
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 69
By Tom
Acabo de abrir los ojos hace un par de minutos. El techo blanco de este puto hospital me dan ganas de reventar algo. Me duele todo el cuerpo, el hombro izquierdo me quema como si alguien me lo estuviera quemando con hierro, pero ahora mismo me importa una mierda.
Lo único que quiero saber es qué pasó después de que me tiraran al suelo a balazos. No tengo ni idea de quién fue el cabrón que me disparó, ni cómo acabó todo. Y lo que más me jode es no saber qué pasó con mi moreno. Bill. ¿Está vivo? ¿Bach lo sacó a tiempo? Lo último que recuerdo es la cara de esa maldita perra, Nathalie, con el cañón de su pistola apuntándole a la cabeza. Ese recuerdo me taladra las sienes. Y después… nada. Solo oscuridad.
—Me dijo Keller que despertaste…— la voz ronca y gastada de mi hermano me saca del vacío. Giro la cabeza hacia la puerta. Travis está ahí, parado en el marco, ojeroso, pálido, con la ropa hecha mierda y sangre seca en la camisa. Cierra la puerta y se acerca a la cama.
Odio este lugar. Odio el olor a desinfectante, las máquinas pitando, las paredes blancas. Odio estar atado a tubos y vendajes. Quiero salir de aquí, ya.
—Eso es bueno— suelta, sin mucho entusiasmo —Perdiste demasiada sangre, tuvieron que meterte una transfusión entera.
Asiento despacio, con la boca seca. —¿Tú… estás bien?
—Sí— lo dice rápido, como si quisiera sacárselo de encima —Menos mal que la bala no me dio en un órgano, solo rozó.
—Pensé que llevabas chaleco, Travis. Pensé que todos llevabais uno…
—Por dios, sabes que no uso esas mierdas— masculla, bajando la vista —Lo mío no fue nada comparado con lo tuyo. Estuviste a un paso de la tumba, Klaus.
—No me llames así, joder— gruño, girando los ojos —¿Cómo está papá?
—Inconsciente. Mamá no se despega de él. Estuvo aquí mientras estabas sedado, luego volvió con él. Está aterrada de que no despierte. Ni aunque le juré que los médicos lo estabilizaron me creyó. Ya sabes cómo es.
Trago saliva. —Sí…— murmuro. Hago una pausa y no puedo aguantar más —¿Qué pasó, Travis? ¿Qué mierda pasó después de que me dispararan? ¿Quién lo hizo? ¿Y dónde está Bill?— en cuanto digo su nombre, veo cómo cambia su cara. Se le tensa la mandíbula, baja la mirada y no dice nada. Lo conozco. Cuando se calla es porque lo que viene es peor de lo que quiere admitir. —¿Vas a decírmelo o qué?— escupo, la voz me tiembla, la paciencia se me va a la mierda.
Pasan segundos, largos, insoportables. Tres, cuatro minutos de silencio. Por fin suspira hondo, como si se fuera a tragar veneno. —Fue Brian, Tom. Aprovechó el quilombo con Nathalie y te descargó ocho tiros. Si no llevas el chaleco, estás muerto.
Aprieto los dientes, el odio me sube como fuego por las venas. —Hijo de puta…— susurro.
—No tengo buenas noticias— añade, mirándome fijo, con esa cara que me dan ganas de romperle algo para que hable más rápido —Todo se fue a la mierda, hermano. Todo.
Lo encaro con la mirada. —¿Qué coño quieres decir con «todo»?
—La DEA tiene a Bach— la frase me corta el aire —Nathalie lo alcanzó con tres tiros. Lo metieron en coma inducido. Chantelle ya se enteró y está destrozada y no sé cómo coño la DEA llegó ahí, pero vinieron preparados. Venían por nosotros.
Siento que la rabia me late en las sienes. Recuerdo que mi morenito me dijo que Brian había contactado a la DEA. Ese jodido cabrón tenía un plan que le sirvió para nada. Mi hermano sigue hablando, atropellado, sin mirar atrás.
—Por suerte activé el plan B con Matthew— dice —Él nos sacó de ahí, nos salvó de que nos arrastraran todos juntos. Me contó que la DEA ya estaba encima y que se había filtrado información…— se calla de golpe, apretando los labios.
Lo miro entrecerrando los ojos. Sé que me está ocultando algo. Mi hermano nunca supo mentirme, y el tic en su mandíbula lo delata. Sus dedos golpeando la rodilla, también.
—Estás esquivando mi puta pregunta— le digo despacio, con la voz helada. La pregunta que realmente importa.
Él no responde, al contrario, su respiración se acelera.
—Llegaron al parking, recogieron los cuerpos sin vida… los tienen en la morgue, esperando identificación y entierro. A los que apenas tenían signos vitales los llevaron a un hospital privado, están bajo custodia policial, esperando que alguno despierte para interrogarlos…— explica Travis con voz apagada. Se lleva la mano al abdomen, frunciendo el ceño; ahí lo alcanzó la bala —Entre ellos está Brian. Sobrevivió a los dos tiros que le metí después de que te tirara.
Hace una pausa, respirando con dificultad.
—Matthew también trajo a Ría… sigue inconsciente, pero tendrás oportunidad de encargarte de ella.
Lo escucho, pero hay un nombre que todavía no aparece. Mis manos tiemblan sobre la sábana. Odio que intente desviar el tema de lo que realmente me preocupa.
—Travis…— lo llamo muy despacio, con la voz tensa —¿Dónde está Willem?
Se queda en silencio. Ni un gesto hace, solo baja la mirada.
—No me hagas repetirlo— espeto.
—Tom, creo que lo mejor es que descanses un poco más…
—¡No quiero descansar, coño!— le grito, intentando incorporarme, pero el hombro herido me arde como el infierno. Aún así, me muerdo los labios y sigo —¡Quiero saber dónde putas está mi moreno! ¿Por qué no me lo dices? Me estoy desesperando…— hablo rápido, casi sin aire —Seguro Nathalie lo tiene, ¿verdad? Como le disparó a Bach… seguro se lo llevó. Tengo que salir a buscarlo, Travis, no puedo quedarme aquí.
Intento apartar la sábana de mis piernas para moverme, pero él me lo impide, apoyando su mano en mi hombro que no está herido. —Quédate quieto— me ordena, con el ceño fruncido, jadeando por el dolor de su propia herida —No es momento para hablar de eso. Primero tienes que estabilizarte.
—¿Qué parte de «no quiero descansar» no entiendes?— escupo entre dientes, la rabia ahogándome —Necesito saber de él. Tú lo sabes.
—Sí, pero…
—¡Entonces dímelo!
—¡Es que no puedo!— estalla de golpe, con la voz rota —Si te cuento, te vas a venir abajo. Y no voy a permitirlo, Tom.
—Se trata de mi novio, Travis. ¿Qué pasa?— le repito, con la garganta hecha un nudo —¿Qué mierda pasó? Nathalie se lo llevó, ¿no?
—Sí… se lo llevó— me corta, bajando la mirada —Pero… te dije que la DEA llegó al parking.
—Sí, ¿y qué con eso?
—Llegaron justo cuando Matthew nos estaba sacando de ahí. Y uno de los coches… se desvió para seguir a Nathalie, que iba con Willem.
El nudo en el pecho me aprieta. Lo miro fijo. —Sigue, Travis. Vamos.
Él desvía la mirada hacia mis piernas, evita mis ojos y su voz tiembla. —Lo siento, Tom… no pude hacer nada. Intenté dispararle, pero no quería arriesgarme a darle a Willem. Esa perra no paraba de moverse… se lo llevó arrastrando. Apenas pude avisarle a Matthew antes de perder la conciencia.
—¿Por qué dices eso? ¿Qué… qué pasó?
Travis traga saliva, los ojos brillantes, a punto de romperse. —A Nathalie la siguieron los agentes de la DEA. Y, al parecer… ella misma provocó que el coche se estrellara contra el guardarraíl de la autopista. Volcó… y…
—¿Y qué, Travis? ¡Ya dilo, joder!
—¡Y explotó!— grita, con la voz rota.
El silencio después de esas palabras es insoportable. El pitido del monitor cardíaco marca mi aceleración. Yo me quedo paralizado, con los ojos abiertos, sin poder respirar.
Explotó.
El coche explotó.
Me repito la frase en la cabeza, intentando darle otro sentido. No quiero entenderlo. No quiero.
—Y… y mi moreno salió antes de que eso pasara, ¿verdad?— mi voz suena rota, apenas un susurro. Siento los ojos arderme, la respiración cortarse en pedazos —Seguro está en el hospital… está mal, y por eso no querías decírmelo. ¿Es eso, verdad, Travis? Bill no estaba en el coche cuando explotó, ¿cierto?
Las lágrimas me nublan la vista.
Río con desesperación, un ruido feo, quebrado, que ni yo reconozco. Quiero creerlo. Quiero aferrarme a la idea de que mi moreno está en una camilla, rodeado de cables, con posibilidades de vivir. Me obligo a pintar esa imagen en mi cabeza.
—Dime que no estaba en ese coche, por favor…— pido, conteniendo la exasperación. Quiero que me diga que sí, pero de su boca no sale ni una palabra —Dime que está aquí, que lo tienen escondido en otra sala para no preocuparme. Dime que lo están operando, que respira, aunque sea con una máquina…
Lo suplico, lo imploro con todo lo que tengo. Pero Travis no dice nada. Se queda ahí, clavándome con su silencio. Y de pronto, una lágrima le cae por la mejilla. Ese simple gesto me revienta por dentro.
La puerta se abre y entra mi madre. Viene con una pequeña sonrisa, que se borra al instante al vernos. Algo entiende, aunque nadie diga nada.
—Travis…— lo llamo de nuevo, buscando su mirada perdida en el suelo, desesperado, con la voz rota —Por favor, dime que es así. Dímelo— gimoteo.
Mi hermano traga saliva, le tiembla la mandíbula de tanto contenerse. —Lo siento…— murmura.
Eso basta. No hace falta que diga más. Lo entiendo perfectamente.
Un ruido se apaga en mi cabeza, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Mi corazón late descontrolado, golpeando contra mis costillas. Me llevo una mano al pecho, intentando calmar la respiración, pero es inútil. Mis ojos, abiertos de par en par, buscan aire que no entra.
Sacudo la cabeza.
—No… no, no puede ser. No… mi moreno no puede estar muerto. ¡No lo está, me oyes!— le grito, señalándolo con un dedo tembloroso —¡No lo está!
Me intento convencer a mí mismo, escupiendo palabras que no tienen sentido ni lógica. Mis lágrimas se mezclan con la rabia, la garganta cerrada.
—¡Le prometí que todo iba a estar bien… se lo prometí, joder!— exclamo.
Pero Travis no me corrige, no me da esperanza. Solo me mira con esa maldita cara de derrota. Eso es peor que cualquier palabra. La realidad se me parte en dos, y yo, aferrado a una mentira que sé que no existe, me niego a soltarla. El aire me pesa en el pecho, como si hubiera tragado plomo líquido.
Mi madre intenta acercarse, sus manos tiemblan buscando las mías, pero las aparto de golpe, como si me quemara solo con tocarlas.
—¡No me toques!— grito, con la garganta desgarrada —¡No digas nada, no digas nada porque no puede ser verdad!
Siento los ojos arder, no por las lágrimas que no dejo salir, sino porque mi cabeza estalla con la idea de que lo que amo, lo único que realmente me importaba, ya no está. No. No puede estar muerto. No él. No Bill. No mi vida. Me tapo los oídos como un crío, negándome a escuchar nada, moviendo la cabeza de un lado a otro. Mi corazón late desbocado, como si quisiera salir del pecho.
—Él no… él no puede estar muerto…— murmuro, pero al instante vuelvo a gritar, ahogado en desesperación —¡No! ¡Es mentira! ¡Me quieren joder, eso es!
Travis me agarra de los hombros con fuerza, lastimando el que ya tengo herido. Pero no me importa. Me sacude, sus ojos rojos, las venas marcadas en el cuello. —¡Murió, Tom!— ruge, como si la palabra misma quisiera romperme en dos —¡Murió y lo dijo Matthew! ¡Él lo averiguó, maldita sea!
Las palabras rebotan contra mi cabeza, pero no las acepto. Es como si mi mente las hubiera tragado y me las devolviera distorsionadas, irreales. Me aferro a la negación como a un salvavidas en medio del mar embravecido.
—No… no…— repito entre dientes, como un rezo roto —Si murió es porque yo lo arrastré a esto… ¡por mi culpa, Travis! ¡Por mi maldita culpa!
El peso de la realidad amenaza con derrumbarme. Siento la bilis subir por mi garganta, el pecho dolerme, el nudo en la garganta que me impide respirar. El amor de mi vida… Bill… mi otra mitad. No puedo, no quiero imaginar su cuerpo hecho cenizas, sus ojos hermosos que no volveré a ver, su voz en silencio para siempre. No puedo vivir en un mundo donde él no exista. Prefiero arrancarme el alma antes que aceptar eso.
Mi madre solloza a mi lado, intenta rodearme con los brazos, pero lo evito otra vez, desesperado, furioso, roto.
—¡No te me acerques, mierda!— le grito.
El silencio que sigue es insoportable. Solo escucho mis jadeos, mi respiración rota, el eco de las palabras de Travis repitiéndose en mi cabeza: murió, murió, murió.
Pero yo me niego. Me niego a aceptar que el amor de mi vida se ha ido para siempre. Estoy sentado, pero siento que el suelo se abre debajo de mí, que me va a tragar entero. Mi madre me mira y yo esquivo sus ojos, porque si la miro de frente sé que me voy a romper. —Hijo…— su voz es baja, suave, como si tuviera miedo de que me derrumbe del todo —Sé que duele… que te está matando por dentro.
Aprieto los puños con fuerza. El dolor me atraviesa, me quema. No, no puede estar muerto. No me lo creo. No quiero creerlo. —Tú no entiendes— susurro, con la garganta seca —Nadie lo entiende, mamá.
Ella se acerca despacio, con la calma de alguien que ya ha visto demasiado dolor en la vida. Me acaricia el pelo, como cuando era un crío y lloraba por tonterías. Pero ahora no es lo mismo. Ahora no hay consuelo posible. —Sí que lo entiendo, Tom. Perder al amor de tu vida… es como que te arranquen el alma del cuerpo. Y yo sé… que Bill era la mitad de tu alma.
Su nombre me destroza. Bill. Dios… ¿por qué suena tan vacío ahora? Siempre fue mi refugio, mi luz en la oscuridad. Y ahora que lo escucho, siento un hueco en el pecho tan grande que no sé cómo sigo respirando. —No…— niego una y otra vez, moviendo la cabeza —Él no… no puede. No puede haberme dejado. No sin mí. Yo le prometí que todo estaría bien, le dije que lo iba a sacar de ahí, que estaría a salvo, mamá…
Las lágrimas empiezan a acumularse, calientes, punzantes, nublando mi vista. Las muerdo, las retengo como si fueran lo único que aún me mantiene de pie.
—Él…— me tiemblan los labios, apenas puedo hablar —Él era todo lo que tenía. ¿Entiendes? Yo no soy nada sin él. Nada.
Mi madre me abraza entonces. Y yo resisto un segundo, rígido, como si quisiera demostrar que aún soy fuerte, que aún puedo con esto. Pero no. No puedo. Me quiebro en sus brazos como un niño perdido.
—Es mi culpa— escupo con rabia, golpeando mi propio pecho —¡Es mi culpa, mamá! Si yo hubiera estado… si lo hubiera cuidado… si no lo hubiera dejado… Bill estaría aquí. Estaría conmigo. ¡Joder!
El aire se me corta. Los sollozos me sacuden el cuerpo, me desarman. Ya no hay control, no hay máscara que aguante.
—Él me amaba como nadie— digo entre lágrimas, ahogado —Y yo… yo lo amaba más que a mi vida. ¿Qué voy a hacer sin él? Tiene que ser mentira…— miro a mi hermano —Averígualo tú, por favor… esto no puede ser verdad.— me aprieto contra mi madre, hundiendo el rostro en su hombro, temblando como si me estuviera congelando desde dentro —¿Cómo se supone que viva sin él?— pregunto, desesperado —Dime, mamá… ¿cómo? Si todo lo que soy… todo lo que tengo… era Bill.
Ella no responde. Solo me abraza más fuerte. Y en ese silencio, yo me hundo. El pecho me duele tanto que parece que se rompe en pedazos. Quiero gritar, quiero arrancarme la piel, quiero destrozar todo lo que me rodea. Pero solo puedo llorar. Él… era mi razón para todo, para respirar, para despertar cada mañana, para seguir. Y ahora… ¿qué me queda? Nada, no tengo nada. Primero mis hijos y ahora el amor de mi vida.
Dios, ¿por qué?
Mis lágrimas empapan la camisa de mi madre, y yo ya no intento detenerlas. Ya no tiene sentido. Nunca había llorado así. Nunca. Como si cada lágrima me arrancara un pedazo de alma. Pienso en él, en todo lo que no hicimos, en todo lo que quedó pendiente. Las palabras que no dije, los besos que no le di, las noches que nos robaron. Pienso en que nunca volveré a escuchar su risa, esa que era música para mí. Nunca más voy a sentir su calor en la cama, su cuerpo pegado al mío, sus suspiros contra mi cuello.
—Mamá…— mi voz apenas se oye, quebrada —Sin él… yo no existo.
Ella me acaricia la espalda, llorando también, aunque intenta contenerse para no romperse conmigo. Haberlo tenido no sirve de nada si ahora no lo tengo. ¿De qué sirve un recuerdo cuando lo único que quiero es a él aquí, conmigo? El dolor me aplasta, me destroza. Y lo peor es que no tiene final. No se va a ir. Es un vacío eterno, una condena. Y yo sé que nunca más volveré a ser el mismo. Sin Bill no soy nada. No hay un «yo» sin él. Nadie jamás comprenderá lo que significaba para mí, lo que éramos juntos. Porque lo nuestro no era simple amor… era todo. Y ahora lo he perdido. Perdí mi mundo, perdí mi razón de existir. Y no importa cuánto grite, cuánto llore o cuánto me culpe… nunca volverá.
Me siento vacío. Incompleto. Como un cadáver que sigue respirando por inercia. Porque Bill era mi vida… y ahora, yo solo soy la sombra de lo que un día fuimos.
Quiero perder la memoria.
Continúa…
Gracias por la visita. Vamos a darle ánimo a la autora con los comentarios 😉