
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 18
Cuando cruzo el portón de entrada, veo a través del visor de plástico del casco a mi hermano, recostado contra su Mercedes-AMG GT negro. Tiene los brazos cruzados y una expresión curiosa en la cara.
Aparco la moto frente a él, me bajo y me quito el casco. Frunce el ceño al verme y luego al ver la moto. —Buenos días, cara de rata— saluda, como siempre, el idiota —¿A qué se debe tanto misterio? ¿Y por qué estás usando esa moto? Creí que nuestro padre te lo había prohibido.
—¿Qué más da?— me encojo de hombros, restándole importancia —Hice de todo para que le cambiaran la matrícula, así que no hay problema.
Él niega con la cabeza. —Bueno, ahora responde a mi primera pregunta.
Sonrío ligeramente. —Sophia me ha llamado esta mañana, me ha dado información nueva sobre Keller.
—¿Y qué te ha dicho?
—Tengo un plan— continúo hablando, ignorando completamente su pregunta, por lo que pone su mejor cara de culo —Pero necesito hablar con papá primero… bueno— ruedo los ojos —Con los dos.
Travis frunce el ceño. —¿De verdad es tan importante?
—Que sí, hombre…
—¿Por qué no me lo cuentas, idiota?— pregunta —Tienes una adicción con ser misterioso para luego salir con gilipolleces que te sacas del fondo del culo…
Suelto una carcajada. —Vete a la mierda, Travis— le digo, y él pone los ojos en blanco —Sí que es importante, y puede que nuestro padre se cabree si nos presentamos sin avisar, pero eso es lo de menos— agito la mano en el aire, restándole importancia a ese pequeño detalle —Esto no puede esperar.
Travis suspira, pero sonríe. —Vale, pero si me grita, te echo la culpa a ti— dice, señalándome con el dedo índice —Al fin y al cabo, es tu idea.
—Trato hecho.
—Bien, entonces vamos allá— mi, por desgracia, hermano, rodea el coche para subirse. Mientras tanto, yo subo a mi moto, me pongo el casco de nuevo y la arranco, saliendo disparado a toda velocidad, con Travis intentando alcanzarme sin éxito alguno.
Nos dirigimos hacia la casa de seguridad del norte, en Potsdam. Está a unos cuarenta minutos de aquí.
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La casa es… discreta. Desde fuera parece una mansión normal; grande, sí, pero nada que llame demasiado la atención.
Sin embargo, está bien fortificada: cámaras por todas partes, guardias en puntos estratégicos, sistemas de seguridad que costarían más que la propia casa. Travis y yo llegamos casi al mismo tiempo, aparcamos frente a la entrada principal y nos acercamos. Los escoltas que vigilan nos reconocen enseguida.
—Señores König— saluda uno —No sabíamos que vendríais hoy.
—Es una visita sorpresa— dice mi hermano mientras yo me quito por completo el casco y se lo entrego al otro tipo junto con las llaves de mi preciosa moto —Avisad a nuestro padre que estamos aquí— les ordena.
Uno de ellos asiente y se mete en la casa para cumplir la orden, mientras yo miro con seriedad al que le he dado el casco y las llaves de mi moto.
—Aparcala bien, no quiero ni un solo rayajo, ¿eh?— le digo.
—Como ordene— me responde antes de hacerlo.
—Por supuesto— chasqueo la lengua y entramos en la casa. El vestíbulo es enorme. Bueno, la casa en sí es acogedora por dentro. Tiene una decoración moderna pero cálida, obra de mi madre, que siempre se asegura de que cualquier lugar donde nos quedemos se sienta como un hogar. Además, hay muchos de sus cuadros decorando las paredes…
—Nuestro padre va a cortarnos el pene— oigo murmurar a mi hermano —Y Melannie me va a dejar si me quedo sin eso…
—Maricón, cobarde— mascullo entre dientes con una risita, y él me mira al instante.
—Me llama maricón el mismo que estuvo con un tío…
—Que estuviese con Bill no significa que sea gay — le aclaro enseguida, cruzándome de brazos y con tono socarrón.
—Por Dios, claro que te hace gay, hermanito.
Niego con la cabeza. —Si fuese gay me gustarían todos los hombres, en plural. ¿Aún te queda algo de lo que aprendiste en el instituto o tu cerebro no almacenó suficiente información, ya que solo cuentas con una neurona y tienes el cerebro de adorno?— él pone los ojos en blanco —A mí solo me gustaba mi moreno, nadie más. Solo él. Además, volviendo al tema inicial, ni que la tuvieses tan grande.
—Serás cabrón, Thomas…
—Pero si es verdad— digo rápidamente —La mía es más grande, y eso que soy el menor.
—¿Tú qué sabes, cara de rata? No nos vemos las pollas, imbécil.
—No necesito verla para saberlo— le aclaro enseguida, por lo que me mira con los ojos entrecerrados —En fin…
—Para tu información, me mide veinte centímetros…
Suelto una carcajada. —La mía veintidós, pero cuando se despierta llega a veinticuatro.
—¡Ja! Ya quisieras…
—Ojalá estuviese mi Billie aquí para que lo confirmara— le digo.
—Seguramente él diría que sí para que no quedes mal, larva de fosa séptica— responde con burla, y yo sonrío con suficiencia —A todo esto, si es verdad lo que dices, ¿hace cuánto no te llega a veinticuatro?
—Hace…— hago cuentas —Cuarenta y ocho horas…
Me mira con una mueca en los labios.
—Si Willem estuviese vivo, Tom, te juro que te cortaría la polla después de darte una buena patada, por serle infiel.
—¿Qué coño dices? Si estuviese vivo jamás le habría sido infiel. ¿Por qué lo sería, si con él tenía más que suficiente?
—Ya, pero ¿acaso vosotros terminasteis antes de que él… ya sabes?— pregunta con cautela. Yo niego con la cabeza. —¿Lo ves? Puede que ya no esté, pero seguíais siendo pareja, y ahora tú te acuestas con cuanta tía se te ponga delante. Le eres infiel— espeta, y yo parpadeo, confundido —Qué raro que aún no se te haya aparecido para tirarte de las patas y hacer que no se te levante nunca más.
—No digas gilipolleces, Travis…
—Es la verdad.
—Claro que no.
—Que sí…
—Que no, imbécil.
—Que sí, tómate.
—¡No me…!
—Chicos…— la voz de mi madre me interrumpe antes de que pueda terminar la frase o, sobre todo, estamparle un puñetazo a mi hermano. En resumen, me quedo con el puño a medio camino. Bajo la mano enseguida y me enderezo, mirando a mi madre, que está frente a nosotros a cierta distancia, con los brazos cruzados y expresión seria —¿En serio? Tan mayores y aún comportándoos como críos…
Niega con la cabeza.
—¡Él empezó!— exclamamos Travis y yo al unísono, señalando al otro. Mi madre cambia su expresión seria, de repente, por una sonrisa alegre.
—No cambiáis, ¿eh?— se acerca para abrazarnos. Es bajita comparada con nosotros, apenas un metro sesenta, pero su presencia llena cualquier habitación. Su pelo rubio no tiene ni una cana, lo cual es sorprendente teniendo en cuenta que no se tiñe porque no le gusta. Lo lleva recogido en un moño. Nos abraza a los dos a la vez, o lo intenta —¡No me avisasteis de que vendríais!— nos regaña dándonos un golpecito en el hombro.
Sí, dolió, ¿vale?
—¿Habéis desayunado? ¿Queréis café? ¿Algo de comer?— pregunta rápido.
—Estamos bien, mamá— digo con una pequeña sonrisa en los labios —Venimos a hablar con papá.
—¿Sobre qué? ¿Pasa algo malo?
—No, solo… trabajo.
Mamá nos mira con esa expresión que solo las madres tienen. Esa que dice: «sé que me estáis ocultando algo, pero no voy a presionar ahora».
—Vale. Vuestro padre está en el despacho. Cuando Jorge fue a avisar que estabais aquí, vine enseguida. Pero Gordon se veía enfadado…
—No digas nada, mamá, que Travis está a punto de mearse del miedo…
Él me da un golpe en la espalda. —Cállate.
—No os peleéis— advierte nuestra madre —Id al despacho, vuestro padre os está esperando…
—Vale…
—Despídete de tu polla— le susurro antes de salir corriendo hacia el despacho de nuestro padre, con él detrás de mí.
Cuando estoy frente a la puerta, toco dos veces.
—Adelante— escucho decir a nuestro padre.
Abro la puerta y entro primero, con Travis detrás. Gordon está sentado tras su escritorio, con un montón de documentos esparcidos delante. Lleva las gafas de lectura puestas y, en cuanto entramos, nos mira por encima de ellas con una expresión mitad molesta, mitad divertida.
—Qué sorpresa— dice con sarcasmo —Mis hijos apareciendo sin avisar, casi como si vivieran aquí y se olvidaran de que deberían andar con cuidado por si los siguen, teniendo en cuenta que su madre está aquí…
—Primero que nada, buenos días, papá— saludo.—Y segundo, esto ha sido idea mía. El pobre de Travis está sudando de miedo, no quiere quedarse sin polla…
—Cierra la boca, Tom— gruñe él.
Mi padre ríe ligeramente mientras niega con la cabeza. —¿Qué es tan urgente que no podía esperar una llamada de cortesía?— pregunta, quitándose las gafas y dejándolas sobre un montón de papeles mal colocados.
Travis cierra la puerta detrás de nosotros. —Sophia me llamó esta mañana; me ha dado información sobre Benjamín Keller… y he hecho un plan mental que será todo un éxito si se hace bien.
Eso capta su atención. —¿Qué tipo de información?— me pregunta.
Travis y yo nos sentamos en las sillas delante del escritorio y le cuento todo: la conversación que ella tuvo en el bar según me contó, que la amnesia de Keller es real, su detención por una condena falsa, y lo más importante… su misión de capturar a Brian. Papá escucha sin interrumpir; su expresión se vuelve más seria con cada detalle. Cuando termino, se queda en silencio un buen rato.
—Entonces Keller y tú tenéis el mismo objetivo— dice por fin en un susurro, asintiendo con la cabeza.
—Exacto.
—¿Y estás pensando en… qué? ¿una alianza?
—Temporal— Travis a mi lado abre los ojos como platos y mira a mi padre como si le estuviese diciendo que yo estoy perdiendo la cabeza —Hasta que Brian esté muerto, claro… Keller tiene acceso a recursos que nosotros no tenemos. Si colaboramos, yo podría encontrar a Brian más rápido.
—Yo tenía razón cuando dije que te sacas esos planes del culo— murmura Travis, negando con la cabeza —Definitivamente quien tiene una neurona eres tú…
—Mejor cierra la boca; no sabes nada de estos temas…
—Claro…
Papá se recuesta en la silla, mirándome fijamente. —¿Cómo propones que un agente de la DEA colabore con nosotros? No va a aceptar voluntariamente.
—No— admito —Por eso tengo que traerlo aquí, a Berlín. Donde pueda hablar con él sin interferencias.
—¿Te refieres a secuestrarlo?— pregunta papá directamente; yo asiento —Estás hablando de secuestrar a un agente federal estadounidense, Tom; tengo que darle la razón a tu hermano…
Lo miro indignado. —¡Ay, por favor!…
Papá suspira. —Eso es arriesgado, y más teniendo en cuenta que estamos en guerra con esa gente. La DEA no va a dejar pasar algo así— me dice.
—Si lo hacemos bien, si lo hacemos limpio, sin testigos, sin pruebas… pueden sospechar, pero no podrán probar nada— aclaro.
—Es arriesgado— repite Travis.
—Lo sé, pero pensadlo. Brian ha estado escondiéndose durante diez años. Diez putos años sin que nadie pueda tocarlo, pero si tenemos a alguien con acceso interno a la DEA, alguien que tiene los mismos motivos que nosotros para querer verlo muerto…
—Podríamos finalmente acabar con él— termina Travis con un suspiro —No creo que sea una buena idea…
Papá nos mira a ambos. —¿Y después? ¿Qué hacemos con Keller una vez que Brian esté muerto?
—Lo dejamos ir— digo como si nada —Con una advertencia, claro; que siga con nuestra guerra si quiere. Pero al menos habremos eliminado al enemigo común primero.
Se forma un silencio en el despacho; papá se frota la mandíbula, pensativo. Y Travis sigue mirándome como si yo realmente hubiese perdido la cabeza. —¿Cuántos hombres necesitarías para esto?
—Cuatro o cinco como máximo— respondo —Tiene que ser rápido, limpio. Keller tiene rutinas; corre solo por las mañanas. Ese sería el momento ideal.
—¿Y el traslado?
—En un jet privado que lo traiga directo a Berlín; lo mantenemos sedado durante el viaje.
—¿Y si ofrece resistencia?
—Mis hombres saben cómo manejar eso, pero la orden será clara: traerlo vivo. Sin daño permanente.
Papá mira a Travis. —¿Tú qué opinas?
Travis se encoge de hombros. —Es una locura, pero supongo que las mejores ideas de Tom siempre lo son, o eso quiero creer— dice —Y joder, si hay una oportunidad de acabar con Brian… yo digo que la aprovechemos.
Papá vuelve su atención hacia mí. —Si hacemos esto, tiene que ser perfecto, Tom; sin errores. Sin cabos sueltos.
—Lo será.
—Y necesitas que Sophia te dé la dirección de Keller…
—Ya lo había pensado.
—Lo cual significa que ella sabrá lo que vas a hacer— concluye.
—Sophia es leal y entiende lo que está en juego.
Papá suspira profundamente. —No puedo creer que estés considerando esto.
—Entonces, ¿lo estás considerando?— pregunto con una pequeña sonrisa en los labios; me siento como cuando le suplicaba a mi madre que me dejara salir con mis amigos y le prometía que no haría ninguna locura, para luego acabar en una comisaría, castigado veinticuatro horas.
Me mira durante un buen rato y luego asiente. —Sí, pero con condiciones.
—¿Cuáles?— pregunto tan rápido que me sorprendo a mí mismo.
—Primero, eliges a tus mejores hombres, no cualquiera; los mejores— replica con voz firme —Segundo, el plan tiene que ser impecable. Quiero cada detalle revisado, cada posible complicación anticipada; y tercero, Keller viene aquí, a esta casa, no a Berlín. Aquí es más seguro, más aislado. Si la DEA rastrea algo, no nos encontrarán tan fácilmente.
Eso tiene sentido. —De acuerdo.
—Y cuarto— papá se inclina hacia adelante —Cuando tengas a Keller aquí, cuando le expliques el plan… si él se niega rotundamente a colaborar, si no hay forma de convencerlo… ¿qué harás?
—Oh, fácil; tendré que ser… persuasivo.
—¿Tortura?— pregunta Travis.
—Si es necesario…— dejo la frase en el aire, pero ya ellos han entendido. Papá no parece contento con esa respuesta.
—Tom, torturar a un agente de la DEA es cruzar una línea de la que no hay vuelta atrás.
—Lo sé, pero si es la única forma de conseguir su colaboración…
—Entonces asegúrate de que no sea la única forma— interrumpe papá —Usa la cabeza: encuentra sus motivaciones, sus puntos débiles, convéncelo de que colaborar con nosotros es la mejor opción para ambos. La tortura es el último recurso. ¿Entendido?
—Entendido.
Papá se reclina de nuevo, mirando al techo. —No hagas que me arrepienta de esto…
—Voy a acabar con Brian— digo con firmeza —Finalmente, después de tantos años, voy a hacer que ese hijo de puta pague.
Papá me mira con algo que parece… tristeza. —Todo esto es por Bill, ¿verdad?
Respiro hondo. —Sí, todo es por él. Por él y por mis hijos, por todo lo que ese malnacido me quitó.
—Bien— dice papá, rompiendo el silencio que siguió a mis palabras —Empieza a planear. Elige a tus hombres, contacta a Sophia para la información que necesitas y Travis…
—¿Sí?— responde mi hermano.
—Tú supervisarás el traslado; asegúrate de que el jet esté listo, de que la ruta sea segura y de que no haya complicaciones.
—Hecho.
—Y ahora— papá se pone en pie —Vuestra madre nos matará si no vamos a almorzar, así que dejemos los planes criminales para después de comer.
Nosotros también nos levantamos; estoy demasiado excitado. Voy a secuestrar a un agente de la DEA, o bueno, mis hombres lo harán, pero igual: yo hago el plan, así que seré yo quien prácticamente lo secuestre. Va a ser muy divertido, demasiado. Tendré a Benjamín Keller frente a mí y estoy seguro de que si uso lo de su contrato con la DEA a mi favor, aceptará. Lo sé, quiero creer que es lo bastante inteligente como para hacerlo.
Salimos del despacho y caminamos al comedor, donde mamá ya tiene la mesa puesta. Todo huele delicioso, a comida casera: ese aroma reconfortante que solo ella sabe crear. La mesa está puesta con vajilla de porcelana blanca, cubiertos relucientes y vasos de cristal. En el centro, fuentes llenas de comida: schnitzel, kartoffelsalat, rotkohl, pan recién hecho.
Mamá no hace las cosas a medias. Travis y yo nos sentamos mientras ella trae la última fuente desde la cocina. Papá ya está en su sitio, en la cabecera de la mesa.
—Finalmente— dice mamá, sentándose después de dejar la fuente sobre la mesa —Una comida familiar como Dios manda.
Nos reímos ante el comentario; comemos juntos siempre que podemos por el trabajo. Comemos y mantenemos una conversación ligera. Mamá nos cuenta del jardín que está plantando detrás de la casa. Papá menciona que uno de nuestros contactos en Hamburgo envió un informe favorable. Travis bromea diciendo que necesita comprarse otro coche porque los otros tres «ya no le emocionan».
Por un momento es como si no fuéramos una familia criminal, como si fuéramos simplemente una familia.
—Tom— dice mamá de repente —¿estás comiendo bien?
Levanto la vista del plato. —¿Eh?
—Que si estás comiendo bien, cariño. Te veo más delgado.
—¡Buah, qué dices!— alzo los brazos y los flexiono para enseñarle mis músculos —Estoy bien, mira…
Todos se ríen. —Ya, no presumas tanto— dice Travis dándome unas palmadas en la espalda.
—Me tienes envidia.
—Ah, ya quisieras, idiota.
Mamá sonríe. —¿Estás durmiendo bien?
—Mamá…— digo con aburrimiento; no me gustan ese tipo de preguntas.
—No me digas «mamá» con ese tono— se cruza de brazos —Sé que te saltas comidas cuando estás ocupado y sé que pasas noches enteras trabajando; eso no es sano, mi amor…
—Estoy bien, mamá. En serio— intento calmarla.
—No lo pareces; tienes ojeras y te veo tenso— porque lo estoy. Llevo diez años con un peso en el pecho que nunca desaparece, pero no puedo decírselo porque se preocuparía más. Ella sabe cuánto me afectó la muerte de mi moreno: cómo lloré, cómo caí en una jodida depresión, cómo me emborrachaba hasta no recordar ni mi nombre…
—Solo he tenido mucho trabajo últimamente, nada más.
Mamá no parece convencida, pero no insiste; en su lugar me sirve más comida. —Bueno, entonces come. Necesitas energía si vas a seguir con tus locuras, eh…
Sonrío. —Vale, vale…
Travis me mira con sorna desde su lado de la mesa. —¿Ves? Por eso yo soy el hijo favorito.
—No empieces, Travis; no tengo favoritos— dice mamá al instante —Os quiero a los dos por igual.
—Pero yo soy más guapo— continúa él.
—Y más idiota— añado yo.
—Chicos— advierte papá, pero con diversión en la voz.
Mamá suspira dramáticamente. —Tengo dos hijos adultos que dirigen una organización criminal internacional y aun así se pelean como niños de cinco años.
—Es parte de nuestro encanto— dice Travis, guiñándole un ojo.
—Tu encanto te va a costar un disgusto en la cabeza— murmura mamá, aunque está sonriendo.
Terminamos de comer entre conversaciones triviales y bromas. Mamá insiste en que tomemos postre también: Apfelstrudel casero que estaba jodidamente delicioso. Para cuando finalmente nos levantamos de la mesa ya son casi las dos de la tarde. Mi hermano y yo nos despedimos para poder irnos, porque yo tengo que poner el plan en marcha lo antes posible. Mamá nos hizo prometerle que la llamaríamos más a menudo, y tras asegurarle que así sería, salimos hacia nuestros vehículos.
Travis se acerca a su Mercedes y yo a mi Ducati. —¿Nos vemos en el bar?— pregunta.
—Sí, tengo que hacer una llamada primero, pero llegaré pronto.
—Vale.— entra en el coche; escucho cómo cierra la puerta con un leve portazo y un segundo después el auto se pone en marcha.
Subo a la moto y me pongo el casco, no del todo todavía. Saco el móvil y marco el número de Sophia, rezando para que esté sola en ese momento, o no sé. Suena cuatro veces hasta que contesta. —¡Señora Beatriz!— exclama, y frunzo el ceño de inmediato —¿Cómo está? Pensé que me llamaría más tarde.
Oh, no está sola…
—Necesito información, Sophia: la dirección de Benjamín Keller, sus rutinas diarias y especialmente sus carreras matutinas. Cuándo, dónde, si va solo o acompañado. Todo— le digo rápido.
—Ay, mi señora…— bufa; debo admitir que me resulta extraño que me hable así. Hago todo lo posible por no reírme —No sé si podré hacer eso ahora, ¿lo necesita con urgencia?
—Sí, lo necesito en media hora…
—¿Para qué?— pregunta finalmente —¿Se encuentra mal?
—Porque vamos a traerlo aquí, a Berlín.
—¡Oh! Entiendo. Vale, sí señora… le llevare eso lo más rápido que pueda.
—Bien, hasta luego, mijita…— me burlo antes de colgar.
Busco el contacto de Georg para dejarle un mensaje rápido.
«Necesito que reúnas a nuestros mejores hombres, los cinco mejores, en el bar. Y haz que todos los clientes se vayan. Cierra el bar temporalmente. Asunto urgente.»
Envío el mensaje y guardo el móvil en el bolsillo del pantalón. Enciendo la moto y la pongo en marcha, acelero hasta salir de la casa y coger la autopista de vuelta a Berlín.
Continúa…
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