
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 7
Por la mañana, me tomé todo el tiempo del mundo para arreglarme y verme presentable. Tenía una cita con la psicóloga y debía llegar puntual; bajé del coche ajustándome mi Bucket Hat negro con un estampado de carabela en el frontal y solté un suspiro.
—Joven Willem, ¿desea que le espere aquí o vuelvo cuando me necesite?— preguntó Baldrich.
Le miré y negué con la cabeza mientras sonreía. —No, Bal. No hace falta, Gustav y las chicas vendrán a buscarme y nos iremos a tomar algo. Y… quizás regrese tarde a casa comenté, apretando un poco los labios y bajando la mirada, algo apenado.
Nunca llegaba tarde a casa si salía; de hecho, antes de las ocho ya estaba en casa porque comía y me acostaba a dormir. Pero últimamente estaba llegando más tarde y me daba bastante vergüenza; quizás él y las chicas de limpieza pensaran que me estaba aprovechando por la ausencia de mis padres. Agradecí que Baldrich no dijera nada y simplemente sonriera.
—Cuídese, joven, y si me necesita no dude en llamarme… estaré pendiente del móvil.
Asentí lentamente. —Vale, gracias, Bal—él sonrió aún más y yo cerré la puerta del coche para que pudiera irse.
Cuando perdí de vista el coche, entré en el edificio que tenía enfrente. Era un consultorio psicológico. Al entrar, solo pide indicaciones a la recepcionista; me dijo que subiera al segundo piso y esperara en la sala de espera hasta que fuera mi turno para entrar a la consulta. Hice lo que me dijo y me senté en una de las sillas de la sala de espera, soltando un bufido mientras miraba a mi alrededor con aburrimiento. A mi lado se sentó una mujer con una niña, pero pasé de eso y saqué mi móvil.
Iba a ver los mensajes que tenía pendientes por responder. Como el de Sarah o uno de Gustav donde me aseguraba por enésima vez que sí vendrían a por mí y luego iríamos al Starbucks; le había escrito varias veces preguntándole si realmente iríamos allí o cambiaríamos de lugar. Quería enviarle la dirección al chico de las trenzas, asegurándome de que Gustav no cambiara de planes a última hora.
“¿Por qué tanta insistencia con eso?”
“Me veré con alguien y no quiero que todo se joda al final.”
“¿Con quién vas a verte? ¿Lo conozco? ¿Me conoce? ¿Es Marc?”
Fruncí un poco el ceño riendo suavemente; Gustav era demasiado curioso.
¿Entonces?”
“Billa, puedes decirme quién es y dejarte de torturarme.”
“Bueno, voy a quedar con Tom. Quedamos en salir hoy, pasará a por mí al Starbucks; por eso no quiero que te dé la ‘Gustafrenia’ y acabes queriendo ir a otro sitio.”
“Primero, ¿las chicas también saben que vas a salir otra vez con ese chico?”
“Segundo, si cambio de sitio a última hora es porque lo pienso mejor y llego a la conclusión de que hay opciones mejores que la primera.”
“Y tercero, ¿Qué narices es eso de ‘Gustafrenia’?”
“Muchas preguntas, luego te las respondo. Ahora estoy a mil y tengo algo que hacer.”
Me reí al enviar el mensaje, sabía que eso iba a volver loco a Gustav, pero ahora mismo no tenía tiempo para pensar en ello. Por la mañana había despertado con un mensaje del chico de las trenzas y eso fue lo que me hizo levantarme de buen humor, no por ‘costumbre’ y ‘rutina’ como siempre, fue algo así como:
“Buenos días, terroncito.”
“Me he despertado con la mano dolorida porque, adivina qué, he descubierto que masturbarme pensando en ti es mucho más rico y placentero que ver porno. Alcancé el orgasmo y solo con pensar en ti volví a ponerme duro. ¿Qué tienes que me pones así, eh?”
“En fin, ya cuento las horas para verte. Das vueltas en mi cabeza.”
Mensajes a los cuales respondí de la manera más tímida posible. Me sentí tan nervioso que incluso podría jurar que escuché su voz en mi cabeza mientras leía el mensaje. Y todo empezó cuando leí ese apodo con el que empezó a llamarme “terroncito”, joder:
“Tom, hola. Si fuera tan pervertido como tú, seguramente recibirías algo igual de guarro como lo que acabas de decirme, pero… comо no lo soy, solo te diré… ¡Joder! Ni siquiera sé qué decirte al respecto así que voy a ignorar ese mensaje y pasar al siguiente… (^~^;)ゞ”
“También quiero verte, (~_~;)”
Vale, estoy enamorado pero no quiero que se note demasiado. Quiero pensar que solo me gusta y que la química que siento cuando estoy con él—como las mariposas en el estómago o los nervios—incluso los latidos frenéticos del corazón son solo cosa de mi mente. De verdad quiero pensar eso pero, ¡venga ya! No me lo creo.
—¡Mira mami, esa chica es muy bonita!—vi por el rabillo del ojo a la niña sentada al lado señalándome.
Ladeé un poco la mirada para verla mejor; ella me sonrió y supe que hablaba de mí. No me enfadé porque me llamara chica; joder, es solo una cría. Así que solo le sonreí de vuelta —Soy un chico— le dije, a lo cual la niña formó una “o” con sus pequeños labios, impresionada y volvió a sonreír aplaudiendo efusivamente.
—¡Pues un chico muy bonito!— exclamó.
—Oww, gracias…— dije.
—Aunque si eres un chico, ¿por qué te maquillas?— preguntó curiosa.
—Porque siempre me ha gustado destacar entre la gente, ser diferente— respondí.
—¡Oh! A mí también me gusta ser diferente. De hecho, te pareces al muñeco de porcelana que fue de mi abuela… piel morena y ojos maquillados; ¡aunque azules y no negros! Pero sigues siendo idéntico— sonreí y ella suspiró —Por eso le quité la cabeza al muñeco y deseché el resto de su cuerpo; ¡Ahora su cabeza está entre mi colección de cabezas preciosas que le quito a mis Barbies o a mis muñecas de trapo!
Mi sonrisa se borró al instante —Oh, eso es… genial.
—¡Lo sé!— exclamó la niña.
—Ria, cariño. No molestes al chico— le dijo su madre suavemente para luego mirarme —lo siento, es que tiene pensamientos un poco psicópatas y le hace cosas raras a sus muñecas… suspiró. Se veía tan cansada como si estuviera a punto de volverse loca —intentó clavarle un cuchillo de untar mantequilla al gato de la vecina…
Abrí los ojos sorprendido, ella soltó una risita y luego se quedó callada. No voy a negarlo, eso me acojonó un poco. Cuando una chica me llamó diciendo que ya podía pasar, juraría que me levanté de mi asiento más rápido que un rayo. No era por nada, pero la mirada que me echó esa niña la última vez que la vi me intimidó un montón.
Entré en el consultorio y me encontré con una señora que seguro tendría la edad de mi madre. Tenía el pelo un poco ondulado y rojizo. Llevaba unas gafas y su típica bata blanca.
—¡Buenos días!— saludé algo nervioso.
Ella sonrió —Willem Kaulitz—dijo —Por favor, siéntate y cuéntame qué problemas querías comentar.
Rodé la silla y tomé asiento, pensando en lo que le iba a decir. Tenía que ser conciso, que tuviera cohesión y coherencia, lógica. No quería soltar algo raro y que me tomara por loco; después de todo, es psicóloga y este tipo de personas pueden meterse en la cabeza de sus pacientes sin que se den cuenta. Pero, de verdad, quería dejar de sobre-pensar…
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—¿Y qué te dijo?— preguntó Gustav mientras se llevaba la pajita a la boca y chupaba un poco del zumo de fresa que estaba tomando.
Suspiré—Primero, me sugirió identificar qué situaciones me hacen sobre-pensar. Así puedo reconocer los patrones— empecé a contar mientras miraba las fresas con nata que pedí para comer—me recomendó establecer un tiempo específico cada día para pensar en mis preocupaciones, así no se apoderan de mi mente todo el rato – musité tomando el tenedor que estaba encima de la servilleta – También me habló de practicar mindfulness. Dijo que aprender a estar presente puede ayudarme a calmar la mente…
—¿Pero qué se supone que es eso de “mindfulness”?— preguntó Heidi.
—Se trata de observar nuestros pensamientos, emociones y sensaciones corporales tal cual son, aceptándolos sin crítica…— respondí —También me sugirió escribir mis pensamientos en un diario para sacarlos de la cabeza.
—¿Un diario…? – susurró Natalie para sí misma —¿Es en serio? ¿No te dijo nada más?
Bufé negando con la cabeza —Hasta ahora creo que eso de escribir mis pensamientos en un diario es lo mejor que puedo hacer—dije.
Sí, es lo menos complicado— afirmó Gustav asintiendo lentamente con la cabeza.
El silencio se hizo presente y durante cinco minutos solo se oían los ruidos al beber o masticar. Y el móvil de Gustav vibrando cada dos por tres hasta que acabó gruñendo y lo apagó. Heidi y Natalie intercambiaron miradas y Sarah soltó una pequeña risa que llamó la atención de todos.
—¿Qué te pasa?— le preguntó Natalie mirándola confundida.
Sarah se relamió los labios y dijo: —Es que me parece una tontería la razón por la que Bill decidió buscar ayuda psicológica— yo fruncí el ceño —Por un chico, eso es ridículo. 1
—¿Por qué?— susurré levantando una ceja.
—No lo sé, simplemente lo pienso. Tú siempre has sido tú, y intentar cambiar por alguien es una chorrada. Si ese chico realmente te quisiera, te aceptaría tal como eres.
—Pero es que no estoy intentando cambiar dije dejando el tenedor a un lado. —Solo quiero dejar de darle vueltas a las cosas, controlarme, nada más.
—Sí, pero ¿de dónde ha salido esa idea? Es por él. Porque no quieres seguir pensando que estar con él es una mala idea— musitó, cruzando los brazos sobre la mesa.
Gustav y Heidi se miraron entre sí, incómodos, como si supieran que Sarah tenía razón. Incluso Natalie dejó la oblea que estaba comiendo sobre el plato y me miró. —Tú lo sabes, sabes que no podríais estar juntos aunque quisieras… porque seamos sinceros; te gusta el chico, estás enamorado, pero sabes que si lo intentáis no va a funcionar.
Tragué saliva.
—Él es… un ladrón y prácticamente no sabes nada de su vida. Tú, en cambio, eres millonario y tus padres son muy conocidos en la industria de la moda. Los paparazzi siempre están encima de ti, y sé que ya has pensado en todo esto… pero aún sabiéndolo, sigues queriendo que funcione, ¿verdad?
Agaché la mirada. Vaya golpe había soltado y no sabía qué decir al respecto; me quedé callado y ella sonrió.
—Tomaré tu silencio como un “sí”— dijo contenta.
—¿Y qué pasa con eso?— preguntó Natalie.
—Que a Bill prácticamente no le interesa lo que pueda pasar— respondió mirándome.
—Quieres arriesgarte y eso te asusta porque sabes las consecuencias que conlleva, pero no te importa— mordí mi labio inferior. Tú quieres intentarlo, realmente lo quieres, pero es como si tu mente te dijera “no lo intentes, es peligroso” y tu corazón te gritara “inténtalo, simplemente hazlo” ¿O no, billa?
Resoplé. —¿Cómo es que logras adivinarlo todo?— pregunté; era como si yo fuera visible ante sus ojos. Ella conseguía descifrar todo lo que yo no podía porque en mi cabeza se formaba un lío, un nudo difícil de deshacer, y tenía razón. Había acertado. No sé qué hacer…— gimoteé.
Sarah bufó. —Yo no soy buena en esto, lo sabes; el amor y todos esos rollos emocionales no van conmigo. Pero te daré mi primer y único consejo al respecto, ¿vale? Asentí. —Hazlo, solo inténtalo y ya. Que les den a los demás o a lo que piensen; sé feliz y ya…
—¡Woah!— soltó Natalie —¿Quién eres tú y qué le has hecho a la amargada de mi mejor amiga?
Sarah puso una sonrisa falsa. —No te hagas ilusiones; solo quiero que Bill deje de perder el tiempo y haga lo que quiera; ya está…
Natalie sonrió. —Ve en contra de las reglas y tus principios por una vez en tu vida.
—¡Venga! ¡Yo te apoyo! Exclamó Heidi carraspeando en el momento en que se dio cuenta de lo que había dicho. —Solo quería saber cómo se sentía decirlo— se excusó mientras se acomodaba el pelo.
—Yo no diré nada al respecto; haz lo que quieras pero recuerda contarnos todo—comentó Gustav.
Reí suavemente. Esto quería decir que mis amigos estaban de acuerdo en que intentara algo con el chico de trenzas entonces, ¿por qué no seguir intentándolo? ¡Al carajo todo!
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El atardecer empezaba a caer y yo lo estaba disfrutando. Era una de esas cosas que me gusta hacer de vez en cuando, porque no todos los días tengo la oportunidad, siempre estoy liado con algo. Pero hoy no estaba solo. El chico de las trenzas estaba a mi lado.
Había pasado a recogerme del Starbucks, volví a subir a su moto, pero esta vez tuvo la amabilidad de ir despacito. Estábamos en el muelle de la ciudad, sentados al final del puente, descalzos. Mis dedos estaban metidos en el agua, mientras que él podía sumergir sus pies sin problema. Claro, él era más alto que yo. Movía mis piernas de adelante hacia atrás. Él me había traído aquí, me invitó a un helado y me preguntó qué había hecho por la mañana. Le mentí y le dije que había estado comprando libros, pero me miró como si supiera que estaba mintiendo.
Aunque eso era una tontería. No podría saber lo que había hecho esa mañana.
Además, notaba que él estaba un poco raro y en varias ocasiones le oí gimotear bajito, un sonido lastimero casi inaudible. Le pregunté varias veces si le pasaba algo, pero solo decía “estoy bien”, algo difícil de creer.
—¿Vas a seguir callado?— preguntó. Su voz me sacó de mis pensamientos. Le miré y me encontré con sus ojos marrones fijos en mí, sonriendo un poco.
—¿Y tú vas a decirme qué te pasa?—contra-atqué imitando su sonrisa.
—Ya te he dicho que nada me dijo y yo entrecerré los ojos.
—No te creo— le solté – Anoche me dijiste que estabas en medio de un tiroteo, ¿Era verdad?— le pregunté —¿Es por eso que te quejas tanto cuando mueves el brazo izquierdo?
Él pestañeó despacio ¿Cómo sabes que me duele cuando muevo ese brazo precisamente?— preguntó.
—Joder, eres demasiado obvio— respondí —¿Qué te pasó, eh? ¿Te peleaste con alguien?
—Estaba en medio de un tiroteo— relamí mis labios.
—Oh venga, no me mientas. Seguro que sí te has peleado con alguien cuando te fuiste y por eso tardaste media hora en responderme los mensajes que te envié como un loco desesperado…
—No te estoy mintiendo, terroncito— me dijo y mi piel se erizó al instante —Dejar a Georg como líder por un solo día arruinó todos mis planes… además no se dio cuenta de que lo estaban siguiendo y nos pillaron por sorpresa; empezamos a disparar como locos—tragó saliva y rió suavemente —por suerte logré escapar, pero uno de ellos logró dispararme en el brazo.
—¿E-en serio?
Bufó y comenzó a levantarse la camiseta con algo de dificultad. Lo primero que vi fue una venda que iba desde su hombro enrollada en su pecho para sujetarla mejor. Abrí los ojos como platos, completamente impresionado; no creía que lo que me había dicho fuera real.
—¡Dios!— exclamé ahogadamente —¿Te duele mucho?— pregunté. De verdad me preocupé; ¡Y tan tonto respondiendo a mis mensajes en medio de algo así!
Él sonrió de lado. —Un poquito…
—Deberías estar descansando en tu cama—le dije, y él asintió.
—Lo sé, incluso Dick me dijo que debía tener reposo. Pero quería verte— oh, ¿y quién era ese tal “Dick”? ¿Y por qué se llamaba así? “Dick”, “polla”… ¡Joder! Dejé eso de lado y me centré en lo otro.
—Estás loco— susurré, apretando los labios para no sonreír —Tendrías que haberme dicho que no estabas en condiciones para salir; yo habría esperado y dejado la salida para otro día…
—Lo sé— suspiró – Por eso no te dije nada. No quería esperar a estar mejor para verte, ¿entiendes, terroncito?
—Ah, no me llames así dije, bajando la mirada tan nervioso como jamás lo había estado.
—¿Por qué?
—Porque me hace sentir raro…— admití, dándome una bofetada mental por haberlo dicho en voz alta. Incliné la cabeza para evitar que viera mis mejillas rojas —Solo… deja de llamarme así.
No, no. No iba a dejar de hacerlo. Yo no quería que dejara de llamarme así; solo que me ponía nervioso cuando me lo decía por mensaje. ¡Ahora imaginaros cómo me siento ahora que me lo dice en persona! Le escuché reír y cerré los ojos, apretándolos de verdad, avergonzado.
—¿Te pone nervioso, Billie?— preguntó mientras sentía que se acercaba a mí ¿Mmm?
—Ya…
—Terroncito…
—Tom
—Terroncito…
—Joder, basta— susurré, riéndome también por los nervios.
—Mi terroncito de azúcar…
—¡Ah! Deja de hacerme esto— le pedí casi suplicando, mirándolo. Él se acercó de nuevo, su cara a centímetros de la mía, como en el cine. Miré sus labios y luego sus ojos; él sonrió, miró mis labios y su mirada se quedó ahí mientras hablaba.
—Si te pones así solo porque te llamo “terroncito”, no quiero imaginar cómo te vas a poner cuando quiera desnudarte y hacerte mío…— susurró, frunciendo un poco el ceño y sonriendo —O cuando tenga tu pene delante de mi cara y quiera chuparlo…
Tragué saliva, completamente perdido por sus palabras. Su voz era tan sexy, ronca e hipnotizante que no sabía cómo reaccionar. A él le encantaba esto; le flipaba verme sonrojar. Su mano acarició mi mejilla suavemente, y yo no podía apartar la mirada de sus ojos, que miraban mis labios como si quisiera devorarlos. Fue en ese momento cuando conectamos miradas y empecé a tener dificultades para respirar por la nariz. Separé un poco los labios intentando seguir respirando por ahí.
—Me encanta cuando te pones así…
—¿A-así como?
—Tímido, con las mejillas rojas y tus ojos brillando. Hermoso.
Exhalaba por la boca sin control. Quería que me besara, ¿por qué demonios no lo hacía? ¿Por qué solo se quedaba mirándome así? Maldición, que me bese, que me bese, que me bese…
Quitó mi gorro y llevó un mechón de mi pelo liso detrás de mi oreja. Pensé que realmente iba a besarme, pero solo sentí sus labios en mi mejilla, dejando un par de besos hasta llegar a mi oreja y susurrar: Quiero besarte como un loco, tan salvaje y descontrolado. Húmedo y guarro…
Hazlo, hazlo, hazlo. Cerré los ojos exhalando entrecortadamente cuando mordió el lóbulo de mi oreja. Oh, Dios mío. Él quiere matarme; ¿a qué espera para besarme?
—Quiero besarte.
Mierda, bésame…
—¿Tú quieres?
Oh, qué pregunta más tonta…
—¿Mmm?
Se alejó para mirarme. Juro que sentía mis mejillas arder; él estaba jugando conmigo, maldición, quería ponerme mal. Hacer que perdiera el control y lo besara; quería que yo tomara la iniciativa. Así que lo cogí de las mejillas y sin previo aviso presioné mis labios contra los suyos.
Continúa…
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