Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 10

By Bill

No recuerdo exactamente cómo salí de ahí. Lo único que recuerdo es el rugido ensordecedor de la explosión, el suelo temblando bajo mis pies. El techo comenzando a colapsar. Vigas de metal cayendo como si fueran palillos y gritos. Joder, los gritos.

—¡Salid! ¡Todos fuera!— gritaba yo, queriendo asegurarme de que nadie saliera herido, gritaba sin parar las mismas palabras mientras todo comenzaba a desmoronarse por las explosiones. El instinto tomó el control, el entrenamiento, la supervivencia, lo que fuera. Agarré a uno de los operadores del GSG 9 que estaba cerca y lo empujé hacia la salida. Marcus estaba a mi lado, su rostro cubierto de polvo. —¡Vamos, vamos, vamos!— exclamaba sin saber específicamente qué hacer.

Corrimos hacia la entrada principal, la misma por la que habíamos entrado hace apenas unos minutos. Pero el camino estaba bloqueado. Había escombros, fuego. El segundo piso se estaba viniendo abajo.

—¡Por aquí!— Chen apareció de la nada, señalando hacia la entrada lateral.

Cambiamos de dirección, esquivando los escombros que caían. El calor era insoportable, algo estaba ardiendo… bueno, probablemente todo estaba ardiendo. Vi a Williams ayudando a un operador alemán herido. Rodríguez disparando su rifle hacia arriba, como si pudiera detener el techo que colapsaba. Era pura locura. Llegamos a la entrada lateral, la puerta estaba medio bloqueada, pero Chen y otro operador la forzaron.

—¡Salid! ¡Salid ahora!— Chen nos empujaba hacia fuera.

Salí tropezando al aire libre, tosiendo, jadeando. Mis pulmones ardían por el humo que respiré estando dentro. Me di la vuelta justo a tiempo para ver cómo el resto del edificio colapsaba completamente. Fue un estruendo atronador. Una nube masiva de polvo y escombros explotando hacia afuera.

Y entonces… todo silencio. Bueno, no silencio real, había alarmas sonando en la distancia, sirenas acercándose, gente gritando. Pero comparado con el caos de segundos atrás, parecía silencio. —¡Cuenta de cabezas!— escuché gritar a Alex desde algún lugar —¡Todos reportad!

Me quité el casco, el pasamontañas y mi pelo rubio cayó sobre mis hombros, desordenado. Necesitaba aire, aire limpio.

—Keller reportando— dije jadeando por radio; mi voz salió ronca —Salí por la entrada lateral. Con Chen y…— miré alrededor —¿Dónde coño está Marcus?

Chen estaba a mi lado, también tosiendo, también cubierto de polvo. —Estaba justo detrás de nosotros— dijo.

El estómago se me hundió. —¡¿Marcus?!— grité, mirando hacia el edificio colapsado —¿Marcus, me copias?— solo recibí silencio en la radio —¡Marcus!— volví a gritar.

Nada.

Joder. Joder, joder, joder.

Empecé a caminar de vuelta hacia el edificio, pero Chen me agarró del brazo. —Ben, no. No puedes, está todo derrumbado.

—¡Marcus está ahí dentro!— le grité, intentando zafarme.

—¡Y tú vas a morir si entras!— Chen me sujetó con más fuerza —No puedes hacer nada, espera a los equipos de rescate.

Quería golpearlo, quería correr de vuelta hacia ese infierno. Pero sabía que tenía razón. El edificio era escombros, si Marcus estaba ahí dentro entonces…

No. No podía pensar así.

—Equipo Bravo reportando— escuché la voz de Rodríguez por radio —Cuatro operadores conmigo. Salimos por la ventana del segundo piso antes del colapso total. Heridos, pero vivos.

—Equipo Charlie— la voz de Alex se oye por la radio —Tres operadores conmigo. Williams está herida, pero estable. Salimos por la entrada trasera.

Eso eran… hice el cálculo rápido. Contándome a mí, a Chen, los operadores que salieron con nosotros, más los equipos de Rodríguez y Alex… éramos once o tal vez doce… de treinta.

Hostia puta.

—¿Hauptkommissar Schneider?— pregunté por radio —¿Me copia?— silencio —¿Algún operador GSG 9 me copia?— intenté de nuevo, pero solo obtuve más silencio.

Pero entonces mi radio sonó. —Aquí… Schneider… estoy atrapado… no puedo… mover las piernas…

Mierda. —¡Aguante!— grité —¡Los equipos de rescate ya vienen!

—… todo está oscuro… no puedo…— su radio se cortó.

—¡Schneider!— exclamé frustrado —¡Schneider, copia!

Nada. Las sirenas se hicieron más fuertes, camiones de bomberos apareciendo, ambulancias, policía. Todos. Pero era demasiado tarde. Sabía que era demasiado tarde.

&

Hospital Charité, Berlín – cinco y cuarenta y cinco de la tarde.

Me tienen sentado en una camilla de urgencias. Una enfermera está limpiando un corte en mi frente que ni siquiera sabía que tenía. Duele, todo duele. Pero no tanto como debería.

A mi alrededor, el caos médico. Operadores heridos siendo atendidos, algunos con quemaduras, otros con huesos rotos. Williams tiene el brazo en cabestrillo y vendajes en la cabeza, pero está viva. Habla con los médicos en un alemán sorprendentemente fluido. Chen está en la camilla junto a la mía, inhalando oxígeno a través de una mascarilla. Inhaló demasiado humo, pero va a estar bien.

Rodríguez tiene una pierna rota; lo están preparando para cirugía.

Alex está de pie cerca, hablando por teléfono. Probablemente con Washington, probablemente explicando cómo coño perdimos a casi veinte agentes en un operativo que se suponía iba a ser nuestro gran golpe contra el Clan Geist.

Cierro los ojos y veo a Marcus.

Marcus con su maldita gorra de béisbol y su sonrisa fácil. Marcus diciendo «lo harás bien» antes del operativo. Marcus corriendo a mi lado cuando todo explotó.

Marcus, que no salió.

—Herr Keller— la enfermera me habla en inglés con acento alemán —Necesito que se quite la camisa para revisar sus costillas, parece que tiene contusiones.

Me quito la camisa táctica con movimientos mecánicos. Ella presiona mis costillas, duele. Probablemente tengo algunas fracturadas.

—Necesita radiografías— dice, y yo hago una mueca con los labios —Y observación durante la noche, tiene una conmoción leve también.

—Estoy bien— digo automáticamente.

—No, no lo está— responde ella con firmeza —Pero comparado con otros… sí, ha tenido suerte.

Suerte. Qué palabra tan jodida.

Tuve suerte porque salí vivo; Marcus no tuvo suerte. Schneider, si es que sigue vivo, no tuvo suerte. Los otros dieciocho operadores que probablemente están muertos bajo los escombros no tuvieron suerte. ¿Y todo por qué? Porque yo, Benjamín Keller, líder del operativo, no investigué lo suficiente. No me aseguré, no pensé que Frost pudiera estar un paso por delante.

Ese maldito, hijo de puta.

Caí en su maldita trampa como un puto novato.

—Ben— la voz de Alex me saca de mis pensamientos. Levanto la vista y lo veo, está de pie frente a mí, y por primera vez desde que lo conozco, Alex se ve… viejo, cansado y derrotado. —¿Cómo estás?— pregunta.

—Vivo— respondo con desgano —Lo cual es más de lo que pueden decir otros.

Alex suspira, sentándose en la camilla junto a la mía. —No es tu culpa.

—Claro que es mi puta culpa— espeto —Era mi operativo, mi plan y mi responsabilidad.

—Era una trampa bien diseñada, nadie podía haberlo predicho.

—¡Debí haberlo predicho!— mi voz se eleva —¡Es mi jodido trabajo! ¡Anticipar! ¡Investigar! ¡Asegurarme de que no estamos caminando directo hacia una emboscada!— él me lanza una mirada de advertencia. Joder, es mi jefe, ¿qué coño me pasa? —Lo siento…— murmuro —He liderado operativos antes, Alex. Docenas. Y sí, han sido duros. Sí, ha habido tiroteos, pero nunca…— trago saliva, controlando mi respiración —Nunca perdí a tantos hombres. Nunca.

—Porque nunca te habías enfrentado a alguien como Frost.

—Esa no es una excusa.

—No es una excusa— acepta Alex con un asentimiento de cabeza —Es un hecho. Frost es… diferente. Más inteligente, más despiadado. Nos superó en estrategia esta vez.

—¿Esta vez?— repito con amargura —¿Insinúas que habrá una próxima vez?

—La habrá. Porque esto no termina aquí.

Lo miro como si estuviera loco. —Alex, perdimos a casi veinte agentes— le recuerdo —Entre estadounidenses y alemanes. Esto es un desastre de proporciones épicas, van a cerrar la Operación Nexus. Van a…

—No la van a cerrar— me interrumpe —Ya hablé con Washington. Ya hablé con el BKA; están furiosos, sí. Están devastados, también. Pero entienden que esto es guerra y en la guerra hay bajas.

—Bajas— repito la palabra con desánimo, niego con la cabeza incontables e imperceptibles veces —Esa es una forma muy clínica de decir que Marcus está muerto, que Schneider probablemente está muerto, que dieciocho personas que confiaron en mí, que siguieron mis órdenes, están muertas.

Alex me agarra del hombro. —Ben…— suelta un suspiro —Esto no es tu culpa— me repite con firmeza —¿Podrías haber investigado más? Tal vez. ¿Podrías haber sido más cauteloso? Posiblemente. Pero con la información que teníamos, con el tiempo que teníamos, tomaste la mejor decisión posible. Werner nos dio información sólida; no teníamos motivo para dudar.

—Excepto que Werner está muerto— señalo —Asesinado por Frost. Debimos haber considerado que tal vez, solo tal vez, Frost sabía que Werner nos había pasado información. Y que podría usar eso contra nosotros.

—En retrospectiva, todo es más claro— dice Alex —Pero en el momento, con la presión, con la oportunidad… hiciste lo correcto.

—Lo correcto no debería resultar en una masacre.

Se forma un silencio entre nosotros; la enfermera regresa con una tablet. —Herr Keller, necesito que firme esto. Es una autorización para radiografías y observación nocturna.— firmo sin mirar, sin importarme realmente, y ella se va.

—¿Confirmaron a Marcus?— pregunto en voz baja.

Alex asiente lentamente. —Los equipos de rescate recuperaron su cuerpo hace una hora. Murió por trauma contundente cuando el segundo piso colapsó. Fue… fue instantáneo. No sufrió.

Eso debería hacerme sentir mejor, pero no lo hace. —¿Schneider?

—Vivo… apenas. Está en quirófano ahora; tiene la columna dañada y puede que no vuelva a caminar.

Puta mierda. —¿Y los otros?

—Todavía están sacando cuerpos. Será toda la noche. Pero las proyecciones…— Alex hace una pausa —De treinta operadores, salimos once vivos. Dos en estado crítico, el resto con heridas variadas, los otros diecinueve…

No termina la frase; no necesita hacerlo. Diecinueve muertos.

Diecinueve familias que recibirán esa llamada, esa visita, esa notificación de que su ser querido no va a volver a casa.

Por mi culpa.

—Marcus tenía una esposa— digo de repente —Y tres hijos; dos mayores y una pequeña…

—Lo sé— dice Alex suavemente.

—¿Quién se lo va a decir?

—Yo, personalmente. Es mi responsabilidad.

—Era mi operativo; debería ser yo.

—Ben…

—Debería ser yo quien mire a su esposa a los ojos y le diga que su marido está muerto porque yo cagué el plan. Porque no fui lo bastante inteligente. Porque…

—Para— Alex me interrumpe con firmeza, frunce el ceño —Ya basta. Entiendo que te sientas culpable; está bien sentirse culpable. Pero no te vas a destruir por esto; no lo voy a permitir.

—No es tu decisión.

—Como tu superior, sí lo es. Y como tu amigo, también.— me mira fijamente —Vas a quedarte aquí esta noche, vas a descansar, vas a dejar que los médicos te traten. Y mañana, cuando tengas la cabeza más clara, hablaremos sobre los próximos pasos.

—No hay próximos pasos— digo en un susurro —Dimito. Como líder de la Operación Nexus. Como…

—Rechazada— dice Alex sin dudar —No acepto tu dimisión, ni ahora ni nunca.

—Alex…

—Frost quiere esto— me interrumpe de nuevo —Quiere que te derrumbes, que Raven se derrumbe. Quiere que te sientas culpable, quiere que abandones. Porque así gana. ¿Lo entiendes? Si renuncias, si te rindes, Frost gana. Y Marcus, Schneider y todos los demás… habrán muerto por nada.

Sus palabras llevan razón. Joder, odio admitirlo, pero tiene razón. —¿Qué hago entonces?— pregunto, y mi voz suena tan cansada como me siento.

—Sanas, procesas. Y cuando estés listo… contraatacamos— espeta —Seremos más inteligentes, estaremos más preparados, pero contraatacamos.

Asiento lentamente, aunque no sé si realmente lo creo.

&

Me dieron una habitación privada, cortesía de ser agente federal estadounidense, supongo.

Las radiografías confirmaron dos costillas fracturadas, conmoción leve, múltiples contusiones y cortes. Nada que me vaya a matar, pero duele como el infierno. Me dieron analgésicos y los tomé, no tanto por el dolor físico sino por el dolor mental. Necesito apagar mi cerebro, pero no funciona. Estoy acostado en la cama del hospital, mirando el techo, y lo único que veo es la cara de Marcus.

«Lo harás bien, ya verás…»

Pero no lo hice bien y él está muerto.

Mi teléfono vibra en la mesita de noche; lo ignoro. Probablemente sea alguien más intentando comprobar que estoy bien. Pero, no estoy bien, no voy a estar bien. La puerta de mi habitación se abre suavemente; Sheryl entra, cargando una bolsa pequeña. —Sabía que no estarías durmiendo— dice.

No respondo.

Ella se sienta en la silla junto a mi camilla, dejando la bolsa en el suelo. —Te traje ropa limpia y comida del hotel, porque la comida del hospital es una mierda incluso aquí en Alemania.

—No tengo hambre— murmuro.

—Lo sé. Pero tienes que comer de todas formas.

Me mantengo en silencio unos segundos, pasando las manos por el pelo, por el rostro. —Marcus está muerto— digo finalmente.

—Lo sé.

—Por mi culpa.

—No.

—Sí— insisto —Fui yo quien diseñó el plan, fui yo quien dijo «adelante». Fui yo quien…

—Fuiste tú quien intentó salvar vidas haciendo tu trabajo— me interrumpe ella —No eres responsable de lo que Frost hizo. Él plantó esos explosivos, él detonó, él mató a esa gente. No tú.

—Pero yo los puse ahí, los llevé directo a la trampa.

Sheryl suspira. —¿Sabes qué me dijo Marcus antes del operativo?— levanto la vista hacia ella —Me dijo que confiaba en ti. Que eras el mejor líder de operativos que había visto, que si alguien podía hacer que esto funcionara, eras tú.

Esas palabras deberían consolarme, pero solo me hacen sentir peor. —Confió en mí y lo maté.

—Confió en ti porque eras digno de confianza. Y su muerte no fue tu culpa, fue mala suerte. Fue Frost. Fue… fue la guerra.

—Odio esa palabra, «guerra»— gruño con desánimo, —como si eso justificara todo.

—No justifica nada, solo explica…

Me froto la cara de nuevo soltando un suspiro; me siento tan agobiado. —He liderado operativos antes, Sheryl, en mi carrera, en los años que llevo en la DEA nunca… nunca había terminado así. Nunca perdí a tantos.

—Porque nunca habías enfrentado a alguien como Frost— termina ella, haciendo eco de las palabras de Alex, ha dicho lo mismo que me dijo él hace un rato.

—Todos siguen diciendo eso, como si fuera una excusa…

—No es excusa, es contexto, Benjamín. Frost es diferente. Más peligroso, más…

—Más inteligente que yo— termino con amargura —Eso es lo que todos realmente quieren decir, ¿verdad? Que Frost me superó. Que soy un idiota que cayó en su trampa como un novato.

—No eres un idiota— dice ella con firmeza y paciencia —Eres humano, y los humanos cometen errores. Especialmente cuando tienen información incompleta y presión de tiempo.

—Los errores cuestan vidas.

—A veces sí, y eso es horrible. Tienes derecho a sentirte mal por ello, pero no tienes derecho a destruirte por eso.

La miro; tiene los ojos rojos. Ha estado llorando, probablemente por Marcus. Probablemente por todos. —¿Cómo haces para seguir adelante?— pregunto —Después de algo así. ¿Cómo… cómo simplemente sigues?

—Porque tengo que hacerlo— responde —Porque si me rindo, si me derrumbo, entonces ellos ganan. Y no pienso darles esa satisfacción.

—Suenas exactamente como Alex— comento.

—Porque tenemos razón— dice con una sonrisa triste —Ben, escúchame. Sé que te sientes culpable, sé que duele, y está bien. Procesa eso, llora por Marcus, llora por todos, pero después… después te levantas y sigues. Porque eso es lo que hacemos.

—No sé si puedo.

—Puedes. Lo sé porque te conozco— murmura —Eres el hombre más terco y resistente que conozco. Sobreviviste a la cárcel, sobreviviste a que te acusaran injustamente, sobreviviste a perder la memoria, y vas a sobrevivir a esto también.

Quiero creerla, de verdad quiero, pero el peso en mi pecho es tan grande que apenas puedo respirar. —¿Y si no soy lo bastante bueno?— susurro con mi voz ligeramente temblorosa —¿Y si la próxima vez más gente muere porque yo… porque no soy lo suficientemente inteligente para ganarle a Frost?

—Entonces aprendes, te adaptas, te vuelves más inteligente. Pero no te rindes— resoplo con desgana —Necesitas descansar— dice, poniéndose de pie —Los analgésicos harán efecto pronto y te vas a dormir lo quieras o no.

—No quiero dormir.

—Lo sé. Pero lo necesitas— sonríe —Estaré aquí mañana… y pasado mañana. Y todos los días que necesites. ¿Entendido?

Asiento débilmente. Ella se va, cerrando la puerta con suavidad tras de sí y me quedo solo.

Solo con mi culpa, solo con mis muertos, solo con la certeza aplastante de que he fallado. Los analgésicos empiezan a hacer efecto, mis párpados se vuelven pesados, mi cuerpo se relaja contra mi voluntad…

Marcus confiaba en mí y lo maté.

¿Cómo coño voy a vivir con eso?

&

Dos semanas después – Cementerio Nacional de Arlington, Virginia.

Volvimos a Estados Unidos ayer, para honrar a los agentes caídos de nuestro país. El cielo está gris, nublado. Como si hasta el puto clima supiera que hoy es un día de mierda.

Estoy de pie entre una multitud de trajes negros y uniformes militares, Alex a mi izquierda, Sheryl a mi derecha. Chen, Rodríguez, Williams y los demás sobrevivientes dispersos entre la multitud. Todos llevamos gafas de sol. Mi pelo rubio está peinado hacia atrás y tengo las manos cubiertas por guantes de cuero negros. Frente a nosotros, diecinueve ataúdes. Cubiertos con banderas estadounidenses. Vidas que se apagaron en un almacén de Berlín hace dos semanas.

Marcus está en el primero de la fila.

Su viuda, Rosalinda, está sentada en primera fila con sus tres hijos. Me está matando verles llorar desconsolados…

La ceremonia comienza con un capellán qué habla sobre sacrificio, sobre servicio, sobre honor. Palabras bonitas que no devuelven a nadie. Los familiares lloran; algunos están en silencio, otros sueltan sollozos que rompen el aire pesado del cementerio. Aprieto los puños dentro de los bolsillos de la gabardina negra que llevo puesta. Esto es culpa mía. Han pasado dos semanas y todavía no consigo quitarme de encima esa certeza aplastante.

Alex me lo ha repetido mil veces, Sheryl también. Incluso los demás sobrevivientes me han dicho que hice lo mejor que pude, pero las palabras no cambian los hechos. Hay personas muertas porque los llevé directo a una trampa.

Después de los discursos religiosos llega el momento de las palabras personales. El director de la DEA, Alex, habla primero; suelta palabras formales sobre valentía y dedicación, suena como un político. Probablemente porque lo es, al menos en parte. Luego habla un representante del gobierno estadounidense, agradeciendo la cooperación y honrando a los caídos alemanes también.

Y entonces Alex me mira, con eso me deja claro que es mi turno, joder.

No quiero hacerlo. No quiero ponerme delante de estas familias y decir palabras huecas cuando sé la verdad. Pero no tengo opción. Me acerco al podio; las costillas aún me duelen un poco, pero ya están sanando. Las contusiones en la cara casi han desaparecido. Físicamente, me estoy recuperando. Mentalmente… esa es otra historia.

Miro hacia la multitud, hacia los ataúdes, hacia Rosalinda y sus hijos, y empiezo a hablar.

—No soy bueno con las palabras— digo, y mi voz se amplifica por el micrófono —No soy poeta, no soy político. Soy… era el compañero de estos hombres y mujeres. Y su líder— hago una pausa para coger aire —Marcus Thompson fue mi amigo, mi compañero. El hombre que siempre tenía una broma lista incluso en los momentos más oscuros. El hombre que confiaba en mí sin dudar.

Mi voz se quiebra un poco, pero me aclaro la garganta.

—Los diecisiete operadores que cayeron ese día… cada uno de ellos tenía familias, sueños, vidas más allá del uniforme. Y cada uno de ellos estaba ahí porque creyeron en la misión. Porque creyeron que lo que hacíamos importaba— las lágrimas amenazan con salir, pero las contengo como puedo —Y tenían razón. Lo que hacemos importa: luchar contra el narcotráfico, contra las organizaciones criminales que destruyen comunidades, que matan a inocentes, que envenenan el mundo. Eso importa.

Me relamo los labios y trago saliva, intentando ordenar mis pensamientos.

—Sé que ninguna palabra que diga hoy va a traer de vuelta a sus seres queridos. Sé que el dolor que sienten es… inimaginable. Y lo siento, desde lo más profundo de mi corazón, lo siento— mi voz vuelve a quebrarse —Pero os prometo esto— continúo, con más firmeza —Sus muertes no fueron en vano. No vamos a parar, no vamos a rendirnos, vamos a seguir luchando y vamos a asegurarnos de que los que hicieron esto, los que plantaron esos explosivos, los que nos tendieron esa trampa… paguen. Cada uno de ellos.

Los presentes aplauden ligeramente, y cierro los ojos unos segundos, soltando un suspiro.

—Descansad en paz, hermanos y hermanas— termino —No os olvidaremos, nunca.

Bajo del podio; las piernas me tiemblan un poco, pero logro llegar de vuelta a mi sitio sin derrumbarme. Alex me pone una mano en el hombro, apretando con fuerza, mostrándome apoyo. La ceremonia continúa: salvas de honor, el toque de trompeta, banderas entregadas a familias destrozadas. Cuando todo acaba, la gente empieza a dispersarse poco a poco. Algunos familiares se acercan a los ataúdes para despedidas privadas.

Rosalinda se acerca a mí, con los niños mayores a su lado y la pequeña agarrada de la mano.

Mierda.

—Agente Keller— dice. Su voz es sorprendentemente firme —Quería darle las gracias.

¿Agradecerme? ¿Por qué coño? —¿Por… por qué?— pregunto, confundido.

—Por intentar traerlo de vuelta— responde, y las lágrimas empiezan a correrle por las mejillas —Por intentar salvarlo. Alex me contó que usted intentó volver a entrar, que el agente Chen tuvo que detenerle. Eso significa… significa mucho.

No sé qué decir.

—Marcus lo admiraba— continúa —Hablaba de usted todo el tiempo; decía que era el mejor líder que había conocido. Que si había alguien en quien confiar en situaciones imposibles, era usted.

Se me llenan los ojos de lágrimas, pero no me permito romperme. —Lo siento tanto— es lo único que consigo decir —Debí haber…

—No— me interrumpe —No se culpe, por favor. Marcus sabía los riesgos. Eligió este trabajo, eligió servir y murió haciendo lo que amaba, con gente en quien confiaba. Eso es… es todo lo que puedo pedir.

Es demasiado generosa, demasiado amable. No lo merezco. Le dedico una pequeña sonrisa, porque sinceramente no sé qué decirle, ni cómo responderle. Rosalinda me mira una última vez, con algo parecido a la gratitud en los ojos, y luego se aleja con sus hijos. Me quedo ahí, de pie, los labios apretados en una fina línea, mirándoles marcharse. Y siento como si me hubiesen arrancado el corazón del pecho.

—Ben— la voz de Sheryl me saca del trance —Tenemos que irnos, la reunión es en dos horas.

Ah, sí. La reunión.

Donde vamos a hablar civilizadamente sobre cómo murieron diecinueve personas y qué coño hacemos ahora.

Genial.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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