Qué le están dando galletitas y un cafecito? ¿Lo tienen en una habitación bonita con sábanas limpias? ¡Conozco a Brian, joder! Ese cabrón trata a la gente peor que a los perros…

Georg se pasa la lengua por los labios, incómodo. —Lo sé. Créeme que lo sé. Pero tienes que pensar con la cabeza fría, Tom. Si te dejas llevar por lo que crees que le están haciendo y no por cómo sacarle de ahí, lo vas a perder. Y no tenemos tiempo para eso…

Suelto un bufido, frustrado, casi rugiendo. —¡¿Y qué quieres que haga, tío?! ¡Todo esto es una puta mierda!

—Podemos interrogar a la familia de esa tía— dice Bach mientras Chantelle se sienta sobre sus piernas —Saquémosles información. Brian sabe que tenemos ubicados todos sus territorios. Llevar allí a Bill sería un suicidio porque lo encontraríamos enseguida. Tiene que tenerlo escondido en alguna propiedad de la chica…

Intento concentrarme, apartar los pensamientos que me están destrozando por dentro. —Necesito salir de dudas cuanto antes— le digo con la voz más firme —Reúne a los mejores hombres que tengamos. Que se infiltren en todos los sitios donde pueda estar ese cabrón. Así como lo hiciste tú, pero a fondo. Quiero búsquedas por cada rincón, cada maldito hueco. Que no se les escape ni un almacén vacío. Mientras tanto, nosotros presionamos a la familia de esa hija de puta. Vamos a sacarle toda la mierda que escondan.

Mi gente estaba aquí, todos, conmigo. Como líder, me toca tomar las riendas. Cometí un error dejando que esto se me fuera de las manos. En este mundo, o sales muerto, o no sales. Y debí pensarlo antes de meter a Bill en todo esto. Si hubiese usado la cabeza y no el puto corazón, él estaría ahora en su clase de piano, como si nada.

Me seco la cara, respiro hondo.

—Harry— le digo, mirándolo fijamente —quiero un informe completo sobre Nathalie Franz. TODO. Fecha de nacimiento, hospital, padres, árbol genealógico, propiedades, si alguna está a su nombre o al de su familia. Si tuvo mascotas, también me lo dices. Si fue al campamento de verano cuando tenía cinco años, lo quiero saber. Lo quiero todo, hasta el puto color del esmalte que usó la última vez. ¿Quedó claro?

Harry asiente en seco, sin rechistar.

—Y una cosa más— añado, mientras me pongo de pie —Si esa zorra le ha tocado un solo pelo a Bill… no me importa si es mujer, si está embarazada o si se mete a monja. La reviento personalmente. No me voy a detener.

Todos se quedaron en silencio, ya me conocían perfectamente.

Uno a uno, todos empezaron a moverse, como piezas bien colocadas en el tablero. Harry fue el primero en salir, móvil en mano, ya haciendo llamadas. Bach se llevó a Chantelle con él, supongo que ella también quería sentirse útil, o simplemente no quería dejarle solo. Georg me lanzó una mirada silenciosa antes de marcharse… como diciendo «tú puedes con esto», aunque ni él mismo se lo crea del todo.

Me quedé solo en el salón de la casa de mis padres.

Resoplé fuerte, pasando las manos por mi cara. Tenía que desconectar un momento, aunque fuera por diez malditos minutos. Así que me levanté del sofá y empecé a andar por el pasillo, sin pensar, solo dejando que mis pies me llevaran. Esta casa la conozco de memoria, coño, si me taparan los ojos podría llegar hasta la cocina sin darme con nada.

Subí las escaleras, cada peldaño crujía igual que siempre. Ese puto sonido que de crío me daba miedo y ahora solo me hace sentir más viejo. Cuando llegué frente a la puerta de mi antigua habitación, la abrí despacio.

Ahí estaban.

Mis gemelos, tumbados en la cama, dormidos como angelitos. Parecían tan tranquilos, tan ajenos a todo este infierno… que me dolía verlos así. Tan inocentes. Uno de ellos se había quedado con el chupete entre sus deditos y el otro, con el chupete colgando casi fuera de la boca. Me acerqué un poco, sin hacer ruido, hasta que vi que no estaba solo.

Sentado en la silla junto a la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en los niños estaba Travis.

—Joder…— murmuré.

—¿Tú crees que duermen tranquilos o que solo están rendidos de llorar?— preguntó sin mirarme, con la voz baja, casi apagada. Él no sabe nada sobre niños, supongo que ver a los míos le da ternura…

Me apoyé en el marco de la puerta, soltando el aire por la nariz. —Creo que un poco de las dos.

Travis asintió despacio, sin despegar la vista de los críos. —Serán tan fuertes como tú.

Rodé los ojos y resoplé. —No empieces con eso, anda.

—No, en serio— dijo entonces, y esta vez sí me miró —No sé cómo estás aguantando todo esto, Tom. Yo… si fuera Melanie la que estuviera en manos de un cabrón como ese Brian, estaría hecho mierda. Y tú sigues ahí, en pie, dando órdenes, pensando en estrategias… Yo no podría.

Me acerqué a la cama y les arropé mejor, notando que uno tenía el piecito fuera. Lo cubrí con cuidado. Luego me senté al borde, al lado de Travis.

—¿Sabes qué es lo peor?— le dije, con la voz ronca —Que estoy que me parto por dentro, tío. Que me cuesta hasta respirar. Pero no puedo caerme ahora, porque si me hundo yo, nos hundimos todos. Y Bill… mi moreno no puede darse el lujo de que me rompa. Porque él ya está roto. Y necesita que alguien luche por él.

Travis me miró en silencio, con esa cara de hermano mayor que se debate entre darte un abrazo o darte un guantazo. —Lo vas a sacar de ahí. Lo sé. Porque si alguien puede, eres tú— dijo al fin.

—¿Y si llego tarde, Travis? ¿Y si ya le han hecho algo? ¿Y si lo pierdo…?

—Entonces quemas el puto mundo, pero lo traes de vuelta— respondió sin dudar —Yo te ayudo a prenderle fuego si hace falta. Pero no te me rompas, hermano. No hoy.

Me quedé en silencio, con la garganta hecha un nudo. Al final, él me puso una mano en el hombro y apretó ligeramente —Tú no estás solo en esto, ¿vale? Yo estoy contigo.

Asentí, tragando saliva. Miré de nuevo a los niños. Se movieron un poco entre sueños, pero no despertaron. —¿Te quedas aquí un rato con ellos? Necesito pensar… a solas.

—Claro. Anda, despeja la cabeza. Te vendrá bien.

Me levanté despacio, dándole una última mirada a mis hijos y a Travis. Cerré la puerta tras de mí sin hacer ruido. Y ahí, en ese pasillo a media luz, recosté la frente contra la pared, cerrando mis ojos…

—Espérame, Billie. Ya voy por ti, mi vida. Aunque tenga que atravesar el puto infierno, te juro que te traigo de vuelta…

.

By Bill

Me abrazo con lo poco que me queda de fuerza.

Ya ni siento los dedos. Las uñas se me clavan en los brazos por puro reflejo, como si intentaran recordarme que sigo vivo. Estoy empapado, con los huesos helados, los labios hechos mierda, el cuerpo entumecido. Hace una hora que Nathalie me dio un manguerazo con agua congelada, y todavía no dejo de tiritar.

Estoy hecho un ovillo en el rincón más seco del sótano. Ese colchón apesta. Tiene bichos, humedad, pulgas. Prefiero acurrucarme en el suelo lleno de mierda antes que tumbarme ahí. Huele a encierro, a moho, a castigo. Me duele todo el cuerpo. Pero más me duele el alma. Y no paro de pensar en ellos… en mis hijos, en Tom.

La puerta chirría arriba. Me pongo tenso al momento. El sonido metálico me recorre la piel como un calambre. Aprieto los dientes y levanto un poco la cabeza, las cadenas me tiran de las muñecas y los tobillos, el eco de unos tacones me confirma que no baja sola. Nathalie entra con su sonrisa de siempre: perfecta y venenosa.

—Hola…— canturrea, cruzándose de brazos —¿Ya estás mejor, cariño, mmm?

—¿Tienes frío, amorcito?— añade Ría, con esa risa de idiota. No digo nada. Solo les lanzo una mirada que quema. Si pudiera escupirles, lo haría. —¿No? Pues igual te apetece otro bañito…

—Tranquila, Ría— dice Nathalie con voz dulzona —Si lo mojamos otra vez, se nos puede morir, y no estamos para fiambres. Te lo dejo solito, para que te diviertas. Te lo has ganado.

—Awww, eres una gran amiga.

—Lo sé— responde Nathalie, peinándose con los dedos como si esto fuera un desfile —Sé bueno, Bill. Si la haces cabrear, ya no es cosa mía.

Ella se va. Ría se queda.

Se me acerca despacio, saboreando cada paso. Me observa con una mezcla de asco, morbo y superioridad. Se cree que tiene el control. Pobrecita. —No sabes lo feliz que me hace verte así— empieza —Tiritando, solo, hecho una mierda. Si Tom te viera ahora, fijo que se arrepentía de haberse metido contigo.

No me aguanto y me echo a reír. Me duele hasta reír, pero lo hago. Con desprecio. Le sostengo la mirada con lo poco que me queda. —¿Eso lo dices tú?— escupo —Tom ya me ha visto hecho mierda. Con fiebre, vomitando, llorando, y aun así me abrazaba. Me decía que era precioso incluso con las ojeras por el suelo. Tú no sabes lo que es eso, ¿verdad?

Ella entorna los ojos. —Owww, qué romántico…— se burla —Yo recuerdo cuando me follaba. Joder, qué delicia de hombre. No te culpo por caer. Es demasiado sensual: esos músculos, incluso su polla… es la que cualquiera querría tener dentro… y esa lengua, madre mía… las maravillas que hacía.

—¿Quieres hablar de sexo?— le suelto, inclinándome un poco hacia delante —¿De verdad quieres entrar en ese terreno, Ría?

Se queda callada.

—¿Tú sabes lo que es que te follen el alma? Porque eso es lo que hacía Tom conmigo. No solo me tiraba, como a ti. A mí me amaba. Me acariciaba como si se le fuera la vida. Me temblaban las piernas de tanto como me lo hacía— le dije en voz baja —Y no una, ni dos… hasta quedarme sin aire. ¿A ti te decía eso? ¿O solo te bajaba las bragas y ya?

—Cállate…— dice entre dientes.

Yo me río más fuerte, burlón. —A ti te follaba con prisa. A mí me hacía el amor. Me besaba la espalda, me decía que era suyo. Me miraba a los ojos cuando estaba dentro y me juraba que no iba a amar a nadie más. ¿Te lo dijo a ti? No, ¿a que no? Porque tú eras un desahogo, Ría. Un polvo cutre en un mal día.

La mandíbula se le tensa. Las manos le tiemblan de la rabia.

—¿Te jode? Pues me alegro. Porque yo fui su casa, su amor, su familia. A ti, como mucho, te sacó por la puerta y te dio las gracias por participar.

Ella explota.

Se gira de golpe, abre un cajón metálico, lo revuelve y saca un bote de pegamento. Me la quedo mirando. —¿Sabes qué me dijo Nathalie? Que a Tom le encantaba llamarte «moreno», supongo que por tu pelo— dice, con la rabia marcada en la voz —Y que eso a ti te encantaba. ¿Qué te parece si te lo quito?

Entonces, sin que me diera tiempo a reaccionar, destapó el bote y me echó todo el pegamento en la cabeza, directamente sobre el pelo. Y por si no fuera suficiente, lo removió con las manos, respirando hondo, como un puto caníbal troceando el cuerpo que va a devorar. Yo solo puedo sollozar, horrorizado, al ver cómo me ha destrozado el pelo.

—¡¿Pero qué coño me has hecho, zorra?!— grité, llevándome las manos a la cabeza hasta donde me dejaban las cadenas. Tenía todo el cabello empapado en pegamento. —¡¿Qué os he hecho yo para que me hagáis esto, joder?! ¡¿Por qué no podéis dejarme en paz?!— solté con todas mis fuerzas.

Y como si mis gritos fueran una alarma, las puertas se abren de nuevo y por ellas aparece otra vez Nathalie.

—¿Pero qué son esos gritos?— dice mientras baja las escaleras. Y cuando me ve, se lleva la mano a la boca, aguantándose la risa —Pero… ¿qué mierda…?— suelta, tapándose menos la risa y acercándose —¿Qué has hecho, Ría?

—Él se lo ha buscado— responde ella, tan pancha.

Nathalie niega con la cabeza. —Te dije que te portaras bien, Bill— me dice como una madre que regaña sin levantar la voz, pasiva, pero con esa maldita sorna —Ahora mira, te han estropeado el pelito…

Ahí ya no me contengo. —¡Dejadme en paz de una puta vez, joder!— grito con lo poco que me queda —¡Sois unas perras! ¡Malnacidas!

—Ey…— Nathalie entorna los ojos, con una sonrisa que congela más que el agua —Baja ese puto tonito, imbécil.

Se me acerca. Me agarra de los brazos sin esfuerzo, con una brutalidad que me deja sin aliento. Me levanta del suelo como si fuera un trapo sucio. Estoy débil, helado, sin fuerzas… pero aun así, duele. Me arrastra un paso y me estampa contra la pared con toda su furia. El golpe me quema la espalda.

—¡No vas a venir a gritarme a mí como si fueras alguien!— escupe, con los dientes apretados —¡No pienso permitir que un mierda como tú me falte al respeto!

Cierro los ojos. Me tiembla el aire en el pecho. No puedo responder. Me siento como un animal herido al que van a sacrificar, las lágrimas me nublan la vista mientras la miro, sin poder parar de jadear.

—Intenté ser buena— dice Nathalie, como si tuviera la cara dura de creérselo —¡Intenté no matarte de frío! ¡Y tú no colaboras!— me suelta con desprecio y yo me desplomo. Caigo de rodillas con un gemido, los brazos temblando. Las cadenas tintinean al chocar contra el suelo de cemento. —¡Ya verás lo que te pasa por gilipollas!— grita, girándose hacia la esquina donde está el aparato.

La veo moverse. La puta hidrolimpiadora. Ya la había visto antes, no era una simple manguera, el chorro que salía de ahí era tan bestia que parecía arrancarte la piel, o al menos así lo sentí la primera vez. La enciende. El motor ruge y me taladra los oídos.

—N-no… no… no, por favor…— empiezo a suplicar con voz rota —Por favor, Nathalie… no otra vez…— niego con la cabeza, me encojo como puedo, temblando, hecho un ovillo en el rincón como un perro apaleado —No… no lo hagas… por favor, no… por favor…

—¡Tú te lo has buscado!— grita con una risa loca, y aprieta el gatillo.

El chorro me golpea como un latigazo. El agua está aún más helada que antes, pero eso no es lo peor. La presión me deja sin aire, me aplasta el pecho, me desgarra la piel en los sitios donde ya estaba herido. Siento que se me abre la carne. El frío quema, joder, como si fuera fuego. Es tan absurdo, tan contradictorio, que mi cuerpo entra en pánico.

—¡Aaahh! ¡Basta! ¡No! ¡Nooo!— grito desesperado, me da igual todo. El dolor me está destrozando la garganta. Me revuelvo, me retuerzo. Pero las cadenas me tienen atado. No puedo huir.

El chorro va directo a las costillas, luego a la espalda, y me arranca otro grito. Intento cubrirme con los brazos, pero no puedo. Estoy encadenado. No hay salida.

—¡Por favor, te lo suplico! ¡Nathalie, te lo imploro!— berreo como un crío —¡Ya basta! ¡No puedo más! ¡Me estás matando!

Pero ella se ríe. Se descojona como si esto le hiciera gracia. —¡Mírate!— grita —¡Una princesita rota, llorando como si valieras algo! ¿Eso es lo que Tom se llevó a la cama? ¡Qué puto asco!

—¡Eres una mierda, Bill!— suelta Ría desde el otro lado, cruzada de brazos, disfrutando del espectáculo —¡Una vergüenza! ¿Así rogabas cuando te la metía Tom? ¿Así llorabas también mientras gemías?

—¡Cállate…!— susurro entre dientes, tiritando, hecho un ovillo, intentando escudarme del agua —¡Ya basta, por favor…!— no puedo más —No puedo… por favor… no…

Pero no paran. El agua me sigue golpeando. Me deja sin aire. Me meo encima del susto. No puedo evitarlo. El calor de la vergüenza se disuelve en el hielo del agua. Mi cuerpo ya no reacciona. Lloro sin parar.

—Por favor, Tom…— susurro apenas, sin voz —Ayúdame… por favor… ya no puedo más…

Y entonces, por fin, la manguera se apaga. No porque hayan tenido compasión. Sino porque ya me han dejado lo suficientemente roto. El cuerpo me tiembla sin parar. La piel roja, en carne viva, sangrando por algunas partes. El pelo pegado a la frente. Las rodillas me castañean contra el suelo.

Nathalie suelta la hidrolimpiadora con una sonrisa satisfecha. —¿Lo ves? Cuando no obedeces, aprendes a las malas.

Y Ría se ríe como si acabaran de ver un número de circo. Yo me quedo ahí. Llorando. Temblando. Sintiendo que ya no queda nada dentro de mí.

Tom… si no llegas pronto, me van a matar. Y si no lo hacen, lo harán lento. Y eso es aún peor.

—T-tengo frío…— musito, apenas audible. El aire que exhalo forma una nubecilla fina que se pierde en la oscuridad del sótano. Me tiembla la voz. Los labios los tengo morados. Las uñas, amoratadas. Cada parte del cuerpo me late de dolor y de frío, como si la sangre misma se me hubiera congelado.

Estoy encogido en el rincón, chorreando. Un charco de agua se ha formado bajo mí, mezclado con lágrimas, orina y vergüenza. El temblor ya no es solo físico… es como si el alma también me castañeara por dentro.

Nathalie se agacha frente a mí con esa sonrisa de compasión falsa, envenenada.

—Awww… pobrecito. ¿Tienes frío, amor?— su voz suena dulce, como si hablara con un gatito enfermo. Pero yo sé lo que esconde —Te ves tan… frágil. Casi adorable. Como un pollito mojado… pero sin gracia.

No respondo. Solo tiemblo.

Ella se pone de pie, sacudiéndose las manos como si acabara de fregar el suelo.

—Ría, hazme un favor y sube a por una tacita de sopa de la que hizo Helga. La cocinera, ¿te acuerdas? Esa que hace el caldo calentito… mmm… creo que hoy tocó pollo con verduritas.

Ría asiente con una risita nasal y sube las escaleras.

Me quedo solo con Nathalie. Se oye el zumbido lejano del foco desnudo sobre mi cabeza, el sonido de las gotas que caen de mi pelo al suelo. Sigo tiritando. El cuerpo encogido. El frío me corta como cuchillas. Me duele hasta pensar.

—¿Quieres una noticia interesante, Bill?— dice de pronto Nathalie, sacando su móvil con esa calma que da miedo.

La miro. Tengo los ojos vidriosos. No sé si tengo fuerzas para aguantar otra humillación más. Ella desbloquea la pantalla, pulsa algo… y me muestra un vídeo.

Lo que veo me parte en dos.

Es Tom.

Va cubierto. Gafas de sol, gorra, chaqueta negra. Empuja un carrito doble. Mis hijos. ¡Mis bebés! Están con él. Tom va deprisa, como si tuviera miedo de que lo reconozcan. —¿Qué…?— susurro con la voz rota. Me arrastro como puedo por el suelo —¿Cómo… cómo tienes eso?

—Aterrizó hace casi hora y media. En Frankfurt— dice ella, tan tranquila —Nos costó pillarlo, porque se le da bien pasar desapercibido… pero al final lo conseguimos.

—¿Cómo lo grabaste…?— pregunto aterrado. Me duelen hasta los dientes.

—Los hombres de Brian lo están vigilando— responde con una sonrisita de lo más relajada, como si no acabara de soltar una barbaridad —Pero tranqui… él no tiene ni idea. Ni él, ni los suyos.

Me desplomo. Se me cae el alma al suelo. Tom está en peligro. Mis hijos también. Y yo aquí, atado como un perro, empapado en agua sucia y sin poder hacer nada. —No…— susurro, apenas se me oye —No, por favor… ya no me hagas nada más…

Ella no responde. Solo se gira al oír los pasos de Ría bajando con una taza entre las manos. El olor es brutal, a sopa casera, pero no tengo hambre. Solo sentir el vapor me hace temblar aún más. Necesito calor o me voy a quedar tieso.

—Aquí tienes— dice Ría, pasándole la taza a Nathalie.

Nathalie se incorpora con la taza humeante entre las manos. —¿Quieres algo calentito, Bill?— pregunta con voz melosa.

Yo ya estoy llorando otra vez. Me tiemblan los labios. La desesperación me sale por todos los poros. Todo mi cuerpo suplica. —Sí… por favor…— susurro con la voz hecha polvo —Por favor, solo un poco… no me hagas más daño… por favor, Nathalie… por favor…

Ella sonríe. Una sonrisa de las suyas. Cruel. Una sonrisa de víbora que ya está saboreando lo que va a hacer. —Perfecto —dice.

Y sin pensárselo, me lanza la sopa caliente de lleno al pecho.

El líquido me abrasa. Me escurre por el cuello, el torso, las piernas. El contraste con el frío que llevo dentro es tan brutal que siento como si me desgarrasen la piel con cuchillas. Grito. Me retuerzo. Las cadenas solo me dejan moverme unos centímetros. Jadeo. Caigo de lado, cubierto de zanahoria, trozos de pollo y ese caldo infernal.

—¡Iiiiaaahhh!— chillo de dolor. Me nace de las tripas, roto, sucio, real. No es un simple quejido, es un aullido de puro sufrimiento. El choque del frío interno con ese calor abrasador me abre la piel como un látigo de fuego.

Las risas de ambas me retumban en los oídos.

—¡Ahora sí que estás calentito!— se descojona Ría.

—¿Ves? Todo se arregla si colaboras— añade Nathalie, soltando la taza vacía. Cae al suelo y rebota con un golpe seco.

—¡Hija de puta! ¡Quema!— gimo, retorciéndome como puedo, con la espalda arqueada —Me chorrea por todo el cuerpo, y el ardor es como ácido. —¡Aaah, joder!— intento quitarme los restos con las muñecas atadas, pero no puedo —¡Duele, joder, duele! ¡Por favor!

El pecho me arde al instante. La piel enrojecida, palpitante, cubierta de restos de zanahoria y pollo pegados como si fueran heridas abiertas. Me muero con esta mezcla: el frío aún metido en los huesos… y ahora el fuego lacerándome la carne.

Lloro.

Grito y lloro al mismo tiempo.

Las lágrimas también me escuecen. El cuerpo me tiembla sin control. Me dan arcadas del mareo. Y entonces escucho la voz de Nathalie, tranquila, cruel como una cuchilla recién afilada: —Oh… ¿quema? Vaya… Pensé que querías algo calentito— dice, tan pancha, con esa vocecita dulce de víbora —Pero claro, tú eres como el hielo, Bill: frágil, sensible… y en cuanto te da un poco de calor, te derrites. Desapareces.

Lloro más fuerte. Me encojo. Los dedos se me clavan en el suelo helado como si fueran garras.

—¡No… más…!— suplico con la voz ronca, hecha polvo de tanto gritar —Por favor… no más…

Pero ella se ríe. Y Ría también. Las carcajadas retumban por las paredes como si el mismísimo demonio se estuviera descojonando. —Mírate…— sigue Nathalie —El gran Bill Kaulitz… la joyita, el especialito, el que todos querían proteger… llorando por una sopa como si le hubieran abierto en canal. ¿Quieres que llame a Tom? ¿Para que te dé un abracito? ¿O prefieres que venga uno de mis perros y te mee encima?

No contesto. Ya no puedo.

Todo me tiembla. Cierro los ojos con fuerza. Las lágrimas me corren por la cara. El pecho me va a estallar. El ardor sigue ahí. Es un infierno pegado a la piel.

Estoy destrozado.

Y ellas solo se ríen.

—Y que lo sepas… esto lo estamos grabando— añade Nathalie, entre risas —¿Adivina a quiénes les va a llegar el vídeo, cielo?

Sollozo sin parar. Ellas se siguen riendo. Y al cabo de unos segundos, solo queda el eco de mis quejidos… cuando la puerta del sótano se cierra de nuevo.

Oscuridad.

Silencio.

Dolor.

Y la certeza de que, si Tom no llega pronto…

ya no va a quedar nada que salvar.

Continúa…

Gracias por la visita. Vamos a darle ánimo a la autora con los comentarios 😉

por unicornlitz

Escritora del Fandom

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