
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 66
Pegué un bote y me planté delante de ella. Me levanté de golpe, dispuesto a salir pitando. Pero en cuanto me moví, sacó un arma que llevaba escondida en una de esas botas altas que le llegaban hasta la rodilla. Joder, pensé que esas cosas solo pasaban en las pelis.
Me apuntó directo con la pistola y yo me quedé tieso, incapaz de reaccionar. Las piernas se me pegaron al suelo, parpadeaba como loco y el cuerpo me temblaba entero. Ni siquiera pude sacar el arma que tom me dio para usarla. La cara de Nathalie era puro cabreo y desprecio. ¿De dónde coño había salido? ¿Cómo se me pudo olvidar que no solo tenía que escapar de Brian, sino también de ella? Mierda. Lo sabía. No íbamos a salir vivos de esta.
Se lo dije a Tom: Brian nos va a matar, pero no me hizo ni puto caso.
—Menos mal que Brian me avisó de que esto podía pasar— dijo, sin apartar el arma de mí y entornando un poco los ojos —Tom iba a querer asegurarse de que tú estuvieras bien, después de toda la mierda que has pasado— soltó un suspiro flojo, negando con la cabeza —Pero las cosas no se consiguen tan fácil y, a veces… no se consigue lo que uno quiere, ¿a que sí?
—Nathalie…— tragando saliva —Por favor… sé que lo que hice estuvo mal. No debí decirle eso a Frédéric solo para librarme de aquel lío, no tenía que contarle algo que tú me confiaste. La cagué, y te pido perdón por eso— le solté, con la voz rota y temblorosa. Su gesto de furia se fue relajando un poco, sus cejas fruncidas se suavizaron —Yo no quería mezclarme con él, por eso lo hice. No quería hacerte daño y, al final, fue justo lo que pasó… pero, por favor… ya me has hecho bastante.
Me humedecí los labios.
—Me quitaste a mis hijos, me hiciste pasar un puto infierno estos días encerrado en ese sótano… me trataste como una mierda— le recordé —Me violaron… ¿no te parece suficiente? Joder, te lo pido, por la amistad que algún día tuvimos, que fue de verdad… déjame ir. Te lo suplico, Nathalie…
Ella arqueó una ceja. La vi dudar un par de segundos, incluso juraría que brilló un destello de arrepentimiento en su mirada, pero se esfumó al instante. Volvió esa expresión fría, con una sonrisa torcida y cruel que no llegaba a los ojos.
—Buen intento…— murmuró —Por un momento casi me lo creo, pero no… claro que ahora vas a pedirme perdón, justo cuando te tengo encañonado. Lo que quieres es librarte de esto…
Negué con la cabeza. —No, Nathalie… esto no va de Brian, ni de Frédéric… va de nosotros. De nuestra amistad. De la de verdadera, la que tuvimos hace años. Por favor…
Ella se echó a reír. —Lo siento, Billa… pero yo no quiero tus disculpas. Nunca las quise— soltó, tajante.
Me callé. Nathalie frunció el ceño y se inclinó hacia mí.
—Ven aquí, cabrón— gruñó, agarrándome de los mechones y tirando de mí hacia ella. Solté un gemido de dolor, y me arrastró fuera de los coches. Me plantó frente a ella, con un brazo apretándome el cuello y la pistola en mi sien.
—¡Tom!— gritó, llamando su atención al instante.
Cuando me vio, Tom se quedó blanco. Travis y Andreas también se giraron, clavando la vista en mí, con un cañón apuntándome a la cabeza.
—¡¿Estabas preguntando por mí, eh?!— vociferó Nathalie —¡Pues aquí me tienes, gilipollas! ¿Qué era lo que dijiste que ibas a hacerme? ¡Ah, sí, rajarme las tetas!— se echó a reír a carcajadas —¡Te dejaré hacerlo, pero solo después de que mate a este inútil de mierda!— me zarandeó, sin soltarme.
—¡No te atrevas, hija de puta!— rugió Tom.
Y lo que pasó después ocurrió demasiado rápido.
Mientras Nathalie me apuntaba con la pistola y chillaba como una loca, Brian aprovechó la distracción. Travis y Andreas, que eran los únicos heridos pero todavía conscientes, tenían la mirada fija en mí, en cómo ella me encañonaba… y de paso se encañonaba a sí misma. Nadie se dio cuenta de ese cabrón. Se arrastró por el suelo hasta pillar su pistola.
Travis, tirado junto al coche, con una bala metida en el abdomen, fue el único que escuchó el clic metálico del seguro al quitarse. Giró la cabeza justo a tiempo para ver a Brian apuntando directo a la espalda de Tom. Ya no tenía su arma; se la había lanzado antes. Desesperado, trató de cogerle el revólver al señor Gordon, que estaba inconsciente en el suelo con un balazo en el pecho. Pero ya era tarde… demasiado tarde.
Justo cuando Tom le soltó a Nathalie esas palabras: «¡No te atrevas, hija de puta!», Brian apretó el gatillo. Ocho veces. Ocho tiros secos que todavía me retumban en la cabeza. Los conté… no sé cómo, pero los conté. Uno por uno.
Travis respondió con dos tiros directos al pecho que hicieron que Brian se desplomara de espaldas contra el suelo. Pero ya no servía de nada: al mismo tiempo, el cuerpo de Tom se vino abajo, con los ojos cerrándose… para siempre.
Mi corazón se hizo añicos como un cristal contra el suelo. Todo el mundo se me vino abajo delante de los ojos y no podía ni respirar. Sentía una presión brutal en el pecho, como si de un momento a otro fuese a reventarme en mil pedazos. No había aire, ni consuelo, ni explicación que sirviera de algo cuando lo vi caer… cuando la vida se le escapaba y yo no podía hacer absolutamente nada para pararlo. Tom… mi Tom… el amor de mi vida, mi razón de ser, me lo arrancaban de la forma más cruel.
Escuchaba los disparos, veía la cara de felicidad y satisfacción de Brian justo antes de desplomarse tras los dos tiros que le pegó Travis, y todo retumbaba en mi cabeza una y otra vez, como un eco maldito que me perforaba los oídos y me rompía el alma. Todo pasó tan rápido y a la vez tan lento, como si el universo quisiera asegurarse de que cada puto segundo de este infierno quedase grabado a fuego en mi memoria.
Lo vi desplomarse. Vi, antes de que cayera, cómo sus ojos me buscaban desesperados, como si también supiera que era el final. Como si me pidiera perdón por dejarme solo, roto.
Y grité.
Grité hasta desgarrarme la garganta, grité su nombre como si con eso pudiera devolverle la vida. Mis manos temblaban cuando intenté correr hacia él, pero Nathalie me lo impidió. La sangre de Tom, de mi Tom, empezaba a teñir el suelo. Quería lanzarme a detenerla, como si de verdad pudiera salvarlo, como si apretarle la herida bastara para que la muerte no se lo llevara… pero Nathalie no me dejó. Sus labios se movían, balbuceando algo que ni entendí, mientras mis lágrimas caían sin parar. No podía… no podía aceptar que se me fuese así, delante de mí, dejándome solo, dejándonos a medias en todo lo que fuimos y lo que aún soñábamos ser.
Me acordé de cómo mataron a mis pequeños, y eso me partió aún más. No sé cómo voy a levantarme después de esto, no sé si seré capaz de sobrevivir a esta herida. Quería arrancarme el corazón para no sentir nada más, para no sufrir este dolor que me quema por dentro como fuego en las entrañas. Quería gritarle al cielo, maldecir a Dios, suplicarle que me llevara con él… porque una vida sin Tom no es vida.
Recordaba su sonrisa, su risa contagiosa, la forma en la que me abrazaba, como si quisiera fundirse conmigo, como si nunca fuese a soltarme. Recordaba las noches en que me juraba amor eterno, en que me prometía que, pasara lo que pasara, siempre estaría conmigo. Y ahora lo tenía delante, inerte, frío, escapándose de entre mis dedos como arena. Ya no había promesas, ni eternidad, solo este vacío insoportable. Vi a Travis arrastrándose hacia él. Yo solo quería besar a Tom, rozar sus labios débiles, suplicar que me respondiera, que abriera los ojos y me dijera que todo era una pesadilla. Pero no podía. Y él tampoco iba a hacerlo. Nunca más.
Estaba destrozado. Era un cuerpo vacío llorando frente a él mientras Nathalie me sujetaba con fuerza. Tom era mi todo. Y sin él… no era nada.
—¡Tom!— rugí con un grito que me arrancó la garganta y retumbó con fuerza en todo el aparcamiento —¡Tom!
Su sangre… su puta sangre… se fue extendiendo por el suelo, formando un charco espeso que me partió el alma en dos. Mis ojos se nublaron de lágrimas. Y entonces Nathalie aprovechó mi dolor: me agarró con más fuerza y me arrastró hacia la salida, tapándome la boca para ahogar mis alaridos. Yo seguía gritando su nombre por dentro, pataleando como un animal herido. Pero no pude hacer nada.
Nadie vino a ayudarme. Andreas estaba tirado en el suelo con una bala en la pierna y otra en la mano; acababa de perder el conocimiento. Georg, que ya venía tocado de antes, recibió otro tiro en el hombro y se desplomó inconsciente. Gordon, tendido, sin reaccionar. Travis intentaba disparar entre sollozos, pero no dio ni una. Ría, tirada en el suelo junto a los cuerpos de los hombres de Brian y el mismísimo Brian, tenía un tiro en el pecho y apenas respiraba.
Los pocos hombres que le quedaban a Tom, o estaban muertos, o desangrándose en el suelo inconscientes.
A mí me arrastraban como si fuera un saco, y en la salida estaba Bach, justo donde Tom me había dicho. Pero Nathalie fue más rápida: le metió tres tiros, uno en cada pierna y otro en el abdomen.
Forcejeé, grité, me revolví con lo poco que me quedaba, pero no sirvió de nada. Bach estaba solo. No quedaba nadie. Todos habían caído.
Y Tom…
No. No, no, no…
Mi Tom no. Por favor.
La imagen de su cuerpo desplomándose, ese golpe seco contra el suelo, me va a perseguir toda la vida. Ese ruido me devolvió de golpe al recuerdo más oscuro: cuando mis bebés fueron lanzados al vacío. Lloré, grité, pataleé hasta quedarme sin aire, mientras Nathalie me metía a rastras en un coche y me soltaba un culatazo en la cabeza con el arma.
Todo se volvió negro.
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El zumbido en mi cuerpo me fue trayendo de vuelta. Cada sacudida, cada volantazo, cada chirrido de las ruedas me arrancaba del vacío. La conciencia volvía a trozos, y con ella la confusión.
Entrecerré los ojos. Todo era borroso, luces y sombras moviéndose a toda hostia. Giré la cabeza y ahí estaba… Nathalie. Las manos clavadas en el volante, los nudillos blancos, los dientes apretados. Conducía como una puta loca. Parpadeé, y los recuerdos me golpearon como un tiro. Tom desplomándose. La sangre. Ocho disparos. Su nombre saliéndome como un grito roto. Todo volvió con una claridad brutal.
Y lo entendí: estábamos en la carretera, huyendo. Ella al volante, como si se le fuera la vida en ello. Como si los demonios nos pisaran los talones.
Y yo… yo estaba hecho mierda.
Mi novio. Mi Tom. Mi vida entera. Lo habían matado delante de mí. Ese chico que me enseñó lo que era sentir de verdad, algo que jamás pensé que existía, ya no estaba. El pecho se me hundió, y las lágrimas me salieron solas. Quise morirme ahí mismo, pero entre el dolor, escuché un sonido lejano, como un eco que se colaba entre mis latidos: el ulular de las sirenas. La poli venía detrás.
—Nathalie…— murmuré, la voz me raspaba la garganta como vidrio molido.
Ella giró la cara apenas un segundo, con una mueca de odio. —¡¿Por qué coño no podías quedarte inconsciente un rato más, cabrón?!— escupió, justo antes de girar a lo bestia en una curva.
El coche derrapó y se metió en una calle sin salida. Frenó en seco y mi cuerpo salió disparado hacia delante, dándome de lleno en la frente contra el salpicadero. Un dolor punzante me atravesó el cráneo y la vista se me llenó de chispazos blancos. Me llevé la mano a la frente y, al apartarla, lo vi: sangre, caliente, chorreando entre mis dedos.
—¡Joder!— gritó Nathalie, y con un movimiento bestial metió la marcha atrás. El chirrido de las ruedas sonó como un rugido. El coche retrocedió a lo bruto, giró y se lanzó por otra calle.
Detrás de nosotros, las sirenas de la DEA cada vez más cerca. —¡Nathalie, por favor!— sollocé, con la voz hecha pedazos —¡Para ya, detente!
—¡No me digas lo que tengo que hacer, gilipollas!— escupió con rabia, con los ojos encendidos.
—¡Ya me lo has quitado todo!— grité, con la garganta desgarrada —¡¿Estás contenta?! ¡Deja de huir, joder, que la poli está detrás!
—¡Jamás!— gritó, apretando el volante con tanta fuerza que parecía que iba a arrancarlo —¡No pienso pudrirme en una celda por culpa de Brian! ¡No voy a envejecer en una puta prisión!
—¡No lo puedes evitar, imbécil!— le solté yo, con la cara empapada en lágrimas —¡Nos siguen! ¡Por favor, para el coche, te lo suplico!
Pero era inútil. Ella no escuchaba.
El motor rugió cuando salimos disparados hacia la autopista, las sirenas y las luces de la DEA detrás, pegadas a nosotros como moscas hambrientas. Yo apenas podía mantenerme en pie, la desesperación me estaba destrozando. Me lo habían quitado todo: a Tom, el amor de mi vida; a mis hijos, mi razón para respirar. Y lo único que me quedaba era esta loca de los cojones, que después de joderme la vida, quería arrastrarme con ella al puto infierno.
Empezaron los disparos. El parabrisas temblaba con cada impacto. Los agentes no pensaban dejarnos escapar. Una ráfaga dio de lleno en una de las ruedas traseras. El estallido me heló la sangre.
El coche pegó un bote brutal y perdió el control. Nathalie apretó los dientes como si fueran a partirse, intentando maniobrar. El vehículo zigzagueaba a lo loco, como un animal herido tambaleándose hacia su final. Yo sentía el estómago en la garganta, el miedo metiéndoseme hasta los huesos mientras veía de reojo el borde del guardarraíl cada vez más cerca.
Un fallo, un puto segundo… y nos íbamos de cabeza al vacío.
—¡Mierda, no, maldito Brian!— rugió Nathalie, con los ojos inyectados en sangre —¡No voy a ir a la cárcel! ¡No voy a ir a la cárcel! ¡No!— su voz era un alarido de pura histeria. Golpeaba el volante con una mano mientras conducía como una bestia acorralada. —Prefiero morirme antes que pudrirme ahí dentro. ¡Prefiero la muerte!— escupió, y entonces me miró de reojo.
Me miró… y sonrió. Una sonrisa torcida, enfermiza, una mueca que no era humana. Un escalofrío me recorrió entero: esa tía estaba dispuesta a llevarme con ella al infierno.
—Y tú, Billa…— susurró, cargada de rabia —¡Te vienes conmigo!
No me dio tiempo a reaccionar. Con un volantazo brutal, giró hacia el guardarraíl. —¡Nathalie, no!— grité, rompiéndome la garganta.
Pero ya era tarde.
El coche se estampó contra el metal con un estruendo que me reventó los oídos. El guardarraíl cedió y todo se volvió caos. El mundo giraba sin control: una, dos, tres vueltas. El coche rodaba cuesta abajo, cada giro acompañado de crujidos metálicos y cristales explotando en mil pedazos.
Mi cuerpo salió disparado contra el salpicadero; la frente me estalló en dolor, el aire me abandonó de golpe. Nathalie se estampó contra el volante, un chorro de sangre tiñendo el parabrisas. Todo era un torbellino de gritos ahogados, golpes secos y la certeza helada de que no iba a salir vivo de ahí.
Dicen que cuando te mueres, el cerebro sigue funcionando unos siete minutos. Siete jodidos minutos en los que ves tu vida pasar como en una peli, enseñándote lo mejor de lo que fuiste.
Y yo lo vi.
Vi mi vida, pero no eran miles de recuerdos ni rostros. No. Solo vi a Tom. Siempre Tom. Su risa, sus manos, sus labios rozando los míos, sus ojos clavados en los míos como si yo fuera todo su mundo.
Todo era él.
Antes de que la oscuridad me tragara, antes de que los párpados se me cerraran del todo… lo último que vi fue su cara.
Tom. Mi único momento feliz.
Dicen que esos siete minutos son un regalo, un último destello de lo que fuiste, de lo que amaste. Pero para mí no fue un regalo, fue una condena. Porque ver a Tom una y otra vez, sentirlo tan cerca y al mismo tiempo saber que se me escapaba, era como clavarme mil cuchillos en el alma. Vi su sonrisa, esa que iluminaba incluso mis días más negros. Vi cómo entrelazaba sus dedos con los míos, fuerte, seguro, como jurándome que jamás me soltaría. Y, aun así… me soltó. Me lo arrancaron de los brazos.
No hubo infancia, ni adolescencia, ni nada más en esos minutos que él. Como si toda mi vida hubiera valido solo por amarlo, por tenerlo. Y quizá fue así. Quizá yo no nací para otra cosa que para amar a Tom. Y ahora que me lo han quitado, entiendo que mi historia acaba aquí.
Lo veo venir en mi cabeza, sus labios formando un «te quiero» que sé que jamás dejaré de escuchar. Recuerdo la primera vez que me lo dijo, con esa voz firme después de una de sus tantas cabronadas, como si el mundo se fuera a derrumbar si esas palabras se escapaban. Y recuerdo el beso después, cómo el corazón me latió tan fuerte que pensé que me iba a reventar el pecho. Todo eso me atraviesa en estos últimos segundos, como un fuego que me arrasa por dentro.
No veo nada más. Ni logros, ni fracasos, ni a nadie. Solo él. Tom canturreándome una canción al oído mientras nos duchábamos, Tom durmiendo enredado en mis brazos, Tom partiéndose de risa por cualquier tontería que yo decía solo para hacerlo sonreír. Tom mirándome como si yo fuera lo único que le importaba en el mundo.
Y me entra un miedo enorme. Un miedo que me ahoga, porque la oscuridad me llama y sé que ya no volveré a tenerlo. Que estos siete minutos son lo último que me queda de él. Y no quiero soltarlos, no quiero dejarle ir, no quiero aceptar que después de esto ya no habrá nada.
La presión en el pecho cada vez es más fuerte, las lágrimas me queman, la garganta se me cierra. ¿Cómo se supone que viva en un mundo en el que él no existe? ¿Cómo voy a respirar, a reír, a seguir adelante? No puedo. No quiero. Porque lo único que deseo es morir con su nombre en mis labios, con su cara grabada en mi cabeza.
Si de verdad hay algo después, si la muerte es un puente, entonces juro que lo cruzaré corriendo solo para encontrarlo. Me da igual cuántos mundos tenga que atravesar o cuántas vidas tenga que perderme. Le buscaré en cada rincón, en cada universo, hasta volver a escuchar su voz y sentir otra vez sus brazos rodeándome.
La oscuridad se hace más fuerte, todo se disuelve, y yo dejo de pelear. Porque lo sé: morir no es el final. Es solo el principio de mi promesa.
Tommie. Espérame. Voy a encontrarte. Siempre voy a encontrarte.
Continúa…
Gracias por la visita. Vamos a darle ánimo a la autora con los comentarios 😉