
Fic Twc de novaficacci. Temporada II
Cap 4: Accidentes y recuerdos
– ¡Bill! – gritaba el mayor nerviosamente, palmeando las mejillas del rubio, quien comenzó a abrir los ojos lentamente, mareado todavía.
– ¿Qué pasó? – preguntó sentándose y mirando la habitación con aire confuso.
– Te desmayaste – explicó su gemelo aún preocupado.
– Ah… lo siento, es que creí que me habías dicho que… – dijo con una sonrisa, Tom lo miró incrédulo y con un toque de pena, como si hubiera querido darle otra la razón. Bill hizo una mueca de sufrimiento y tomó al otro por los hombros – Tom ¿¡que rayos vamos a hacer si es otro!? ¡La hemos fastidiado!
El mayor lo miró con incertidumbre ¿había querido decir lo que creía?
– Disculpa si no quieres que te dé un bebé más – dijo, visiblemente enojado. Se levantó y salió de la choza.
– ¡Tom, no…! – se levantó con la intención de seguirlo, pero miró a su hijo, que a su vez lo estudiaba con curiosidad – Ve a dormir David – dijo apresuradamente y salió también. El pequeño lo miró con confusión ¿ir a dormir apenas empezando la tarde?
Afuera Tom caminaba con rapidez en dirección a la maleza, buscando perderse por un rato, sin importarle que estuviera diluviando. Detrás de él, Bill gritaba su nombre.
– ¡Tom, espera! ¡Sabes que no quise decir eso!
En cuestión de segundos ambos estaban empapados. Su cabello chorreaba y apenas podían ver a causa de las gotas que se acumulaban en sus pestañas.
– ¿¡Entonces qué diablos quisiste decir!? – le gritó en respuesta, sin detenerse.
– ¡Yo me refería a que no tenemos ya ningún doctor para que pueda ayudarte!
– ¡Tú lo hiciste una vez, puedes hacerlo de nuevo!
Para ese punto ambos ya caminaban libremente por la silenciosa selva, los animales y aves se hallaban en sus refugios, solo se escuchaba el batir del viento y la lluvia contra las plantas.
– ¡Tampoco es eso solamente! Sabes bien que ya es suficientemente difícil cuidar de dos niños pequeños – gritó Bill, dejando salir realmente lo que le preocupaba.
– Es eso ¿no? – Tom se volvió, ahora enfadado de verdad – ¡Te molesta tener que cuidarlos!
– Yo no dije eso…
– ¡Claro que sí! – el mayor derramó algunas lágrimas de coraje y le propinó un fuerte empujón a su hermano. – ¡No te me acerques, Bill! ¡No lo hagas, porque aunque detestas cuidarlos estoy seguro de que disfrutaste hacerlos! ¡Si tanto ibas a odiarlos mejor te hubieras ido a San Francisco en el barco del abuelo, cuando nos enteramos de que íbamos a tener a Gordon!
– ¿¡De qué diablos estás hablando!? ¿¡Te estás escuchando a ti mismo!? ¡Estás diciendo que odio a mis hijos, cuando sabes que los amo con toda mi alma! Lo que yo digo es que ¿¡realmente crees que podamos cuidarlos a los tres sin descuidar a alguno!?
– ¿Deseas que te demuestre que sí? – contestó Tom, con la rabia reprimida en su voz – Ve y cuídalos ¡tú solo! Y luego me dices si pudiste cuidar a nuestros hijos por un rato – dijo y se dio la vuelta para perderse entre la selva.
Bill abrió los ojos con pánico, si dejaba que se fuera las cosas serían aún peores. Impulsivamente se adelantó unos pasos, tomó de la muñeca a su gemelo y lo jaló hacia sí. Tom dio una vuelta rápida y fue a chocar contra el pecho del otro, que sin pensarlo mucho le plantó un beso. El mayor como respuesta le propinó un puñetazo en el pecho; que Bill ignoró olímpicamente, pues el rastudo había puesto toda su fuerza en ese golpe; pero su hermano no lo soltó.
– ¡Perdóname, perdóname, perdóname! – le suplicó mientras lo abrazaba con la fuerza suficiente como para restringirle los movimientos al otro, que luchaba por soltarse – Es solo que estoy tan asustado. Si lo de anoche resulta en un bebé, por supuesto que voy a esperarlo con ansias y alegría, y encontraremos la forma de cuidarlos, así sea que alguno de los dos se dedique únicamente a cuidarlos. Y si así lo deseas te demostraré que amo a mis hijos y seré yo quien los cuide. Lo haré lo mejor que pueda, pero de verdad, y no te lo tomes a mal, pero espero que no resulte en nada porque, cariño, aún no me siento listo. Si otro bebé nace siento que no le daríamos los cuidados que merece. Prefiero estar completamente listo primero. ¡Perdóname!
Los segundos pasaron y Bill esperó, impaciente. Tom ya no luchaba por irse, pero tampoco hacía nada, sus brazos colgaban de ambos lados.
– Perdóname también tú a mí – dijo al fin y lo abrazó con la misma fuerza.
– No… yo tuve la culpa.
Se quedaron un buen rato ahí, tanto, que la lluvia comenzó a parar hasta que finalmente se detuvo. Entonces Bill se alejó y pudo contemplar a su amante.
– Estás empapado – rio y su hermano se le unió alegremente.
– Oye, lamento el golpe que te di… mañana te dolerá seguro – dijo Tom, apenado, pero el otro negó y lo tomó de la mano para irse.
Regresaron a la cabaña, el día aún estaba nublado y amenazaba con llorar de nuevo, invitando a todo ser viviente a quedarse dentro de sus refugios. David a fin de cuentas sí se había dormido y Gordon le imitaba. Bill tomó al pequeño en vilo y lo llevó a su «habitación». Cuando regresó no había rastro de su hermano. Subió al segundo piso y lo encontró hincado, de espaldas a él, secando sus rastas. Estaba desnudo. Bill se quedó ahí contemplándolo unos minutos, embelesado. Luego terminó de subir y fue a hincarse detrás de él. Extendió una mano y acarició su hombro. Tom volvió la mirada y contemplo la intensa de su hermano; que poco a poco fue acercándose hasta que juntaron sus labios; después sintió los brazos del menor rodearle la cintura para pegarlo más a su cuerpo, con ansias reprimidas.
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David despertó y se dio cuenta de que sus padres lo habían llevado a su espacio. Se levantó y fue a buscarlos, tenía hambre. Cuando entró a la choza principal y no los encontró, subió al segundo piso con algo de dificultad, pues aún era pequeño y el espacio que separaba cada peldaño era grande. Sus ojos apenas se asomaron por si estaban haciendo algo que le buscara otro regaño. Estaban dormidos. Su padre Bill, detrás de su otro padre, le abrazaba por la cintura. Estaban desnudos claramente, pero la sábana con la que dormían les cubría hasta la cadera. Ambos miraban hacia la escalera y David pudo apreciar la calma en sus rostros. Sonrió y bajó las escaleras nuevamente.
El niño tenía hambre a pesar de no haber dormido más de una hora. Buscó por toda la casa, pero no encontró más que zarzamoras. Se sentó y analizó la idea de traer él mismo la comida. Sus padres se sentirían orgullosos, sin duda, pero fruta no podía llevar, era muy pequeño para quitarla de los árboles. ¿Algún ave? No, ni siquiera sabía cómo es que capturaban aquellos animales tan ágiles. Pensó unos minutos y la idea le vino a la mente. ¡Peces! Bill lo había llevado algunas veces a donde los pescaba con más facilidad, sin la necesidad de una red, tan solo con una lanza de puntas. El niño se levantó, tomó una bolsa no tan grande que pudiera llevar y salió corriendo de la casa en dirección al bote. Ahí se le presentó otro problema, ¿cómo lograría llevar él solo el bote? No lo creía posible, así que tomó firmemente la lanza y se lanzó hacia las olas, nadando. El lugar no estaba lejos, le tomó relativamente muy poco llegar ahí. El lugar no era más que una pequeña área, de un diámetro de un metro, a tan solo veinte metros de la orilla, situada más arriba del nivel que alcanzaba la arena ahí, pero más bajo que la segura playa, de modo que a los gemelos el agua les llegaba arriba de las rodillas y podían pescar fácilmente, pero al niño, con la estatura promedio de un chiquillo de cinco años, el agua le llegaba casi hasta la cintura.
David tomó la lanza con ambas manos y la lanzó contra los peces a sus pies con toda la fuerza de la que era capaz, pero la lanza se hundía unos centímetros y luego flotaba, entonces el niño volvía a tomarla y a lanzarla. Lo hizo muchas veces sin percatarse de que arriba de él el cielo volvía a ponerse oscuro, más que nublado, no tardaría mucho en llover de nuevo. Después de muchos intentos fallidos, con solo uno ganado (el pez se hallaba ahora dentro de la bolsa que llevaba), el niño se dio por vencido, tomó la lanza y la azotó repetidas veces contra la superficie, salpicándolo todo. Suspiró varias veces y enojado, tomó una piedra y la lanzó contra el agua, tomó otra y se disponía a lanzarla cuando algo debajo del agua lo sorprendió y lo detuvo. Al mismo tiempo, gruesas gotas comenzaron a caer furiosamente sobre la tierra.
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Dentro de la cabaña, el sonido de la lluvia despertó a Tom, que se apoyó en su mano izquierda y con la otra se talló los ojos ¿qué hora era? Miró a sus espaldas, Bill dormía aun profundamente y no iba a despertarlo. Suspiró y se levantó para colocarse encima algo de ropa. Luego bajo las escaleras y comprobó el estado del bebe: dormido 100%. Asintió para sí mismo y fue hasta la choza de su hijo mayor. Sintió su corazón detenerse cuando vio con sus propios ojos que el niño no estaba.
Ya comenzando a hiperventilar, salió por completo de la casa y miró la playa rápidamente desde su posición, ni rastro del pequeño. Soltó un gemido de miedo y corrió dentro de la casa de nuevo, llamando a gritos a su hermano. No había podido ver al niño porque además de que estaba algo retirado de la orilla, el pequeño no llevaba ropa alguna (que generalmente era blanca) haciendo imposible hallarlo entre tanto azul, más porque el agua le llegaba a la cintura y sus rizos rubios no eran del color del oro muy precisamente, y fácilmente podían confundirse con algas flotantes o corales bajo el agua.
– ¡Bill! – gritó mientras subía por las escaleras.
El rubio se enderezó y lo miró sumamente confundido.
– ¿¡Qué sucede!?
– ¡David no está! – exclamó con los ojos aguados.
De ser otro día no se habría preocupado tanto, el niño conocía bien la isla y seguramente no le habría pasado nada… pero la noche anterior había sido luna llena y ninguno tenía conocimiento de a qué hora los otros dejaban la isla. ¿Y si el niño había ido a pasear por ahí y se había encontrado a los otros? Bill se levantó ipsofacto sin decir nada y se enfundó su ropa deprisa. Luego bajó las escaleras y ambos salieron de la choza.
El menor contempló la playa con ojos atentos, pero la lluvia no ayudaba, era gruesa y dificultaba la vista. Chasqueó la lengua y miró a Tom, que estaba hecho un manojo de nervios.
– Cálmate, no tenemos que pensar lo peor. Necesitas estar atento ¿sí? – acarició su mejilla, buscando darle confianza y tranquilizarlo. – Búscalo en los sitios que conoce. Yo… yo iré a la parte norte – Beso su frente y le tendió una de las dos lanzas que había tomado. – ¡Corre!
Tom lo miró un segundo más y luego hecho a correr. Bill lo vio irse y comenzó a correr también en la dirección contraria.
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Un tiburón. Definitivamente era un tiburón. El niño se congelo en su lugar. Sabía que ese animal era muy peligroso, que podía atacarlo y matarlo en un segundo.
– Papis – exclamó angustiado, ahí en ese momento juró no hacer jamás nada sin sus padres.
Con un suspiro de resignación blandió la lanza como si fuera una espada, y fueron niño vs tiburón. El escualo se acercó y David atacó, pero el tiburón fue más rápido: mordió la punta de la lanza y de un tirón se la arrebató. El pequeño quedó indefenso, tan solo sutilmente protegido por ese escaso espacio de un metro, donde el nivel del agua no le permitía al pez acercarse tan fácil.
En la isla Tom ya había visto la cascada debido a su impresionante velocidad y ahora se encontraba corriendo y vociferado el nombre de su hijo, hacia donde tendía la ropa y donde se encontraba la gran pira de madera, desde ahí podría ver todo.
Bill se escabullía hacia el lugar prohibido. Iba con cuidado, blandiendo la lanza y agudizando el oído para captar la más mínima señal de su pequeño. De pronto el grito desgarrador de Tom le heló la sangre, pues a pesar de que apenas había logrado escucharlo, su grito reflejaba no la incertidumbre de la búsqueda, sino la certeza del hallazgo… y lo que transmitía le puso la piel de gallina e hizo que las lágrimas brotaran de sus ojos: dolor, angustia y desesperación. Eso transmitía el grito de su amante. Dándose prisa, bajo la lanza y corrió hacia el grito de su hermano, esperando que no fuera ya demasiado tarde.
Arriba del todo, Tom miraba horrorizado a su niñito, ahí, abajo, en el mar, apenas visible y siendo acechado por el animal que él más temía: un tiburón, por ser el causante de que dejaran la isla, hacía tres años.
– ¡DAVID! – gritó con todo su ser. Sus pulmones quedaron sin aire y su garganta se hirió, pero no le importó.
De inmediato comenzó a descender, corriendo más de lo que podía. Su pecho ardía porque no quedaba ya oxígeno alguno, sus músculos dolían por estar siendo forzados, pero nada de eso importaba, solo importaba ir por David, salvarlo, era lo único que su mente pensaba en ese momento. Y estaba en contra del reloj, pues a cada segundo la marea subía cada vez más, y mientras más subiera, más se acercaría el tiburón al pequeño.
Un minuto después no estaba ya lejos de la playa y a lo lejos vio venir a Bill, que estaba en el mismo estado que él. Con una seña le indicó la dirección a la playa y ambos corrieron paralelos.
– ¿¡Lo encontraste!? – le gritó sin dejar de correr, y su gemelo sólo pudo decir una cosa.
– Tiburón – dijo, sin verlo si quiera, odiando la palabra con la lengua.
Las pupilas de Bill se contrajeron por la impresión y el pánico. Fijó su vista al frente y corrió más rápido aún si es que era posible. Fue también el primero en llegar a la playa. Corrió hasta la orilla y buscó a David con la vista. Detrás de él, Tom salió de entre los helechos y se detuvo.
– ¡Allá! – gritó, señalando la pequeña figura. Bill enfocó su vista ahí y su corazón dio otro vuelco.
Sabía perfectamente dónde estaba, así como también sabía que con esa marea, si daba un paso en cualquier dirección el agua subiría hasta sus costillas y el tiburón, que daba vueltas a su alrededor, podría llevárselo y sería el fin. Debía hacérselo saber.
– ¡David! – el niño alzó la vista, buscando a su padre y cuando lo encontró extendió la pierna para dar un paso en su dirección – ¡NO! – extendió un brazo, como si fuera a detenerlo. El niño se congelo en esa posición – ¡No te muevas! – el pequeño regresó la pierna a donde estaba.
– ¡Iremos por ti! – Gritó Tom – ¡Pero no vayas a moverte!
Dicho esto ambos echaron a correr hacia el bote y subieron rápidamente. Un trueno resonó y la lluvia aumentó la velocidad con la que caía. Bill comenzó a negar. Así tenían la mitad de tiempo para llegar ahí.
– ¡Dios, mi hijo no! – pidió el rubio con la voz temblorosa a causa de las lágrimas que se derramaban por su rostro, mientras remaba. En se mente rememoraba las horribles pérdidas de quienes había amado: David, su abuelo… y sabía que si perdían a su pequeño todo acabaría, no podrían soportar la pérdida, aunque hubiera muchas posibilidades de que Tom acabara encinta de nuevo.
El niño se daba cuenta de que el agua había comenzado a subir y que en pocos segundos le llegaría al pecho. Miró hacia todos lados, sus padres ya venían, pero el tiburón ya estaba muy cerca, tenía que hacer algo. Miró a sus pies y se sumergió en el agua para sacar una piedra, la que le pareció más filosa y puntiaguda. Luego sacó al pez de su bolsa y utilizando la piedra, le hizo tres pequeños cortes a todo lo largo. Un poco de sangre salió y chorreó en su mano. Buscó el punto más lejos que pudo encontrar con la mirada y lanzó el pez hacia allí. El escualo dio una vuelta más a su alrededor y fue por el pez.
David aprovechó esa oportunidad para echarse a nadar hacia el bote de sus padres… y la poca esperanza que los mayores tenían se esfumó cuando el tiburón tragó completo al pez y se fue encima del niño. Ambos gritaron cuando comenzó a nadar detrás de su hijo. La negra aleta asomó fuera del agua y la distancia entre el enorme mamífero y el niño se fue acortando… pero lo mismo pasó con el bote de sus padres. Justo en el momento en el que el tiburón atacó, los brazos de Tom sacaron a salvo a David del agua. La aleta se escondió de nuevo, el gran pez dio la vuelta y se alejó.
Por mientras, Tom abrazaba firmemente al niño, quien sollozaba. El mayor temblaba y lloraba de alivio. Bill dejó los remos dentro del bote y fue a abrazar a ambos. Se quedaron así unos momentos, hasta que el rubio tomó su posición y los encaminó a la isla de nuevo. Sus ojos estaban rojos, también había llorado, aún lloraba en silencio.
En la mente de ambos agradecían que Dios no les hubiera quitado a su hijo, su niño, su pequeño, su primogénito, su David.
Continúa…
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