Recording. Track 02

Fic Twc/Toll de Ginger-Ale11

Recording. Track 2

Después de que una puerta se cerrara con fuerza y el sonido rebotara por todas las paredes de la sala, se pudo ver la figura de un hombre alto y delgado que se dirigía hacia las puertas de salida del enorme complejo de oficinas, mirando con desprecio a los pocos empleados que aún trabajaban y a cualquiera que se atreviera a cruzarse en su camino, detrás de sus oscuros y caros lentes de sol.

-No puedes entenderlo, ¿verdad? No. Simplemente no. Y esa es mi última palabra sobre el asunto.- Su voz algo aguda, pero aún masculina, reverberaba en cada superficie del complejo mientras, con pasos decididos que resonaban por todo el pasillo, buscaba desesperadamente salir de allí, subir al ascensor que le llevara a su carro y salir de aquel lugar, de una vez por todas. El hombre que hablaba por teléfono casi deseaba que la oficina no estuviera casi completamente vacía, sólo para poder canalizar su ira hacia la próxima alma desafortunada que se cruzara en su camino; una llamada furiosa a su asistente, definitivamente, no haría desaparecer todo el estrés del día, eso era seguro. -No me importa lo que ese idiota haya tenido que hacer para conseguir ese favor. Ya perdió su oportunidad. No toleraré ningún retraso. Y definitivamente no toleraré que nadie me deje plantado. ¡No, Andy! ¿Quién se cree ese insignificante pueblerino? No soy su madre, ni su padre, ¡ni nadie en su miserable vida para andar esperándolo!

-No es un pueblerino, Bill.- respondió una voz al otro lado del teléfono. Sonaba aburrida. Casi como si esa llamada fuera algo que ocurriera con bastante regularidad… Y, efectivamente, era cierto.

Cuando esto ocurrió, ya eran las seis y media de la tarde de ese día; un día que resultó ser desagradable y terrible para el esbelto hombre que, en ese momento, salía de las instalaciones de una de las mayores compañías discográficas de toda Alemania: Phoenix Records.

Phoenix era muy conocida en los medios de comunicación de todo el país, incluso era conocida internacionalmente por sus impecables trabajos, por su colección de increíbles talentos, por su enorme lista de influyentes contactos en todo el mundo, e incluso también era conocida por sus exigencias de excelencia para cualquiera que trabajara en ella… No todos conseguían un contrato de grabación con Phoenix.

Bill había pasado casi 5 años escalando hasta llegar a la cima de Phoenix Records. Después de trabajar con David Jost, el productor legendario, no sólo en la historia de la corporación, sino de toda la industria –a quien debía incluso su primer contrato con la compañía, todos esos años atrás–, el chico había sido capaz de manejar la industria y sentirse cómodo en ella. Entendía perfectamente cómo funcionaba el negocio y, por encima de todo, el ahora rubio había sido capaz de brillar en el medio por su talento como reclutador de artistas y por su extraordinario oído. Con el tiempo, su reputación se había forjado. Era conocido por ser un divo sin arreglo, sin escrúpulos en el mejor de los casos, y por ser increíblemente exigente; aun así, todo el mundo quería trabajar con él por su capacidad para hacer brillar como la más brillante de las estrellas a cualquiera de los artistas que firmaban con él o que él producía. Sin embargo, no todos eran capaces de soportar su… singular personalidad.

-¿Y en serio crees que me importa, Andreas? En este momento, no podría importarme menos lo que sea esa mierda. ¿Sabes la clase de día que tuve hoy?

-No, Bill. No tengo ni idea del tipo de día que has tenido… – De nuevo, el hombre al otro lado de la línea respondió con una voz monótona. Bill, que se escondía detrás de sus caros lentes quiso poner los ojos en blanco, para añadir algún tipo de efecto dramático al asunto, pero se detuvo cuando se dio cuenta de que nadie se daría cuenta; ni la contraparte de llamada, ni los pocos trabajadores que aún quedaban en la oficina. Aunque algunos le miraban fijamente, preguntándose el motivo de sus fuertes gritos, no estaban lo suficientemente cerca como para notar el gesto, así que descartó inmediatamente la idea.

-Bueno, ya que no lo sabes, entonces podría contártelo. En primer lugar, hoy me he dado cuenta de que estoy rodeado de una panda de asquerosos e inútiles. Llevo todo el día pidiendo un demo de un nuevo grupo, que debería haber estado en mi mesa para ser escuchada ayer y ¿crees sinceramente que lo he conseguido?

«Hasta luego, Sr. Kaulitz». Bill escuchó la voz chillona de la recepcionista, situada en la entrada del vestíbulo, mientras empujaba las puertas de cristal, grabadas con el logotipo de Phoenix Records, que conducían a las puertas del ascensor.

«Como sea». Murmuró el rubio, y esta vez no contuvo las ganas de poner los ojos en blanco. Después de todo, había una razón para llevar lentes de sol, en el interior; y tampoco era como si la recepcionista fuera a protestar.

Una vez que la superficie transparente del cristal se cerró tras él, se encontró rodeado de la soledad en el pequeño espacio entre los ascensores y la oficina, y dio las gracias a todas las deidades que fuera así. Continuó su relato a su asistente mientras pulsaba el botón que le llevaría lejos de allí. -Bueno, como te decía, Andy, resulta que, además de todo, el planificador de eventos de Hamburgo también es un maldito inútil. Me llamaba cada cinco minutos, Andreas, ¡cinco! Y sólo para preguntar un montón de tonterías… Te juro que la próxima vez me contrataré a mí mismo como puto planificador de la fiesta, si al final voy a ir haciéndolo todo yo.

-Lo que tú digas, Bill-. Una vez más, Bill percibió el tono de fastidio que Andreas le daba desde el otro lado de la línea, y esta vez, no se iba a tragar su propio fastidio.

-¡¿Andy?!- Preguntó Bill en un tono sugerente que el rubio del otro lado de la línea supo entender como una señal de advertencia.

-Lo siento, Bill.- Andreas se apresuró a enmendar su error; su actitud arrogante hacia el otro hombre había surgido de forma totalmente involuntaria. Bill canturreó, no del todo convencido de la disculpa de su contraparte, pero aun así continuó con su cuasi-monólogo. Al final encontraría la forma de hacer que Andreas le pagara su actitud hacia él. -Bien. Como te comentaba, para colmo de males, resulta que los chicos de DSquared, que tenían que traerme el traje para el evento de esta noche, ni siquiera se han molestado en aparecer. Estoy hecho un desastre Andreas, y eso no es muy apropiado para esta fiesta. Y por si fuera poco, estoy llegando extremadamente tarde a este evento, sólo porque estaba esperando a que viniera el Sr. Pueblerino Estúpido. ¿Ves lo que me pasa sólo porque quería ser un buen samaritano y hacerle un favor a alguien por una vez? Cuando salga de aquí tendré que ir a toda velocidad fuera de Hamburgo, o si no, nunca tendré mi propio evento.

Después de ese último toque dramático en su discurso, Bill oyó al otro hombre suspirar.

-Bueno, veré qué puedo hacer para solucionar todo eso; averiguaré qué ha pasado con el demo, le diré al organizador del evento que está despedido después de esta noche y que puede olvidarse de sus beneficios y también llamaré a Dean y a Dan para saber exactamente por qué se han retrasado. También veré si puedo arreglar las cosas para que lleven la ropa directamente al lugar del evento para que ya no parezcas «un desastre», aunque creo que eso es imposible.- dijo Andreas, haciendo que Bill sonriera burlonamente y levantara una ceja detrás de sus lentes, satisfecho.

Control de daños, un toque de adulación y algún beso en el culo al final… Se notaba que, a pesar de todos sus defectos, no había casi nadie que conociera a Bill tan bien como Andreas. Ser su asistente, además de su mejor amigo –con algunos beneficios fuera de cualquier entorno laboral– parecía servirle de maravilla cuando Bill estaba molesto. Sabía perfectamente cómo le gustaba a Bill ser tratado y este sonrió.

-Y también asegúrate de llamar al idiota que me hizo esperar hoy… En fin, ¡felicidades, Andy! Así es como me gusta. ¡Tu plan es perfecto! Hay una razón por la que eres el mejor asistente del mundo, y… Una razón por la que te pago como te pago… Ya sabes…- Dijo Bill, añadiéndole un toque misterioso y también algo… ¿seductor? Al final de su frase. -Tengo que irme. Ya llegó mi transporte que me sacará de una vez por todas de esta asquerosa oficina.

-De acuerdo. Por…- El rubio ni siquiera había dejado terminar a Andy cuando había cortado la comunicación con un toque en la pantalla de su teléfono. Respiró hondo mientras se metía en la enorme caja metálica que era el ascensor, pulsando el botón que le llevaría a su querido auto y despidiéndose de su monótona rutina en la oficina hasta mañana, echando de menos los días en los que debía estar atrapado en un estudio, grabando y editando todo el día. Odiaba estar preso entre las cuatro paredes de su oficina, arreglando papeles, que era básicamente todo lo que hacía en ese maldito lugar últimamente.

Una vez que Bill salió del estacionamiento del edificio, y emprendió su viaje hacia las afueras de Hamburgo por la larga y desolada autopista, el sol se ponía casi por completo en la distancia, donde el cielo tocaba la tierra. A lo largo de la carretera, Bill pudo disfrutar de la vista del horizonte, una inmensa sábana que antes era totalmente azul, se tiñó entonces de hermosos rosas, amarillos y morados, y del agradable silencio de su tiempo a solas.

Con un suspiro, Bill se permitió el lujo de encender un cigarrillo y darle una larga y profunda calada. Sintió que, con el humo entrando en su organismo, todo el estrés se desvanecía de su cuerpo, como si el aire tóxico ocupara el lugar de la cantidad de tensión que había en el cuerpo de Bill, haciendo que se evaporara instantáneamente de sus poros; no había podido probar el sabor amargo de uno de sus palitos de cáncer en todo el día y ya lo echaba de menos. Ni siquiera todo el café del mundo podría sustituir el poder de un cigarrillo, al menos, ese día en concreto.

Mientras se acercaba cada vez más a su destino, recordó brevemente la conversación telefónica que había tenido minutos atrás, y admitió para sí mismo que, aunque era una parte bastante importante de su personalidad, probablemente aquel espectáculo dramático que le había dado a Andy había sido un poco exagerado; sin embargo, no exageraba cuando señalaba su disgusto por el incidente del demo, ni tampoco exageraba en absoluto, cuando se refería al imbécil que le había dejado plantado. No había nada más sagrado para Bill que su trabajo. Aunque no hubiera sido un favor que estuviera dispuesto a hacer, aquel irresponsable le había impedido hacer su trabajo correctamente, pero con otra calada de su casi extinto cigarrillo, se obligó a olvidar todos los problemas del trabajo, soñando con ese primer trago de alcohol de la primera copa que se cruzara en su camino en aquel evento al que iba.

Habían transcurrido poco más de treinta minutos de su viaje de casi una hora, cuando el sol ya se había puesto por completo, cuando, a lo lejos, pudo ver un par de luces nocturnas pertenecientes a un enorme auto que se acercaba a él a una velocidad alarmante; normalmente no pensaría mal en ver otro carro que se dirigiera en la dirección contraria a la que él iba, porque, a pesar de que la autopista estaba un poco desolada, la carretera tenía su ocasional conductor. Sin embargo, este en particular le preocupaba. Se dirigía en la dirección contraria a la que iba él, pero el conductor conducía en la misma línea de la vía que Bill, aunque a una distancia considerable.

Bill se limitó a apretar el volante de su auto y a hacer sonar la bocina varias veces.

Sin embargo, a medida que el otro auto acortaba rápidamente la distancia entre ellos, el corazón de Bill comenzó a latir eufóricamente, mientras que los intervalos entre sus desesperados toques de bocina también se acortaban.

«¿Qué está haciendo este idiota? ¿No va a parar el coche en algún momento?» se preguntó Bill en voz alta, sin reconocer por un momento su voz. Su agitación también estaba perturbando su voz, haciéndola casi irreconocible. Con cada segundo que pasaba, Bill se preocupaba más y más por el otro auto. Todavía tenía una vaga esperanza de que el conductor reaccionara, detuviera el coche, o al menos cambiara su línea en la carretera; eso, o esperaba que el tipo fuera sólo un bromista que, aunque esta broma no fuera nada divertida; sólo quería darle un susto.

Pero nada de eso ocurrió. Las luces de su contrario se acercaban a una velocidad increíble, Bill hacía sonar la bocina frenéticamente, mientras sus insultos se hacían más fuertes y graves, y en cuestión de segundos, el rubio no tuvo más remedio que mover con fuerza su volante en una maniobra radical e inesperada y pisar hasta el fondo sus frenos.

Entonces, un fuerte impacto.

Un latido doloroso, agotador y constante se hacía notar dentro de su cabeza. Como si hubiera estado tumbado sobre una almohada que, en lugar de estar hecha con suaves y cómodas plumas, estuviera llena de cientos de agujas que le atravesaban la cabeza con una fuerza descomunal, mientras otra fuerza invisible le mantenía tumbado e impotente sin posibilidad de levantarse y librarse del dolor. No sólo eso, su corazón latía dentro de su pecho a mil por hora y sus manos temblaban como si fuera una víctima de un frío invierno, tiritando por lo sucedido.

Bill no sabía cuánto tiempo había pasado desde el impacto. Su cabeza no lo había registrado. Sólo sentía su cara apoyada en la bolsa de emergencia, ahora desinflada, y sólo sabía que la cabeza le dolía tanto que incluso estaba asustado, aunque lo admitiera o no; de la posibilidad de haber sufrido una conmoción cerebral que fuera más grave que un auto destrozado…

Sin embargo, su preocupación por el bienestar de su cabeza pasó a un segundo plano y todos sus temores se desvanecieron cuando sus ojos vieron el espectáculo que tenía ante sí: Todo lo que podía ver era humo. Una espesa y negra cortina de humo que salía del capó de su querido Audi que llevaba menos de un año con él.

Un estruendo resonó por toda la prácticamente desolada carretera y Bill ignorando por completo el dolor de su cabeza; supuso automáticamente que la fuente del sonido era el otro vehículo, el maldito irresponsable que había estrellado su Audi y que incluso podría haberlo matado.

-¡Excelente! ¡Gran manera de terminar este asqueroso día!- Bill escuchó a lo lejos y maldijo al dueño del otro auto, automáticamente, en voz baja, mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad y alcanzaba desesperadamente la cerradura de su coche, sin querer esperar a salir de allí.

No ha sido peor que el mío, maldito idiota.” murmuró Bill para sí mismo. “Hoy me han tratado fatal, me han vestido mal, me han dejado plantado, y encima de toda esa mierda, lo rematas con un accidente de auto, ¡animal estúpido!».

Después de salir por fin de su coche, con su propio portazo resonando también en la solitaria autopista, Bill se giró para inspeccionar los daños causados por el choque; su mandíbula casi se cayó al suelo con la visión que sus ojos captaron: La parte delantera y una gran parte del lateral de su coche estaban incrustadas contra la defensa de la carretera: El daño era peor de lo que él podría haber imaginado…

Esta vez, Bill se permitió el lujo de maldecir en voz alta, algo sorprendido por la fuerza de sus pulmones cuando soltó el grito, y también se sorprendió de lo bien que estaba consiguiendo ignorar el dolor de cabeza que le estaba dando.

«¡Maldigo el coño de cualquier puta que lo haya parido! ¡Mi Audi, maldita sea!». Oyó el rugido del motor de un par de vehículos que pasaban detrás de él que no se detendrían para ayudarle ni por todo el dinero del mundo y el sonido de unos pasos rápidos que se acercaban a él. El rubio pudo imaginar el ceño fruncido en el rostro del desconocido delincuente que se acercó a él como reacción al monumental insulto que salió de sus labios.

-¡Oye! ¡Oye! Ehm… ¿Estás b–?- dijo el desconocido cuando el rubio lo sintió más cerca. Bill se limitó a responder con una mirada de soslayo por encima del borde de sus lentes de sol que podría haberle matado, si es que eso era posible, y cortó la intención de su interlocutor de terminar la frase que había empezado. Bill medio esperaba que el hombre diera un par de pasos hacia atrás, asustado por él, a juzgar por la expresión de su rostro, que incluso en la distancia y teniendo en cuenta el ángulo en el que lo miraba; parecía increíblemente nervioso.

Después de que su contraparte permaneciera en silencio durante unos largos segundos que se sintieron como una eternidad, el tipo habló de nuevo -Oye… Lo siento. De verdad que lo siento. Realmente no era mi intención.

El rubio respiró profundamente, cerró los ojos y dijo, mientras contaba hasta cinco en un intento fallido de calmarse. – ¡¿Hablas en serio?!- Contestó, o mejor dicho, gritó la víctima. -Tú… Tú… ¿Has visto lo que has hecho?

-Sí, veo que estás en perfectas condiciones. – Dijo el otro hombre; Bill pudo incluso escuchar los rastros de ironía de su voz.

La incredulidad del rubio se intensificó aún más, y trató de aplicar la misma técnica de antes: la respiración. -No puedo creer que, para más inri, tengas el descaro de hablar con ironías. Eres un puto animal, ¿lo sabías? ¡Y pagarás por esto, imbécil! Te juro que lo pagarás.-

-Vale, vale. Oye, entiendo que estés nervioso por lo que ha pasado, pero ¿podrías intentar calmarte un poco? – Dijo el hombre alto de pelo castaño que llevaba unos desgastados vaqueros grises, que quizás en algún momento habían sido negros, con una franela blanca un poco larga cubierta de una chaqueta de cuero. Justo en ese momento, Bill se dio cuenta de que estaba frente a él. Si no fuera porque toda la rabia le carcomía las entrañas, se habría burlado de la ropa que llevaba su homólogo. No quería admitirlo para sí mismo, pero probablemente también se habría tomado tiempo para admirar el atractivo de ese hombre.

… Dios. Todo lo que necesitaba era un buen polvo. Bill puso los ojos en blanco y continuó.

-¿Intentar calmarme? ¿Me estás pidiendo que me calme? ¿Me estás jodiendo, verdad? ¿Quién demonios crees que soy?- A medida que las frases salían de su boca, Bill empezó a hablar cada vez más rápido. Hacía demasiadas preguntas sin respuesta. -¿Has visto mi puto parachoques? ¡¿El capó?! La pobre cosa ya no parece lo que solía ser: ¡Un hermoso auto! ¡Mi hermoso Audi! Ahora es un puto trozo de chatarra vuelta mierda.- Dijo, mirando con tristeza a su carro.

El hombre se cruzó de brazos. -Oye, lo digo en serio. ¡Tienes que calmarte! ¡Tuviste un accidente! ¿No te das cuenta de que estás sangrando? Estás preocupado por un estúpido auto y no te has dado cuenta de que estás herido.- El hombre comenzó a acercarse a Bill, mientras tanto, sacando un pañuelo de su bolsillo, dirigiéndolo hacia la frente del rubio.

Bill definitivamente no esperaba eso. Tanto el hecho de que estuviera sangrando, como que el otro hombre se acercara a él, con quién sabe qué intenciones. Todo era demasiado, y lo agarró desprevenido.

-¿Qué crees que estás haciendo?- dijo Bill, dando un paso atrás y alejándose mientras el otro hombre avanzaba. Rezó a todas las deidades que conocía para que el tipo no le hiciera daño… Después de todo, era, ciertamente, más voluminoso que él, aunque todos, realmente, eran más voluminosos que él.

Lo cierto era que Bill era despiadado cuando se encontraba en un entorno que él podía controlar. Las situaciones inesperadas lo ponían nervioso especialmente cuando creía que su preciosa vida estaba en peligro.

El tipo levantó una ceja. -Tranquilo. Sólo voy a revisar tu herida.

Con cierta incertidumbre aún en un rincón de su mente, Bill permitió que el otro hombre, junto con su pañuelo, se acercara. Con mucha delicadeza le quitó los lentes de sol que aún llevaba puestos. Esto lo sorprendió, especialmente cuando al mirarlo de frente se encontró con un par de ojos miel. Bill sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo y casi ni se percató cuando le limpió los alrededores de la sien. Debía dolerle más la herida que la electricidad que suponía el tacto del hombre con su piel. Esos ojos ya los había visto, pero ¿dónde?. El rubio por fin salió de su ensimismamiento e hizo una pequeña mueca de dolor cuando la tela tocó directamente su herida, aunque el otro hombre fue poco menos que cuidadoso cuando la tocó con el pañuelo. Bill pensó que cuando llegara a la fiesta, tendría que usar una gran cantidad de maquillaje para cubrirla.

Mientras el causante del choque limpiaba la herida, Bill respondió: -Para que lo sepas, vagabundo asqueroso, sólo porque tenga que ir al hospital, no te librarás de esto. Ni de mí. Tendrás que pagarme hasta el último céntimo de este auto, ¿me oyes?

-Ehm… Sí, bueno… Sobre eso.- El hombre se interrumpió, limpiando la herida una última vez para asegurarse de que la hemorragia había cesado, y se alejó de Bill, guardando el pañuelo en su bolsillo. -Ya está. No creo que necesites ese viaje al hospital. Fue sólo un rasguño, probablemente con el volante. Y… Bueno… En cuanto a los daños, no creo que pueda pagarte, per se. ¿Crees que–?

No pudo terminar de hablar cuando fue interrumpido, esta vez por Bill, que hablaba con una sonrisa irónica en la cara, mientras sacaba su móvil del bolsillo; uno de esos teléfonos súper caros. -Entonces está decidido: Llamaré a la policía si no quieres pagar. Ellos pueden llevarme fácilmente a donde tengo que ir, y además te darán un buen viaje a la comisaría gratis.

El castaño se alteró. -¡No, no! Por favor, ¡no hagas eso! ¡Déjeme hablar primero! ¡Cálmate, hombre! Yo pago los daños, no te preocupes.- Dijo, gesticulando salvajemente con las manos.

Bill se cruzó de brazos y miró incrédulo a su interlocutor. -Aunque no lo crea posible, ¿cómo crees que vas a hacerlo? Seguro que tendrás que robar para pagar un auto así.- Dirigiéndole una mirada de desprecio por costumbre.

El ahora cansado tipo se cruzó de brazos. -La verdad es que no. Trabajo como mecánico en el taller de mi tío. No puedo pagarte con dinero, pero sí con las reparaciones que necesites.

Bill le miró durante varios segundos, que luego se alargaron a un par de minutos, con ojos dudosos. ¿Quién podía asegurarle que aquel tipo desaliñado le pagaría; o más bien, que repararía su hermoso Audi? En fin, algo era algo. Al menos el tipo no había huido del lugar del accidente. Tendría que confiar en él, aunque no le gustara hacerlo. -Bien. Con esa cara de «buenazo» ¿cómo rechazar una oferta así? Además, necesito que me reparen el auto como sea.

Justo en ese momento, el móvil de Bill empezó a vibrar y a sonar con fuerza en su mano. Revisó la pantalla y, con un simple toque, contestó. -¿Hola, Andreas?

-¿Se puede saber dónde coño estás?- gruñó el platinado desde el otro lado de la línea. Bill puso los ojos en blanco durante un segundo, se pasó una mano por el pelo y respondió con altanería.

-Bueno, para tu información, estaba de camino.

-¡¿Qué?! ¡Deberías haber estado aquí hace media hora, Bill! El evento está a punto de empezar.- volvió a decir el platinado. Bill tuvo que apartar su teléfono unos centímetros de su oreja, debido al volumen de los gritos de Andreas. Estaba casi seguro de que incluso su compañero de choque había escuchado y entendido cada palabra que su asistente había dicho. Sus sospechas se confirmaron cuando el tipo levantó ambas cejas en señal de sorpresa.

-¿Qué? ¡Pero si la fiesta no empieza hasta las ocho!- Bramó Bill de vuelta. El rubio vio por el rabillo del ojo como su homólogo de ropa desgastada comprobaba su reloj de pulsera, respondiendo en voz baja. «Son las ocho», después de unos segundos.

Bill se sorprendió. -¡¿Ya son las ocho?! Maldita sea.- Suspiró mientras pensaba en una solución. -Bueno… Uhm… ¡Diles que esperen, entonces!

-¡Pero tú eres el anfitrión, Bill!-, volvió a gritar el rubio. -Deberías ser tú el que les espere, no al revés.

-Bueno, me importa una mierda si soy el anfitrión o no.- Bill estaba empezando a irritarse demasiado con la actitud de Andy. -Si me tienen que esperar, que esperen. No hay otra opción.

-¿Y qué se supone que debo decirles para justificar que el propio anfitrión no esté en la fiesta?- Bill ya se imaginaba a Andreas en su mente, levantando una ceja con incredulidad, y eso aumentó su irritación.

-¡No lo sé! Tendrás que inventarte una excusa, Andreas.- Fue el turno de Bill de gritar. -¡He tenido un maldito accidente, maldita sea…!- Ahora, de los labios de Bill salió un suspiro cansado. -Me las arreglaré, de alguna manera, para llegar en menos de una hora. Llamaré a un taxi, o algo así.

-Yo te llevaré.- De nuevo, la voz de su acompañante se escuchó en la bruma de la conversación, interrumpiéndolo mientras tanto. Bill se volvió hacia él, con los ojos inundados de confusión y su interlocutor se encogió de hombros. -Es lo menos que puedo hacer ahora. Tienes que irte, y no tienes cómo, y eso es culpa mía, así que…

Bill lo pensó de nuevo, pero finalmente aceptó. -Estaré allí lo antes posible. Espérame en la puerta del local. En cuanto llegue, te lo explicaré todo.- Y sin despedirse del rubio, terminó la llamada y guardó su teléfono en el bolsillo. Se cruzó de brazos y preguntó. -¿Y quién me asegura que no me vas a secuestrar o sólo me vas a robar el auto?

Su interlocutor frunció el ceño y le miró de pies a cabeza. -Creo que si quisiera hacer eso, lo habría hecho hace tiempo y no estaría intentando enmendar mi error.

Bill enarcó una ceja ante la respuesta del castaño y calculó las opciones durante unos segundos. -No sé si puedo confiar en ti, pero déjame decirte que si haces algo mal, tu peor pesadilla vendrá a vengar mi muerte.- Su homólogo tragó visiblemente fuerte ante la amenaza, y por alguna razón, Bill disfrutó intimidando al otro hombre. Algo en él sabía que le decía la verdad. Algo en esa mirada le decía que podía confiar en él. -Bueno, ¿en qué, exactamente, me llevarás a la ciudad? ¿En un camión de la construcción?- Añadió con altanería.

El hombre se limitó a poner los ojos en blanco como respuesta, y cruzó al otro lado de la carretera. A regañadientes, Bill le siguió, sorprendido con el todoterreno del que acababa de darse cuenta.

Qué contradicción, ¿no? Un simple mozo de taller con semejante camioneta… Seguro que ni siquiera es suya». Susurró Bill para sí mismo pero, con toda la intención de ser escuchado por su contraparte. Bill ni siquiera se giró para mirarle. Simplemente siguió caminando, abrió la puerta del pasajero y subió a la camioneta.

El castaño le siguió, y dijo mientras subía al coche. -Bueno, en realidad, lo compré con el…-, antes de ser interrumpido.

-Realmente no necesito explicaciones-, respondió el rubio. -No las quiero. Quiero muchas cosas, llegar al evento lo antes posible es una de ellas-, levantó una de sus cejas, la del piercing. -Pero definitivamente no tus explicaciones.- Entonces Bill miró al frente, con los ojos puestos en la carretera que tenían delante y se quedó en silencio.

Bill escuchó al tipo suspirar fuertemente con disgusto, mientras arrancaba el coche y emprendían el camino hacia la ciudad. Durante una larga parte de la carretera, la camioneta estuvo inundada de un silencio sepulcral, roto sólo cuando el dueño del auto usaba su teléfono para avisar a alguien que necesitaba ayuda con un accidente que había provocado y que les pedía que, por favor, no tardaran en recoger el auto dañado. Bill escuchó mientras le decía a la persona que estaba al otro lado del teléfono el solitario lugar exacto en el que había ocurrido el accidente y miró con un rabillo del ojo cómo el otro seguía conduciendo.

Después de diez minutos, el silencio y la tensión se hizo insoportable para Bill, así que tuvo que hablar. -Bueno… Dime, ¿cómo es que si tu tío es el puto dueño del taller, no quieres pagarme? De verdad que empiezo a creer que te quieres quitar de encima la cantidad de dinero que vale el coche haciéndote el pobre.

-¡Oh! Umh… Bueno-, dijo el castaño. -La verdad es que es un poco complicado, pero–.

-Sinceramente, me da igual.- Bill le cortó. -Sólo intentaba romper el hielo. El silencio era demasiado. Me molesta. ¿Puedo fumar?

El hombre ni siquiera se molestó en contestar. Se limitó a apagar el aire acondicionado, abrir las ventanas y encender su propio cigarrillo, mientras Bill hacía lo mismo.

El viaje les había llevado, al menos media hora más. El dueño del auto conducía rápido, Bill supuso que quería deshacerse de él lo antes posible y, sinceramente, él también quería lo mismo. No podía apartarle la vista aunque lo intentara. Aquel hombre era para él, una bestia, pero algo en él le atraía. Quería llegar a su fiesta, tomarse unas copas, pasar un buen rato, quería cerrar por fin algunos negocios que tenía sobre la mesa desde hacía tiempo y quería olvidar por completo la pesadilla que había sido ese día.

Justo cuando estaba terminando su tercer cigarrillo, y después de dar la dirección exacta del local al hombre del volante, Bill divisó por fin la cabeza llena de pelo decolorado que era Andreas, a pocos metros de la puerta donde ya había empezado la fiesta.

-Bueno, aquí estamos-. Suspiró el hombre antes de parar el coche.

-¡Finalmente, joder!- exclamó Bill.

El castaño ni siquiera había terminado de estacionarse junto a la acera, cuando Bill ya había abierto la puerta y se disponía a saltar del auto. Sin embargo, se detuvo de repente y se volvió hacia el asiento del conductor, agarrándolo por uno de sus brazos. Bill no quería pensar en ello, pero no pudo evitar notar la tonificada musculatura que sus dedos palpaban sobre la ropa del otro hombre… No pudo evitar, tampoco, el escalofrío que se apoderó de su columna vertebral, de nuevo. -Te lo advierto no intentes aprovecharte de esto. No creas que porque me he visto en la necesidad de confiarte mi auto puedes pasarte de listo y salir corriendo con él, o lo que sea. Quiero que me lo arreglen lo antes posible.- soltó Bill, con la rudeza goteando de su voz. Hizo todo lo posible por olvidar la piel de gallina que le producía agarrar el brazo del otro, soltando al conductor bruscamente y bajando al segundo siguiente.

-Oye, un ‘gracias’ estaría bien, ¿sabes? Si no recuerdo mal, te estoy haciendo un favor, ¡trayéndote aquí!- El otro gritó, y Bill se encontró a sí mismo, volviéndose de nuevo hacia su contraparte.

-¿Un favor? Pero, ¡qué gracioso!- Bill se rio irónicamente: -Si no recuerdo mal, tú eres el imbécil que conducía por el otro lado de la vía. Tú me hiciste chocar, ¡no al revés! Así que será mejor que te mantengas alejado si no quieres que las cosas salgan mal.- dijo Bill, y notó cómo, por segunda vez, el tipo tragaba en seco y, por alguna razón, le gustó. Intimidar a este como-se-llame estaba empezando a ser divertido…

-Ya era hora de que llegaras, Kaulitz.- Se escuchó detrás de él. Andreas se había acercado sin que ninguno de los ocupantes del auto se diera cuenta.

Bill se volvió hacia el rubio y lo miró con amargura. -He llegado en media hora. Más rápido de lo que pensaba, sinceramente. No te quejes, que mi camino hasta aquí no ha sido fácil.- El rubio notó de inmediato cómo Andreas desviaba la mirada hacia el hombre que estaba dentro del coche, y como sus ojos rodeaban cada centímetro del castaño, como si pudiera comérselo con la mirada.

-Gran compañía, ¿eh?- Preguntó el platinado.

-¡Imbécil! Tuve un accidente y ese es el idiota al que hay que culpar. No es buena compañía.- Se giró para mirar por última vez al tipo, que suspiró en señal de culpabilidad.

-Una vez más, lo siento. Te aseguro que lo dejaré como nuevo.

-Más te vale…- Contestó Bill, luego empujó a Andreas fuera de su paso y se dirigió hacia la puerta del pub, sin esperar al platinado. -De todos modos, anota tu nombre y número de teléfono a mi secretaria para que pueda localizarte y saber que no le has hecho nada malo a mi Audi.- Terminó, mientras encendía otro cigarrillo, echando una última mirada a Andreas y al hombre que lo había traído antes de entrar.

-¡No soy tu puta secretaria, soy tu asistente!- Susurró Andreas su queja. Vio que su jefe se dirigía al evento, y luego volvió a mirar al castaño. -Bien, guapo. Necesito que me des tu número y tu nombre.- Dijo, entregándole un aparato táctil para que anotara sus datos por sí mismo.

-Bien, esto es lo que necesitas. Eh… también he anotado la dirección del taller en el que trabajo y nuestro horario para que vengas a comprobar el progreso de los arreglos y veas por ti mismo que todo está en orden.- Dijo devolviendo el aparato al rubio después de unos minutos.

-Perfecto. Vamos a ver…- Susurró Andreas para sí mismo. -¿Dirección? Sí. ¿Teléfono? Bien… ¿Nombre?- El rubio hizo una pausa, mientras volteaba a verlo desconcertado. -¿Tom Trümper? ¿Tu nombre es Tom Trümper?-

-Sí, por supuesto. ¿Quién más podría ser?

Continúa…

Notas de la autora: Hasta acá había llegado la historia originalmente. A partir de este punto es contenido nuevo 🙂
Si alguien ha llegado hasta aquí me gustaría que me dijeran qué piensan por el momento. ¿Qué les parecen los personajes? ¿Les cae mal Bill? ¿Ven algo más en Tom como lo hace él? Ya veremos cómo se desarrolla la relación entre estos dos, que hasta el momento ha empezado con mucha tensión!

Saluditos!

por Ginger-Ale11

Escritora del Fandom

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