
Fic Twc de novaficacci. Temporada II
Epílogo
Algunos días después.
Tom mantenía a David sobre su regazo y le leía un poco mientras Gordon ya dormía plácidamente en su cuna, a la diestra del moreno. Habían regresado hace poco de un baño nocturno y acababan de secarse.
– «…Desde entonces no estoy seguro de si yo debo obedecer a su decreto de morirme o si debo sentirme bien como mi cuerpo me aconseja…» – hablaba el mayor, recitando alguno de los poemas que contenía uno de los libros guardados.
– Papi… ¿Puedo preguntarte algo? – interrumpió. Parecía preocupado. Tom dejó el libro a un lado y lo acomodó mejor para poder ver su frustro.
– ¿Qué sucede? – le acarició una mejilla.
–… ¿Papi y tú están peleados? – cuestionó con la mirada baja. El mayor frunció el ceño.
– ¿Por qué lo preguntas? – dijo en voz baja.
– No está nunca en casa – miró a su padre a los ojos. Los del pequeño brillaban con lágrimas cristalinas. – Desayuna con nosotros. Come con nosotros. Cena con nosotros. Pero se va. Ya no duerme contigo – bajo de nuevo la mirada. – Lo extraño – se quejó, haciendo un puchero triste.
Tom apretó los labios y lo abrazó fuertemente. El pequeño se aferró a los mechones de su cabello suelto que caían sobre sus hombros.
– También yo, pequeño – le confesó y besó su frente.
– ¿Se irá? – preguntó inocentemente. Apartándose. Su padre dejó escapar una risilla melancólica.
– Vivimos en una isla, David. ¿A dónde podría ir? – Le sonrió vagamente. El niño se encogió de hombros. Tom borró la sonrisa y bajó la mirada. – No se irá – dijo después de unos segundos.
– ¿Qué fue lo que pasó, papi? – El pequeño rubio puso sus manitas en las mejillas de Tom y lo hizo mirarle. Pudo observar la mirada triste del mayor. – ¿Por qué debe dormir mi papi conmigo ahora?
– A veces la gente comete errores, David – tomó las manos del pequeño y las apartó de su rostro gentilmente. – Y algunos son más difíciles de perdonar que otros – le explicó con tono contenido.
– ¿Pero qué fue lo que te hizo, papi? – envolvió las manos en las de su progenitor, dándole su apoyo.
– Herí sus sentimientos.
Ambos se volvieron hacia la entrada. Bill había contestado y se mantenía cabizbajo en el umbral. Levantó la mirada y se cruzó con la de su gemelo. Trató de sostenerla, pero Tom la desvió rápidamente.
No se habían dirigido la palabra en por lo menos una semana. Ni siquiera un buenos días, un hola, etc. Nada.
– ¿Los sentimientos de papi? – el niño frunció el ceño y pidió ir con el mayor. Tom lo sostuvo por las axilas y se lo tendió a Bill sin verle.
El menor de los gemelos lo recibió y sentó sobre su codo.
– Sí… y acabé hiriendo los míos en el proceso – explicó mientras le pasaba la mano por el cabello, que cada vez abandonaba su estructura rizada y se alaciaba un poco.
– ¿Pero qué hiciste, papito? – su mano se posó en una de las mejillas del mayor. Bill sonrió y se restregó ligeramente contra su palma abierta. Tomó la manita y la besó.
– No puedo decírtelo.
– Yo no quiero que dejes de querer a mi papi. Me siento muy triste – el rubio cerró los ojos y frunció el ceño, tratando de contener el llanto.
– Yo amo a tu padre, David – dijo todavía cerrando los párpados con fuerza.
Tom, que había mantenido la mirada sobre Gordon, comenzó a llorar en silencio. Apretando los labios para que no saliera ningún sollozo.
– ¿Entonces cuál es el problema?
– Ve a dormir, David – sentenció Tom desde su lugar. Trató de limpiarse las huellas húmedas de sus mejillas discretamente con los pulgares.
– ¿Por qué?
– ¡Sólo hazlo!… Necesito hablar con tu padre.
David miró a Bill y este asintió, bajándolo. El pequeño se acercó a su hermano y besó su frente. Luego encaró al moreno.
– No llores papi – dijo suavemente y le besó también en el mismo lugar. Luego salió. Un trueno resonó fuera. Habría tormenta.
Tom se levantó momentos después y salió de la choza. Fue seguido por el rubio. Cuando estuvieron a mitad de la playa el moreno se volvió y estalló.
– ¿¡Crees que puedes utilizar a David para que te perdone!? ¿¡Crees que lo haré solo porque le digas que me amas!? – comenzó a gritar. Llorando una vez más.
– ¡El niño está triste! ¿¡En serio crees que se lo dije para que me perdonaras!? ¡Se lo dije porque es cierto! – Se adelantó rápidamente y sujetando a su gemelo con ambas manos le plantó un beso.
Tom se quedó estático al sentir de nuevo sus labios unidos. Barajeó por un momento la idea de respondérselo con urgencia pero no, no lo haría. Su puño de estrelló contra la quijada del menor, haciéndolo retroceder de inmediato. El rubio tocó el golpe y bajó la mirada.
– ¡No hagas eso! – chilló el moreno. – ¡Y tampoco vuelvas a decir tales cosas frente a David! – le dio la espalda y comenzó a volver.
– ¡No! – Bill corrió tras de su gemelo y lo obligó a mirarlo al tirar de su brazo. – ¡No dejaré que te vayas! – Lo abrazó con fuerza y el mayor solo se retorció, tratando de liberarse.
– ¡Suéltame! ¡Te lo advierto, Bill! ¡Suéltame! – Pegó patadas y cabezazos. Incluso mordidas, pero su rubio gemelo parecía una boa, cada vez que el mayor se movía, el apretaba el agarre.
Momentos después Tom había dejado de pelear y jadeaba, cansado de tanto súbito movimiento. Estaba preparándose para darle una paliza en cuanto el otro le soltara.
– ¡Te odio! ¡No voy a perdonarte nunca! – Le gritó al oído. – ¡Ya no te amo! ¿¡Me oyes!? ¡Ríndete!
– ¡No! – Escondió su rostro en la base del cuello de Tom y éste pudo notar que el rubio estaba llorando, y abundantemente. – Por favor… Por favor jamás digas que no me amas. ¡Yo sé que lo haces! No lo digas, porque si lo haces… Si lo haces mi corazón terminará por romperse. Desapareceré porque tú eres mi alma gemela y sin ti no soy nada – comenzó a decir atropelladamente. – Por favor, por favor no me dejes – Se abrazó como un niño pequeño a su gemelo. – ¡Sé que cometí un error! ¡Lo sé! ¡Lo reconozco! ¡Daría mi vida por volver al pasado y tirarme los dientes yo mismo antes de tratarte de esa forma! ¡Pero no puedo hacer nada! ¡He estado viviendo solamente por inercia! ¡Por puro instinto de supervivencia! ¡¡Pero lo siento, Tom!! ¡Lo siento cada día que ha pasado! ¡Lo siento al despertar y no tenerte a mi lado! Lo lamento ¡Lo lamento! ¡Lamento haberte tratado así! ¡Lamento haber puesto a alguien más antes que a ti! ¡Lamento…!
– Cállate.
Bill cerró los labios con impotencia e hipó. Más lágrimas se desbordaron de sus orbes. Quizá Tom en verdad ya no le amaba.
– No me importa ya que la hayas preferido a ella en su momento… – empezó a decir. Tenía voz rota producto del llanto, que había regresado a mitad del discurso de Bill. – Eres un imbécil y debí esperar que lo hicieras. También sé que no llegaste siquiera a tocarla. No estoy enfadado por eso… – Bill frunció el ceño y estuvo a punto de cuestionar la razón, pero el mayor se le adelantó – ¡¡Me dejaste Bill!! – Chilló, comenzando a sollozar – ¡Debías estar conmigo cuando aquel sujeto me atacó, me lastimo y me tocó! ¡¡No tienes idea del asco, la repulsión y el temor que sentí cuando me hizo notar cuánto me deseaba!! ¡Y no fue lo peor!… ¡Te fuiste! ¡Me dejaste ahí tirado y te largaste! ¡NUESTRO HIJO SE MORÍA Y NO ESTABAS! – Apretó los dientes y las piernas le fallaron, ocasionando que fuera cayendo lentamente, con Bill abrazándolo todavía. – No estabas – su cuerpo temblaba sin control con cada sollozo. – ¡Sentí cada segundo como dejaba de vivir! ¡Lo sabía! ¡¡Me dolía!! ¡Pero me dolió más que regresaras y no te enteraras de nada! ¿¡Sabes cuan feliz me sentí cuando supe al 100% que estaba ahí!? ¡No! ¡Y tampoco puedes imaginarte como fue haberte sentido la persona más feliz del mundo, y al segundo siguiente sentir que deseas morir! – Envolvió sus piernas con los brazos y apoyó la cabeza en estos.
Bill siguió abrazándolo como pudo y dejó que se desahogara. Lo había escuchado llorar desde la habitación de David en algunas madrugadas. Despertaba sobresaltado y lo escuchaba. Jamás había llorado como esa vez. Nunca.
Algún rato después Tom ya no lloraba. Seguía temblando al recuperar la respiración entrecortadamente, pero parecía que había sacado todo lo que llevaba dentro. Apoyó la barbilla en sus antebrazos y miró a su gemelo.
– Te necesito – le susurró.
– Estoy aquí, siempre – tomó su mano y juntó sus frentes.
– Perdóname por todo… Puedo compensarlo aún más si lo deseas – bajó la mirada, repentinamente avergonzado.
– ¿Cómo?
– Podemos tener otro – sugirió mirándole con una ligera media sonrisa.
– Tenía razón, eres imbécil – bromeó el moreno sin mucho ánimo. – ¿Tú crees que querría y aún más, que dejaría que me dejaras encinta de nuevo ahora mismo?
– ¡No hablo de ti!.. Hablaba de… engendrar uno yo mismo – su mejillas se tiñeron de rojo a la par que desviaba la mirada. Tom abrió los ojos, totalmente incrédulo.
– ¿Qué yo…te preñe a ti? – cuestionó, aún sin creérselo. El rubio lo miró y asintió con los labios formando una línea. Entonces inhaló y soltó el aire despacio con el ceño fruncido, reflexionando la idea.
– ¡Puede ser ahora! Si es lo que deseas. ¡Vamos! – Bill le tomó de la mano e hizo que se levantara. Comenzó a arrastrarlo hacia la casa.
– ¡No, espera! ¡Bill! – Este se detuvo y le miró. – En realidad… No hace falta que hagas eso – miró sus pies – Ahora mismo… necesito que me tomes tú.
Continuó desviando la mirada. Realmente lo necesitaba. Lo necesito cuando su rubio amante comenzó a ponerle atención a Vanessa y lo necesitaba ahora para que la cercanía del acto y los sentimientos que este desencadenaba le hicieran sentir de nuevo que todo estaba correcto otra vez. Que le amaba y jamás se alejaría de él ni de los niños. No iba a ser fácil superar la pérdida, pero ahora, con Bill a su lado, dispuesto a apoyarlo en pago a su error, no parecía tan difícil.
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Tom yacía sobre el lecho. Sus brazos colgaban flexionados a ambos lados de su cabeza. Sus labios entreabiertos dejaban salir su cálido aliento. Y sus ojos estaban fijos en Bill, que repartía besos sobre su estómago, bajando cada vez más. Un jadeo se hizo presente cuando el rubio tomó su virilidad y la atendió con sus manos. Arqueó la espalda unos centímetros cuando el menor lo acunó con sus labios y lo contuvo segundos después con toda su boca. Gimió y sujetó la sábana.
El rubio continuó con su trabajo un ligero sabor amargo. Entonces abandonó su tarea y continuó con una mano. Aquel lubricante natural le empapó la mano y se extendió por toda la longitud.
– ¡Bill! – exclamó mordiéndose los labios.
El aludido sonrió y volvió a probar con la lengua la punta del miembro de su amante mientras bajaba la mano hacia la entrada del moreno. Acarició con la punta de los dedos, esparciendo la sustancia cristalina, dejando brillante la piel a su paso. Engulló de nuevo la hombría del otro a la par que un dedo se internaba en su cuerpo y comenzaba a masajear sus entrañas.
Otra gota de excitación bajó por el pene de Tom y fue rápidamente succionada por los ávidos labios del rubio. Es escalofrío recorrió la espina dorsal del mayor cuando su próstata fue rozada en conjunto con la lengua de Bill haciendo círculos en la punta de su virilidad. Suspiró cuando otro dedo se le unió a su hermano en el jugueteo dentro de su intimidad. Paseó la lengua por sus labios antes de morderlos con deseo.
El menor lamió desde la base y de regreso sin detenerse ahí. El fin de su lengua pasó por su ingle llegó hasta su criadilla. Atrapó uno con los labios y tiró de él. Escuchó al mayor jadear y levantarse sobre sus codos. La caricia de los dedos del otro en su cuero cabelludo le confirmó había encontrado un buen ángulo para observar el espectáculo. Sus dedos salieron y fueron reemplazados por su húmeda y caliente lengua. El agarre a su cabello se afianzó y Tom echó la cabeza hacia atrás en comparación con su cadera, que envió hacia delante.
Bill lamió y succionó aquella zona de la anatomía del moreno hasta que pudo sentir como las piernas del aludido temblaban y pudo oír su respiración entrecortada y aun así acelerada. Levantó la vista y lo primero que pudo divisar fue la hombría de su amante empapada en pre corrida y como Tom lo sujetaba entre sus dedos, subiendo y bajando lenta y repetidamente. Su mano fue hasta su propio miembro, duro y goteante, falto de atención. Lo envolvió y comenzó a masturbarse mientras volvía a repartir besos por todo el cuerpo de Tom. Desde su ingle, pasando por su vientre bajo, su estómago, su pecho… Se detuvo a lamer por unos segundos uno de sus erectos pezones y luego acarició de nuevo con la punta de su lengua todo el camino hasta su cuello. Dejó un casto beso y luego mordió suavemente, solo para pegar de nuevo los labios y no separarse hasta que en la piel ligeramente bronceada del moreno apareció una marca roja por los bordes y lila en el centro. Subió hasta su oído y mordió el lóbulo.
– Tom… – susurró, arrastrando su nombre.
Le miró a los ojos. Ambos perdidos en la intensidad del momento, ardiendo en lujuria. Y detrás de esa capa de deseo estaban escondidos todos los sentimientos, dichos y no dichos. Sonrió y el mayor le regresó el gesto. Cerró los ojos y le beso. Sus lenguas comenzaron una danza por el control dentro. Tom dejó de darse placer él mismo y sujetó a Bill por la cadera, haciendo que este también soltara su virilidad; le atrajo hacia sí mientras abría las piernas para darle espacio. Sus erecciones se encontraron y el rubio comenzó un vaivén lento y agónico en tanto que devolvía sus labios al cuello de su amante. Éste bajó las manos hasta el trasero del menor y le empujó contra su cuerpo, haciendo más recio el roce.
– Bill… – ronroneó en su oído antes de morder la prominencia de su oreja y suspirar, incitando al rubio a internarse en su cuerpo.
El aludido sonrió, cómplice y tomó una de las piernas de Tom por la rodilla, apoyándola en su propio hombro momentos después. Masajeó su pene unos segundos, extendiendo el pre semen. Colocó la punta en la entrada del mayor y comenzó a empujar lentamente, ayudándose con su mano. El moreno resopló cuando sintió el borde claramente tocando su punto máximo de placer y gimió cuando su amante terminó por penetrarlo de golpe, llegando profundo en su cuerpo.
Bill comenzó a menearse hacia atrás y hacia delante, sujetándose del tobillo de Tom, que colgaba en su hombro. Su cadera comenzó a chocar contra los glúteos del mayor conforme la penetración se volvía fluida. El ambiente se llenó del ligero sonido chapoteante de las embestidas y de los gemidos de ambos. Tomó la otra pierna del moreno y la subió también al mismo lugar que la otra. Apoyó los puños en el lecho e impulsó solamente su cadera, arrancándole suspiros a su amante. Aceleró los movimientos en tanto que separaba más las piernas del mayor al sujetarlas por las rodillas.
Tom gemía debajo de su cuerpo. Sus manos libres lo ponían nervioso. Llevó una al cuello de Bill, en el que una arteria era visible. La otra abrazó su pene y comenzó a acariciarlo de arriba abajo. El rubio cambió el ritmo. Casi salió de su cuerpo y luego se internó de golpe. El mayor gimió y brincó ante tan rudeza. Bill volvió a hacerlo otra vez y otra y otra. Tom cerró los ojos con fuerza y apretó los dientes. Era demasiado para él. El ruidoso sonido que producía el rubio al chocar contra su cuerpo era claramente audible en toda la casa.
Súbitamente hubo de nuevo otro cambio. La velocidad regresó y el miembro de Bill no se había adentrado totalmente en el cuerpo del otro, cuando ya estaba fuera de nuevo. Cada movimiento le robaba el aliento al moreno y después de unos momentos ya no podía respirar. Sentía que iba a explotar y al mismo tiempo sabía que no lo haría, pero dejaría salir un alarido que probablemente despertara a los niños. Comenzó a reírse con los ojos cerrados. El rubio se detuvo, dejando toda su hombría dentro.
– ¿Qué te resulta… tan gracioso? – cuestionó entre jadeos. Dejó que las piernas del mayor descansaran envolviéndose en su cintura.
– Ella… ella no pudo probar esto – se rio de nuevo cuando terminó de decirlo. – Nadie jamás lo hará nunca – dijo posesivamente antes de abrir los ojos y tirar de Bill por el cuello para estampar sus labios. Una vez más sus lenguas danzaron dentro.
– Así es… yo soy tuyo – comentó Bill al separarse – Esto es tuyo – lanzó la cadera hacia atrás y lo penetró de golpe. Tom frunció el ceño mientras abría lo labios, disfrutando de la sensación.
– Espera – pidió antes de que el rubio siguiera amándolo de esa forma.
Se arrastró hacia atrás. Rompiendo la penetración. Bill le miraba, confuso. El moreno dio la vuelta y lo tumbó boca arriba, luego fue el mismo quien se hincó y le dio la espalda. Se sentó sobre su cadera y entonces el rubio comprendió qué hacía. Tom tomó la hombría del menor y comenzó a introducirla de nuevo, mientras que el rubio le tomaba por detrás de la cadera.
Ambos suspiraron cuando estuvo totalmente dentro. El moreno buscó a tientas apoyó detrás de él y colocó las palmas abiertas sobre las sábanas. Comenzó a bajar y subir rápidamente. Sus gemidos no tardaron en escucharse de nuevo. De aquella forma su próstata era estimulada con cada intromisión. Bill sujetó la cintura de su amante para impedirle todo movimiento y él mismo empezó a subir la cadera en embestidas profundas y rápidas. Tom jadeó, sorprendido y llevó una de sus manos hasta su miembro, para atenderlo adecuadamente.
– ¡Oh Dios…!
Jadeos comenzaron a llenar su garganta. Estaba por correrse, estaba seguro, el pinchazo en la ingle se lo indicaba. Sorpresivamente de un momento a otro estaba de nuevo con la espalda contra la sábana. Bill le miraba desde arriba con una sonrisa.
– No podía ver tu rostro – se explicó antes de volver a moverse.
Tom dejó ir su cabeza hacia atrás mientras sacudía su miembro y el rubio se adentraba profundo en sus interiores. Sus piernas colgaban a ambos lados de la cintura del menor, moviéndose al ritmo de las embestidas.
– ¡Me vengo! – gritó el moreno sin dejar de acariciarse.
Miró a su entrepierna mientras la primera salpicadura salía de su virilidad y terminaba esparcida por su pecho. Apretó los labios fuertemente para no gemir en tanto que su semilla terminaba de diseminarse.
Bill continuó con las embestidas unos momentos más, pero ver a su amante toqueteando aquel líquido blancuzco terminó por gatillarlo. Abandonó el cuerpo de Tom y continuó estimulándose con una mano, ahí en la ingle del mayor. Su cuerpo se liberó y chorreó sobre el vientre del moreno. Pronto había un pequeño charco de semen en su ombligo.
Ambos quedaron jadeantes. El menor sosteniéndose por encima de su gemelo, y éste mantenía una mano en su frente.
– Te amo, Tom – anunció el rubio con toda la sinceridad del planeta.
– Yo también te amo – contestó el mayor sonriendo ligeramente. Juntaron los labios una vez más, esta vez en un beso suave y satisfecho. – Debo ir a lavarme – dijo, ensanchando la sonrisa.
Bill se apartó y Tom pudo ponerse de pie. Tomó el pedazo de tela que ocupaba para amarrarse el cabello y sus costillas se marcaron en su pecho cuando se estiró para hacerlo. El rubio le observaba como si fuera a dedicarle un altar.
– No lo entiendo – dijo de pronto. El moreno le miró confundido, bajando las manos. – Cómo pude fijarme en otra persona, si tú eres realmente sexy? – Paseó la mirada por su cuerpo. ¿Se habría dado cuenta Tom de que el esperma había bajado por sus abdominales y se perdía en su ingle?
– Eres imbécil – el mayor encogió los hombros y se anudó alguna tela a la cintura. Luego bajó por las escaleras.
Bill rio y le siguió, después de todo también necesitaba lavarse, además de que tenía hambre.
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Después de haberse despojado del sudor y demás sustancias entraron a la cabaña de la mano.
– ¿Tienes hambre? Porque yo sí, y mucha – dijo Tom, buscando algo que comer con la mirada.
– Puedo traer algo rápido – sugirió el rubio.
– No. Encontré lo que buscaba – se dirigió a una esquina y tomó un mango que él mismo había dejado ahí.
– ¡No te comas eso! Lleva varios días ahí. Míralo – la fruta tenía manchas negras en su cáscara. El moreno la examinó, pero se encogió de hombros, la peló y le dio un buen mordisco. Hizo una ligera expresión de asco.
– No tiene tan buen sabor – se quejó.
– Entonces ya no la comas.
– ¡No! No dije que supiera mal, solo que… no era lo que esperaba.
Bill le miró con una ceja alzada, pero rodó los ojos y le dio por su lado. Salió unos minutos a buscar alguna otra cosa y cuando volvió el mango ya no existía y Tom estaba comiendo su usual mezcla de yuca, coco, miel y lo que quisiera agregarle en realidad.
– ¿¡De dónde sacaste eso!?
– Estaba guardado – dijo con indiferencia y señalo un «mueble» detrás de él. Siguió comiendo.
– ¿Pero a ti qué te sucede? – comentó extrañado.
Tom bufó con fastidio y dejó la cucharada de comida que estaba por llevarse a la boca.
– Estoy feliz, Bill. Nos peleamos por un tiempo. La peor pelea que hemos tenido en mucho tiempo por un estúpido error tuyo, que he decidido perdonar ¿y no puedo estar feliz? – le miró entre enojado e incrédulo.
– ¡No! Es solo que… No, nada – negó. – Me alegro de que podamos vivir como solíamos. Sé que será difícil superar por completo lo que pasó, pero podremos hacerlo.
– Sí – contestó rápidamente el moreno sin verle siquiera. Solo estaba concentrado en comer.
Bill le miró, totalmente confundido una vez más. No era como si lo hubiera superado, o estuviera feliz… era como si algo directamente en su cerebro hubiera cambiado al reconciliarse con él.
Después de comer subieron a dormir. Quitaron la sábana que habían usado y colocaron otra. Tom se recostó de lado, dándole la espalda al menor. El rubio se acercó tímidamente y le pasó una mano por la cintura. El mayor dudo pero colocó la suya sobre la de su amante. Entrelazaron los dedos y comenzaron a quedarse dormidos.
– Mañana es el cumpleaños de Gordon – dijo el moreno, adormilado.
– Lo sé – respondió antes de dormirse.
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– ¡Papi!
Bill se despertó sobresaltado y miró a su lado. No había rastro de su gemelo. Miró al frente. David estaba observándole con urgencia.
– ¿Q-qué pasa? – cuestionó, confundido aun. ¿Por cuánto tiempo había estado llamándole?
– ¡Mi papi está vomitando! – dijo apresurado y bajó las escaleras.
El rubio frunció el ceño ¿vomitando? Se puso en pie y vistió lo primero que vio. Bajó rápidamente y salió de casa. Ahí a lo lejos, por la derecha, en las piedras que colindaban con el agua, estaba Tom inclinado, visiblemente vomitando.
– Cuida a tu hermano – anunció antes de salir disparado en su dirección.
Estaba a unos metros cuando el mayor se puso de pie, jugueteando con agua salada limpia en su boca para eliminar todo rastro.
– ¿Estás bien? – se acercó y acarició su hombro.
– Sí – contestó después de tirar el agua. Fruncía el ceño. – Debí hacerte caso ayer. Ese mango no sabía nada bien.
– ¿¡Entonces por qué lo comiste!?
– Porque realmente quería hacerlo – lo miró como hubiera sido la mejor idea y ahora se lamentara por ello.
– Bueno, ya no importa – sacudió la cabeza, tratando de olvidar a qué le recordaba eso. – Regresemos – le tendió su mano y Tom la tomó gustoso.
David hacía caras graciosas frente a Gordon, que lograba decir una que otra palabra entre su balbuceo mientras aplaudía. El mayor de ambos vio a sus padres regresar juntos y tomados de la mano. Una enorme sonrisa surcó su rostro y fue corriendo hasta ellos.
– ¿¡Ya no están peleados!? – fue lo primero que dijo, sin poder contener su emoción.
– Aún tengo mis dudas – bromeó el mayor, mirando al menor con mirada afilada.
– No, David. Ya no lo estamos – anunció con una sonrisa, robándole una también a su gemelo.
– ¡Bien! – El pequeño gritó y aplaudió, visiblemente feliz.
Tom cargó al menor de sus hijos y jugó con él en el aire.
– ¡Hoy es el cumpleaños del pequeño Gordon! – Reveló, provocando que David formara su típica O con los labios. Había celebrado el año anterior, pero no recordaba el día.
– ¿¡Qué vamos a hacer!? – Juntó los puños sobre su sonrisa.
Sus padres sonrieron, un poco nerviosos. En realidad no habían pensado en eso.
Terminaron llevándolos a jugar a la laguna después de desayunar. Ambos niños sabían nadar y no había otra cosa que adoraran más que hacerlo. David quiso saltar del acantilado y aunque sus padres no le dejaron por obvias razones, sí puedo lanzarse desde mucho más abajo, a tan solo unos metros del agua. El pequeño estuvo fascinado y lo repitió junto con Bill. Gordon por el contrario, se mantenía prendado del cuello de Tom. Ambos reían cuando el mayor se sumergía unos segundos y salían empapados. También lo soltaba a veces y se alejaba unos pasos, para que el niño pudiera nadar por sí solo.
Estuvieron todo el día ahí. Después de comer algo rápido se recostaron sobre la suave y verde hierba y durmieron un poco. David abrazaba a Tom y Gordon se quedó dormido sobre el pecho del rubio. Regresaron cuando el sol comenzó a ocultarse pero no por eso dejó de ser divertido.
Bill comenzó a tocar algunas canciones en su zampoña y Tom bailó con ambos pequeños. No un baile serio, como el que Vanessa les había enseñado, sino su baile tradicional. Cuando los pequeños de aburrieron, Bill les mostró como hacer un bote, con junco y con la mitad de un coco también.
Llegó la hora de la cena y todo transcurrió tranquilamente. Tom se recostó con ambos niños al mover la mesa y comenzó a narrarles algún poema. Bill estaba sentado en el otro extremo de la sala, sonriendo dulcemente. En realidad esos días, separado del otro habían sido lo peor. Se había sentido miserable y solo. Pero si Tom había decidido no dejarse vencer por los problemas y ponerse en pie, él también lo haría. Podrían superar aquello y llegar, uno a dejar de sentirse culpable y el otro, a dejar de sentirse dolido.
– Se quedaron dormidos – escuchó la voz del mayor, que interrumpía sus cavilaciones. Se adelantó y tomó a David con cuidado.
– Lo llevaré a su habitación – salió con el pequeño en brazos y lo situó en su camastro. Donde pegó las manos a su pecho sin despertar. El rubio sonrió y dejó un beso en su frente antes de cubrirlo con la sábana y salir.
Al regresar notó que Gordon ya estaba en su cuna, que pronto iba a quedarle pequeña. Podía escuchar a Tom arriba.
El moreno, de rodillas, desataba su cabello para dormir cuando sintió una caricia en su hombro. Miró hacia atrás, topándose con Bill.
– ¿Qué pasa? – Se viró por completo, quedando cara a cara con su amante.
– Yo… quería darte algo – extendió titubeante la mano y al abrir su palma pudo observar un brillo blanco.
– ¡Mi perla!
Bill la había vuelto un anillo de nuevo.
– ¿Puedo? – Miró al otro a los ojos.
Tom apretó el puño unos segundos y luego abrió su mano con un suspiro. El anillo entró por su dedo anular izquierdo. Sonrió, lo había echado en falta. Miró a Bill y se acercó para abrazarlo fuertemente. Juntaron sus frentes, sonriendo y se besaron.
– Te amo – susurró el rubio.
– Te amo.
Se tendieron sobre el lecho y esta vez fue Tom quien buscó la compañía del menor. Tomó su mano y se abrazó a sí mismo con ella. Bill sonrió y dejó otro beso en su hombro. No tardaron en caer en un profundo sueño.
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Tom abrió los ojos. La luz cegadora le dañó un poco la vista. Parpadeó un par de veces para aclarar la mirada. Estaba en la playa. ¿Qué diablos hacía en la playa? Hacía un segundo estaba durmiendo con Bill. Miró a lo lejos mientras se cubría los ojos con la mano para hacer sombra y poder ver bien. Allá, al oeste había tres pequeños niños jugando con la arena. Eran rubios, pudo saberlo de inmediato, pero no podía mirar sus rostros.
– ¡David, Gordon! – Llamó, seguro de que eran sus hijos. ¿Quiénes más iban a ser si no?
Las criaturas parecieron no percatarse de su llamado. Seguían jugando, pero… ¿quién era ese tercer niño?
De repente, uno de ellos dejó la arena y abrazó a los otros dos. Parecían tristes. Se levantó y comenzó a caminar hacia el linde de la selva. Al llegar tomó la mano de alguien, alguien que Tom sí pudo reconocer.
– ¿¡Abuelo!? – Quiso correr en su dirección, pero otra figura, al lado del mayor le interrumpió. – Señor Jost…
Ambos parecieron no darse cuenta de su presencia. El pequeño se despidió de los otros agitando su mano y luego tomo con ambas la de los mayores. Se internaron en el bosque y todo comenzó a nublarse, como si viniera una tormenta demasiado rápido.
De pronto, cuando el pequeño desapareció, Tom se sintió vacío. Había comenzado a llover y de tan cerrada que era la lluvia ya no podía ver a los dos niños faltantes. De hecho ni siquiera podía asegurar que existieran. Había estado tan seguro al verlos y ahora… ahora estaba seguro de que no estaban.
Miró a su alrededor. Bill tampoco se encontraba ahí. Estaba solo. Comenzó a llorar.
– Tom – escuchó al rubio detrás de sí. Se volvió. Ahí estaba, tendiéndole la mano y sonriendo.
En cuanto tomó su mano dejó de llover y el sol volvió de inmediato. Se dio la vuelta, queriendo comprobar si seguían ahí… ¡Ahí estaban! Jugando todavía y felices. Eran solo dos, pues el tercero había ido con sus seres queridos, ¡pero ellos estaban bien! Abrió la boca para llamarlos de nuevo.
– Papi.
Se giró rápidamente. Ahí estaban sus hijos. David y Gordon sujetando las manos de Bill. ¿Entonces…? Miró a lo lejos de nuevo. Ahí seguían y esta vez miraron a Tom.
Sus ojos se abrieron. ¡Eran ellos! ¡Bill y Tom! ¡De pequeños! Sus rostros lucían exactamente igual. Lo saludaron con un cariño enorme en los ojos. Volteó a ver a Bill, que a comparación de él, que llevaba la confusión en el rostro, el rubio estaba radiante de alegría, igual que sus hijos.
¿¡Qué demonios estaba sucediendo!?
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Despertó sobresaltado. Se sentó en un acto reflejo de escapar del sueño. Sudaba y jadeaba, todavía asustado. Miró al balcón, aún estaba oscuro. Bajó la vista. Bill dormía todavía. Suspiró, tranquilizándose. Había sido un sueño, ¿pero qué había querido decir? Apartó la sábana que lo cubría y que se le pegaba a la piel, producto del sudor. Se anudó a un lado de la cintura cualquier prenda. Ató también su cabello. Se volvió para bajar las escaleras. Tomaría un poco de aire.
Bajó peldaño a peldaño y cuando faltaban tres para llegar al suelo, una muy familiar e incómoda sensación le azotó. Su mano se aferró con fuerza a uno de los peldaños, de otro modo habría ido a parar al suelo, más de un metro abajo, debido al enorme mareo que le difuminó los bordes de la visión e hizo que todo diera vueltas. Parpadeó repetidamente para que la sensación se fuera, pero al ver que no había mejoría cerró los ojos y contó lentamente hasta diez, mientras respiraba profundamente, como sabía ya que se hacía. Abrió los ojos. Poco a poco los bordes de su vista fueron tomando forma y las cosas dejaron de moverse. Apoyó la frente en su antebrazo y suspiró. Terminó de bajar y al darse la vuelta se topó con el gran espejo sobre el «tocador». Su corazón fue acelerándose conforme se acercaba.
Examinó su cuerpo centímetro a centímetro de la cabeza hacia abajo. Cuando llegó a su vientre frunció el ceño. Sus ojos ya tenían lágrimas, pero ni siquiera se había dado cuenta. Estaba hinchado. No mucho, claramente, pero las líneas me marcaban su abdomen no estaban tan claras como podría haber asegurado. Se puso de perfil. El corazón le martilleaba en los oídos. Contuvo el aire y sumió el estómago.
– ¡Oh…!
Una lágrima cayó por su mejilla cuando la pequeña barriga no desapareció. Extendió una mano hacia el frío cristal. Temblaba. Toco su vientre en su reflejo y el corazón le dio un vuelco… Al igual que otra cosa.
Unas nauseas enormes le azotaron la boca del estómago. Se cubrió la boca y salió corriendo de la casa. Debía vomitar.
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Bill suspiró pesadamente y abrió los ojos. Los talló y miró a su lado. Tom no estaba, de nuevo. Miró hacia afuera. Aún era de noche, podía ver las estrellas.
– ¿Tom? – Se sentó y se desperezó. – ¿Estás abajo?
Al no recibir respuesta se enfundó su taparrabos y bajó las escaleras. Miró la oscura estancia. No había rastro de su gemelo. Miró a Gordon, que respiraba acompasadamente con sus ojitos cerrados. Las largas pestañas castañas los enmarcaban. Sonrió por un segundo y salió. Miró en la habitación de David, pero no encontró más que al niño enrollado en su sábana sin orden alguno. Otra sonrisa marcó su rostro.
Abandonó la esperanza de que estuviera en la casa, así que bajó a la playa. Afiló la mirada para buscarlo entre la oscuridad reinante, solo iluminada vagamente por la luna en cuarto creciente. Lo halló allá en el oeste. Estaba sentado sobre la arena y abrazaba sus piernas mientras veía el mar.
– ¿Tom? – Dijo en voz baja y comenzó a caminar en su dirección.
El moreno pareció estar enfrascado en sus pensamientos, pues no se percató de la presencia de Bill hasta que estuvo a su lado.
– Tom – repitió.
El aludido lo miró, sorprendido de que no se encontrara solo.
– Ah… Bill – titubeó y miró al mar de nuevo.
– ¿Estás bien? – Le tendió una mano, que fue tomada de forma vacilante. – ¿Qué sucede?
Tom se puso en pie con ayuda del rubio y no soltó su mano, pero bajó la mirada.
– Tengo… Tengo algo que decirte.
– Pues dímelo – el rubio buscó su mirada agachándose un poco, pero el mayor la rehuía.
– Sé que es imposible, – comenzó y mordió sus labios – pero… – le miró directamente a los orbes que eran iguales a los suyos. – Estoy encinta… – Bill abrió mucho los ojos – de gemelos – el rubio los abrió mucho más.
– ¿C-cómo lo sabes? ¿Estás seguro? Es decir, tú dijiste… – dijo atropelladamente, totalmente sorprendido e incrédulo.
– ¡Se lo que dije! – Frunció el ceño, interrumpiéndolo. – Pero… – no podía explicarlo. Simplemente no sabía cómo
En un principio eran tres. El golpe de Robert había sido suficiente para perder a uno, pero no tanto para hacer perecer a los tres. Eso era lo que Tom había sentido. Perder a un hijo no había sido fácil. Cuando murió, su cerebro bloqueó todo síntoma que pudiera recordarle conscientemente que uno había muerto. Eso sumado a la pelea con Bill por no saber qué había sucedido, había terminado por enterrar todo posible signo de su mente consciente, pero ellos habían seguido ahí. Al perdonar a Bill y sentirse seguro y amado había gatillado que su cerebro volviera a ordenar a su cuerpo que presentara síntomas de golpe. ¿El cerebro humano podía hacer eso? Sí, podía y lo había hecho.
– No importa la explicación. Bill… Estoy seguro… Estamos esperando gemelos – miró la expresión totalmente en shock del menor.
Love always comes as a surprise
– ¡TOM! – Gritó de repente, asustando al moreno, totalmente feliz.
De pronto los brazos del rubio rodeaban al mayor con fuerza. Lo retuvo unos segundos y al separarse besó sus labios y sus mejillas y su nariz y su frente… Besó todo aquello que estuvo a su alcance sin borrar la sonrisa en su rostro.
– ¡Te amo! Te amo. Te amo. Te amo… – decía con cada beso.
Tom comenzó a reír, tratando de quitárselo de encima.
– ¡Ya! ¡Detente! – gritaba entre risas.
– ¡No quiero! – Le gritó, pero se separó y comenzó a correr por la playa.
Tom rio por su tontería. Estaba feliz. Completamente feliz. Si bien uno de los tres pequeños que esperaba se había ido, estaba en el cielo con su abuelo y el señor Jost. Eso no lo alegraba, pues prefería tenerlo consigo, pero tampoco lo entristecía, no más.
– ¡¡Seré padre de nuevo!! – Vociferó.
No se sentía más solo o incompleto. Solo sentía dicha. Y la razón de por qué reaccionaba así la tercera vez que sería padre, era prácticamente porque la primera vez él descubrió lo que sucedía. La segunda fue una sorpresa. Esta vez había sido Tom quien le dijera que esperaban, y eso era fantástico.
– ¡Vas a despertar a los niños! – Le riñó con una sonrisa.
– Que lo hagan, quiero ver la reacción que ellos tengan – dejó su cabriola y se acercó a su amante.
Junto de nuevo sus frentes y lo tomó de la cintura, acariciando su piel con los pulgares. Ahora que lo pensaba, sí que era evidente. Más al ser dos.
– Te amo – repitió y lo besó.
Tom contestó con una risa. No tenía por qué responder. El rubio ya sabía la respuesta.
– ¿Bailamos? – Preguntó el menor y sin esperar respuesta comenzó a girar.
– ¡Espera! ¡No, Bill! – ¿Cómo decirle que cada vuelta lo mareaba de sobre manera? Ya no revolvían su estómago, porque lo había vomitado todo rato antes. Pero oscurecían su visión.
– «¡Y todos se caen!» – Canturreó y se soltó, cayendo sobre la arena carcajeándose.
Calló cuando se percató de que reía solo. Miró a Tom, que se tambaleaba con expresión mareada. Trataba de mantener los ojos abiertos, pero finalmente su cerebro hizo su trabajo. Cerró los ojos y se fue de lado.
– ¡Mierda! – Bill corrió a su lado y alcanzó a tomarlo en brazos antes de que diera contra la arena. – ¡Lo siento Tom! – Pero este colgaba de sus brazos, totalmente inconsciente. El rubio comenzó a reír sin poder evitarlo. Era gracioso porque tendrían que lidiar con síntomas doblemente efectivos.
Fue hasta la casa riéndose. Se echó al moreno sobre el hombro y subió las escaleras como pudo y lo tumbó sobre la cama, arropándolo. Lo admiró unos minutos. Le amaba. A él, a David, a Gordon y a los bebés en camino. En ese momento le pareció que su vida era perfecta. Se inclinó y dejó un beso sobre la frente de su amante. Echándose a su lado después. Le abrazó y se quedó dormido con una sonrisa en sus labios.
Más tarde, se levantó antes de que el sol saliera. Quería preparar un buen desayuno que le salvara de la reprimenda que el mayor seguro tomaría contra él.
La riña llegó, por supuesto. Supo que Tom estaba despierto en cuando escuchó su nombre en una voz demoniaca, o al menos eso le pareció a él. Sin embargo, solo le pidió que no volviera a hacerlo en cuando vio la comida que le esperaba.
David reaccionó igual que Bill ante la noticia. Su boca se abrió en la O más grande hasta el momento y aplaudió. Brincó por todos los lados. Tendría más hermanitos (o hermanitas) con las qué jugar.
Gordon no comprendió del todo bien lo que se le había dicho, pero también aplaudió y rio.
La vida siguió como siempre. El asunto con Vanessa quedó olvidado por completo… hasta que tres meses después de reconciliarse, un arco arribó a la costa. El capitán Jacob llegó contento hasta ellos. Simplemente había ido a visitarlos y así pudieron enterarse de que Vanessa había huido con alguien de nombre Nícolas, también estaba embarazada y el chico, que a primera vista había aparentado ser de mala fe, realmente era un chico muy atento, así que la trataba bien, aunque ella habría preferido al chico malo. Los felicitó por los nuevos habitantes y los invitó a ir con él de regreso a la civilización. Prometieron pensarlo, pues no olvidaban que tenían un hogar al cuál llegar. Una playa privada comprada por su abuelo, en la que serían solo ellos. Aunque era un tema realmente a tratar. El capitán los siguió visitando seguido.
Tom amenazó con matar de nueva cuenta a Bill cuando llegó el momento de sacar a los gemelos. Sin embargo, muy como con David, no sucedió nada malo y Tom se recuperó pronto. A los pequeños no se les permitió estar presentes, pues habrían quedado traumados de por vida. Subieron al norte y jugaron un poco con «los otros», quienes habían jurado jamás lastimar a los gemelos, a sus hijos o a los hijos de sus hijos. Nunca a nadie que tuviera que ver con ellos. Los nuevos bebés resultaron ser varones y recibieron por nombre Jacob y Christopher, en honor al capitán.
No les fue tan difícil cuidarlos a todos. Bill se encargó de cuidar a David y a Gordon mientras Tom batallaba con los gemelos, pero aprendieron pronto el método para no descuidar a alguno y darle la misma atención a todos.
La casa tuvo que ser cambiada de nuevo con una habitación para Gordon cuando este cumplió cinco años. Y él era tan inteligente como David cuando tenía su edad. Esperaban que no les hiciera pasar los mismos sustos que su hermano.
Cuando David cumplió 7 años el capitán volvió a aparecerse por ahí, como cuatro meses atrás. Y confirmó que su vivienda estaba en perfectas condiciones. Se había dado a la tarea de buscar a sus padres. Su madre vivía en la casa de la playa, con el pequeño Gabriel, también de siete años. Se había divorciado de nuevo. De su padre nada sabía. Entonces les volvió a proponer que fueran con él. Dio de plazo un año.
Ellos lo pensaron, y lo pensaron mucho pero no hablaron realmente de ello. No hasta que faltaba un solo mes para que Jacob regresara. Entonces se sentaron a hablar Bill, Tom, David y Gordon sobre qué era lo mejor. Todos estuvieron de acuerdo y cuando el capitán llego, ya tenían una sólida respuesta. Había sido lo que creyeron mejor, y quien sabe… Tal vez sí lo fue.
F I N
Administración: Muchas gracias por la visita y gracias a la autora por compartir su obra con nosotros en esta plataforma. Y ahora, te invitamos a dejar un comentario.
Son las 3:22 am en Chile y me terminó de leer está hermosa historia casi de corrido xq temas de trabajo pero me encantó 🥰🥰🥰 puro varoncitos q buena genética ☺️☺️. Ojalá hay una 3° ?? Temporada…sería la más feliz.