Secretos de mi memoria 1

Administración: Este es el fic más nuevito de Beth, así que disfruten la lectura, pues ya está terminado 🙂 No olviden agradecer a la autora mediante un comentario. MUAK

Fic TOLL de Beth

Capítulo 1

By Tom

​El frío de Múnich tiene una forma muy particular de recordarte que estás vivo, aunque a veces no quieras estarlo. Al salir del edificio de la oficina, el aire gélido me golpeó el rostro, colándose por las costuras de mi abrigo de lana gris.

Caminé por las calles empedradas, escuchando el eco de mis propios pasos, un sonido rítmico que me obligaba a mantenerme en el presente.

A mis veinticinco años, se supone que debería estar viviendo la plenitud de mi juventud, y en la superficie, así era.

Tenía un buen empleo, una casa estable y llevaba tres años casado con Jessica.

Pero a veces, el peso de lo que no digo es más difícil de cargar que cualquier responsabilidad de adulto.

​Jessica fue mi salvavidas cuando llegué a Alemania. Ella fue quien me enseñó que el mundo no tenía por qué ser un lugar hostil, aunque yo me empeñara en verlo así. La conocí en mi segundo semestre en la universidad, en un aula que olía a café viejo y libros usados. En aquel entonces, yo era poco más que un fantasma. Me sentaba siempre al fondo, oculto tras mi cuaderno de bocetos, evitando el contacto visual con cualquiera que pudiera hacerme una pregunta sobre mi pasado.

Mis padres me habían enviado aquí con una misión clara: borrar todo rastro de quien yo era antes. Habían arrancado mis raíces para que no florecieran en la dirección «equivocada».

​—¿Ese dibujo es una catedral o un laberinto en el que piensas esconderte? —preguntó una voz vibrante a mi lado.

​Levanté la vista, parpadeando con fastidio. Jessica estaba allí, con su bufanda amarilla y una sonrisa que parecía no conocer la palabra «rechazo».

Yo solo quería que se marchara, que me dejara hundirme en mi propia miseria, pero ella no era de las que aceptaban un silencio como respuesta. Se sentó a mi lado sin invitación, rompiendo esa barrera invisible que yo había construido con tanto cuidado.

​—Soy Tom —dije secamente, esperando que mi tono la alejara.

​—Lo sé. Eres el chico reservado que nunca habla en los seminarios. Yo soy Jessica, la chica que va a lograr que hoy, al menos, digas más de diez palabras.

​Y lo logró. Ella fue la que me sacó de mi caparazón a fuerza de insistencia y una amabilidad que yo no sabía cómo procesar.

Mientras yo intentaba ser invisible para protegerme, ella me hacía visible para el resto.

Me gustaba su compañía, me daba la paz que necesitaba para sobrevivir al exilio que mis padres me habían impuesto, pero siempre hubo una sombra entre nosotros.

Una sombra que tiene nombre, aunque mis labios se nieguen a pronunciarlo incluso en la soledad de mi estudio.

​A veces, mientras ceno con ella y el televisor murmura de fondo, siento una punzada en el pecho. No es arrepentimiento, es una nostalgia feroz. Me viene el recuerdo de un aroma a lluvia y madera, de una risa que era mucho más grave que la de Jessica, de unas manos que encajaban con las mías de una forma que mis padres consideraron un pecado.

​—Tom, te has quedado mirando el café otra vez —dijo Jessica, sacándome de mis pensamientos mientras me acariciaba la mano sobre la mesa—¿Estás bien?

​—Sí, Jess. Solo… cansado. El invierno me quita la energía —mentí, sintiendo el sabor amargo de la culpa en la lengua.

​Le devolví la sonrisa que ella esperaba, la que yo había aprendido a fingir tan bien. Ella no sabía que mi silencio no era timidez, sino un búnker.

No sabía que mi vida en Alemania era una construcción perfecta sobre cimientos que pertenecían a otra persona, a un amor que me prohibieron y que, tres años después, sigue siendo el único incendio que no he podido apagar.

Nuestra boda no fue solo la unión de dos personas; fue una transacción de paz y una consolidación de legados. Mis padres, desde la distancia de sus prejuicios, enviaron las bendiciones y el capital necesario para que Jessica y yo levantáramos algo propio.

Así nació «Der Anker» (El Ancla), nuestra galería y consultora de arte. Irónico nombre, considerando que yo me sentía a la deriva mientras ella echaba raíces en el suelo con una fuerza envidiable.

​La empresa creció bajo una premisa noble que fue idea de ella: dar voz a los que no la tenían. Jessica tiene un corazón que no conoce de cinismo. Ella quería que nuestra galería fuera un refugio para jóvenes artistas, para aquellos que, como yo en la universidad, se sentaban en las esquinas esperando que alguien notara su talento.

Ella se encargaba de la logística, de las relaciones públicas y de iluminar cada habitación en la que entraba.

Yo, por mi parte, me refugiaba en la curaduría, en el análisis de las sombras y las texturas, buscando en las obras de otros una redención que no encontraba en mi propia vida.

​—Míralos, Tom —me dijo una noche durante una inauguración, señalando a un grupo de estudiantes que contemplaban un lienzo con ojos brillantes—Les hemos dado un lugar. Hemos creado un hogar para su arte.

​La miré y sentí esa punzada de afecto que siempre me confundía.

Jessica no era el enemigo.

No era una mujer cruel, ni manipuladora; al contrario, era la persona más pura que había conocido. La quería, de verdad la quería. Quería su risa, su paciencia y la forma en que cuidaba mis silencios. Pero el cariño es una brisa suave y lo que yo sentía en mi otra vida… aquello era un huracán que lo arrancaba todo a su paso.

La quería como se quiere a un refugio durante la tormenta, pero no la amaba con la urgencia salvaje de quien no puede respirar sin el otro.

​Mi vida con ella era cómoda, estática, perfecta como una escultura de mármol: hermosa de ver, pero fría al tacto.

​A veces, mientras evaluaba las piezas que llegaban a la galería, me topaba con trazos que me recordaban a él.

Un uso específico del carboncillo, una forma de difuminar los bordes que me hacía soltar el pincel con las manos temblorosas. Mis padres creyeron que al enviarme a Alemania y casarme con la hija de sus socios comerciales, «limpiarían» mi historial. Pensaron que el arte y el éxito empresarial llenarían el vacío de un amor que ellos catalogaron de prohibido.

​Lo que no entendieron es que el arte no cura el olvido, solo lo hace más estético.

​—¿Te gusta esta pieza para la exposición de invierno? —preguntó Jessica, acercándose a mí con un catálogo. Sus dedos rozaron mi brazo, un gesto de afecto cotidiano que me hizo sentir como un impostor.

​—Es buena —respondí, aunque apenas podía ver los colores— Tiene… alma.

​—Como tú —susurró ella, apoyando la cabeza en mi hombro.

​En ese momento, rodeado de cuadros caros y el éxito que nuestras familias habían planeado para nosotros, me sentí más solo que nunca. Tenía todo lo que un hombre de veinticinco años podía desear en Alemania, pero daría cada centavo de nuestra empresa por volver a un solo segundo de aquella clandestinidad, de aquel calor prohibido que mis padres habían intentado extinguir con kilómetros de distancia y un anillo de matrimonio.

&

​El reloj marca las nueve de la mañana y el zumbido de la calefacción es lo único que llena mi oficina hasta que Jessica entra con esa energía desbordante que la caracteriza.

No es que yo no tenga voz ni voto en nuestra empresa; al contrario, mi carácter es el que pone los pies sobre la tierra cuando sus ideas vuelan demasiado alto, pero esta vez, su propuesta me resultó genuinamente brillante.

Dar clases gratuitas de arte para jóvenes sin recursos no era solo un movimiento de relaciones públicas, era algo que me hacía sentir útil, menos vacío.

Acepté de inmediato.

​Caminaba por el pasillo principal hacia la entrada cuando me encontré con Georg.

Ha sido mi mejor amigo desde hace casi diez años; él es el único que conoce los escombros sobre los que construí mi nueva vida.

Se ha sumado al proyecto de las clases sin dudarlo, aportando su experiencia técnica y esa calma suya que siempre logra equilibrar mi melancolía.

​—Parece que hoy el cielo decidió darnos un respiro —comentó Georg mientras avanzábamos hacia el ascensor.

Su voz era tranquila, pero noté un brillo de duda en sus ojos.

​—Múnich nunca da respiros, Georg. Solo nos da treguas cortas —respondí con una media sonrisa.

​Charlamos de trivialidades, del presupuesto para los óleos y de la nueva iluminación de la galería, hasta que, justo antes de que las puertas del elevador se abrieran, soltó la bomba con una naturalidad ensayada.

​—Hablé con Gustav ayer —dijo, mirando los números digitales que ascendían—Dice que posiblemente viaje para acá en una semana. Quiere que salgamos por unas copas, como cuando éramos solteros y el mundo parecía más pequeño.

​El aire pareció espesarse en la cabina. Gustav. El nombre trajo consigo ráfagas de recuerdos que me esforcé por enterrar. Sonreí, una de esas muecas automáticas que no llegan a los ojos, y no dije nada.

El silencio se prolongó mientras el elevador subía, un silencio cargado de todo lo que Georg sabía y yo me negaba a pronunciar. Él rompió la tensión justo cuando llegábamos a mi piso.

​—¿Y cómo va todo con Jessica, Tom? El matrimonio, quiero decir.

​Lo miré fijamente. Georg sabe la verdad. Sabe que Jessica es mi refugio, pero no mi destino.

​—Bien —contesté con sinceridad descarnada—Siempre va bien, Georg. Ella es perfecta.

​Él asintió lentamente, sin presionar. Sabía que detrás de ese «bien» había un muro de contención a punto de ceder, pero respetaba mi necesidad de mantener las apariencias. Me despedí de él con un asentimiento y un «gracias» que pretendía cubrir mucho más que su ayuda en las clases.

​Bajé en el segundo piso y me dirigí al salón de galerías. Hoy no había cuadros colgados; el espacio se había transformado en un aula amplia, con caballetes dispuestos en semicírculo y el aroma penetrante del aguarrás y el lienzo fresco.

Al entrar, vi a los veinte jóvenes, chicos y chicas de unos quince o dieciséis años. Se veían tensos, casi intimidados por la pulcritud del lugar y, probablemente, por mi presencia.

​—Buenos días a todos —dije, tratando de suavizar mi expresión y mi tono. No quería ser el director distante, quería ser el guía que yo nunca tuve—No hace falta que estén tan rígidos. Aquí no venimos a seguir reglas estrictas, venimos a encontrar una voz propia. Soy Tom, y espero que para el final de la semana, este lugar se sienta más como su estudio que como mi galería.

​Para romper el hielo y empezar a familiarizarme con ellos, saqué la lista de inscritos.

Fui nombrando a cada uno, intentando hacer un comentario breve o una broma ligera para que se relajaran. Todo iba bien hasta que llegué a la mitad de la hoja.

La letra K resaltaba en el papel.

​—¿Melody… Kaulitz? —pronuncié.

​El corazón me dio un vuelco violento. Ese apellido era una cicatriz que no terminaba de cerrar.

Levanté la mirada de la tabla y mis ojos se encontraron con una chica de cabello negro azabache y ojos color miel. Tenía una cara increíblemente bonita, pero lo que me dejó sin aliento fue la familiaridad de sus rasgos.

Levantó la mano con timidez, esquivando mi mirada.

​Me quedé congelado un segundo de más. Había algo en la curva de su nariz, en la forma en que apretaba los labios al estar nerviosa, que me resultaba dolorosamente conocido.

«¿Me estoy volviendo loco?», pensé, mientras sentía que el suelo de Alemania volvía a temblar bajo mis pies.

​—Presente —susurró ella.

​—Bienvenida, Melody —logré decir, recuperando la compostura a duras penas.

​Comencé la clase con conceptos básicos, lanzando preguntas fáciles sobre qué significaba el color para ellos, tratando de fomentar un ambiente de camaradería.

Pero mientras caminaba entre los caballetes, mi atención volvía, inevitablemente, hacia la chica del fondo. El pasado no se había quedado en los aeropuertos ni en las cartas quemadas; parecía haber encontrado la forma de sentarse en mi propia clase, bajo un apellido que todavía me quemaba el alma.

​El salón quedó sumido en un silencio denso, interrumpido únicamente por el rasgueo del grafito contra el papel y el sonido suave de la respiración de veinte personas concentradas. Me senté en el borde de mi escritorio, observándolos. Había algo sagrado en ese momento de creación pura.

​—No se olviden de algo fundamental —dije, rompiendo el silencio con suavidad—Al terminar, quiero que practiquen su firma. Créanme, de este salón van a salir grandes artistas y el mundo va a necesitar saber quién trazó esas líneas. Su firma es su identidad; no la tomen a la ligera.

​Me puse en pie y comencé a caminar entre los caballetes. Me movía con paso lento, tratando de no romper el trance de los chicos. A un joven llamado Lukas, que apretaba el lápiz con demasiada fuerza, le puse una mano en el hombro y le sugerí que dejara que el brazo fluyera desde el codo, no desde la muñeca. A una chica que iluminaba su dibujo con una técnica envidiable, la felicité sinceramente, dándole un pequeño truco sobre las sombras que mi propio mentor me enseñó años atrás. No quería ser un juez, quería ser el puente entre su talento y su técnica. Nadie nace sabiendo manejar el caos del arte.

​Finalmente, mis pasos me llevaron hacia el fondo, donde Melody trabajaba con una intensidad que la aislaba del resto. Al sentir mi presencia, vi cómo sus dedos flaquearon. La punta del lápiz tembló sobre el papel, dejando una marca irregular.

​—Tranquila, Melody —le susurré para que solo ella me escuchara—Respira. Haz de cuenta que no estoy aquí. El papel no sabe quién lo mira, solo sabe lo que tú sientes.

​Ella levantó la vista y me regaló una sonrisa tímida, casi fugaz, antes de volver a hundirse en su dibujo. Me quedé allí unos minutos, fingiendo observar el resto del salón, pero mis ojos volvían a ella de forma magnética. Había una elegancia innata en sus movimientos que me revolvía el estómago.

​Poco después, ella dejó el lápiz sobre la madera y me buscó con la mirada. Me acerqué. Su dibujo era excepcional para su edad; tenía una profundidad emocional que pocos logran capturar.

​—Está excelente —le dije, señalando la perspectiva—Si difuminas un poco más la base de esta sombra, lograrás que el objeto parezca flotar. Tienes un instinto natural, Melody. Pero te falta algo.

​Ella se sonrojó de inmediato, dándose cuenta de su olvido.

​—¡La firma! Lo siento, me concentré tanto que lo olvidé por completo.

​Tomó un estilógrafo negro y, con una seguridad que no había mostrado antes, trazó su marca en la esquina inferior derecha.

Me quedé de piedra.

Sentí que la sangre se me helaba en las venas y que el aire de la habitación desaparecía por completo.

​No era una firma convencional. Melody no había escrito simplemente su nombre; había dibujado una estrella de ocho puntas entrelazada con una letra ‘B’ estilizada, terminando el trazo con una línea ascendente que parecía un latido de corazón.

​Yo había visto esa marca miles de veces. En los márgenes de mis cuadernos viejos, en cartas que tuve que quemar, en la piel de alguien que alguna vez fue mi mundo entero.

Era una firma que no se aprendía en libros; era un sello personal, casi un código privado.

​—Esa firma… —mi voz sonó extraña, como si viniera de muy lejos—Es muy inusual. ¿Por qué la haces así?

​Melody miró su dibujo con una mezcla de orgullo y nostalgia.

​—Oh, esto… —hizo un gesto hacia la estrella—A alguien muy importante para mí le encantaba dibujar estas estrellas. Decía que todos tenemos una luz propia que nadie puede apagar. Empecé a hacerlo así en honor a él. Es como llevar una parte suya en lo que yo creo.

​Sentí un pitido en los oídos.

El nombre quemaba en mi garganta, pero necesitaba escucharlo. Necesitaba confirmar que el destino no podía ser tan cruelmente poético.

​—¿De quién hablas, puedo preguntar? —dije, tratando de que mi voz no temblara.

​—De mi tío —respondió ella con una calidez que me desgarró el alma—Mi tío Bill.

​El mundo se detuvo.

En ese instante, las paredes de la galería, el éxito de mi empresa, mi matrimonio con Jessica y el invierno alemán se desvanecieron.

Todo lo que había construido en tres años se desmoronó ante la mención de ese nombre.

No había error posible.

Ese apellido, esos ojos color miel y esa letra pertenecían a la única persona que había amado con una intensidad que rayaba en la locura.

​Bill Kaulitz.

Mi amor prohibido.

El hombre por el que fui exiliado.

​Miré a la chica frente a mí y comprendí que el pasado no había muerto; simplemente había estado esperando el momento adecuado para venir a reclamarme.

Continúa…

Gracias por leer, te invitamos a dejar un comentario 😉

por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

2 comentario en “Secretos de mi memoria 1”

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