Fic Twc de novaficacci. Temporada II
Cap 10: Una sorpresa… no muy agradable
Cuando salieron de la maleza de nuevo, frente a la casa, el sol ya se hallaba saliendo ahí en el horizonte. Tom se protegió los ojos de la luz repentina.
– Iré a cazar, los niños deben desayunar algo – dijo Bill.
– Trae piña – pidió el mayor.
– Pero tu odias la piña – le dijo Bill mirándolo con confusión.
– Claro que no. Solo cuando esperaba a los niños. Entonces me da asco.
– Vaya… y yo que pensaba que te había dejado preñado de nuevo – torció el gesto, con decepción fingida.
– Tonto – rio el mayor y le propinó un puñetazo en el hombro al otro – Ve por la comida, anda – le empujó en dirección a la selva de nuevo y el rubio salió corriendo, carcajeándose en el camino.
Tom negó con una sonrisa y caminó paralelo a la playa hasta llegar a la casa, donde tomo el corredor continuo y apartó la sábana que cubría la puerta de la «habitación» del niño. Una sonrisa apareció en su rostro. David abrazaba tiernamente a Gordon. Sus labios estaban posados sobre la frente del menor, que mantenía sus manitas contra su cuerpo, entre sus pechos. Respiraban acompasadamente.
Entró y se sentó con cuidado en el lecho, acariciando con suavidad una mejilla de Gordon y después acomodó uno de los rizos de David, que colgaba sobre su rostro, en el lugar que le correspondía.
– Los amo – susurró y dejó un beso en la sienes de ambos.
Los miró una vez más y salió para preparar una fogata, pero antes saltó velozmente al agua para quitarse todo aquello que llevaba encima.
Fue luego por la orilla de la selva buscando leña, volvió fuera de la cabaña y comenzó a frotar esos palos con agilidad, con un poco de esfuerzo y consiguió un fuego rápidamente, al que agrego yesca y más leña, consiguiendo una gran fogata.
Sudando, suspiró y se enjugo la frente con el ante brazo y lo que vio al mirar ahí al horizonte lo paralizó por un instante. Se levantó lentamente, incrédulo y después de negar salió corriendo hacia la selva en busca de su gemelo. Ahí en el horizonte y dirigiéndose a la cosa oeste, se hallaba una goleta de velas blancas.
– ¡¡Bill!! – gritó, no sabiendo si estar asustado o solo sorprendido.
Por su mente pasaban las palabras de su abuelo cuando fue a vivir con ellos. «Si alguien alguna vez viene, escondan a los niños. Ustedes preséntense como lo harían normalmente, con seguridad. Y… sería mejor que ambos se cortaran el cabello». ¿Por qué había dicho aquellas palabras?, se preguntó muchas veces. Aún no lo entendía, pero algo le decía que si alguien llegaba no sería precisamente con buenas intenciones.
Además, sabía que bajo ninguna circunstancia debían revelar que eran hermanos. Aquello les había quedado claro desde que su abuelo los había encontrado. La gente de fuera les quitaría a los niños si se enteraban, de eso estaba seguro.
Mientras corría gritaba el nombre del menor con urgencia. No se percató de que, el otro, siguiendo sus gritos había corrido en la misma dirección y en un fuerte golpe el rubio derribó a su amante.
– ¡Ah rayos!
– ¡Joder!
Tom tosió mientras se ponía en pie, ayudado por el rubio, que ya estaba erguido y con gesto de dolor.
– ¿Tom? ¿Qué sucede?
– Hay… hay un barco dirigiéndose hacia acá – le respondió aun sobándose el estómago.
– Pero eso no puede ser posible – dijo Bill, incrédulo.
– ¿¡Estás sordo!?
– Corramos, vamos a la casa ¡rápido! Tenemos que vestirnos y… decirles a los niños que no salgan.
Corrieron de vuelta y llegaron a tiempo. Trataron de no hacer ruido cuando llegaron a la cabaña. No querían despertar a los niños. Se enfundaron ropa limpia tan rápido como pudieron (Tom volvió a amarrarse el cabello) y corrieron de nuevo a la orilla, donde se ocultaron tras algunos helechos. Bill tomó el catalejo con ambas manos y miró por el agujero. Pudo observar mucha gente en la superficie, estaban bajando las velas, preparándose para anclar y arribar a la isla.
– ¿Y si son gente mala, Bill? – Preguntó Tom con la mirada turbada – No… no soportaría que le hicieran algo a mis niños. Es decir… no dejaría que si quiera los tocasen – miró al rubio – no quiero ser un asesino.
– ¡No lo harán! Y tú tampoco. Tenemos que estar tranquilos, seguros ¿sí? – lo miró y acarició su mejilla.
– Sí, tienes razón. Déjame mirar – pidió y ahora con la mirada seria, tomó el instrumento y observó. Un bote salvavidas bajaba con cuidado; cuando estuvo en la superficie una serie de personas comenzaron a abordarlo.
Bajó el catalejo y miraron como se acercaba lentamente aquel pequeño bote. Bill miró de nuevo y soltó un jadeo de sorpresa.
– ¿Qué? – preguntó el mayor y su hermano le tendió lentamente el catalejo.
El rubio había visto que en el pequeño bote iba el capitán (lo reconoció por su sombrero) cuatro marineros y una figura que parecía ser femenina.
– Creo que hay una mujer – Tom abrió mucho los ojos, sorprendido y miró por el rabillo.
La chica en cuestión no debía ser más adulta que ellos y era hermosa, muy hermosa. Su piel era tersa y clara. Podía distinguir tonos rojizos en su cabello, aunque debía de ser castaño. Llevaba un vestido color crema con algún tipo de figura en él. Sus largas piernas brillaban a la luz del sol.
– Es bonita – dijo Tom. Todas las mujeres que había conocido en su vida eran personas buenas ¿por qué ella no habría de serlo?
– Vamos a su encuentro – dijo Bill, yendo primero de nuevo a la entrada de la cabaña, por su lanza (lo cual el mayor imitó) y luego caminó despacio hasta esconderse detrás un gran tronco caído.
El barco fue acercándose poco a poco y pudieron observar claramente los rostros de las personas. El capitán parecía gentil, era un hombre maduro y fue ayudado por los demás hombres a bajar del bote. Los marineros lucían rudos y llevaban algo que los gemelos no habían visto antes. Eran unas ramas negras y de formas muy raras. La chica era muy hermosa. Bajó ella misma del bote y notaron que el calzado lo sujetaba en una mano. El viento sopló su cabello, dejando ver más claramente su rostro. Tenía ojos verdes y rasgos suaves.
– Vamos – dijo Bill con un susurro, tomó su lanza y salió decididamente de su escondite. Tom le siguió.
Los marineros iban por la orilla tranquilamente, hablando, cuando el capitán observó a los gemelos, ahí de pie, lanzas en mano, no amenazantes pero tampoco quietas. La expresión del capitán fue digna de contemplarse, pareciera que hubiera visto al demonio mismo.
– No dejes de apuntarles con el rifle – murmuró a uno de sus marineros detrás de él – podrían ser incivilizados – su intención era ser discreto, cosa que no logró.
– Civilizados. C-I-V-I-L-I-Z-A-D-O-S – deletreó mientras caminaban hacia el grupo de hombres – Me llamo William – dijo por fin, bajando la lanza, cuando estuvo a un metro del capitán. Extendió una mano, la que el mayor tomó con desconfianza, y la agitó enérgicamente.
– Yo soy Thomas – el moreno repitió el gesto.
– Yo… yo soy el capitán Jacob Woods con el barco HML Columbus – respondió aun flipándolo un poco. – Y-y queremos… ¿está tierra es suya? – se interrumpió el mismo.
– Sí… mi casa está por allá – admitió Bill, señalando vagamente con la cabeza. Sintiéndose un tanto incómodo.
El marinero que apuntaba momentos atrás con su rifle miró a los gemelos y luego al capitán con la malicia pintada en el rostro.
– Nosotros nos hemos quedado sin agua… ¿nos dan permiso de venir a su isla y llenar nuestras provisiones? – dijo con cuidado, como eligiendo cada palabra.
– Sí. Son bienvenidos aquí – dijo esta vez el mayor, con la esperanza de que tomaran lo que necesitaran y se fueran.
– Entonces… iré por mi hija – asintió, con una sonrisa nerviosa y se alejó.
El marinero centro la atención en Tom y de inmediato puntualizó sus rasgos aniñados, debajo de la barba que cubría su rostro. Sonrió.
– ¿Cómo puedes pescar con eso? – dijo Bill y el hombre lo miró con pesadez al haber interrumpido su inspección poco discreta.
– No es una lanza – se burló.
– ¿Qué es?
– ¡Es un rifle! – Le dijo como si se lo estuviera diciendo a un estúpido – Puede romperte la cabeza de un solo disparo – amenazó, pero Bill no se percató de ello. No sabía siquiera lo que era amenazar.
Mientras, cerca del bote, la chica conversaba con su padre.
– ¡Náufragos! Que emocionante.
– Debo advertirte que su vestimenta es algo… escasa – le dijo Jacob y la mujer rio. Momentos después se hallaron frente a los gemelos.
La chica alzó las cejas al llegar. Se había imaginado hombres de color y de rasgos toscos. No a aquellos dos ángeles caídos del cielo. Observó con detenimiento a ambos antes de centrar toda su atención en Bill y morder su labio inferior.
Tom miró el vestido que ella portaba y le agrado muchísimo, por lo que se detuvo algunos segundos a apreciarlo.
– ¿Sucede algo? – preguntó la chica, mirando a Tom con una mezcla de rechazo e interés.
– Los listones. Me agradan – explicó el mayor señalando aquellos que rodeaban la cintura de la joven. En realidad no le gustaban para él. Se imaginó a Gordon vestido con una pequeña túnica de color claro y con uno de esos listones violetas sosteniendo la ropa en su lugar. Adorable.
– Ten. Te obsequio uno – le dijo la chica, sonriendo amablemente antes de jalar uno de su ropa y entregárselo. – Y uno para tu hermano – dijo, mirando a Bill esta vez, con otra clase de sonrisa y tendiéndole el listón.
– No es mi hermano – le respondió el moreno, con una sonrisa burlona – es mi esposo.
Cuando dijo aquello la sonrisa en el rostro de la chica fue apagándose hasta convertirse en un gesto de desagrado y sorpresa puro.
– ¿¡Es tu esposo!? – le dijo en un tono elevado. Los gemelos la ignoraron por un momento. Miraban los listones, teniendo la misma idea en la cabeza. La mujer miró a su padre, quién alzó las cejas con sorpresa, sin imaginarse que la sorpresa de su hija no radicara precisamente en que el rubio (o los dos) tuvieran gustos diferentes, sino en que precisamente Bill los tuviera. La chica frunció los labios con expresión de fastidio e ideó un plan mental malicioso.
Continúa…
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