Fic Twc de novaficacci. Temporada II
Cap 5: Pascua
Tom se separó y tomó al pequeño de los hombros.
– ¡David! – Le gritó, sumamente enojado ahora que el niño estaba a salvo y la angustia se había esfumado – ¿¡Qué demonios hacías ahí!? – mientras le hablaba a gritos, lo sacudía, exigiendo una explicación. David lloraba – ¡Contéstame!
– ¡Yo – yo tenía hambre! ¡Pensé que los sorprendería si pescaba yo solo! – se excusó hipando.
– ¡David! ¡Tienes sólo cinco años! ¡No puedes ir por ahí solo sin supervisión! – dijo Bill. El barco arribó – ¡No vuelvas a hacer eso nunca más! – bajó al niño y le propinó una nalgada que lo mandó corriendo a la cabaña, sobándose el trasero y llorando. – ¡Y estás castigado!
Ambos miraron como iba directo a su choza y cerraba la puerta (corrió el velo). Bill suspiró y se volvió a ver a su hermano, que tenía los brazos cruzados y los ojos rojos. Se acercó y lo abrazó.
– Niño travieso – susurró el mayor y le respondió el abrazo. – ¿Con qué vas a castigarlo?
– Mañana es pascua. No podrá buscar huevos. Es más, él va a esconderlos, para que nosotros no los encontremos tan fácil.
Cuando el abuelo llegó, había llevado consigo tradiciones que ellos habían olvidado. Las pascuas era una de ellas. Cuando fue a vivir ahí definitivamente ahí les enseñó a hacer tintes naturales y a pintar los huevos de las gallinas. También, en aquel último viaje pintó el cabello de su nieto mayor.
– Cierto, lo había olvidado. A él le encanta ir a buscar los huevos… ¿en serio vas a prohibirle hacerlo? – ahora abogaba por el pequeño. Podía sacarlos de sus casillas con sus preguntas, interrumpirlos mientras tenían sexo y ahora hasta arriesgar su vida por tonterías, pero era un niño.
– Tom, hoy casi se mata – dijo separándose – y de paso casi nos mata de un susto a nosotros tan solo porque tenía hambre.
– Quería sorprendernos – le recordó. – Quería que supiéramos que podía ser útil.
– Eso no quita el hecho de que hoy casi fue comida de tiburón. – Señaló vagamente el mar – Dime ¿qué hubiera pasado si hubiéramos llegado tarde? ¿Lo habrías superado? Yo no. Ni aunque lo de ayer resultase en otro bebé – bajó sus manos y acarició el estómago del rastudo. – No hubiera podido…
Tom lo miró solemnemente y tomó una de sus manos.
– Ahora me arrepiento de veras de lo que dije hace un rato. – Bill negó y apretó su mano.
– No tiene importancia ya. Y por cierto – lo miró de pies a cabeza – otra vez estás mojado. – sonrió burlonamente.
– Deja de reírte de mí y vayamos por comida – dijo con los ojos entrecerrados y comenzó a caminar, o más bien dicho, trotar hacia la selva.
– ¡Tom, no te pongas así! Tienes que admitir que es divertido porque secaste tus rastas en vano.
El mayor lo ignoró olímpicamente y siguió su camino.
Cuando regresaron a la cabaña, Gordon estaba despierto y balbuceando cosas. Los gemelos lo miraron con curiosidad.
– Muy pocas veces hace eso – apuntó Bill y lo tomó en brazos. – ¿Cuándo dijo David su primera palabra?
– A los dos años.
– P… p-p – dijo, o más bien trató de decir, Gordon, que alzaba sus manitas, señalándolos.
– ¡Vaya! Ahora sí quiere decirnos algo – añadió el de rastas, con las cejas arqueadas.
Ambos quedaron en silencio, mirando al bebé atentamente, poniendo atención a lo que sería su primera palabra.
– Pa… pi – dijo por fin mientras apretaba sus puñitos y mantenía el ceño fruncido.
Los gemelos se regocijaron. Bill le dio un beso en la frente mientras Tom dio un pequeño grito, luego se volvió y beso la mejilla del mayor, con afecto. Sin embargo la alegría duró poco.
Justo en ese momento una brecha se abrió en el techo, cerca de la entrada y toda el agua comenzó a filtrarse a chorros, mojando el suelo y la «mesa».
– ¡Diablos! – exclamó Tom.
– ¿Qué es? – cuestionó el rubio mirando la abertura y acostando al pequeño.
– Una hoja de palmera.
Los dos corrieron al piso superior para examinar y reparar el daño. La trampilla que cerraba el paso al balcón estaba abierta y por ahí una hoja del cocotero que separaba ambas chozas había caído, siendo el tallo lo que perforara el suelo desgastado por los años.
– ¡Demonios! – gritó a pulmón limpio. Ahí afuera el viento soplaba haciendo de la lluvia algo casi doloroso y provocando que no se escuchara casi nada – ¡Tom…! – ni siquiera tuvo que pedirlo. Su gemelo ya se había encaminado hacia el lado Este del balcón y traía de vuelta varios reemplazos: hojas perfectamente alineadas y tejidas.
Entre ambos, colocaros tres de aquellos reemplazos y, sumamente empapados, entraron de nuevo. Desde el piso superior escucharon como el bebé lloraba, pero se sorprendieron bastante cuando encontraron a David, aún con lágrimas en los ojos, recogiendo lo que estaba mojado en el suelo y cambiándolo por hojas nuevas.
– David… – dijo Tom con el corazón en un puño al ver como el niño lo miraba con ojos tristes y sorbiendo por la nariz – Ven pequeño – le dijo y lo abrazó. El niño escondió su carita en el estómago de su padre y nuevas lágrimas comenzaron a salir – Sabes que no nos gusta regañarte, – le explicó mientras acariciaba sus rizos – pero lo que hiciste casi te mata ¿Qué hubiera pasado si en realidad hubieras muerto? – Le preguntó y tomó su mentón para hacer que lo mirara – Contesta – El niño negó. – Pues nosotros hubiéramos estado muy tristes. No hubiera sido lo mismo para tu hermano desde entonces, no hubiéramos podido cuidarlo bien porque tu padre y yo estaríamos pensando en ti todo el tiempo. No pensaste en eso ¿cierto? – negó de nuevo.
– Tenía hambre… y quería demostrar que podía ayudarles – dijo en un susurro roto.
– Cariño, tú ya nos ayudas. Esto – señaló el suelo – es trabajo menos para nosotros. Me ayudaste también con el coco ¿recuerdas? – El pequeño asintió – Esa es toda la ayuda que necesitamos por ahora.
David miró el suelo por unos segundos y después alzo la mirada, había dejado de llorar.
– Tengo hambre.
Tom sonrió y fue a sentarlo para cortar alguna fruta. Bill por mientras, se había entretenido meciendo a su otro hijo para calmarlo. Miraba a David, recordando que tenía que decirle una cosa.
– David – le llamó – te dije que estabas castigado ¿Sí? – su hijo puso expresión triste de nuevo, mas no comenzó a llorar otra vez y en su lugar, asintió. – Bueno, sabes que mañana es pascua. Tu castigo consiste en que no podrás buscar ningún huevo, pero tú los pintarás y esconderás.
– ¡Pero papi…!
– Pero nada – interrumpió el mayor – lo que hiciste hoy no fue tan sencillo. Y esto es para que aprendas.
Le dolía castigar al pequeño, y más sabiendo lo que le gustaba buscar los dichosos huevos… pero el irse sin ellos había sido muy peligroso. Además… quizá ya cambiaría de opinión por la mañana.
Más tarde, cuando el sol comenzaba bajar y la lluvia ya había cesado, los gemelos salieron tomados de la mano. Habían dejado a ambos niños dormidos en la cabaña principal. Lo que iban a hacer ahora era algo importante y que no hacían desde hacía unas semanas atrás. Irían a hacerlo porque el accidente de la cabaña les había traído recuerdos… recuerdos muy dolorosos.
Caminaron hacia el monte por entre la selva, recordando un camino que aún no existía porque no habían pasado tantas veces por ahí. Después de caminar tres cuartos de hora llegaron a un área despejada, no muy grande pero con una gran vista, desde ahí podía observarse todo el horizonte. Al centro se alzaban dos grandes montículos rectangulares cubiertos de verde. Ambos adornados con flores en la base y a lo largo. Los gemelos se hincaron y saludaron.
– Hola abuelo – dijo Tom.
– Hola David – dijo Bill.
Ahí se encontraban los restos de sus familiares. Jost no había llevado su sangre, pero los dos habían visto un padre en él. Días antes de que Gordon muriera, recorrió la isla entera buscando un buen lugar para reposar. Aquel lugar había sido elegido por él, y les pareció correcto trasladar también ahí los restos de David, cuyos restos ya no constaban más allá que de su cráneo, unas costillas, un fémur y uno que otro hueso irreconocible.
Ahí hincados recordaron el motivo de su abuelo para abandonarlos: la enfermedad. Había pasado a principios de noviembre. Le habían dejado encargados a los niños mientras iban a cazar. En medio de la tarde y sin previo aviso, como comúnmente sucede en el trópico, una fuerte tormenta había caído sobre la isla. David, juguetón y travieso como siempre, había echado a correr bajo la lluvia en busca de que su abuelo le persiguiera, cosa que logró. Gordon había dejado al bebe en su cuna para ir a jugar con el niño, y nada hubiera pasado si solamente hubiera estado bajo la lluvia… Lamentablemente la persecución había implicado correr, obligando al corazón del anciano a bombear sangre más rápido. Sus pulmones también habían sido forzados. Para cuando los gemelos regresaron ambos, abuelo y nieto se encontraban ya dentro de la cabaña, casi secos. David se encontraba normal, aunque hambriento, pero Gordon tosía cada cinco minutos. Ahí empezó todo. Aquella tos fue empeorando día con día, hasta por poco impedirle al viejo hablar. Su piel se volvió pálida y oscuras ojeras enmarcaron sus orbes. También adelgazó demasiado poco antes de irse.
Dos semanas después de empaparse bajo la tormenta Gordon murió, pero antes les instruyó en lo que debían hacer: los llevó ahí a ambos y les explicó todo como si aún fueran niños.
– Escúchenme ambos. No voy a recuperarme ya… moriré, pero no me iré triste. Antes de decir lo que debo decir quiero que sepan que los ame más que a nada en el mundo. No solo a ustedes, sino a los más maravillosos bisnietos que alguien haya podido tener. – Su voz era ya solo un susurro ronco y pausado – Sepan que jamás me arrepentí de buscarlos porque al encontrarlos pasé dos años fabulosos en compañía de ustedes. Pero, si de algo me arrepiento es de haberlos dejado ir en primer lugar, hace ya diez años, pero eso es solamente un capricho, puro egoísmo, pues no me permití disfrutarlos ni ver como crecían, porque sé que aquí han sido felices, más aun quizá de lo que hubieran podido ser en San Francisco. – Para ese momento, los gemelos ya habían estallado en un llanto silencioso y escuchaban atentamente – Ahora tienen dos hermosos pequeños, que deseo que me prometan que cuidarán y amarán como si la vida les fuera en ello y que ustedes también se amen y protejan el uno al otro como lo han hecho hasta ahora. Prométanlo.
– Lo prometemos – dijeron al unísono mientras las lágrimas se desbordaban de sus ojos.
– Bien, eso me quita un gran peso del pecho. Ahora bien. Debo decirles cómo deben de comportarse si alguien más llega a la isla por casualidad. Deben ser amables e ir a su encuentro. No deben esconderse, pues podrían tomarlos como incivilizados y hacer de ustedes prisioneros. – Tragó y tosió – Deben presentarse, solo ustedes dos y no deben revelar por ningún motivo que son hermanos. Tampoco les dejen ver a los niños, solo sean amables y dejen que se lleven las provisiones que necesitan. Esto es si vienen en son de paz… si lucen a lo lejos como buena gente. Es importante que antes de hablarles, los miren. Si lucen como mala gente con malas intenciones (su corazón les advertirá antes incluso de mirarlos a fondo), entonces tomen a los niños y escóndanse en lo profundo de la selva, o vayan a la otra isla cercana, pero eviten tener contacto con ellos… Tom – lo miró seriamente – si no hubiera más remedio, te recomendaría que cortaras tus rastas y te dejaras la barba crecer un poco más.
– ¿Por qué? – cuestionó, triste pero intrigado.
– Solo hazme caso, no sería nada bueno sí… Pero ahora que ya les he advertido sobre esto, y les he dicho que los dos años que pasé aquí con ustedes fueron los mejores de mi larga vida, puedo pedirles que aquí, sobre este suelo que pisamos deseo que me entierren. Cuando muera, me traerán aquí, cavarán un agujero grande y profundo. Luego me meterán y me cubrirán con tierra. Después escribirán en madera unas líneas que ahora voy a decir: Aquí yace Gordon Kaulitz. Amado abuelo de Bill y Tom, y bisabuelo de David y Gordon Jr. – después de eso los tres se abrazaron, el viejo lamentando no poder quedarse más tiempo con sus seres queridos, y los gemelos sollozando airadamente sobre los hombros de su abuelo.
Habían regresado y el viejo había contado un cuento a David mientras mecía al bebé, llevándolos a ambos al sueño profundo en poco rato. Esa había sido su forma de despedirse de ellos.
No había sobrevivido la noche. Cuando los gemelos despertaron su abuelo tenía las manos hechas puños sobre el pecho, la boca entreabierta y los ojos cerrados, con una expresión de paz total. Ambos habían gritando con impotencia y llorado más allá de lo imaginable. Solo fueron capaces de controlarse un poco a la hora de explicarle al pequeño, que lloró también porque ya jamás vería a su abuelito, pero se tranquilizó cuando supo que su abuelito sí que lo vería desde el cielo. No quiso ir al entierro, no quería verlo ahí, inerte en la tierra, quería recordarlo en sus buenos tiempos, cosa que no le resultó tan difícil por ser un chiquillo y porque sus padres no le habían permitido ver el cadáver.
Antes de llevárselo, el gemelo menor había escrito la frase dicha por su abuelo en tablones de madera finamente tallados. Mientras, Tom había cosido hileras de flores y una corona. Entre ambos cargaron el cuerpo de Gordon, envuelto en una sábana y lo llevaron al monte cuando atardecía. Ahí, Bill cavó un agujero con distintas herramientas y entre ambos lo metieron. El de rastas soltó la corona de flores sobre su pecho antes de que su hermano comenzara a cubrirlo con tierra.
Regresaron al anochecer, con los ojos hinchados de tanto llorar. David los había abrazado y les había repetido que su abuelo ahora iba a sentirse mejor, pues ya no tendría aquella fea tos, cosa que más que calmarlos los había hecho estallar en llanto de nuevo. Horas más tarde, cuando sus dos hijos descansaban, ellos, tumbados boca arriba y tomados de la mano, ambos despiertos le guardaron luto en silencio a su abuelo, sintiéndose más solos que nunca…
Todo había mejorado al amanecer, cuando las primeras luces los sorprendieron con los ojos abiertos, sin haber podido dormid nada. Ambos tuvieron que esforzarse y levantarse para traer la comida. Tuvieron que superarlo rápidamente por el bien de los niños.
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Una lágrima cayó al césped, una lágrima de Tom. Bill se volvió a mirarle, su hermano tenía los labios entreabiertos y lloraba. Suspiró, recordando la pena y extendió su brazo para tomar la mano del mayor, que se mordió los labios cuando lo miró y lo abrazó con fuerza.
– Ya no llores, sabes que nos observa ¿Qué crees que pensará si mira que después de medio año aún sufrimos por su muerte como si hubiera sido ayer? No sé tú, pero yo pienso que se enfadaría. Anda, deja ya de llorar – le dijo mientras acariciaba su espalda.
– Lo siento, – le respondió riendo levemente – tienes razón – limpió sus lágrimas y miró ambas tumbas, fijándose en que la de David también tenía algo escrito que por poco olvidaba: Aquí yace David Jost, amado padre de Bill y Tom. Sonrió – Vámonos – se puso de pie sin soltar la mano de su gemelo – hasta pronto abuelo y… papá.
Bill se sorprendió un poco al escuchar esto y sin embargo también sonrió al mirar las tumbas. Se despidió con un asentimiento antes de seguir al mayor.
La noche pasó tranquila.
A la mañana siguiente los tres (Bill, Tom y David) se despertaron un poco más temprano. Mientras sus padres iban a buscar la comida, al pequeño se le otorgó la tarea de ir por los huevos, cosa que no fue nada fácil porque él jamás los recogía, cosa que provocó que las gallinas le picotearan las piernas mientras retiraba los blancuzcos. Esto no desanimó al niño, si estaba castigado y no podía buscar huevos entonces se esforzaría y disfrutaría al máximo recogiéndolos, pintándolos y escondiéndolos para sus padres. Estos llegaron cuando ya había sido pintada la base de color de todos los huevos: verde, azul, rosa o amarilla, tinte que lograban con pigmentos naturales.
Después de comer y saciarse todos, los adultos le ayudaron a formar figuras caprichosas en distintos colores sobre los huevos, quedando verdaderamente tribales los treinta huevos, dos o tres huevos cada gallina, todos los que estaban destinados a comerse por la tarde. Luego de dejarlos secar por una hora, dejaron a la imaginación del niño los escondites, que no podían ser demasiado lejos de la cabaña. Mientras el pequeño los escondía, sus padres se dedicaban a mimarse y besarse dentro de la casa, sin llegar a más. Una hora más tarde todos los huevos estaban inteligentemente escondidos y los hermanos en la meta con bolsas tejidas para guardarlos.
– Vale Tom, si yo gano me darás algo, y tu ganas, yo te daré algo.
– Vale – respondió el mayor con una sonrisa traviesa. En esos juegos a ambos les daba por dejar salir a los niños que aún siendo adultos, aún conservaban dentro.
– Escondí los huevos por toda la playa, tienen diez minutos – explicó David antes de perderse con expresión triste en la cabaña. Aunque se sentía triste por no poder jugar con sus progenitores, también aquel día se había sentido útil y un poco más grande al «ordenarle» a sus mayores y haberse ocupado de algo él solito.
– Bien, en sus marcas…
– Listos…
– ¡Fuera! – exclamó el de rastas emocionado y echó a correr sin rumbo fijo, mirando el suelo.
De inmediato, Tom se inclinó sobre la mitad de un coco desgastado que yacía sobre la arena. En su interior se hallaba el primer huevo. Bill eligió correr por entre la selva unos metros, hasta una roca donde, en la otra mitad de coco había sido escondido otro huevo. Mientras el de rastas corría sobre la arena todavía para derrapar sobre un enorme caracol que escondía uno más. Bill encontró otro cerca del primero, cubierto por jirones de hoja de palmera. Tom dejó la playa y se internó en la selva, recogiendo otro casi de inmediato de entre el musgo del suelo. Bill halló uno más en las raíces de un árbol. Ambos recogieron dos más escondidos por el suelo. Luego el de rastas encontró otro en un agujero en la tierra. Desde la cabaña David solo observaba como sus padres corrían de un lado a otro recogiendo huevos rápidamente y sin embargo no los habían encontrado todos cuando el juego acabó. Su rubio padre fue el primero en irse a la arena a sentar para contar cuántos había encontrado.
– ¡Encontré 12! – Gritó el rastudo mientras llegaba corriendo – ¡Gánale a eso!
– Yo solo encontré 8 – le respondió Bill un poco desanimado.
– ¡Entonces yo gané! ¿Cuál es mi premio?
Su amante se quedó pensándolo un poco y luego tomó su mano para llevarlo al bote. David los observó con curiosidad mientras se alejaban. No navegaron mucho, tan solo un poco apartados de la orilla. Ahí, sin decir una palabra, el menor se lanzó al mar, dejando expectante a Tom.
Bill nadó entre los corales buscando una cosa. Cuando la encontró rápidamente la metió a su bolsa y salió nadando hacia arriba en busca de aire. Su cabeza se asomó y se sacudió, eliminando el exceso de agua.
– ¿Por qué te quedaste tanto tiempo? – exigió saber el mayor.
– Buscaba tu regalo – respondió su gemelo con una sonrisa y sacó la ostra de su bolsa, luego desenfundó el cuchillo de siempre y la abrió sacando una bolita de su interior y arrojando el animal de vuelta al mar. Limpió la bolita con el agua salada varias veces y se la tendió a su hermano.
– ¿Una perla? – inquirió Tom, extrañado.
– Hace mucho que no te daba una de estas ¿lo recuerdas? Además, aquella vez fue solo un juego de niños. El rastudo recordó aquella navidad donde se habían besado por vez primera y se sonrojó. – La haré un anillo – dijo y sonrió para terminar la conversación mientras regresaban.
Un rato más tarde la pareja se encontraba descansando sobre las hamacas de tela mientras David jugaba a hacer castillos de arena y Gordon dormía en la casa. Bill se balanceaba de un lado a otro y miraba a su hijo jugar. De pronto se volvió para preguntarle algo a Tom, pero este se encontraba con las manos detrás del cuello y con los ojos cerrados. El mayor lo contempló con atención. Su respiración comenzó a acelerarse mientras un pinchazo en la ingle le rogaba atención.
– David – le llamó y el niño alzó la cabeza – ve a la casa ¿Sí?
– ¡Pero estoy jugando! – replicó.
– Si vas a la casa y no miras afuera hasta que te digamos que puedes hacerlo, te dejaré que nos muestres dónde escondiste los huevos restantes para que nosotros los escondamos y puedas buscarlos – al niño se le iluminaron los ojos y sonrió – ¿Te parece? – el pequeño asintió y se levantó para correr hacia la casa sin decir nada más. – Oye, ¿¡no vas a desobedecerme, verdad!? – le gritó, y David hizo una pausa para mirar a su padre y negar enérgicamente antes de ingresar a la cabaña.
Bill se cercioró de que el pequeño no asomara la cabeza ni por la puerta ni por la ventana por unos segundos antes de abandonar su hamaca y acostarse con cuidado a un lado de su gemelo. Con un suspiro nervioso bajó su mano y le acarició lentamente un muslo. El rastudo despertó de inmediato y le miró con ojos confundidos.
– ¿¡Qué haces!? – preguntó exaltado buscando a su hijo con la mirada.
– Esta dentro de la cabaña – le explicó subiendo un poco más su mano, Tom jadeó al sentir el roce íntimo.
– Idiota, puede vernos aquí – se excusó.
– Le ordené que no saliera, pero si tanto te preocupa… – le dijo y tomó la orilla de la hamaca y los cubrió con ella. El pedazo de tela era tan grande que hubiera podido albergar a otros tres adultos en ella, así que los escondía perfecto. Luego dejó de acariciar a su amante unos segundos para tomar el filo de la prenda que lo cubría (a Tom) y fue bajándola.
– Ash, si nos pilla será tu culpa – dijo, rindiéndose, antes de tomar por el cuello a Bill y estamparlo contra sus propios labios.
Continúa…
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