Secretos de mi memoria 2

Fic TOLL de Beth

Capítulo 2

​El trayecto de regreso a casa fue un borrón de luces de la ciudad y rostros anónimos. Conducía mecánicamente, pero mi mente seguía anclada en aquel salón de clases, en la mirada de Melody y en esa firma que había actuado como una llave maestra, abriendo compuertas que juré mantener cerradas.

Al llegar, el silencio de la casa me recibió como un bálsamo. Jessica no estaba; probablemente seguía en la otra galería ultimando detalles de la próxima exposición.

Era el momento.

​Subí a mi estudio, ese lugar que todos respetaban como mi santuario de trabajo, pero que escondía algo más. Me acerqué al librero de roble oscuro, moviendo tres tomos específicos de arquitectura clásica para revelar un teclado numérico oculto tras el lomo de un libro falso.

Marqué la clave que solo yo conocía ,la fecha en que lo vi por primera vez  y, con un chasquido casi imperceptible, el estante cedió, revelando una pequeña estancia oculta.

​Entré y cerré tras de mí.

En ese lugar de recuerdos, el aire olía a papel viejo y a un tiempo que ya no existía.

Me acerqué al mueble de caoba y saqué la caja de madera.

En la tapa, grabada a mano con un pirógrafo, estaba la misma firma que Melody había trazado hoy: una estrella pero esta de cuatro puntas y la «B» entrelazada.

​Me senté en el sofá de cuero, con las manos temblorosas, y abrí la caja.

Las fotografías, algo desgastadas por los años y el tacto constante, me devolvieron la vida que me habían robado.

​—Bill… —susurré, y el nombre se sintió como una oración prohibida.

​Nuestra historia no empezó con un gran estallido, sino con el descubrimiento lento de que éramos dos mitades de un mismo alma. Teníamos quince años cuando el mundo dejó de ser un lugar ajeno para convertirse en nuestro escenario privado.

Bill era lo más precioso que mis ojos habían contemplado jamás; era una criatura de luz, de cabello rebelde y ojos que parecían contener todas las galaxias que yo aún no me atrevía a explorar.

​Él era mi mejor amigo, mi confidente, y pronto, mi todo.

Recuerdo las tardes de verano escondidos en el ático de su casa, escuchando música a bajo volumen para que nadie sospechara que nuestras manos estaban entrelazadas bajo las sábanas.

Vivir todo eso con él era como vivir en medio de un relámpago constante: intenso, peligroso y cegadoramente hermoso.

Me enamoré de su forma de reírse de las convenciones, de su valentía para usar delineador negro en un mundo que exigía uniformidad, y de la dulzura con la que pronunciaba mi nombre.

​Para mí, Bill no era solo un chico; era el estándar por el cual mediría la felicidad el resto de mi vida. Todo lo que viví con él tenía un color más brillante.

Cada escape a medianoche, cada promesa susurrada en la oscuridad, cada vez que nos defendimos del mundo exterior que empezaba a mirarnos con sospecha.

​Pero el recuerdo que más quemaba en mi memoria, el que guardaba como el tesoro más sagrado en el fondo de esa caja, fue la noche en que Bill decidió entregarme todo de sí.

Teníamos diecisiete años y la tormenta de afuera no era nada comparada con el incendio que sentíamos por dentro. Fue en una pequeña cabaña cerca del lago, un lugar que sentíamos nuestro.

​Recuerdo la suavidad de su piel bajo mis dedos, la forma en que temblaba no de miedo, sino de una entrega absoluta.

Bill se me entregó íntimamente con una confianza que me hizo sentir el hombre más poderoso y, al mismo tiempo, el más pequeño del planeta.

Ver su vulnerabilidad, sentir su respiración fundiéndose con la mía y saber que en ese momento no había secretos, ni padres, ni juicios… ahí fue cuando mi amor por él trascendió lo humano. En esa unión, Bill no solo me entregó su cuerpo; me entregó su esencia, sus miedos y su futuro.

​Me enamoré de él de una forma que no tiene retorno.

Después de esa noche, ya no había un «yo» sin un «él».

Cada centímetro de su ser se volvió mi mapa, mi religión. Él era la obra de arte más perfecta que jamás pasaría por mis manos, y yo juré proteger esa luz con mi vida.

​Pasé la yema del dedo sobre una foto donde él salía desprevenido, mirando al horizonte con esa expresión melancólica que Melody había heredado sin saberlo.

Cerré los ojos, tratando de invocar el calor de su abrazo en medio del frío invierno alemán.

​—¿Por qué ahora, Bill? —le pregunté a la fotografía—¿Por qué enviaste a esa niña a recordarme que sigo siendo un fantasma en mi propia vida?

​Guardé la foto con cuidado, pero el peso en mi pecho no disminuyó. Saber que él estaba en algún lugar, que su apellido seguía vibrando en el aire a través de su sobrina, era una tortura y un milagro al mismo tiempo.

Mis padres creyeron que el alejarme me curaría, que Jessica me haría olvidar.

Pero mientras miraba aquella caja de madera, me di cuenta de que Alemania solo había sido una sala de espera.

Mi corazón se había quedado en aquel lago, a los diecisiete años, en los brazos de Bill Kaulitz.

El ambiente en la habitación secreta cambió de inmediato.

El sonido de la puerta principal cerrándose y el eco de los tacones de Jessica sobre el parqué de la entrada rompieron el hechizo de nostalgia.

​—¡Tom! ¿Estás arriba, cariño? —su voz, clara y brillante, llegó como una sacudida de realidad.

​El pánico, un viejo conocido, se instaló en mi pecho.

Con movimientos frenéticos pero precisos, devolví las fotografías a la caja de madera, cerrándola con un chasquido que sonó a traición.

Coloqué la caja en su sitio, salí del búnker y presioné el código para que el librero volviera a su posición original.

Me pasé el dorso de la mano por los ojos, borrando cualquier rastro de la humedad que los recuerdos habían dejado, y respiré hondo tres veces antes de salir de la oficina.

​Al bajar las escaleras, la encontré en el vestíbulo.

Jessica sostenía dos cajas de cartón de dimensiones considerables, forcejeando para que no se le resbalaran mientras intentaba cerrar la puerta con el pie.

Sus mejillas estaban encendidas por el frío y el esfuerzo.

​—Déjame ayudarte con eso —dije, bajando los últimos escalones de dos en dos.

​Tomé la caja más pesada de sus brazos. Ella soltó un suspiro de alivio y se apartó un mechón de cabello castaño de la cara.

​—Gracias, Tom. Pensé que mis brazos se rendirían antes de entrar —dijo con una sonrisa genuina.

​—¿Qué es todo esto? ¿Alguna nueva adquisición para la galería?

​—No exactamente —respondió, dejando la otra caja sobre la mesa del comedor—Compré material extra: lienzos, pinceles, incluso algunos juegos de carboncillo profesional. Es para los chicos de tus clases. Sé que algunos no tienen los medios para comprar materiales de calidad, y no quiero que eso limite su talento.

​Me quedé en silencio un segundo, conmovido por su generosidad desinteresada.

Jessica siempre pensaba en los demás de una forma que a mí me costaba, absorto como estaba en mi propio laberinto interno.

Me acerqué a ella y le di un beso en los labios, un gesto de agradecimiento real por la mujer que intentaba, día a día, hacerme un hombre mejor.

Ella sonrió tímidamente, con ese brillo de satisfacción en los ojos que solía darme paz.

​Más tarde, durante la cena, el comedor se llenó del aroma del estofado y del sonido de su voz.

Por primera vez en mucho tiempo, me obligué a no solo oírla, sino a escucharla de verdad.

Jessica me contaba los detalles de su día, los problemas con un transporte de obras desde Berlín y sus ideas para la próxima subasta benéfica.

Me resultó extrañamente tierna la forma en que gesticulaba, moviendo las manos con entusiasmo y frunciendo el ceño cuando se ponía seria.

​Pero entonces, el latigazo regresó.

Esa forma de mover las manos, esa manera de inclinar la cabeza cuando intentaba explicar algo complejo… era igual a la de él.

Bill solía gesticular exactamente de la misma forma cuando se emocionaba por una nueva canción o un boceto.

​Sacudí la cabeza levemente, como si quisiera expulsar el pensamiento de mis sienes.

No podía permitir que Bill invadiera también mi cena con mi esposa.

​—¿Estás bien, Tom? —preguntó ella, deteniéndose a mitad de una frase.

​—Sí, Jess. Solo… admirando lo apasionada que eres con tu trabajo —mentí, recuperando el hilo de la conversación—Cuéntame más sobre la logística de Berlín, me interesa.

​Ella continuó, halagada por mi atención inusual. Después, me preguntó por mi primera clase.

Le hablé de los otros diecinueve alumnos, de Lukas y su pulso tenso, de la luz en el salón y de la disposición de los caballetes.

Fui detallista y ameno, pero construí un muro infranqueable alrededor del nombre de Melody.

No mencioné a la jovencita de cabello azabache, ni su apellido, y mucho menos la firma que me había devuelto a la vida.

​Era mi secreto.

El único fragmento de mi pasado que, por ahora, no estaba guardado en una caja de madera, sino que caminaba vivo por los pasillos de mi empresa.

Continúa…

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por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

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