
Fic TOLL de Beth
Capítulo 3
El tiempo en Alemania tiene una forma peculiar de correr cuando intentas ignorarlo; se desliza como agua entre los dedos, constante y silenciosa.
Pasó un mes.
Un mes en el que cada mañana me ponía la misma máscara de esposo devoto y empresario impecable. Las clases en la galería se convirtieron en mi refugio. Ver a Melody cada martes y jueves era una tortura voluntaria; me recordaba a Bill en cada trazo, en cada risa ahogada, pero me obligué a mantener la distancia profesional. Los recuerdos, esos incendios que me consumían por las noches, parecieron entrar en una fase de latencia, como si mi mente hubiera decidido darme una tregua antes de la tormenta definitiva.
Mi vida avanzaba en una inercia perfecta. Georg seguía siendo mi ancla en la realidad, y Gustav, que finalmente se había instalado en Múnich con su familia, traía consigo un aire de normalidad que yo necesitaba desesperadamente.
Estaban planeando mudarse de forma definitiva, lo que significaba que el grupo de mi juventud estaba, de alguna manera, reunido de nuevo. Todo parecía ir de maravilla. En la superficie, yo era el hombre que lo tenía todo.
Sin embargo, la estabilidad es a menudo el preludio del cambio.
Una noche, mientras cenábamos bajo la luz tenue de las lámparas de diseño que Jessica había elegido, el silencio fue interrumpido por algo que no esperaba.
—Tom —dijo ella, dejando su copa de vino sobre la mesa—He estado pensando mucho en nosotros. En el futuro.
—¿El futuro? —repetí. El tenedor se quedó a mitad de camino hacia mi boca, cargado con un trozo de carne que de pronto me pareció de plomo.
—Sí. Creo que estamos en el momento ideal. La empresa es sólida, tenemos estabilidad y… bueno, me siento lista. Estoy lista para que tengamos hijos.
El impacto de sus palabras fue físico. Sentí un vacío en el estómago que se expandió hasta mi pecho. Nunca habíamos hablado de esto con seriedad; era un tema que yo había archivado en el cajón de las «cosas que pasan cuando eres adulto», sin preguntarme si realmente quería que me pasaran a mí. Miré a Jessica, a su rostro lleno de esperanza y amor genuino, y sentí una culpa abrasadora.
Traer un hijo al mundo.
Tal vez eso era lo que faltaba. Quizás un hijo llenaría ese hueco negro que el exilio y el silencio habían dejado en mi alma. Quizás, al convertirme en padre, finalmente dejaría de ser el chico que todavía buscaba estrellas en el cielo de otro país.
—Si es lo que quieres, Jess… yo también estoy listo —mentí, o al menos, intenté convencerme de que no era una mentira.
Ella sonrió con una alegría que me dolió. Esa noche, mientras la abrazaba en la oscuridad, me di cuenta de que estaba intentando usar a un ser humano que aún no existía para tapar las grietas de un matrimonio que, aunque no iba mal, se sentía como una casa habitada por un solo fantasma.
.
-El día de la exposición-
El día de la gran subasta benéfica llegó con la rapidez de un tren bala. Era el evento que Jessica había planeado durante meses: una noche para mostrar al mundo no solo el arte de los grandes maestros, sino el corazón de nuestra galería.
Estaba en nuestro dormitorio, luchando frente al espejo. Mi reflejo me devolvía la imagen de un extraño en un traje de tres piezas.
Mis manos, acostumbradas al grafito y al pincel, se sentían torpes peleando con el nudo de la corbata.
La frustración empezaba a ganar terreno hasta que la puerta se abrió.
Jessica entró radiante.
Llevaba un vestido de seda azul profundo que resaltaba el brillo de sus ojos. Parecía una aparición, la definición misma de la elegancia.
Se acercó a mí sin decir palabra, tomó los extremos de mi corbata y, con una destreza suave, terminó el nudo por mí.
—Estás impecable, Tom —susurró, alisando las solapas de mi traje y acomodando mis trenzas.
—Gracias, Jess. Tú estás… preciosa. Realmente lo estás.
Le sonreí con una gratitud que ella interpretó como amor. Partimos hacia la galería en silencio, tomados de la mano, mientras la nieve empezaba a caer suavemente sobre el parabrisas del coche.
Al entrar en la galería, el estruendo de los aplausos nos recibió.
Los invitados, la élite del arte y los socios comerciales de nuestras familias, nos miraban con admiración.
Éramos el «matrimonio ejemplar»: jóvenes, exitosos, bellos y comprometidos con la cultura. Me sentí como un actor saliendo a escena bajo los focos.
La noche transcurrió entre copas de champán, conversaciones banales sobre técnicas de óleo y discursos protocolarios. Jessica subió al estrado y habló con una elocuencia que cautivó a todos. Habló de la importancia de dar un lugar al arte, de cómo «Der Anker» no era solo un negocio, sino un hogar. Yo la miraba desde un lateral, sintiéndome orgulloso de ella, pero distante de sus palabras.
Entonces comenzó la subasta.
Uno a uno, los cuadros de Jessica se fueron vendiendo por cifras astronómicas. Cada martillazo del subastador era un éxito más para nuestra cuenta bancaria y nuestro prestigio. Yo estaba relajado, hasta que llegó el turno de la última pieza.
—Y para cerrar nuestra velada —anunció el subastador— tenemos una pieza inédita. Una obra que no figuraba en el catálogo original, pero que la señora de la casa ha decidido
incluir como una sorpresa especial.
Dos ayudantes sacaron un lienzo de tamaño mediano cubierto por una tela de terciopelo.
Cuando la retiraron, el mundo se detuvo para mí.
Era un cuadro que yo había pintado en mis primeros meses en Alemania. En él, no había rostros, solo un paisaje distorsionado: un lago bajo una tormenta, donde los colores del agua eran de un azul eléctrico y los árboles parecían manos suplicantes buscando el cielo.
En una esquina, casi imperceptible, había dibujado una pequeña estrella de cuatro puntas oculta en la textura de una roca.
Ese cuadro era mi dolor hecho óleo. Lo había pintado pensando en Bill, en nuestra última noche, en la desesperación de ser arrancado de su lado.
El shock me dejó sin habla.
Me acerqué a Jessica, que estaba a mi lado sonriendo a los invitados.
—¿Por qué está ese cuadro ahí, Jessica? —le pregunté en un susurro cargado de urgencia—Sabes que ese no debía salir de mi estudio.
Ella me miró con los ojos muy abiertos, dándose cuenta por primera vez de mi agitación. Su expresión cambió de la confusión a la preocupación absoluta.
—¡Oh, Dios mío, Tom! Lo siento tanto… Con todo el estrés de la organización, los asistentes deben haberlo tomado por error de la sección de «obras terminadas». No me fijé, te lo juro. Déjame detener esto ahora mismo. Les diré que ha habido un error, que la pieza no está a la venta.
Hizo amago de subir al estrado, pero mi mano la detuvo, apretando su muñeca con una firmeza que me sorprendió a mí mismo.
Miré el cuadro.
Miré esa estrella oculta que nadie más entendía, pero que para mí era un grito.
—No —dije, y mi voz sonó como si viniera de una tumba—Déjalo. Está bien.
—¿Estás seguro? Sé lo mucho que trabajaste en él —insistió ella, con voz dulce.
—Sí —respondí, sintiendo un nudo en la garganta que me impedía respirar—Ya era hora de irse desprendiendo de los recuerdos.
La frase salió de mi boca como una sentencia de muerte.
El subastador bajó el martillo. «Vendido», gritó.
Sentí que me arrancaban un pedazo de piel.
Ver a un extraño llevarse ese cuadro era como ver a alguien llevarse el último rastro físico de mi pena por Bill.
Jessica me apretó la mano, creyendo que mi tristeza era por el valor artístico de la obra, sin sospechar que acababa de subastar mi alma.
Me quedé allí, rodeado de aplausos y lujo, sintiéndome más vacío que nunca, sabiendo que el desprendimiento no me había hecho libre, solo me había dejado más solo.
.
El trayecto de vuelta a casa fue una neblina de risas descontroladas y palabras atropelladas.
El champán caro y los cócteles de la celebración finalmente habían surtido efecto, creando una burbuja de euforia artificial que nos mantenía a salvo de la melancolía del evento.
Al cruzar el umbral de nuestra casa, el silencio habitual fue reemplazado por nuestros tropiezos y carcajadas. Nos sentíamos como dos niños pequeños regresando a casa después de una travesura exitosa; habíamos vendido casi toda la colección, éramos los reyes de Múnich por una noche y el mundo parecía estar a nuestros pies.
—¿Viste la cara de la baronesa cuando perdió la puja por el paisaje? —preguntó Jessica entre risas, apoyándose en mi hombro mientras subíamos las escaleras.
—Fue épico, Jess. Creo que nunca la habían rechazado con tanto dinero en la mano —respondí, sintiendo que mi propia voz retumbaba en mi cabeza.
Llegamos al rellano de nuestra recámara.
La luz de la luna se filtraba por el gran ventanal, bañando la habitación en tonos plateados y sombras largas.
De repente, el tono de la noche cambió. Jessica dejó de reír y se detuvo frente a mí, acortando la distancia de seguridad.
Sus mejillas estaban encendidas, no solo por el alcohol, sino por una determinación que rara vez veía en ella.
Se despojó de sus tacones y, quedando un poco más baja que yo, me tomó de las solapas de la chaqueta, que aún llevaba abierta. Su mirada era intensa, cargada de una coquetería salvaje que me tomó por sorpresa.
—Dijiste que estabas listo, Tom —susurró, su aliento con aroma a vino rozando mi cuello—Dijiste que querías ese futuro conmigo. ¿Qué te parece si empezamos ahora mismo a procrear a ese hijo?
Me quedé congelado un segundo.
Sus palabras actuaron como un interruptor.
La miré fijamente, viendo su belleza, su entrega y la esperanza ciega que depositaba en mí.
En ese momento, no quería pensar en cuadros subastados, ni en firmas con estrellas, ni en nombres que empezaran con la letra B.
Quería olvidar.
Quería que el vacío en mi pecho se llenara con algo, con lo que fuera.
La besé. Fue un beso feroz, casi desesperado, una colisión de labios y dientes que buscaba borrar cualquier rastro de duda.
La cargué en mis brazos mientras ella envolvía sus piernas alrededor de mi cintura, y nos desplomamos sobre la cama en una marea de seda y urgencia.
Esa noche, bajo las sábanas de hilo, busqué refugio en el cuerpo de mi esposa con una intensidad que rozaba lo violento.
El acto no fue solo la búsqueda de un hijo, fue una batalla contra mis propios recuerdos.
Cada caricia, cada gemido ahogado en la oscuridad del cuarto, era un intento de convencerme a mí mismo de que pertenecía aquí, en esta cama, en esta vida, con esta mujer.
Nos perdimos el uno en el otro, impulsados por la embriaguez y la promesa de un nuevo comienzo, dejando que el sudor y el deseo dictaran las reglas hasta que el agotamiento finalmente nos reclamó.
Pero mientras ella se quedaba dormida sobre mi pecho, con el ritmo de su corazón volviendo a la calma, yo me quedé mirando el techo en la oscuridad.
El vacío seguía allí, intacto, recordándome que puedes intentar engendrar una vida nueva, pero eso no significa que la vieja haya dejado de doler.
Continúa…
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Tom la vida es una sola porque negarte a buscar a Bill no lo entiendo