
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 68
By JHÖRG
-Al día siguiente-
Reviso los papeles que me ha pasado Lhea, mi asistente, para firmar. Los firmo casi en automático, sin leerlos a fondo, confiando en que ella ya lo habrá dejado todo en orden. La verdad es que estos meses no he tenido la cabeza para centrarme en nada, ni siquiera en mi propio curro. ¿Cómo voy a hacerlo, si mi hijo no se me va de la mente ni un segundo? Su cara, su voz, sus lágrimas, sus sonrisas… me persiguen hasta cuando cierro los ojos. Y la culpa me va comiendo por dentro.
Me arrepiento.
Dios sabe cuánto me arrepiento de lo que hice. De haberle levantado la mano, de haberle pegado, de haberlo encerrado como si fuese un delincuente, cuando en realidad lo único que hacía era querer. Y querer no tendría que ser un delito. Pero en ese maldito momento, mi miedo pudo más que mi razón. Me acojoné al descubrir que el tío con el que estaba era un narco. Y me aterraba pensar que mi hijo, mi niño limpio, transparente, acabase atrapado en un mundo tan sucio y peligroso. Porque no hace falta traficar para estar en esa vida: basta con ser pareja de alguien que lo hace. Basta con querer a quien no deberías.
Yo solo quería lo mejor para Willem. Desde el día en que nació, y el médico nos contó esa particularidad de su cuerpo, esa que le permitiría gestar y traer vida al mundo, sentí que Dios me había dado un milagro. Le tuve en mis brazos y juré que jamás permitiría que nada le hiciera daño. Con Simone lo habíamos intentado mil veces, tantos intentos fallidos, tantas noches en silencio… que cuando por fin lo tuvimos, cuando le oí llorar por primera vez, me sentí pleno, completo, invencible. Él era mi vida, mi orgullo, mi razón para seguir.
Le vi crecer con esa dulzura tan suya, con esa sensibilidad que a veces me preocupaba porque lo hacía frágil, pero que al mismo tiempo lo hacía único. Nunca conocí un corazón tan noble como el suyo. Y quizá por eso mi miedo fue aún mayor cuando supe lo de Tom. No entendía nada. No me cabía en la cabeza cómo mi hijo, tan lleno de luz, podía haberse liado con alguien como él. Un chaval metido en la sombra de la delincuencia, uno que caminaba todo el rato al borde entre la vida y la muerte. Yo, en mi ceguera, solo vi peligro, solo vi destrucción… y me negué a escuchar. Me negué a dejar que él me lo explicara.
Quizá ahí estuvo mi mayor error: no escucharle. Porque Willem siempre me habló con el corazón en la mano, siempre me contó sus miedos, sus sueños, sus alegrías. Pero esa vez le callé a gritos y a golpes. No le di la oportunidad de decirme qué veía en ese chico, qué encontraba en él que le hacía tan feliz. Solo reaccioné con rabia, con la desesperación de un padre que siente que va a perder lo que más quiere. Y en mi afán por protegerle, fui yo mismo quien le hizo daño. Le herí con mis propias manos. Y ese recuerdo me atormenta cada día de mi vida.
Él me gritaba que lo amaba. Que Tom le hacía sentirse vivo. Y yo no quise aceptarlo. Le solté barbaridades, lo encerré como si fuese un peligro para sí mismo. Pero la verdad es que el único peligro en ese momento era yo, con mi incapacidad de gestionar el miedo, con mi soberbia de creer que sabía lo que era mejor para él. ¿Quién soy yo para decidir a quién debe querer mi hijo?
¿Quién soy yo para arrebatarle la posibilidad de ser feliz, aunque ese camino pareciera arriesgado?
Hoy lo entiendo. Y duele. Duele porque sé que el tiempo no se puede desandar, que lo dicho no se puede recoger, y que los golpes, aunque el cuerpo los olvide, quedan grabados en el alma. Ojalá pudiera volver atrás, abrazarle en vez de empujarle, escucharle en vez de callarle, protegerle de verdad en lugar de clavarle mis miedos.
Siempre quise verlo brillar. Quise verlo cumplir sus sueños, formar una familia, amar a su manera sin que nada ni nadie se interpusiera. Y pensé que Marc era el indicado, que quizá algún día podría llegar a quererle si el chaval se esforzaba en ganarse su corazón. Pero no pasó. Al contrario, mi hijo fijó sus ojos en otro…
Cuando me hizo firmar aquel acuerdo de que el contrato de matrimonio con Marc se acabaría si Willem se enamoraba antes de los dieciocho, yo sabía perfectamente que no podía obligarle a casarse… al final no lo iba a hacer, pero quería darle ese tiempo para ver si se enamoraba de Marc o no. Sin embargo, en cuanto me enteré de lo suyo con ese chico, Trümper, me volví loco y quise forzarle a casarse como si eso arreglara algo. Aunque Tom fuera un narco, aunque el mundo entero se le viniera encima, si él lo quería, si con él era feliz, yo tendría que haber estado a su lado para apoyarle.
Porque ese era mi deber como padre: sostenerle cuando sintiera que se caía, caminar con él aunque yo no entendiera el camino que escogiera.
Le echo de menos. Echo de menos cómo me abrazaba cuando era un crío y me decía que yo era su héroe. Echo de menos su voz por la casa, su risa llenando cada rincón. Echo incluso de menos sus enfados, sus discusiones… porque todo lo que venía de él era vida. Pero ahora no está, porque se escapó con el amor de su vida. Y yo le dejé marchar con lágrimas en los ojos, porque no voy a mentir: podría haber seguido el coche donde se lo llevaron, llegué a ver la matrícula…
No voy a negar que sabía dónde vivía Tom, porque Baldrich me lo contó.
No voy a negar que quise ir a por él y evitar que se fuera con Tom, pero Simone me frenó y me hizo entrar en razón. Me obligó a abrir los ojos y ver lo que había provocado. Empujé a mi hijo hacia un mundo en el que pensaba que no debía estar y, en ese intento desesperado de salvarlo, lo alejé.
Hoy, mientras firmo papeles que me dan igual, mientras aparento ser un hombre ocupado, siento que me desmorono. Porque la verdad es que, sin él, nada tiene sentido. Willem es, y siempre será, lo mejor que me ha pasado en la vida. Mi hijo. Mi milagro. Y aunque me duela reconocerlo, aunque me consuma por dentro, fallé. Fallé justo cuando más necesitaba que lo entendiera.
Si pudiera hablarle ahora mismo, solo le diría que lo siento. Que le quiero con cada fibra de mi ser. Que mi miedo nunca fue más grande que mi amor por él, aunque yo lo hiciera parecer así. Y que, esté donde esté, siempre será mi niño, mi orgullo, mi razón de vivir.
Cuando acabo mi jornada de trabajo vuelvo a casa. Conduzco despacio, demasiado quizá, y no porque esté cansado, sino porque algo en el pecho me oprime. Esa sensación de mierda que siempre me atormenta cuando presiento que algo no va bien. Odio los malos presentimientos, intento ignorar este, pero es imposible. El portón se abre y entro despacio, aparcando en el mismo sitio de siempre. Apago el motor y me quedo unos segundos agarrado al volante, respirando hondo, como si necesitara convencerme de que debo entrar, de que tengo que enfrentarme a otra noche igual que las anteriores.
Al bajar, le paso las llaves a Baldrich.
—¿Nada todavía, señor?— pregunta con esa voz cautelosa.
Desde que Willem se fue, no ha dejado de repetirme lo mismo cada día. Y aunque sé que lo hace por lealtad, por preocupación sincera, esas palabras me golpean el pecho cada vez.
Los detectives no me han dado nada. Hace nueve, casi diez meses que se abrió el caso para buscar a mi hijo, y no hemos tenido ni una sola señal suya. También metí una denuncia contra Tom… pero con el tiempo la retiré. Si iba a encontrar a Willem, no quería hacerle pasar por el dolor de ver a su pareja entre rejas. Porque, aunque yo no lo acepte del todo, lo cierto es que ese chico significa el mundo para mi hijo.
Niego con la cabeza y suspiro. —Todavía no, Baldrich. Pero no pierdo la esperanza— respondo. Él baja la mirada, y ese silencio suyo pesa demasiado. —Guarda el coche y vete a casa, ¿vale? Si sé algo, te aviso.
Asiente despacio. —Como usted mande, señor Kaulitz. Que pase buena noche…— dice, apretando las llaves de mi coche como si también se aferrara a la esperanza.
—Igualmente… dale recuerdos a tu mujer— le contesto con una sonrisa floja, antes de subir las escaleras de la entrada y abrir la puerta.
Cruzo el salón mientras me quito la chaqueta. Una de las chicas del servicio se acerca, la coge con cuidado y también mi maletín para llevarlo a mi despacho después. —Buenas noches, señor Kaulitz— me saluda con voz suave —¿Quiere que le prepare algo?
—Un café, sin azúcar, por favor. ¿Dónde está mi mujer?
—Oh… ya sabe, señor… en la habitación del joven Willem— me responde. Yo resoplo con cansancio. Simone… cuando le da por pensar demasiado en nuestro hijo, cuando la incertidumbre la devora, siempre acaba en su cuarto. Se tumba en su cama o se pierde en el álbum de fotos que guardamos desde que era un crío. Y hoy, parece que no es la excepción.
—Tráeme el café allí, Yannie— le pido. Ella asiente con un gesto rápido y se va.
Subo las escaleras arrastrando los pies, como si cada peldaño pesara una tonelada después de estos meses de angustia. Al llegar al final del pasillo, doy tres golpecitos en la puerta y, como ya es costumbre, al no recibir respuesta, entro.
Simone está sentada en la cama. Tiene una foto entre las manos y el álbum abierto sobre las sábanas. Su mirada está clavada en esa imagen, perdida, y sus ojos transmiten una tristeza que no sé ni cómo describir. Sin decir nada, me siento a su lado y miro la foto. Respiro hondo al reconocerla: es del día que nació Willem. Simone lo tiene en brazos, sentada en la camilla, con una manta cubriéndole las piernas. Ella sonríe, agotada pero feliz, mientras el pequeño estira los bracitos como si quisiera tocar el mundo por primera vez. Ese mismo día nos dieron el alta. Willem había nacido sano. Recuerdo la paz que sentí, la plenitud… Jamás pensé que, tantos años después, estaría aquí sentado buscándolo entre tanta incertidumbre.
—Dime que ya te ha dicho algo el detective Wagner— me susurra, sin apartar los ojos de la foto.
Trago saliva antes de contestar. —No hay noticias de nuestro hijo, Simone. El detective no me ha llamado en toda la semana. No sé nada. Supongo que sigue investigando. Yo también estoy desesperado…
Ella gira la cabeza hacia mí, y veo cómo esa chispa de esperanza en sus ojos se mezcla con una rabia contenida. —Entonces haz algo más, Jhörg— me suelta, alzando un poco la voz —Contrata más detectives, pon a toda la policía a buscarlo si hace falta…— su voz se rompe, y le tiemblan las manos mientras aprieta la foto —Tenemos que hacerle saber que le apoyamos, que puede volver aquí y ser feliz con ese chico. Necesito tener a mi hijo aquí, Jhörg… no puedo más con esta intriga. ¿Y si no está bien?
La abrazo despacio, intentando calmarla. —No pienses en lo peor, mujer. Sabes que Willem es listo. No por nada ha sabido esconderse todo este tiempo con ese muchacho… Tan bien que ni nosotros, ni la policía, ni nadie ha conseguido dar con ellos.
Lo digo con la intención de transmitirle calma, pero por dentro tiemblo. Porque yo también me pregunto lo mismo que Simone: ¿y si no está bien? ¿Y si, en lugar de esconderse, está atrapado? ¿Y si… ya no está? Ese pensamiento me destroza, pero tengo que ser fuerte. Porque si yo me derrumbo, Simone no lo aguanta. Y aunque no lo vea, aunque no lo abrace, aunque la distancia y el silencio me consuman, Willem sigue siendo mi hijo.
Y yo nunca, jamás, voy a dejar de buscarlo.
&
Son las once de la noche. Estoy en el despacho, repasando unos papeles que no me dio tiempo a mirar en la empresa. La lámpara del escritorio ilumina la madera oscura, y el resto de la habitación queda medio en penumbra. Estoy reventado; dejo los papeles a un lado y me quito las gafas. Con calma saco del cajón el pañuelo de lino, siempre doblado a la perfección, y empiezo a limpiar los cristales despacio, como si fuera un ritual.
Últimamente me ronda mucho por la cabeza convocar una reunión con mis socios de K.A. Los últimos movimientos del mercado no me huelen nada bien y necesito asegurarme de que todo siga estable. Los números dicen una cosa, pero mis pensamientos otra.
De pronto, alguien da unos golpecitos suaves en la puerta. —Adelante— respondo, dejando las gafas sobre la mesa.
La puerta se abre y asoma Elena, una de las chicas del servicio. Se la ve tensa, con esa mezcla de respeto y nervios. —Perdone que le moleste, señor Kaulitz…— dice en voz baja —El detective Wagner está abajo. Dice que tiene que hablar con usted de inmediato.
El corazón me da un vuelco al escuchar ese apellido. Me pongo en pie casi de golpe y me coloco la chaqueta. —Gracias, Elena— contesto rápido, y salgo del despacho.
Camino deprisa por el pasillo, bajo las escaleras y llego al salón. Allí, sentado en el sofá, me espera el detective Markus Wagner. Un hombre de mediana edad, serio, con ese gesto adusto que parece no abandonar nunca. Se levanta en cuanto me ve.
—Detective Wagner— lo saludo, dándole la mano con firmeza.
—Señor Kaulitz.
—Dígame… ¿hay noticias de mi hijo?— suelto sin rodeos, sintiendo un nudo en el pecho.
El detective suspira y baja la mirada un segundo, como buscando las palabras. —Sí, tengo información… pero me temo que no son buenas noticias.
Noto cómo se me corta la respiración. El silencio que deja pesa como una losa. —Dígame lo que sepa— le insisto, con la voz ronca, casi rota.
Él asiente despacio, se ajusta la chaqueta y empieza a hablar. —Como sabe, pasé un informe a la DEA por la desaparición de su hijo, sobre todo por la relación con un Trümper…— asiento en silencio, tenso —Pues bien, esta mañana recibimos un reporte directo de la DEA. Un accidente de tráfico en la autopista B-27, cerca de Heidelberg. El coche cayó por un barranco y explotó al impactar. No quedaron restos identificables.
Un vacío me atraviesa el estómago. Aun así, me obligo a seguir escuchando.
—Al principio— continúa —No había manera de confirmar quiénes estaban dentro. La explosión fue brutal, todo quedó hecho cenizas. Pero la DEA revisó las cámaras del parking donde, horas antes, había habido un enfrentamiento entre varios grupos… una auténtica guerra, señor Kaulitz. Y ahí vieron a su hijo.
Mis rodillas flaquean y me agarro al respaldo de un sillón. —¿Qué quiere decir con que lo vieron?
—Los agentes vieron a una chica, la reconocieron: Nathalie Franz, vinculada al clan Nox, de Alias el Zar. La vieron arrastrar a Willem, que estaba claramente herido. Antes de meterlo en el coche, lo golpeó con la culata de un arma, dejándolo inconsciente. El coche en el que lo subió…— hace una pausa, baja la mirada un instante y vuelve a mirarme —Era el mismo que luego cayó al barranco y explotó.
El silencio me aplasta. El corazón me late tan fuerte que siento que se me va a salir del pecho.
—No…— tiembla mi voz —No puede asegurarlo. No tienen pruebas de ADN ni nada… ¿verdad?
Wagner suspira, como si esperara esa reacción.
—Es cierto. No hay restos biológicos reconocibles. Pero los informes son claros: las matrículas del vehículo coinciden con el coche en el que la señorita Nathalie metió a su hijo. Los tiempos encajan, el recorrido también. Todo indica que Willem…— su voz se quiebra un segundo —Que Willem iba allí.
Me paso una mano por la cara. El mundo se me tambalea. —Está diciendo que mi hijo murió en ese coche… ¿¡es eso lo que me está diciendo!?— grito, con rabia contenida.
El detective mantiene la mirada firme, aunque la tristeza se le nota en los ojos. —Lo siento, señor Kaulitz. Todo apunta a que el joven Willem Kaulitz perdió la vida en ese accidente.
Un zumbido llena mis oídos, como si sus palabras explotaran dentro de mi cabeza. Doy unos pasos hacia atrás, tambaleándome, y me agarro al marco de la chimenea. Simone… pienso en ella, en cómo voy a darle esta noticia, en cómo la va a destrozar.
—No…— murmuro —Mi hijo no puede estar muerto… él no.
Wagner da un paso hacia mí, como para apoyarme, pero me aparto, sacudiendo la cabeza. Siento la presión en el pecho, la misma que me consume cada vez que pienso en él, solo que ahora se ha convertido en un puño de hierro que no me deja respirar.
—Entiendo tu dolor, señor Kaulitz— dijo el detective con solemnidad, manteniendo la mirada firme —Pero era necesario que viniera en persona a darle la noticia. Sé lo importante que es para usted tener respuestas.
Respuestas… ¿y qué clase de respuestas son estas? Una condena, un final que no quiero aceptar. Mi hijo… mi Willem…
—¿Cómo pasó?— pregunté, con la voz rota.
—Aún estamos investigando— respondió con cuidado —No podemos asegurarlo con total certeza, pero tenemos un par de testigos que están dispuestos a declarar. Si quiere, puede venir con nosotros a escucharles. Así entenderá mejor cómo su hijo acabó en esa situación.
Cierro los ojos con fuerza. Solo veo su carita de niño, sus manitas agarradas a las mías, sus primeros pasos por la casa, su risa rebotando por los pasillos. Todo eso ahora parece un eco lejano que se rompe con la voz de Wagner, repitiendo: «Todo indica que perdió la vida.»
No. Mi corazón de padre se niega.
Me enderezo, como si mi orgullo me obligara a mantenerme en pie pese al golpe. —Gracias por venir, detective— digo, aunque la voz me tiemble —Ahora, si me permite… necesito estar con mi mujer.
Wagner asiente, comprendiendo. Me sigue con la mirada unos segundos, inclina la cabeza con respeto y se dirige a la salida. Y yo me quedo allí, en medio del salón, con el pecho hecho trizas, las piernas a punto de fallarme. La noticia me ha atravesado como un cuchillo. Mi hijo… mi Willem… ¿de verdad se ha ido?
Subo las escaleras como un hombre que lleva una sentencia de muerte en los labios. Cada peldaño pesa más que el anterior, como si el tiempo quisiera darme un último respiro antes de enfrentar lo inevitable. Pero no hay tregua posible. Las palabras del detective resuenan en mi cabeza. Me detengo frente a la puerta de nuestra habitación, cerrada, detrás de esa madera está mi mujer, esperando cualquier cosa menos la verdad que voy a darle.
Respiro hondo, intentando reunir un valor que no siento. Toco suavemente. —Simone…— mi voz apenas es un susurro.
No responde. Seguramente se ha quedado dormida después de leer su libro nocturno para despejar la mente. Está acostada. Me acerco y la muevo suavemente para despertarla. Lo hace, y al ver mi expresión, me mira desconcertada. —¿Que pasa? ¿Ha venido el detective?— pregunta, con un hilo de voz —¿Te ha dicho algo? ¿Ya saben dónde está?
Trago saliva, y el nudo en la garganta casi me ahoga. Me acerco despacio y me siento a su lado. Ella busca en mis ojos una respuesta que no quiero darle. —Sí…— digo al fin, y la voz se me quiebra —Wagner vino… y habló conmigo.
Simone aparta las sábanas de golpe y se sienta en la cama. —¿Dónde está?— pregunta con urgencia —¿Dónde está Willem? Dios mio… cuando lo vea voy a abrazarlo fuerte, mi niño precioso… por fin lo han encontrado. Espero que esté bien…
Sus palabras hacen que cierre mis ojos con fuerza, evito soltar un sollozo. Tomo sus manos entre las mías; tiemblan como hojas arrastradas por el viento. Su piel está helada, y ese frío se mezcla con el mío, volviéndose insoportable. —Simone…— mi voz apenas sale, rota —Nuestro hijo… Willem… tuvo un accidente.
Ella me sostiene la mirada, sus ojos buscan en los míos una grieta, una salida, cualquier señal de que aquello no es real. —¿Un accidente?— repite con un hilo de voz —¿Dónde? ¿En qué hospital? ¿Está herido? Dime, Jhörg, por favor…
No supe qué responder. Solo aprieto sus manos con fuerza, como si con eso pudiera contenerla… o contenerme a mí mismo. —No sé cómo explicarlo… ni siquiera la policía tiene todas las respuestas todavía— trago saliva, sintiendo cómo me destrozan las palabras —El coche en el que iba… explotó.— hago una pausa, porque siento que la garganta se me rompe —No sobrevivió, Simone. Todo indica que… que nuestro hijo murió.
El silencio que sigue es insoportable, pesado como una losa que nos sepulta a ambos. Ella niega con la cabeza de golpe, como si así pudiera borrar mis palabras. —No… no, Jhörg, ¿cómo que nuestro hijo estaba allí?
—No lo sé, amor… el detective apenas me dio algunos detalles— digo, ahogándome en mis propias lágrimas.
Ella se lleva las manos a la cara, negando sin parar. —¡No, no, no!— grita de pronto, apartándose de mí como si le quemara —¡Eso no puede ser cierto! ¡Él no puede estar muerto! ¡Él es fuerte, él… nos va a llamar, va a decirnos que está bien!
El dolor la desborda, y yo lo veo romperla en pedazos. Golpea la cama con los puños, como si pudiera destrozar la realidad. Me lanzo a abrazarla, pero se revuelca entre mis brazos, me empuja, me golpea el pecho con furia, desgarrándose en cada sollozo.
—¡Mi bebé no puede estar muerto, Jhörg!— su grito me atraviesa el alma —¡Esto es culpa tuya, maldita sea!
Sus palabras son cuchillos que me hunden más y más, pero no las rechazo. No puedo. La rodeo con fuerza, sosteniéndola como si de eso dependiera que no se deshaga por completo.
—Lo siento… lo siento tanto, Simone…— murmuro una y otra vez, con la cara hundida en su cabello, empapada de lágrimas —Lo siento… lo siento…
Finalmente, ella se derrumba sobre mí, sus sollozos llenando cada rincón de la habitación como un eco que nunca se irá. La siento temblar en mis brazos, desmoronándose, y yo… yo, que he sobrevivido a negocios turbios, a pérdidas, a guerras y traiciones… me descubro hecho pedazos. Un hombre roto, vacío, reducido a nada frente al dolor más cruel: la muerte de un hijo.
Y en esa certeza, en ese abismo oscuro bajo nuestros pies, nos abrazamos como dos náufragos que se hunden juntos, sabiendo que el mundo jamás volverá a tener luz sin él.
Continúa…
Gracias por la visita. Vamos a darle ánimo a la autora con los comentarios 😉
