Fic Twc de novaficacci. Temporada II
Cap 14: Un día en compañía
No supieron cómo había pasado, solo sabían que al despertar Vanessa ya estaba en su puerta junto con el capitán.
– ¡Hey, muchachos! ¿Cómo han pasado la noche? – preguntó el capitán educadamente, entrando.
– Bien… gracias – le respondió el rubio mirando de reojo a su gemelo.
– Les hemos traído algunas cosas – comentó alegremente la chica. Se adelantó hacia la «mesa» y dejó un par de prendas sobre esta.
– ¡Es cierto! Estas son zapatillas – Jacob dejó lo que cargaba en ambas manos. – Zapatillas deportivas. Dos playeras. Pantalones de mezclilla y… bueno, lo demás dejaré que Vanessa les explique. Continúen con lo que hacían – sonrió e hizo ademan por salir, pero se quedó helado cuando dos pequeñas criaturas, o mejor dicho, una con otra en sus brazos, entraron corriendo.
Los gemelos dejaron de respirar por un segundo al mirar a sus hijos ahí, en la entrada, mirando totalmente sorprendidos a los extraños, que a su vez los observaban como si fueran la clave del universo: sorprendidos e incrédulos.
– ¡Niños! – gritó la mujer de pronto y miró a los mayores con los ojos desorbitados.
Tom sujetó con fuerza la mano de su amante y fijo la vista en el capitán.
– Vaya… chicos… ahora entiendo por qué no querías hablar del asunto anoche – comentó tranquilamente e ignoró la sorpresa de ambos y sus expresiones de alivio. – No debes preocuparte, Tom, nosotros no les haremos daño y entiendo por qué no revelaron su existencia – le sonrió de lado, invitando a ambos a calmarse.
Los gemelos suspiraron y el moreno extendió los brazos pidiendo a David que le entregara a Gordon, quien en cuanto estuvo en brazos de su padre, escondió su rostro en su cuello.
– Y díganos, – habló Vanessa, con la sonrisa más forzada que alguna vez había mostrado. Por dentro se halaba el cabello con rabia – como se llaman los pequeños – miró al pequeño de pie y en silencio que le observaba con desconfianza y confusión.
– Capitán, señorita – dijo Bill – estos son nuestros hijos. David – le tocó un hombro – y Gordon – acarició su rubia cabellera.
– David tiene cinco años… Gordon tiene tres – continuó Tom, desviando la mirada.
– ¡Vaya! ¡Hola, jovencito! – se inclinó, apoyándose en sus rodillas para saludar al niño, que abrió los ojos ante la cercanía y corrió a esconderse detrás de su rubio padre.
Este y el capitán estallaron en risas, tranquilos, pero Tom desconfiaba aún y Vanessa enredaba las manos en su playera, tratando de calmarse. – Bueno, chicos. Yo los dejo. Gusto en conocer a los pequeños ángeles – se despidió y salió.
– David, por qué no llevas a tu hermano a tu habitación, ¿sí? – el niño asintió a la orden a Bill y recibió a su hermano. Salió corriendo tal como había entrado. – ¿Por dónde íbamos, Vanessa?
La chica lo miró, aún enojada, pero al ver la sonrisa que le propinó, también se dibujó una en su rostro y tomó las prendas de buena manera.
– Cuando uno se viste debe hacerlo completamente solo en una habitación, pero no dudo que se hayan visto todo ya – sonrió por un instante irónicamente. – Así que dejaré de lado las prendas inferiores y continuaré por lo demás.
Comenzó a explicar para qué era cada cosa, aunque el único que le estaba prestando atención era Tom, ya que Bill estaba vistiéndose él solo como podía. Tomó los pantalones y lo miró, juzgando de qué lado debía ponérselos. Al final decidió que la parte del cierre y el botón debían ir enfrente por el simple hecho de que no podría cerrar ninguna de las dos cosas si lo colocaba al revés. Brincoteó en un solo pie para meter una pierna en aquella prenda tan ajustada. Tuvo un poco de problemas con la cintura, porque aún llevaba su taparrabos pero al final logró colocárselos.
Por otro lado, Vanessa fue hasta la puerta y tomó algo del suelo. Volvió con un baúl de madera, que colocó a un lado de las prendas faltantes y lo abrió.
– Esto son cadenas – le mostró al moreno la amplia colección de metal reluciente que llevaba ahí. – Esto de aquí se conoce como gafas de sol – sacó un par con los cristales tornasolados y otros cuadrados simples. – Deberían de usar algunos también, les quedarían muy bien. Y esto último son… bueno son piezas – sonrió y sacó algunos sobres de plástico que contenían argollas de metal. – Yo llevo una en la lengua – abrió la boca y se la mostró. – Si lo desean puedo hacerles algunas a ustedes. ¿Qué dices Bill? – se volvió y encontró a un rubio volteando su playera, porque se la había puesto mal.
– Sí, claro – contestó sin mirarla.
– Esto es perfume de jazmines – ignoró el gesto del mayor y sacó una botella de cristal con atomizador, que roció intencionalmente cerca de los ojos de Tom, quien alcanzó a cerrar los ojos antes de que el líquido entrara. – Oh, lo siento – dijo fingidamente y fue hasta Bill. Roció tres veces en su pecho, obligando al rubio a detenerse. Sonrió, esperando una señal de aprobación.
– ¡Uagh! ¡Huele peor que pescado descompuesto! – se quejó el mayor y Vanessa borró la sonrisa, sustituyéndola por sus labios fruncidos.
– ¡Es muy caro! – le reprochó con fastidio pero decidió ignorar nuevamente la ofensa y le sonrió – Luces muy guapo con esa ropa – extendió una mano y le alborotó el cabello, evidentemente coqueteando. – Pero ahora que ya estás listo ¿por qué no vas a ayudar a mi padre? Debo hablar con Tom a solas por un minuto.
Bill miró al otro, cuestionando con la mirada si debía hacerle caso. El moreno asintió quedamente. Entonces le sonrió a la chica y salió. Vanessa se volvió hacia Tom y suspiró, juntando sus manos.
– Así que… dos hijos ¿no? – le sonrió, sin moverse de donde estaba. – Tú tuviste a ambos.
– Sí – le respondió a secas.
– Mmm… sí, era evidente – dijo restándole importancia con otra falsa sonrisa. Tom frunció el ceño – ¿Sabes, Thomas? He visto a muchas mujeres preñadas en donde vivo. ¡Y también he visto a algunos hombres, por supuesto! – comentó con alegría pero su sonrisa ya no estaba presente. Cerró el baúl, dejando algunas cadenas fuera y las gafas que había sacado anteriormente.
– ¿Eso es relevante? – el mayor cruzó los brazos, impaciente.
– En este caso, sí – le respondió, tamborileando con los dedos sobre la mesa y con la mirada perdida. Entonces, después de unos segundos, paró abruptamente y le miró. – ¡Estás encinta! – Sentenció, con el tono de quien le dice a alguien que es culpable de asesinato. Aunque el asesinato lo estaba cometiendo ella con la mirada.
Tom abrió los ojos con sorpresa y sus brazos cayeron a ambos lados, flácidos…
– ¿Cómo puedes estar tan segura? – cuestionó después de unos momentos, recobrando la compostura. Volvió a cruzar los brazos.
– ¡Ya te lo dicho! – le gritó y luego carraspeó, calmándose. Suspiró sin verle.
– Estás equivocada – escuchó al moreno decir, entonces se dignó a mirarle. Tom la mirada, serio, sin una pisca de duda. Incluso tenía el ceño ligeramente fruncido. Se veía seguro.
– Jamás me equivoco – presionó.
– Pues ahora sí. Y otra cosa… no se lo digas a Bill, no quiero que se haga falsas ilusiones.
Vanessa frunció los labios con hostilidad, mas luego sonrió, mostrándole todos los dientes.
– Bien, si tú lo dices. No quise incomodarte – encogió los hombros y salió apresuradamente de la cabaña, borrando todo gesto amable en cuanto estuvo fuera.
Tom esperó un poco para asegurarse que no volviera, entonces esa imagen fría y segura se desmoronó. Arrugó la frente, afligido y se apoyó en la mesa. Respiraba aceleradamente. No confiaba en ella. No confiaba en ninguno de ellos. Si Vanessa tenía razón…
Suspiró, mordiéndose los labios e irguiéndose. Por el momento debía dar la cara y ayudar a aquellos extranjeros a hacer su trabajo, para que se fueran lo más rápido posible.
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En la costa todos estaban trabajando. El capitán había decidido tomar todo lo que fuera necesario de la isla, así que en ese momento Tom cargaba en su espalda dos cestas enromes de fruta, unidas a un madero que facilitaba su transporte. Bill por su parte ayudaba a cargar barriles llenos de agua dulce hacia botes que viajaban constantemente al barco. Ambos sudaban a mares, la nueva ropa en conjunto con el trabajo físico lo provocaba.
Por fortuna, solo estuvieron un par de horas trabajando para Jacob. Los niños no salieron de la casa, ni lo harían y los gemelos estaban seguros de que no les sucedería nada ya que ni el capitán ni Vanessa habían revelado su existencia.
Al mediodía casi toda la tripulación se encontraba descansando en la cascada donde los gemelos usualmente se bañaban. Algunos marinos llenaban barriles todavía. Vanessa yacía sobre las rocas, abanicándose placenteramente. El señor Queensland la resguardaba sentado unos metros más arriba. El capitán vigilaba apoyando la cabeza en su puño. Y los gemelos… lo gemelos estaban en la orilla quitándose rápidamente la ropa.
Se sacaron las playeras por los hombros y desabrocharon rápidamente sus pantalones. Vanessa se volvió a mirar el alboroto y quedó boquiabierta, estupefacta al observar al motivo de su deseo desnudarse. Una cosa era verlo semi-desnudo siempre y otra demasiado diferente verle desnudándose. Dejó de balancear su abanico, totalmente distraída.
Queensland hacía más de lo mismo. Miraba a Tom con la lujuria pintada en sus ojos. Más absorto aun cuando el moreno tiró de la liga que sujetaba su cabello, este calló sobre sus hombros y luego se sacudió para que se desperdigara. Un mechón cayó sobre su frente, cubriéndole un ojo. Su perfecta fantasía se rompió cuando el rubio tomó al mayor del brazo y lo llevó a tirones cariñosos hasta la cima de la cascada.
– ¡No, Bill! No quiero saltar.
– ¡Vamos, no seas infantil! Salta conmigo.
Ambos llegaron al pequeño acantilado encima de la fuente de agua y Tom fue empujado hacia el borde sin posibilidad de escapar.
– Bill, en serio, no quiero hacer esto – suplicó.
– ¿Por qué no? Siempre lo hacemos. Te encanta – el rubio le miraba con una ceja arqueada.
– Sí, pero no estoy seguro de si est…
El menor le interrumpió abalanzándose contra él, empujándolo. La tripulación a sus pies rio fuertemente al escuchar el grito de Tom al caer. Vanessa rio más fuertemente que todos.
Entró limpiamente en el agua de pie. Segundos después emergió limpiándose el rostro.
– ¡Bill eres un estúpido! – le gritó en cuanto pudo. El susodicho se carcajeo y luego se lanzó de cabeza hacia el agua. Sumergiéndose a un lado del moreno y apareciendo segundos después riéndose todavía.
Todos estaban atentos a la pequeña pelea que se desencadenó en ese momento. Bill no sabía por qué había sido tan peligroso el salto y Tom no estaba por la labor de explicárselo. Nadie estaba pendiente de Vanessa.
Ya solo el abanico estaba en su lugar y ella, ella estaba sentada ahora al lado de Queensland, Robert Queensland y susurraba.
– Quiero que averigües si lo está – terminó de decirle al oído.
– ¿Cómo quieres que haga eso? – le preguntó, cansado de la charla.
– Como más desees – dijo en un tono sugestivo y con una sonrisa maliciosa. La maldad brilló también en sus ojos.
Robert comprendió el mensaje y le sonrió de lado. Sería su cómplice en el terrible, pavoroso y deplorable plan tramado por ella. Si Vanessa quería a Bill como su hombre, entonces Vanessa habría de tenerlo. No podría quitar a los niños del camino, así que bien podían ser sus hijastros. Lo que si podía hacer era apartar de en medio a Tom y había encontrado una forma de hacerlo al ver la obsesión que el moreno era para el marinero. Quizá y también lograba deshacerse de la promesa, que estaba casi segura, Thomas llevaba dentro de sí.
Continúa…
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