Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 59

En las tapas de las pinturas echaban un poco de color: blanca, azul, roja, negra… Luego ambas cogieron un pincel. Nathalie se llevó una mano a la cabeza, fingiendo estar pensativa, y miró a Ría, que me observaba con esa sonrisa socarrona que le caracteriza.

—¿Qué crees que le quedaría bonito?— preguntó Nathalie.

—Humm…— Ría sonrió, como si acabara de tener una gran idea —¿Y si lo hacemos de payasito? Al fin y al cabo, eso es para nosotras, ¿no? Alguien con quien entretenernos…

Nathalie asintió con la cabeza despacio. —Tienes razón, querida. Será un payasito muy bonito, y le haremos una sonrisa enorme para que no parezca tan triste— musitó, con un puchero falso antes de romper a carcajadas junto a Ría.

Yo no dije nada. Solo apreté los labios que empezaban a temblarme. El metal de las esposas mordía mi muñeca cada vez que tensaba el brazo; era como si mi subconsciente aún quisiera luchar, aunque mi cuerpo no tuviera fuerzas. Desvié la mirada al suelo, sintiéndome otra vez inútil. Todo esto es culpa mía, solo mía.

Ría fue la primera en acercarse. Se inclinó sobre mí y sujetó mi barbilla con dos dedos pintados de blanco, manchándome la piel al instante. Apretó mis mejillas enterrando sus uñas acrílicas y gemí un poco por el dolor. Luego, el pincel rozó mi mejilla izquierda con una capa blanca, espesa y helada. El olor era fuerte, químico, como pintura barata de colegio. Me dieron arcadas.

—Mira qué piel más fina tiene— dijo —Esta base agarra genial.

Nathalie no tardó en seguirla. Arrastró el pincel lentamente por mis párpados, dibujando un rombo azul. Actuaban como si estuvieran maquillando una muñeca. Cada pasada era una humillación más, una forma de borrar mi cara y convertirme en su chiste personal. El rojo vino después. Ría cargó el pincel y dibujó dos círculos enormes, exagerados, en mis mejillas.

—Así se ve feliz— rió Ría —¿Ves? Ya no está triste.

Nathalie se encargó de mi boca. Me obligó a abrir los labios y pintó una sonrisa grotesca, exagerada, que se extendía más allá de las comisuras. Me ardía, sentía la pintura meterse en los pequeños cortes que tenía. —Un payasito siempre debe sonreír— murmuró con esa dulzura repugnante. Vi cómo sacaban una bolita roja de goma y cinta adhesiva. Quise mirar a otro lado, pero no lo hice. Ría me presionó la nariz con fuerza mientras Nathalie reía suavemente.

—Ahora sí… nuestro payaso está listo para el espectáculo— musitó Ría, y se acercó a la mesa de nuevo, tomando una hoja blanca doblada por la mitad —Vamos a jugar un poco con nuestro payasito— dijo, pasándosela a Nathalie.

Se sentaron frente a mí en el suelo, cruzando las piernas. Nathalie tomó un marcador negro, lo destapó con los dientes y escupió la tapa contra mi pecho. —Vamos a hacer arte, billa— musitó mientras escribía rápido —Uno nunca deja de crear, ¿no, Ría?

—Nunca. Especialmente si hay inspiración— contestó ella, mirándome como si yo fuera un muñeco roto en una vitrina. Con las tijeras empezaron a recortar tiras de papel. No hacía falta preguntar para qué; lo supe al leer la primera:

«Mal amigo.»

Lo escribió en mayúsculas, grueso, firme. Ría se levantó, me quitó el top beige, deshaciendo el lazo que lo ataba, y luego el short. Desvié la mirada hacia mis zapatillas, que ya no estaban tan blancas como antes. Me dejaron solo con los boxers puestos, y luego Nathalie me pegó el papelito en el pecho con cinta. Sentí cómo me ardía por dentro. Otro papel cayó sobre mi pierna.

«Llorica»

Después otro:

«Nenaza»

Mi garganta se cerró. No dije nada, ni intenté quitármelos. ¿Para qué? Nathalie escribió uno con tinta roja. Lo alzó como si fuera una bandera de guerra. —Este es mi favorito— dijo —»A nadie le importas»

Ría soltó una carcajada. —Es que es cierto— añadió, agachándose a pegarlo como si fuera una etiqueta de supermercado.

—Tom no va a venir, Billa— dijo Nathalie, muy cerca de mi oído —No porque no pueda… sino porque no quiere. Te olvidó. Probablemente está follando con alguna rubia hueca en un hotel caro. ¿Sabes por qué? Porque tú no mereces la pena. Nunca lo hiciste… si fuera al contrario ya habría venido por ti, ¿no crees?

Mi pecho subía y bajaba con fuerza, pero no de rabia. Era otra cosa, algo que no sabía cómo parar. —¿Quieres que le mandemos una foto tuya?— preguntó Ría —Así pintadito. Quizá le hace gracia.

Nathalie sacó el móvil del bolsillo trasero. Le quitó el bloqueo y apuntó la cámara hacia mí.

—Sonríe, Billie payasito.

No lo hice. No pude. El flash me cegó un segundo… y luego siguieron con los papelitos otra vez, pegándolos por todas partes en mi cuerpo. Uno tras otro.

«Vas a morir aquí.»

«Ni tu papi te querría así.»

«Qué decepción.»

«Das asco.»

—Esto es divertido— dijo Ría, doblando un papelito antes de pegarlo en mi brazo —Es como un currículum de lo que realmente eres.

«Putito de mierda.»

Tragué saliva con dificultad. Nathalie hizo otro y me lo pegó justo al lado del cuello.

«Ni para calentar sirves.»

—Esto es mejor que escribir en redes— rió —Así no se lo borra nadie.

«Perro sucio»

«Falso»

Quise cerrar los ojos, desconectarme, pero no podía. Estaban tan cerca, tan encima, que cada palabra se metía en mis costillas. Ría escribió otro más y se lo mostró a Nathalie antes de pegarlo en mi estómago.

«Sucio. Usado. Descartable.»

—Ese te define bien— dijo —Como las servilletas que uno tira después de limpiarse la boca.— ambas se echaron a reír con muchas ganas, mientras que yo me sentía como una mierda. Esto es como si yo fuese un alma en el infierno, teniendo mi castigo por dos demonias qué disfrutaban de verme vulnerable, sin ganas de absolutamente nada y dejándome hacer lo que quisieran porque… porque no soy capaz de defenderme.

«Cuerpo bonito, cerebro muerto.»

«Eres solo una cara bonita, pero ya ni eso te queda.»

«Tu único talento es abrir las piernas.»

«Horrible.»

«Feo.»

«El cisne se convirtió en el patito feo.»

Y seguían. Uno tras otro.

Ya no podía leerlos todos, pero estaban pegados por todo mi cuerpo, como si fueran etiquetas en un maniquí de oferta. Solo que yo no estaba en venta. Estaba… desarmado. —¿Quieres que paremos?— preguntó Nathalie con voz dulzona, agachándose para quedar a mi altura —Puedes decirnos algo bonito. Algo de lo mucho que te odias. Quizá así te dejamos tranquilo un rato, ¿sí?

Mis labios temblaron, pero no respondí.

—Vamos a ser específicas, ¿sí?— dijo Ría, tomando un marcador nuevo, esta vez morado —Así aprende a mirarse como lo que realmente es.— Nathalie ya estaba recortando otra tanda de papelitos, con esa sonrisa torcida que parecía que esto fuera su terapia favorita.

«Tu carita ya no impresiona a nadie.»

Lo pegó en mi mejilla, encima del maquillaje blanco que ya empezaba a resquebrajarse.

«Pareces una muñeca barata.»

Ese lo pegaron justo en la frente. Ría me agarró el mentón con fuerza, obligándome a mirarla. —Tus ojitos… qué lindos eran. Ahora ni eso. Mira— escribió sin soltarme —»Ojos de perro asustado.»

Me pegó el papel justo debajo del párpado. Ni pestañeé. Sentía la cinta tirarme de la piel, pero me daba igual.

«Boca de puta triste.»

«Cejas de payaso.»

«Cabello de escarpia sucia.»

«Piernas de niña anémica.»

Cada palabra me iba apagando más. Como si me quitaran una capa de dignidad con cada etiqueta, las lágrimas resbalaban por mis mejillas sin parar, empapando incluso los papelitos. —Y ni hablemos del cuerpo— añadió Nathalie —Mucho gimnasio, mucho espejo… y mírate ahora.

Escribió con calma, con letra grande, y me lo pegó en el abdomen:

«Cero cuerpo bonito.»

Y justo debajo:

«Flaco, frágil, fácil.»

Ría le siguió el juego, bajando hasta mis piernas.

«Ni un dólar vales.»

Me apreté los labios.

—Y tu voz, ¿eh?— dijo Ría burlándose, con un tono agudo —»Ay, Tom, ay, sálvame.»— intentando imitar mi voz de forma dramática —Qué ridículo eres.

Escribió uno más:

«Patético.»

Me lo pegó en la garganta.

No me moví. No lloré. No grité.

Solo… sentí cómo cada palabra me pesaba. Me cubrían entero, era como estar bajo una lluvia de odio de la que no podía salir corriendo. Porque estaba encadenado. Porque estaba solo. El suelo seguía frío bajo mí. La pintura del rostro comenzaba a escurrirse con el sudor y las lágrimas, la nariz de payaso estaba medio torcida, pegajosa. La cinta me tiraba la piel cada vez que tragaba saliva.

Pero ellas seguían. Como si nada fuera suficiente.

—Vamos a lo importante— dijo Nathalie, con tono serio ahora —Ya dejamos claro que estás hecho mierda por fuera. Ahora vamos con lo de dentro, ¿te parece?

Tomó otro papel y escribió en letras enormes:

«Ridículo.»

Me lo pegó encima de todos los anteriores. —Así, simple. Una sola palabra que lo resume todo.

Ría se agachó a mi lado, me miró como si estuviera observando algo que daba pena. —Yo añadiría esto— susurró mientras escribía —»inútil de mierda.»

—¿Sabes para qué sirves?— me dijo Nathalie, acercándose con la cara seria —Para hacer bulto. Para estorbar. Ni siquiera para follar bien. Porque eso también lo harás mal. ¿Te lo dijo Tom alguna vez?

Escribió: «Eres nada.»

Me lo pegó en la parte baja del abdomen.

«Vergüenza ajena.»

«Existir te queda grande.»

Mis ojos ardían.

«Asqueroso.»

Me lo pegó en el cuello.

—Nadie quiere a alguien como tú, Billa— añadió Nathalie, más seria que nunca —Tom no va a venir. Y si lo hiciera, se largaría corriendo cuando te viera así. Porque, ¿quién querría rescatar a esto?

«Ni tú te soportas.»

Me lo pegó y ambas se echaron a reír. Como si disfrutaran viéndome hecho polvo…

—Ay, Billa…— suspiró Nathalie, se puso de pie y tomó la vela de la mesa para encenderla y acercarse de nuevo —Eres tan iluso, tan idiota. Por tu culpa tu pequeña familia se está destruyendo. Tom terminará muerto y quizá tus hijos también.

La miro y niego lentamente con la cabeza. —A mis bebés no…— susurro.

—¿No?— Ría hizo un puchero con los labios —Pero, ¿para qué quieres mantenerlos vivos ahora si antes ibas a deshacerte de ellos? Ya sabes, ibas a abortar.

¿Cómo lo sabe? Oh claro… Nathalie tuvo que contarle. No hay otra forma de que se haya enterado de algo como eso. Sin embargo, no se para que lo usan ahora, ese pensamiento fue algo que tuve debido al desespero que sentí al imaginarme teniendo hijos demasiado joven. Pero Tom me hizo entender que esas cositas que estaban creciendo dentro de mí no tenían la culpa de nuestro descuido.

—Sí, qué cruel de tu parte— mencionó Nathalie, negando con la cabeza, sacándome de mis pensamientos —Qué pensarían tus hijos más adelante si supieran que quisiste matarlos porque eres un egoísta de mierda… que si no fuera por Tom, ni existirían ahora…

—No sabéis nada…— dije, mirándolas —Vosotras dos no sabéis nada…

—¿Y qué importa?— musitó Nathalie —Más te vale mantener la boquita cerrada, ¿o quieres otro bañito con agua fría?

—N-no…— murmuré, bajando la mirada al suelo.

Nathalie sonrió. —¿Perdón? Creo que no alcancé a escuchar, payasito.

—Dije que… que no…

—Mírame a los ojos cuando hables— ordenó. Alcé la mirada lentamente para verla a ella, con toda la tristeza del mundo reflejada en mis ojos —Ahora responde a mi pregunta: ¿quieres otro bañito con agüita fría, Billa?

—N-no…— musité, con la voz temblorosa —No quiero.— concluí en un sollozo ahogado.

Ella sonrió de forma malévola. —Ahora yo te voy a responder… me importa una mierda lo que quieras— y sin previo aviso ladeó la vela, haciendo que la cera caliente cayera en gotas sobre mis muslos. Contraje las piernas al instante, flexionándolas ante el escozor. Sin embargo, Nathalie siguió derramando la cera sobre mis hombros, brazos, pecho… yo solo podía retorcerme por el dolor.

Apreté los dientes para acallar los gemidos y gruñidos guturales que me causaba el ardor.

—Ya no más…— susurré, con la voz colgando de un hilo.

Comencé a llorar desconsoladamente. Entiendo que Nathalie esté herida y que Ría esté rabiosa, pero… ¿por qué hacerme pasar por tanto por cosas en las que no tengo culpa? No es mi culpa que Frédéric se haya aprovechado de Nathalie. No es mi culpa que Tom no haya querido nada con Ría. Lo que sí es mi culpa es estar aquí, porque confié en Nathalie sin saber lo que me esperaba después…

Mierda, no quiero pensar que es verdad lo que han escrito en esos papeles pegados a mi cuerpo, pero no puedo evitarlo. Quizá tienen razón. Quizá Tom ya se olvidó de mí…

—Billa, ya deja de llorar. No te estamos haciendo nada de lo que teníamos planeado— me dice Nathalie —¿Por qué siempre te estás quejando de todo? Mejor voy a contarte algo que sé que te va a poner fatal.

Ella y Ría se cruzan una mirada. La última esboza una sonrisa torcida. —Te va a angustiar muchísimo…— dice.

Las miro sin entender de qué hablan. Desde que estoy aquí no he oído nada bueno, todo es malo. —Tenemos algo planeado para ti— dice Nathalie, relamiéndose los labios y chasqueando la lengua —Vamos a joderte, a cumplir eso que no pudo pasar en aquel pub clandestino…— mi corazón empieza a latir desbocado —Pero, tu amorcito te estará viendo. Tú, a Tom, no. Será un directo solo para él…

—Y verá cómo otros tocan y ven lo que alguna vez fue solo suyo— continúa Ría.

¿Todos? ¿Por qué dicen «todos»?

—Aunque quizás a Tom no le importe— añade Nathalie —Igual le haremos esa llamadita para que vea cómo estás. Luego, el infiltrado que tenemos entre los hombres de Tom nos traerá a tus bebés. A esos hermosos gemelitos… y nos desharemos de ellos…

El pánico me golpea en cuanto salen esas palabras de su boca. —No… no, no, no, Nathalie… por favor, con mis hijos no… por favor— empiezo a suplicarle, pero es en vano. Ella solo sonríe, ensanchando la sonrisa.

—Lo haremos de una forma que te deje flipando— comenta Ría —El objetivo de joderte a ti y luego cargarnos a esos mocosos es que Tom quede totalmente destrozado al ver cómo su familia se ha esfumado, como un cristal que se rompe. Solo así, Brian podrá pillarlo desprevenido y… y lo matará.

Solo puedo llorar. Mierda, ¿qué más puedo hacer si no me escuchan? Me siento aplastado. —Y claro, luego te mataremos a ti— concluye Nathalie, respirando hondo —Pero antes, te dejaremos sufrir. Revolcarte en el dolor, en la tristeza de haberlo perdido todo. Porque, Billa… todo esto que está pasando es culpa tuya.

Lo sé.

—Verás cómo matan a tus hijos y a tu amorcito. Te quedarás solo, destrozado… tan mal que nos suplicarás que acabemos con tu miserable vida— musita, acercándose a mi cara —Vas a perderlo todo, Willem. Y tú serás el culpable, porque confiaste ciegamente en quien no debías. Y no creas que esto lo he planeado yo, ¿eh? Es Brian quien quiere todo el poder, es un ambicioso, y yo solo le estoy ayudando.

Mi cuerpo tiembla. —¿Por qué con mis hijos? ¡Son unos bebés!— exclamo —No tienen nada que ver en esto…— sollozo, sintiéndome miserable.

—Ya te dije, esto no es cosa mía…— se pone de pie —Cuando venga Brian prepárate, porque será el inicio de tu final…

—No, no, no…— murmuro, llorando sin control esta vez. Nathalie y Ría salen del sótano, dejándome solo de nuevo. ¿Por qué, mierda? Nathalie tiene razón, es mi culpa.

Dios mío.

Todo esto es culpa mía. Solo mía. Mi culpa.

No puedo dejar de llorar, siento el pecho arder, la garganta llena de presión. Las lágrimas caen por mis mejillas, empapando los papelitos que siguen pegados a mi piel. Soy todo lo que han escrito en ellos: un inútil, un llorica, un miserable. Soy un miserable que sufre, sin suerte, que ha destruido lo poco bonito que tenía. Mis hijos… solo pude disfrutarlos una semana. ¡Una puta semana!

Pateo el suelo, gruño y tiro de las cadenas aunque solo me estoy haciendo daño a mí mismo. Pero me da igual. Me siento impotente. Me siento lleno de rabia…

No voy a verlos crecer, no voy a escuchar sus primeras palabras ni ver cómo dan sus primeros pasos. No podré sentarme entre otros padres viendo cómo se gradúan, ni abrazarlos en sus cumpleaños, ni decirles lo mucho que los quiero. No podré ver sus sonrisas ni escucharlos reír. No podré llorar de emoción cuando se casen y empiecen sus vidas aparte, siendo obedientes, honestos, bondadosos. Una niña y un niño de bien. Con esa sonrisa de Tom, coquetos como él. Lindos…

No podré morir tranquilo sabiendo que hice un buen trabajo siendo papá.

Maldita sea.

No podré ver a Tom otra vez, abrazarlo, sentir su calor contra el mío, sus sonrisas, escuchar esas palabras bonitas que siempre me susurraba al oído. Cómo me daba la razón solo para que no me enfadara con él, sus besos, sus caricias… su mirada que me ponía nervioso. No podré decirle cuánto lo amo ni cuánto lo amaré hasta que cierre los ojos y mi corazón deje de latir. Que es el amor de mi vida y que me habría encantado que me cumpliese aquella promesa de casarnos. La que me hizo cuando me puso el anillo que todavía llevo en el dedo anular. El anillo que habría sido reemplazado por uno de compromiso…

Junto las manos lo máximo que puedo y miro la joya en mi dedo. Respiro hondo, lo quito un momento para leer las palabras grabadas allí…

«Loving you is my need»

Lo vuelvo a poner y sigo llorando desconsoladamente, llevándome las manos al pecho. Me habría encantado decir ese «Sí, acepto» en el altar. Me habría encantado tener nuestra luna de miel, que no tendría que haber sido extravagante porque con tenerlo a él sería suficiente. Me habría encantado envejecer a su lado. Que mis padres lo hubiesen aceptado. En otra vida sé que él y yo podríamos ser felices, junto a nuestros hijos. En otra vida mi padre me habría dejado explicarle las cosas y me habría entendido, dejándome estar con él, porque es el chico al que amo. En otra vida, Nathalie no me odiaría y seguiríamos siendo buenos amigos junto a Gustav, Sarah y Heidi.

En otra vida no existiría Brian. Ni Ría. Ni Marc.

En otra vida no habría obstáculos y todo sería perfecto.

En otra vida simplemente todo estaría bien.

En otra jodida vida… porque en esta ya no se pudo. Esta vez el mal ha ganado. Ellos tienen el control ahora y no hay nada que pueda hacer para impedirlo…

¿Por qué me dieron tanta felicidad si al final me la iban a arrebatar?

Continúa…

Gracias por la visita. Vamos a darle ánimo a la autora con los comentarios 😉

por unicornlitz

Escritora del Fandom

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