
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 70
Narrador Omnisciente
Casi había pasado una semana desde lo que pasó. Bach fue interrogado por el jefe James Krüger y el detective Wagner. Primero lo despertaron, le hicieron una revisión y, cuando se sintió un poco mejor, dio su declaración porque recibió una orden anónima de Tom de que debía hacerlo, aunque se dejó algunas cosas en el tintero.
Jhörg estaba detrás de esa ventana, escuchando todo mientras intentaba contener las lágrimas. No podía creer que una amiga de su hijo le hubiera hecho tanto daño. Tal vez podría culpar a Tom, porque por lo que oía, secuestraron a Willem porque ese tal Zar quería los territorios y todo lo de Trümper… pero no podía. No lo haría por su hijo. Sabía que a Willem no le gustaría que echara la culpa a Tom. Así que se contuvo y maldijo a Nathalie Franz y a ese tal Brian, alias Zar.
Bach contó todo lo que sabía, ocultando cosas que debía guardar, como por ejemplo que él pertenecía al clan Trümper. Igual, después de declarar y de explicar por qué Willem acabó muerto según lo que él sabía, lo detuvieron. Tuvo un juicio y le dieron quince años de cárcel. ¿Por qué? Porque no había pruebas de que realmente no formara parte del clan Trümper. Todos los que sobrevivieron al enfrentamiento entre Tom y Brian acabaron allí. Menos ellos dos. Brian logró escapar de la habitación del hospital con ayuda de alguien que le debía un favor…
Tom, por su parte, fingió su muerte junto a su padre y su hermano, y con eso la desaparición del clan Trümper. Mientras la DEA los diera por muertos y no los tuviera en el punto de mira, todo estaría bien. Fingieron su muerte gracias a que el doctor Keller los declaró muertos, a Tom por «ocho disparos». Nadie sabía que llevaba chaleco antibalas, así que fue fácil. El propio doctor les había administrado una dosis calculada de tetrodotoxina, un veneno silencioso que, en pequeñas cantidades, podía frenar la respiración y bajar el pulso hasta casi desaparecerlo.
A Tom lo trasladaron a la morgue en una bolsa negra. El frío allí era insoportable, incluso para gente acostumbrada a ver la muerte a diario. El sonido metálico de la camilla al rodar por el suelo liso resonaba como un eco molesto. Una sábana blanca cubría los cuerpos inmóviles que acababan de llegar. El doctor Keller, con las manos enguantadas y el cansancio reflejado en la cara, se paró frente a la mesa de acero, respiró hondo y miró de reojo a los dos agentes de la DEA que esperaban impacientes.
—Ahí los tenéis— dijo el doctor —Ya os conté que llegaron gracias a un tipo que desapareció cuando le expliqué que estaban muertos. No sabía que eran narcotraficantes— mintió sin problema, tirando un poco de la tela para descubrir parte del torso de Tom primero. La piel pálida del trenzado asomaba bajo la luz mortecina de los fluorescentes.
Giró un poco el cuerpo para que se viera la causa de la muerte. Los agujeros de bala en la espalda eran claros, rodeados de manchas violáceas y restos de sangre seca. Uno de los agentes, Collins, tragó saliva. Había visto cadáveres antes, muchos, pero este en concreto representaba el fin de un objetivo que les había consumido años de operaciones.
—Ocho impactos, ¿no?— preguntó con la voz ronca.
—Exactamente ocho— respondió el doctor, hojeando el informe preliminar que llevaba en una carpeta metálica —Todos en la zona dorsal. La mayoría atravesaron tejido blando, pero al menos tres afectaron órganos vitales.
El otro agente, Ramírez, frunció el ceño y dio un paso adelante. —¿Murió al instante?
El médico negó con la cabeza. —No. Según lo que pude revisar, debió aguantar unos minutos— explicó con calma, acomodando el cuerpo en la camilla metálica —Quizá más. Lo suficiente para entrar en shock por pérdida masiva de sangre.
El silencio que siguió pesó más que cualquier palabra. Ramírez miró el rostro de Tom, todavía cubierto parcialmente por la sábana, y sintió un vacío en el estómago. —Se veía más duro de matar— murmuró casi para sí, aunque Collins lo escuchó.
—Al final, todos caen— respondió su compañero, sin apartar la vista del cuerpo. El doctor Keller se aclaró la garganta, incómodo con la tensión que había en la sala.
—Entiendo que para vosotros era alguien… importante— dijo —Pero aquí no hay truco. La causa de la muerte es clara y no hay posibilidad de que alguien sobreviva a tanto daño.
Ramírez levantó la vista. —Doctor, con todo respeto, estos tipos escaparon de emboscadas imposibles, sobrevivieron a enfrentamientos donde nadie lo hacía. Queremos estar totalmente seguros.
Keller suspiró. Se notaba que estaba acostumbrado a esa desconfianza. —Escuchadme bien— comentó —Ya revisé signos neurológicos, reflejos pupilares, actividad cardiaca. Nada. Son cadáveres en toda regla. Cuando acabe la autopsia, tendréis un informe completo, con cada trayectoria de bala y cada lesión.
Collins asintió despacio, como intentando convencerse de lo que oía. —¿Cuánto tardará el informe?
—Unas cuarenta y ocho horas. Pero os lo adelanto: no habrá sorpresas. Están muertos —dijo el doctor, con firmeza.
Los agentes se quedaron en silencio. Ramírez se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y empezó a pasear un poco por la sala, como intentando sacarse de encima la sensación de que algo no encajaba. —¿Puedo verlo?— preguntó, señalando los rostros de los tres cadáveres.
El doctor dudó un segundo, luego asintió y retiró la sábana. La luz blanca iluminó las facciones serenas de Tom, los párpados cerrados, la piel pálida. No había rastro de vida. Hizo lo mismo con el mayor de todos y con Travis. Collins respiró hondo y los observó con detenimiento, como queriendo grabar la imagen en su memoria.
—Se acabó— murmuró.
Ramírez, sin embargo, no parecía tan convencido. Frunció el ceño y se acercó a la camilla del hermano mayor. —¿Y este quién es?
—Travis Trümper, alias Hauk— respondió el agente mayor —A este lo seguí una vez, pero era un maestro en desaparecer de la vista de todos… y ahora míralo aquí. El mismísimo fantasma del narcotráfico alemán.
—¿Puedo?— preguntó Ramírez, estirando la mano para quitar la sábana y ver las heridas en el abdomen.
Keller levantó la mano, tajante. —No recomiendo destapar el cuerpo así. El estado en que quedó después de los disparos… no es algo que quieras ver a menos que tengas estómago de hierro.
El agente mayor dio un paso al frente, mirando el rostro serio del médico. —Según el informe preliminar, fueron tres disparos— alzó las cejas —Tres. ¿Puede confirmarlo?
—Sí— respondió Keller, ajustándose las gafas con calma —Dos en el torso y uno en el abdomen. Todos letales. La hemorragia interna fue fulminante. La muerte se declaró a las 21:47.
El silencio se hizo más denso. El agente joven tragó saliva, mirando la sábana con insistencia. Su instinto le decía que tenía que asegurarse. —Necesito verlo con mis propios ojos.
Keller respiró hondo. Sabía que la petición iba a llegar. Lentamente se acercó a la camilla, deslizó los dedos por el borde de la tela y bajó solo lo justo para mostrar el abdomen del chico y los disparos. —Ahí lo tenéis— dijo Keller, volviendo a cubrirlo —Los Trümper ya no representan ninguna amenaza. Los examiné personalmente. No hay pulso, no hay actividad cardíaca. El rigor mortis ya ha empezado. Si les sirve de consuelo, pueden revisar el acta de defunción firmada por mí.
—Hombres como los Trümper merecen que los veamos con más detalle— dijo Collins —No me basta con un papel. ¿Qué tal si los llevamos a nuestra sede para hacer una autopsia independiente a cada uno?
Keller apretó la mandíbula. Ese escenario no estaba en sus planes. —No será posible— contestó con firmeza —Los cuerpos ya están bajo custodia del departamento forense local. Además, la magnitud de sus heridas y el estado de los cadáveres hacen innecesario cualquier examen adicional. Cualquier traslado podría causar pérdida de evidencia y problemas legales.
—¿Y Gordon Trümper?— preguntó Ramírez —¿Me recuerda cómo murió?
—Claro, seis disparos— dijo —Dos en el tórax, uno en el abdomen, uno que rozó la carótida… y los demás en zonas que afectaron órganos vitales. No había ninguna posibilidad de sobrevivir. La hemorragia interna fue brutal. Cuando llegó aquí ya no tenía pulso ni actividad cerebral. Yo mismo lo confirmé.
—Curioso— murmuró el agente Ramírez —La expresión de los tres es… tranquila. No parece que hayan sufrido.
Keller esbozó una mueca contenida. —Eso pasa mucho. La muerte llega rápido y el cuerpo no llega a registrar el dolor.
El veterano lo miró con atención, como queriendo atravesarle con la mirada. —Doctor, usted lleva años en esto. Dígame una cosa… ¿de verdad no hay posibilidad de error?
El silencio se alargó unos segundos. Solo se oía el zumbido de la lámpara fluorescente sobre sus cabezas. Keller respiró hondo y negó despacio. —No hay error. Estos hombres que buscabais ya están muertos.
El joven suspiró. —Bueno, supongo que eso nos basta…— dijo, aunque se notaba que no estaba del todo convencido.
El veterano asintió. Los dos hombres se marcharon dejando atrás la puerta cerrándose con un chirrido metálico. Keller se quedó solo en la sala. Se acercó de nuevo al cuerpo de Tom y le retiró la sábana hasta el cuello. Su respiración era imperceptible, el pulso casi inexistente gracias a la toxina. El veneno había hecho su trabajo: latidos reducidos al mínimo, piel pálida, músculos relajados como si la vida lo hubiera abandonado.
Keller susurró apenas audible —Aguanta un poco más, muchacho… El mundo ya los da por muertos.
Se puso de nuevo los guantes limpios y empezó a anotar en el informe oficial: Hora de la muerte: 22:55. Causa: múltiples disparos. Estado: cadáver no reclamado.
El plan había funcionado.
&
-Dos días después-
Jhörg llevaba días sin pegar ojo en condiciones. Desde que le dijeron que Willem había muerto, el mundo se le había vuelto un sitio frío y áspero, donde todo, hasta lo más mínimo, le recordaba a su hijo: su risa ligera al despertar, la manera en que andaba con las manos en los bolsillos, esa mirada traviesa que escondía más bondad de la que él mismo se daba cuenta.
Por eso decidió organizar un homenaje. No era un acto social cualquiera, ni para quedar bien, ni para callar rumores. Era algo mucho más profundo: la necesidad de un padre de honrar a su hijo, de asegurarse de que el mundo lo recordara no por cómo se fue, sino por lo que fue mientras estuvo. Jhörg quería que Willem tuviera un lugar digno, una tumba que hablara de quién había sido, de la luz que todavía seguía irradiando aunque ya no estuviera.
El homenaje se celebraba en el cementerio central, un sitio que normalmente estaba cargado de silencios fríos y ausencias dolorosas, pero aquella tarde se sentía distinto. Los árboles que bordeaban el camino dejaban caer sus hojas suavemente, como acompañando el luto, y un aire sereno, casi solemne, envolvía a los presentes.
La tumba de Willem, recién construida, destacaba entre las demás. Habían puesto una lápida de mármol claro con detalles grabados a mano: su nombre completo, las fechas de su vida y, justo debajo, una frase sencilla pero potente: «ahora brillas en el cielo nocturno como la estrella más hermosa.»
Alrededor, las flores frescas se acumulaban: rosas blancas, claveles rojos, lirios y girasoles, todas colocadas con cariño por manos distintas, pero con el mismo sentimiento. No se podía mirar sin detenerse, porque esa tumba no era solo piedra y flores; era un pedazo de Willem que seguía allí, un lugar donde quienes lo querían podían hablarle, llorarle e incluso sonreír recordando sus historias.
Heidi, Sarah y Gustav estaban presentes, sin poder contener las lágrimas… lo iban a echar muchísimo de menos. Ellos no sabían la verdad, solo lo que Jhörg había contado a la prensa el día anterior: que su hijo, al volver a Alemania después de tanto tiempo estudiando fuera, había tenido un accidente que le arrebató la vida.
Muchos comentaban que hasta la tumba parecía reflejar su esencia: firme, bonita y con un brillo que, de alguna manera, hacía que la tristeza pesara un poco menos.
Los periodistas ocupaban las primeras filas, cámaras en mano, captando cada gesto, cada lágrima contenida. La prensa había llegado de toda Alemania, incluso del extranjero. Todos querían cubrir el homenaje al heredero de KA, al hijo de un magnate que no solo representaba moda, sino un apellido con peso. El murmullo de la gente se apagó cuando Jhörg Kaulitz subió al estrado, acompañado de su esposa Simone, que llevaba un vestido negro sencillo, con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar. No se separaba de su lado, como si apoyarse en su brazo le diera fuerzas para no venirse abajo.
Jhörg tomó aire. Su voz, siempre firme y poderosa en juntas y conferencias, temblaba ahora. Apretó el micrófono entre las manos.
—Hoy…— dijo, y su garganta se cerró un instante —Hoy estamos aquí no para hablar de cifras, de moda o de éxitos… sino para recordar a mi hijo, Willem Kaulitz, a mi Bill.
Todo el campo quedó en un silencio absoluto, ni el clic de las cámaras se escuchaba.
—Un padre nunca se imagina que va a enterrar a su hijo— continuó, buscando la mano de Simone —Es… antinatural. La vida dicta que sean ellos los que nos digan adiós a nosotros. Pero aquí estamos, frente a cenizas… cenizas que ni siquiera puedo confirmar si son suyas, porque el accidente fue… devastador.
Un sollozo escapó de Simone. Él le apretó la mano con fuerza, como intentando pasarle un poco del aire que le quedaba.
—No sabéis lo que es…— su voz se quebró —No sabéis lo que es recibir una urna y no poder mirar dentro, no poder reconocer nada. No tener un cuerpo que abrazar por última vez, no tener un rostro que besar en despedida. No saber si, en realidad, esas cenizas son de tu hijo o de los restos retorcidos de un coche que explotó con él dentro.
Algunas personas en la multitud lloraban abiertamente. Otros bajaban la cabeza, incapaces de sostener la mirada.
—Bill…— Jhörg se detuvo, respiró hondo, tragó saliva y volvió a hablar —Era mucho más que mi hijo. Era un joven con un corazón inmenso, con sueños que no cabían en una sola vida. Amaba la moda, pero más que eso… amaba a la gente. Recuerdo que me suplicó que le ayudase a hacer su propia fundación para esos animales que andaban por las calles sin comida ni protección. Y le cumplí lo que quería porque lo vi tan emocionado… Tenía esa capacidad de hacerte sentir único, de mirarte a los ojos y hacerte pensar que todo estaba bien, aunque el mundo se estuviera cayendo a pedazos.
—Era… la luz de nuestra casa— dijo Simone tras respirar hondo —Nuestro orgullo. Y también era… rebelde, testarudo, pero esa era su esencia. Willem nunca se conformaba, siempre quería más, siempre luchaba por lo que creía. Tenía apenas dieciocho años, y aun así parecía que había vivido cien… porque se entregaba con todo.
Los aplausos sonaron suaves, respetuosos. La familia de Georg estaba allí, sus padres, sus hermanos. La familia de Simone también, todos juntos.
Jhörg bajó la vista, luchando contra las lágrimas. —Si algo quiero que recuerden de mi hijo no son sus logros, ni los premios, ni su apellido. Quiero que lo recuerden como lo que era: un chico que amaba. Amaba sin miedo, sin reservas. A su familia, a sus amigos… y a la vida.
Un silencio profundo lo envolvió, como si sus palabras fueran un golpe seco en el pecho de todos.
—Hoy me pregunto: ¿qué será de nosotros sin él? ¿Cómo se sigue adelante con este vacío?— continuó —No lo sé. Solo sé que su recuerdo nos obliga a seguir, a luchar, a mantener viva la esencia de lo que él era.
Simone no aguantó más. Se apoyó contra el pecho de su esposo y lloró con fuerza. Los micrófonos captaron cada sollozo y las cámaras lo grabaron, pero nadie lo vio como un espectáculo; era demasiado humano, demasiado real.
Mientras tanto, entre la multitud, con una gorra negra calada hasta las cejas y una mascarilla cubriéndole parte del rostro, Tom escuchaba. Estaba en un rincón, de pie, sin querer llamar la atención. Nadie lo reconocía. Las lágrimas le nublaban la vista. Nunca había sentido tanto dolor. El discurso seguía, con los empleados de KA compartiendo anécdotas, amigos de la familia recordando momentos pequeños, detalles que mostraban la esencia de Willem. Y Tom, escondido entre la gente, se ahogaba en su propio silencio.
Cuando Jhörg terminó, alzó la urna con las cenizas de su hijo.
—Aquí guardamos lo que quedó de él. No sé si de verdad es mi hijo, pero mi corazón me dice que sí. Y aunque no lo fuera, aunque fueran solo restos, esta será siempre la representación de nuestro Willem. Porque lo que realmente queda de él… está aquí— se tocó el pecho —En cada uno de los que lo amamos.
El aplauso fue ensordecedor, largo, doloroso. Simone cayó de rodillas, incapaz de sostenerse, y Jhörg la abrazó con fuerza, como si abrazándola intentara sostener también lo poco que quedaba de su familia.
Tom bajó la cabeza. No pudo aplaudir. Sus manos estaban heladas, sus labios mordidos hasta sangrar.
El cementerio estaba casi vacío. Las cámaras de la prensa ya se habían apagado, los flashes desaparecieron, y las voces que antes llenaban el aire con condolencias se habían ido poco a poco. Solo quedaba el viento frío de la tarde meciendo las flores sobre la tumba de Willem. Sus padres se habían marchado, sostenidos por familiares y amigos cercanos, incapaces de sostenerse por sí mismos entre tanto dolor.
Tom esperó hasta que el último coche desapareció por el portón del cementerio. Su corazón latía con una mezcla de miedo y desesperación, como si cada paso que daba hacia la tumba lo arrancara de sí mismo.
Se detuvo frente a ella. La lápida blanca, impecable, con aquella inscripción sobre estrellas, lo golpeó más fuerte que cualquier bala que hubiera recibido. Se inclinó, tocó la piedra fría con la yema de los dedos y sintió cómo la garganta se le cerraba.
—Moreno…— susurró, apenas audible, como si todavía temiera que alguien lo escuchara.
Las lágrimas empezaron a brotar sin que pudiera contenerlas. Se mordió los labios con fuerza, intentando sostener el dolor que lo atravesaba de punta a punta.
Cerró los ojos y se dejó llevar por los recuerdos: la calidez de los besos de Bill, su risa espontánea que siempre le arrancaba una sonrisa, los «te amo», sus regaños disfrazados de amor, ese malhumor adorable que solo Tom sabía cómo calmar, el tacto de su piel, suave como la seda, esa piel que tantas veces recorrió con sus manos temblorosas, con deseo y ternura a la vez.
Todo eso ahora estaba enterrado, convertido en cenizas que ni siquiera podía asegurar que fueran realmente suyas. Y esa idea le atravesaba como un cuchillo: ¿y si ni siquiera eso me queda?
—Dios…— murmuró con la voz rota, apoyando la frente contra la piedra —¿Cómo voy a vivir sin ti? ¿Cómo se supone que siga respirando si ya no estás? Siempre discutíamos por quién amaba más al otro… supongo que me ganaste, porque fuiste tú quien se fue primero.
La culpa lo inundaba como una marea negra. Cada decisión tomada, cada error, lo sentía encima como una condena. Se repetía una y otra vez que Bill estaba muerto por su culpa. Que si él no hubiera entrado en su vida, Willem seguiría aquí, vivo, sonriendo, diseñando, soñando.
No se dio cuenta de que no estaba solo hasta que una voz grave rompió el silencio:
—¿No se supone que estabas muerto?— dijo alguien a su lado.
Tom se giró bruscamente, con los ojos enrojecidos. Ahí estaba Jhörg. De pie, con el rostro endurecido por el dolor y los años que parecían haberse multiplicado en apenas unos días. Tom tragó saliva, se enderezó apenas y le sostuvo la mirada.
—Así es— respondió con un hilo de voz, cansado, derrotado —Para el mundo… lo estoy.
Un silencio pesado se extendió entre ellos, apenas roto por el viento moviendo las flores y las hojas secas. Jhörg lo miró de arriba abajo, con ese gesto de padre roto entre odio, impotencia y amor por el hijo que había perdido.
—Puedo llamar a la policía ahora mismo— dijo, sin titubear.
Tom bajó la vista hacia la tumba, sin apartar la mano de la fría piedra. —Hazlo— murmuró con voz apagada —Hazlo, no me importa. Ya no me importa nada.
Jhörg respiró hondo, como intentando contener una rabia que no terminaba de ser rabia, sino algo peor: el vacío de un padre que ya no tiene a su hijo. —No te culpo— dijo finalmente, con la voz temblorosa pero firme —No te culpo de nada de esto, pero no voy a mentirte: nada de esto habría pasado si no hubieras entrado en su vida.
Tom cerró los ojos, sintiendo cómo esas palabras se le clavaban en el pecho. Pero no discutió, no levantó la voz, no se defendió. Simplemente asintió despacio, con lágrimas cayendo en silencio.
—Lo sé…— contestó, quebrándose —Lo sé, y lo lamento. Dios… si pudiera volver atrás, cambiaría todo. Me conformaría con verlo de lejos, aunque no me volviera a mirar nunca más. Pero al menos… estaría vivo.
Se quedó callado, respirando con dificultad, como si cada palabra lo desangrara un poco más.
Jhörg lo observó en silencio unos segundos. Después volvió la vista hacia la tumba de su hijo y, por primera vez desde que empezó el homenaje, sus ojos se llenaron de lágrimas frente a alguien más.
Y ahí, frente a esa piedra que simbolizaba la ausencia de Willem, los dos hombres permanecieron: uno cargando la culpa, el otro cargando el vacío.
Continúa…
Y ahora el epílogo 😉