Fic Twc/Toll de Ginger-Ale11
Recording. Track 9
-Buenos días Tom, espero no interrumpir nada importante.- La voz de una mujer que apareció en el estudio, hizo que el castaño saliera de sus pensamientos. Esa mañana había empezado bastante ajetreada y Tom se veía cansado. Estaba sentado frente a la mesa de mezcla con unas ojeras de espanto.
-Para nada, Camille. Pasa.- Se acomodó un poco en su asiento y restregó un poco sus ojos antes de prestar atención a la empleada.
-Traje café. Llegaste muy temprano hoy y no has salido de aquí. Pensé que quizás necesitaras recobrar un poco de energía.- La joven le tendió una taza caliente y se sentó frente a él en el sofá a pocos metros de distancia, acomodándose su frondoso cabello negro sin apartarle la mirada.
-Sí, necesitaba terminar algunas cosas. Desde que Andreas tomó vacaciones has sido muy atenta conmigo, gracias.- Tomó un sorbo y acompañó a la joven sentándose junto a ella. Era atractiva, desde que la conoció hacía meses atrás no pudo evitar notar su belleza, pero la extraña relación que llevaba con Bill había causado un cambio repentino en sus intereses. En otro momento de su vida no habría dudado en dar el primer paso y abordar a una mujer como ella. Tenía todo lo que a cualquier hombre pudiera gustarle, incluso a él mismo, pero ahora simplemente no sentía aquella atracción como antes y llevaba tiempo cuestionándose a sí mismo y sus gustos.
-Cómo no, si eres de las pocas personas que me caen bien aquí. Además cualquier momento a solas que pueda tener contigo sin Bill cerca, perdón, el Sr. Kaulitz- hizo una pausa corrigiéndose a sí misma a modo de broma–, es algo que agradezco.
-¿Tan mal te cae?- Le dio un sorbo al café jugando con la taza entre sus manos interesado en la respuesta de la pelinegra.
-No puedo decir eso de mi jefe. Más que caerme mal… Es que no se aleja de ti ni un segundo. Todos lo hemos notado. Creo que te está explotando.
Tom bajó la mirada suspirando, evitando una repentina risa que supo ocultar. -Sí, me explota.- Contestó con un tono sarcástico que la chica no entendió como tal. Más que una respuesta para ella, fue para sí. -Pero supongo que ha funcionado para que todo fluya con rapidez.
-Me alegra que estén avanzando tanto con tu álbum, pero creo que necesitas hacer otras cosas.- La chica se acercó un poco más a él sonrojada, mordiéndose los labios ligeramente.
-¿Qué quieres decir?
-Salir de acá más seguido, tomar algo de aire, ya sabes. Quizás podríamos ir juntos a algún sitio. ¿Te gusta el fútbol? Tengo un par de entradas para ver la transmisión en vivo de la final del Mundial en el Imtech Arena este fin de semana. No tengo los mejores asientos, pero no está tan mal, ¿te interesa?
A Tom se le abrieron los ojos como platos. Claro que le interesaba, era fan del fútbol y este era el partido más importante para él. La final se la jugaría Alemania contra Argentina en Brasil, y aquella invitación lo había hecho dudar. A Bill no le molestaría que saliera un poco, ¿o sí?
-La verdad me encantaría, pero no sé si tenga tiempo. Además no creo que a Bill le agrade la idea.- Por supuesto no podía decirle toda la verdad. Una mujer increíblemente hermosa que lo invitaba a pasar tiempo a solas con él, eran evidentes sus intenciones. Le estaba coqueteando y aceptar aquella salida solo iba a enviarle señales confusas. No podía arriesgarse a aquello, pero su fan interior le decía que debía ir. La trasmisión en aquel estadio había sido anunciada en todo el país, garantizando una experiencia realista, casi como presenciarlo en persona. Y se trataba del partido más importante de la copa. Quizás si le decía que solo como amigos…
-¡Vamos! Por favor, ven conmigo. Te vas a divertir. Además ¿qué te importa qué piense Bill? No es tu dueño, no puede decirte a dónde debes ir o no.- La chica se acercó un poco más a Tom y posó su mano sobre la rodilla de éste mirándolo con sus brillosos ojos verdes intentando convencerlo.
-¿No entiendes el rechazo, Camille? Te ha dicho que no.
Aquella voz. A ambos castaños se les puso el vello de punta cuando Bill apareció por la puerta y los observaba de brazos cruzados.
La joven se puso de pie rápidamente separándose de Tom. De repente la escena parecía bochornosa y ambos palidecieron ante la presencia del rubio. -Lo–Lo siento, Sr. Kaulitz. Yo–, yo solo quería…
-¿Ahora soy el Sr. Kaulitz? Hace 10 segundos parecías muy cómoda tuteándome y asumiendo cosas de mí. No tomes libertades que no te competen. Podría despedirte por esto.
-Vamos, Bill… Ella no–
-No te metas Tom, esto no es contigo.- Bill lo fulminó con la mirada. Sabía que de alguna manera ahora estaba en problemas.
-Sr. Kaulitz, de verdad fue un mal entendido. No quise decir eso. Fue completamente inofensivo. Yo solo quería que Tom descansara un poco y asistiera a ver un partido de fútbol. Eso es todo.- Camille estaba nerviosa, al borde de las lágrimas y se notaba en sus palabras. Jugaba inquietamente con las manos buscando ayuda visual hacia el castaño, que yacía aún sentado en el rojo sofá con expresión de desconcierto.
-¿Estás sorda? Tom no puede, ya te lo ha dicho. No puedes interferir con los tiempos de producción y nuestro trabajo aquí. El álbum aún no está listo y la fecha de lanzamiento está cada vez más cerca. Nos retrasas a nosotros y tú tampoco haces tu trabajo. Si tú estás aquí ¿quién está en recepción?
-Yo… eh… pues…- A la pelinegra cada vez le costaba más articular palabra.
-Exacto, nadie. Sube a tu lugar de trabajo y da gracias a dios que todavía tienes uno.
-Inmediatamente, Sr. Kaulitz.- Dijo casi susurrando y apresurándose para salir del estudio.
-¡Ah! Y asegúrate que nadie más interrumpa. Tenemos que grabar.
Para cuando terminó de hablar, Camille había salido del lugar y se encontraban a solas. Tom seguía sentado, ahora con la cara entre las manos con cierto aire de desgana ante la humillación por la que el rubio había hecho pasar a la chica.
-Fuiste muy cruel con ella, Bill.
-¿Desde cuándo te importa? ¿Se llevan muy bien no?- Respondió con resentimiento en su voz acercándose a Tom lentamente.
-Nos llevamos normal. Es solo una compañera y no es una mala chica, sólo estaba siendo agradable conmigo, eso es todo.- Se reclinó sobre el espaldar relajando los hombros, y cruzó miradas con Bill, quien ahora se encontraba frente a él aún de pie con pose autoritaria.
-Tan agradable que quería salir en una cita contigo.
-No era una cita.
-Para mí se parecía mucho a una cita. Te quería llevar a ver el partido y tú lo pensaste. Querías ir.- Se inclinó sobre él poniendo los brazos a cada lado de su cabeza acercándose como un león oliendo a su presa, Tom empezaba a sentir escalofríos ante el roce del aliento cálido de Bill contra su piel.
-No quería.
-Sí querías, y aún quieres. Le dijiste que te encantaría ir. Admítelo.
-No.
-¿Eso significa que si te llevo yo a ese fulano estadio dirías que no?- Lo había pillado, dio justo en el clavo. Por supuesto que quería ir, tanto que de hecho había estado a punto de aceptar. No sabía si se trataba de algún tipo de trampa, pero debía arriesgarse.
-¿Estás celoso?- Una sonrisa boba se formó en los labios de Tom sintiendo que quizás, de una forma u otra, también lo había pillado a él.
-Yo nunca estoy celoso. Solo no me gusta que toquen lo que es mío.- Respondió el rubio, ahora sintiendo el aliento de ambos chocar uno con el otro.
-Esa es literalmente la definición de “celos”.
Bill sacó su teléfono del bolsillo y rápidamente empezó a teclear, abriendo una página y apuntando la pantalla en dirección a Tom con cara de triunfo, como si su hallazgo fuera prueba de que lo que estaba diciéndole no era cierto.
-Mira aquí dice y cito “Celos: Sentimiento que experimenta una persona cuando sospecha que la persona amada siente amor o cariño por otra, o cuando siente que otra persona prefiere a una tercera en lugar de a ella.” Uno: Nadie preferiría a Camille sobre mí, esa es una estupidez. Y dos: Yo no te amo.
Esa declaración le había caído como un balde de agua fría sobre el cuerpo. Él tampoco lo amaba, pero que se lo dijera así a la cara como si nada no había sido muy agradable, como casi todo lo que Bill decía. Pero por supuesto, tras todos esos últimos meses había llegado a conocerlo un poco más y de cierto modo había aprendido a jugar un poco a su juego. No podía demostrarle tan fácilmente que sus palabras le habían afectado en lo más mínimo. Total, todo se trataba de un simple trato para grabar su álbum ¿no?
-Está bien, da igual. No estás celoso… Entonces supongo que me llevarás a ver el juego porque…
-Porque quiero y porque sí. ¿Aceptas o no?- A Bill le gustaba ganar, pero por la mirada que transmitían sus ojos podía notar que probablemente conseguirlo de una forma tan fácil no le había gustado del todo. Su dinámica de poder empezaba a flaquear de a momentos y se notaba, como ahora, preguntándole si “quería” ir con él, en vez de simplemente demandarlo. Tom sospechaba que había una parte de él que también quería su aprobación. O a lo mejor era su imaginación gastándole una broma.
-Sí. Quiero ir contigo, Bill Kaulitz.- Esas palabras que parecían tan simples, resonaron en su interior con furia. Su cuerpo envió señales de alerta por cada uno de sus terminaciones nerviosas y el corazón el dio un vuelco, tan fuerte que creyó que tenía dos corazones latiendo dentro de sí. Bill seguía frente a él, sin habla, y no supo descifrar qué pasaba por su mente, solo podía sentir esa intensidad que lo abrumaba.
El peso de Bill lo aplastó cuando éste se precipitó sobre él, sentándose en su regazo y tomando su cabeza entre sus manos. Lo besó desenfrenadamente, sintiendo su lengua irrumpir en su boca y jugar con la de él, dulce, caliente, húmeda. Buscando más profundidad con cada segundo.
Esa extraña relación que llevaba con Bill, a pesar de inexplicable y de haber empezado de una forma bastante bizarra y cuestionable, por lo menos había servido para que Tom se conociera un poco más y no pensara tanto en el porqué de su irresistible atracción hacia el rubio. Todavía no había hablado con nadie sobre lo que estaba sucediendo en su vida, ni del acuerdo al que habían llegado. Tampoco sabía a ciencia cierta si podía decir que era abiertamente bisexual, pero ahora simplemente disfrutaba de lo que hacía. El sexo con Bill era una de las cosas que más disfrutaba hacer. Incluso, podría decir que le gustaba más que su música, y una parte de él gozaba experimentar ese lado tan desconocido, que al mismo tiempo se sentía tan natural entre ellos dos. Como si sus cuerpos hubieran estado destinados a estar uno cerca del otro.
-¿Qué haces?- Tom lo miraba con los ojos clavados a los de él. El deseo era tan evidente que casi podía palparlo con la punta de los dedos. Bill se inclinó hacia un lado de su cabeza y suspiró contra su oído.
-Muéstrame qué tanto quieres ver ese partido.
-¿Qué?
-Quiero que me muestres qué tanto lo deseas.
Entonces lo entendió. No lo dudó ni un segundo. Acercó de nuevo su cara a él y sus bocas encajaron una con la otra. Rodeó con ambas manos la delgada cintura de Bill pegando mucho más sus cuerpos, haciendo que sus entrepiernas rozaran con necesidad de más, mientras sus lenguas se revolvían en un baile casi violento, entrelazándose alternativamente provocando que leves gemidos nacieran de ambos. Bajó una sus manos hasta el borde del ajustado pantalón de Bill y lo desabrochó, dando así paso a su mano hacia el interior, donde apresó la base de su duro miembro, agarrándolo con firmeza.
-¡Mierda, Tom!- El grito casi ahogado de Bill interrumpió el beso sintiendo cómo los dedos del castaño se cerraban sobre él, empezando a subir y bajar. Se separó momentáneamente de él poniéndose de pie para desabrocharse él mismo sus pantalones y deshacerse de ellos, quedando solo con sus bóxers blancos puestos. Tom lo imitó desabrochándose los pantalones y bajándolos solo lo suficiente para dejar expuesta su propia erección que tomó con su propia mano y rozó levemente antes de tirar a Bill sobre sí, volviendo a su posición anterior. El trasero de Bill chocaba con su pelvis y podía sentir su pene acariciarlo a través de la delgada tela, pidiendo que fueran arrancados.
El rubio empezó a moverse de delante hacia atrás, simulando el cabalgar de un jinete, derritiéndose en gemidos que Tom intentaba sosegar con sus besos, pero él solo podía explotar sobre su boca mientras más se restregaban entre sí y unas pequeñas gotas apenas visibles que emergían del pene de Bill, empezaban a mojar sus propios boxers.
-Ven.- Dijo el rubio apartándose solo a centímetros de su boca.
-¿A dónde?
-¿Dónde más? A la cabina. Ahí nadie nos va a escuchar.- Tom juntó sus frentes y Bill lo miraba con picardía lamiéndose los labios, rojizos, brillantes, y él solo pudo ruborizarse, restregando su pene con más potencia contra su trasero, que palpitó fuertemente en respuesta.
-No puedo decirle que no a esa cara.
Ambos se levantaron del sofá en el que se hallaban sentados y entraron en la cabina, donde empezaron a devorarse en besos de nuevo. Tom empujó a Bill contra el cristal que separa una sala de la otra, y se inclinó sobre él restregando la entrepierna contra su trasero. Las piernas del rubio empezaban a temblarle cuando le subió la camisa hasta las axilas, escurriendo sus manos por su torso.
Tom lo sujetó con firmeza de la cintura con una mano, mientras que la otra la introdujo dentro de sus boxers, primero apretando una de sus nalgas, casi clavándole las uñas en su agarre. Luego la escurrió hacia adelante jugando con los testículos de Bill, que bufó ante la sorpresa de sus manos en esa área y los labios que recorrían su nuca. Estaban tan excitados que sus miembros pedían algo más de atención.
Se deshicieron de la tela que los separaba, escurriéndose por las piernas de Bill hasta llegar al suelo. Tom podía ver el reflejo del rubio en el cristal, tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos. Se veía demasiado sexy con esa cara y eso lo excitó mucho más. Sentía pinchazos en la punta de su miembro, casi suplicándole poder entrar en esa cavidad tan estrecha que muy bien conocía y deseaba.
Bill arqueó la espalda y separó las piernas, en una invitación a su interior que con gusto Tom iba a tomar. Escupió sobre el apretado agujero con el que empezó a jugar haciendo pequeños círculos con su pulgar, lubricando bien el área. Introdujo su dedo índice, y sintió cómo la piel alrededor de su dedo poco a poco se expandía y la calidez de su cuerpo lo invadía. Bill arqueó más la espalda y un gemido escapó de su garganta, casi ronco. Lo movió de adentro hacia afuera suavemente antes de introducir otro dedo más, que hizo que el cuerpo de Bill sufriera pequeños espasmos.
-¿Qué esperas? Quiero que me folles.
-Aguanta. Me pediste que te mostrara lo mucho que deseo ir a ese partido, y eso es lo que voy a hacer, aunque no es la mitad de lo que deseo hacerte ahora.
Tom besó la espalda de Bill, recorriendo toda su columna, deslizando suavemente los dedos fuera del esfínter para luego bajar hasta esa zona que se moría por estimular con su propia lengua. Separó cada una de sus nalgas con ambas manos y lamió la entrada haciendo pequeños círculos alrededor de ella. Bill se desesperó bajo su cosquilleo, pero sin romper el contacto. En cambio, llevó una de sus manos hasta la cabeza de Tom y este se dejó guiar, sintiendo los dedos presionar en su cabello profundizando más cada lamida.
A Bill casi se le salían las lágrimas de gusto, llegando al colmo de la excitación y no dejaba de gemir con fuerza. Entre todo ese espectáculo, se sentía agradecido de estar dentro de una cabina a prueba de sonido, porque de lo contrario el edificio entero se enteraría de lo que estaba ocurriendo en ese lugar.
-Ya no aguanto más.
-Espera.- Tom realmente estaba disfrutando todo aquello. Estaba extasiado por cada una de las sensaciones que su cuerpo experimentaba en ese momento. Se separó de él unos segundos y volvió a su posición inicial. Restregó su miembro contra el trasero de Bill, y esta vez estaba determinado a terminar lo que había empezado.
Situó la punta de su miembro en el pequeño agujero empapado de su propia saliva y empezó a penetrarlo, primero despacio, sintiendo el interior darle paso a su dureza, y luego con brusquedad, acorralándolo con su sudoroso cuerpo causando que Bill se estrellara aún más contra el vidrio, dejando su cara plasmada en él y casi perdiera el equilibrio.
-Joder, estás muy cerrado.- Gruñó contra el oído y succionó el lóbulo de su oreja, que lo hizo estremecer y que su voz se ahogara en un gemido ronco, que se repitió una vez más cuando su mano se apoderó de su miembro, estrujándolo de arriba abajo con fuerza, enfocándose sobre la punta.
-¡Mierda, Tom! ¡Mierda, mierda, mierda!
Con la mano libre azotó a Bill en el culo, y este dejó escapar un grito seco de su boca, para luego tomarlo de la cadera y empezar a embestirlo con potencia. Salía y entraba del apretado esfínter y no pudo evitar también acompañar al rubio en sus gemidos. La mente empezó a nublarse, disfrutando de cada corriente de electricidad que se apoderó de su cuerpo, recorriéndolo en cada rincón. Su mano tampoco dejó de moverse. Estrujaba a Bill con la misma velocidad que lo penetraba y podía sentir los espasmos en el pene hinchado acercarse.
-Eres mío, Tom… Solo mío.
-Soy tuyo.- Y con esas simples palabras, sintió la humedad inundar su mano y estallar en la pared y el cristal frente a ambos. Bill se había corrido sobre él dejándolo impregnado de su semilla, gritando su nombre una y otra vez.
Volvió a gritar cuando las embestidas se hicieron más profundas y veloces, sin dejar que se moviera en lo absoluto. Tom estaba cegado de placer, mientras se deshacía en escalofríos. Sintió el cosquilleo acumularse en su ingle y salir de la punta de su pene, llenado a Bill desde su interior.
Los dos jadearon cuando segundos después Tom se deslizó fuera de él y el semen empezó a escurrirse sobre las piernas de Bill, que se apresuró en limpiar con el bóxer que yacía en el piso. Una vez terminó de asearlo, apoyó la frente sobre el hombro de Bill y le regaló un suave beso.
Se detuvieron a recobrar el aire. Sus pechos subían de arriba a abajo con rapidez y estaban cansados. Se vio en el reflejo del vidrio y notó sus cabellos despeinados, con caras sudorosas y ruborizadas. Tom pensó que cualquiera que los viera se daría cuenta que habían tenido sexo, era como si llevaran un cartel con luces de neón en la cabeza que dijera “acabo de follar”, y en su caso también diría “y me gustó”.
No había terminado de asimilar el pensamiento y la sensación que hormigueaba aún dentro de su cuerpo, cuando más allá de su relejo, vio a través del vidrio que la puerta del estudio se encontraba ligeramente abierta apenas unos centímetros y su expresión cambió por completo.
-¿Qué pasa?- Preguntó Bill, obviamente notando la distracción que se apoderó de la cara de Tom y este señaló con el dedo a la fuente de su preocupación.
-La puerta está medio abierta. ¿Crees que alguien nos haya visto?
-¿Eso? No, claro que no. Fue Camille que no la cerró bien al salir, ¿no ves que no hace nada bien? Además, solo somos tú y yo en todo el piso. Hoy no hay nadie ensayando.
-¿Seguro?
-Sí, estoy seguro. Estás paranoico.- Bill rodó los ojos y se giró en su dirección, recostando la espalda contra el vidrio y rodeándolo con los brazos alrededor de su cuello. -Estuviste increíble.- Esa afirmación hizo que perdiera la concentración en el problema que su propia mente había inventado, y se enfocara en lo que Bill acababa de decir. Un sentimiento de autosuficiencia lo inundó. Era casi un milagro que un halago sincero saliera de los labios del rubio. Uno real en completa sobriedad, que además no viniera cargado de una segunda intención como el sarcasmo o la manipulación. Pero además no fue lo único que salió de ellos, sino también una sonrisa que, –se atrevería a decir–, era casi tonta.
-Gracias, tú tampoco estuviste nada mal.- Tom subió ambas manos hasta los antebrazos de Bill y empezó a acariciarlo lentamente dibujando pequeños círculos sobre su piel. Su cara se sentía caliente, probablemente porque estaba sonrojado, pero no se había dado cuenta aún.
-¿Por qué me miras así?
-¿Así cómo?
-Así, como si te hubieras perdido.- Respondió Bill moviendo una de sus manos desde su nuca, introduciendo los dedos entre su cabello, sintiendo un pequeño escalofrío que le erizó la piel.
-No sé. Tienes… Ojos bonitos.
-Ah…- Jamás había visto a Bill tan callado y sereno. Se veía incluso algo tímido. Habían tenido sexo incontables veces, en muchos lugares y de varias maneras, y a pesar de que indudablemente había crecido un nivel de extraña confianza entre ambos, era la primera vez que lo veía de esa manera, casi… vulnerable. Casi. -Tus ojos también son bonitos. Aunque no tan bonitos como los míos.- Añadió, y aunque en cualquier otro momento hubiera sido un comentario con mala intención, esta vez se sentía como una broma inocente y genuina. ¿Qué le pasaba a Bill? ¿Y qué le pasaba a él? Sentía que el corazón había empezado a latirle con un ritmo incoherente y dejó que su cuerpo decidiera por él. Se acercó a Bill y lo besó en los labios, esta vez con mucha más calma y suavidad. Sus labios se movieron uno sobre el otro pausadamente, disfrutando mutuamente de su sabor. Cuando se separaron, un suspiro se escapó de su boca y quedaron en silencio, como si alguno de los dos tuviera miedo de decir algo que arruinara el momento, pero se atrevió a ser él quien lo hiciera.
-Entonces, sobre el partido del fin de semana…- A Bill le entró la risa floja y lo observó.
-¿Sí? ¿Qué sobre eso?
-¿Vamos a verlo?
-Es gracioso que me lo preguntes, porque es obvio que sí.- El pecho se le infló de felicidad. Estaba emocionado como un niño la noche de navidad, pero inexplicablemente no solo por lo maravilloso que sería vivir una final del Mundial de Fútbol con Alemania de esa manera, sino también por hacerlo con él.
-¿Es una cita?
-¿Acaso dije en algún momento que lo era?- Replicó intentando sonar igual de orgulloso que siempre, pero que Tom pudo filtrar con facilidad.
-No, pero si hace rato era una “cita” con Camille, según tú. Entonces ahora sería una cita contigo.- Esta vez sí que lo había pillado. No podía refutarle contra ese argumento, o quizás simplemente no quería.
-Bien, entonces es una cita.
Los dos se miraron mutuamente. Ese momento se sentía y se veía diferente en su cabeza. La montaña rusa de emociones por la que había pasado los últimos 4 meses no se había detenido ni un instante. No estaba seguro de nada, de lo único que estaba convencido era de que lo que estaba sintiendo era algo más grande que él mismo y aunque intentara domarlo, estaba arrastrándolo. Había dejado pasar todas las banderas rojas que estaban frente a él, llevándoselas por el medio. Creía que estaba viendo algo que muy pocas personas, o quizás casi nadie, –además de Andreas–; habían podido ver y por eso entendía su lealtad un poco más.
Las paredes de Bill seguían intactas, pero había una pequeña grieta por la que él se asomaba viendo más allá de lo que le permitía. Ya estaba metido hasta el fondo, ahora no había manera de retroceder, así que tomó el martillo en sus manos dispuesto a derrumbarla y descubrir lo que fuera que se encontrara del otro lado.
Continúa…